La bici revolucionaria

El idilio de IU con la bici lleva camino de acabar en legendario. Más allá del experimento llevado a cabo en Sevilla, la coalición se propone ahora, desde el gobierno de la Junta, gastarse 421’4 millones de euros en la construcción de una red de más de 5.000 kilómetros al servicio de los ciclistas de las capitales y grandes poblaciones andaluzas. Es la nueva ideología, la que cambia la colectivización por el carril bici, objetivo revolucionario donde los haya. La consejera comunista de Fomento ha llegado a decir que “la revolución de la bici es posible aquí y ahora” dado que, a su juicio, el biciclo es “la palanca del cambio del modelo productivo que Andalucía aspira a poner en marcha”. Uno no sabe nunca si hablan en serio o están de coña.

Jaque a la ley

Del grado de sofocación que padece la ciudadanía y la peligrosa crisis de la confianza política da una idea la benevolencia con que estos días se está respondiendo a la insurrección ciudadana de Burgos luego replicada en otras ciudades. Ni siquiera la rendición del Ayuntamiento legítimo a las primeras exigencias ha bastado para contener un movimiento no poco explosivo ya que, de manera casi inmediata, han surgido nuevas reivindicaciones para continuar el conflicto. Y si se ha hablado de “rendición” no ha sido a título retórico ya que, en buena lógica democrática, quien toma las decisiones en una democracia representativa son las instituciones libremente legitimadas por el propio pueblo, pero no una parte del pueblo ni siquiera el pueblo entero. ¿Por qué un barrio de una ciudad ha de imponer su voluntad a la un consistorio que a toda la ciudad representa? Imaginemos el caso en que la mitad de los burgaleses se inclinaran por la continuidad del proyecto municipal y la otra mitad se opusiera a él: ¿qué tendría que hacer el Ayuntamiento, cómo escapar a esa trampa sin salida? Pues de ninguna manera, porque la representación democrática –esa cesión temporal de soberanía del pueblo a la elite gobernante—se articula precisamente para superar los riesgos de un régimen asambleario en cuyo marco resulta difícilmente imaginable una acción política continuada. Designando a sus representantes, los ciudadanos no asumen ninguna “servidumbre voluntaria” sino que apuestan por una convivencia institucional que hay que suponer fiel reflejo aritmético de la voluntad popular.

 

Ningún barrio ni ninguna ciudad tiene derecho a oponerse a la acción política legítima mientras ésta se ejercite en el marco de la Ley. Otra cosa sería (es) pura arbitrariedad, exponer la democracia a un vaivén demagógico que el poder legítimo no debe tolerar porque supone si propia negación. Cuando el alcalde de Burgos dice que ha elegido “la convivencia entre sus ciudadanos” se olvida de que con ese eufemismo ha liquidado de hecho su imprescindible autoridad. Por más gastada que esté la confianza pública, por lamentable que sea la imagen de la política real, el remedio no puede consistir en revocar por la fuerza la autoridad legítima, única garantía política y legal del gobierno representativo. Los que tildan de autoritario este argumento tienen un pie fuera de la Constitución y el otro también. “Vox populi, vox Dei”. Eso sólo vale para Alcuino y para la petenera.

Miopía política

Dicen desde IU haberse percatado de        que el PSOE, su socio en el Gobierno de Andalucía, está “girando a la Derecha”, no sé si ilustrando su discurso oportunista en las fotos de la Presidenta del bracete del banquero Botín o del tiburón financiero Alierta. Por su parte, intramuros de la propia IU, ese “rebelde primitivo” (E. Hosbawn) que es al alcalde-diputado Gordillo, crecido por la benevolencia del TSJA para con sus asaltos peronistas a los súper o las fincas privadas, alega lo propio de la coalición comunista: que se está escorando hacia la Derecha. Pero a la hora del cobro, todos y cada uno pasa por ventanilla sin rechistar. Doña Susana puede dormir tranquila con este socio desactivado.

El pobre Jodorkovski

Tras pasar diez años en los calabozos neosoviéticos de Putin, el magnate del petróleo Mijaíl Jodorkovski ha sido recibido en Alemania con alfombra roja y allí ha conocido el peso decisivo que las gestiones de la propia Merkel han tenido a la hora de lograr el perdón del nuevo sátrapa. Durante todo este tiempo, el Gobierno ruso ha tratado de lograr que la banca suiza le librara los ahorrillos que el magnate tenía puestos a buen seguro, pero la banca suiza, que vive precisamente de eso, se ha negado por activa y por pasiva, alegando la parcialidad oficialista de la Justicia rusa. Un diputado alemán, Andrea Gross, reconvertido en “curator” del magnate, acaba de decirnos que Jodorkovski tiene pasta para rato, tanta, que “no tendrá que trabajar durante el resto de sus días”, beneficio que debe agradecer al Tribunal Federal suizo que ha defendido sus caudales con uñas y dientes. ¿Cuánta pasta? Pues parece que unos cinco mil millones de euros que es el resto que le quedó tras el expolio de su petrolera Ioucos por parte de Putin, aunque algunas fuentes indican que esa reserva millonaria pertenece a un grupo de amigos del liberado. Y ahora Jodorkovski ha solicitado un visado para viajar a Suiza, donde ya reside su esposa, para instalarse en el pacífico país y planificar esa vida ociosa que nos anunciara su defensor. Parece ser que la Justicia helvética ha salvado el caudal del magnate admitiendo incluso la posibilidad de que parte de él procediera de actividades delictivas. Poderoso caballero es, sin duda, don Miliardo.

 

Junto al propio Jodorkovski, parece que acaban de recobrar la libertad en Rusia algo así como veinte mil reclusos en virtud de una amnistía con la que Putin busca abrillantar su imagen internacional, toda una legión de pringaos a los que espera un futuro obviamente menos sonriente. No tendrán ellos alfombras rojas ni ministros extranjeros aguardándoles a la llegada y hasta se pronostica que no pocos entre ellos volverán al trullo a no tardar. Ya no hay ruinas millonarias de las que haya que compadecerse, pues no hay magnate que no guarde su saldo en el arca bucanero de los paraísos fiscales para reencontrarlo en su momento como los viejos piratas que guardaban el mapa del tesoro en la pechera. Sólo puede creerse ya en las ruinas que llevan a sus perdedores a la cola de la sopa boba. Y el pobre Jodorkovski no está entre ellos, desde luego, como saben mejor que nadie la banca suiza y el Gobierno alemán.

Cerrar los ojos

Veo una foto de Pablo Iglesias presidiendo la que le hacen a la nueva secretaria regional de la UGT andaluza y pienso en la faena que le queda a esta mujer que si cierra los ojos se expone al sambenito de la complicidad y si los abre no tendrá más remedio –al paso que va la burra—que tirar de mantas que dudo que estén a su alcance. La saga que sobre esas corrupciones publica este diario es creciente y bochornosa y eso no permite la cómoda consigna de “partir de cero” ni el cínico “borrón y cuenta nueva”. La crisis de UGT es sólo una cara del fracaso de los llamados “agentes sociales” que ha profundizado hasta el absurdo la desconfianza de los ciudadanos en las instituciones.

Los buenos modales

Van de cráneo aquellos que creyeron que la “burbuja” del papa Francisco estallaría a las primeras de cambio. No hay más que ver sus gestos o considerar lo que significa que, en tan corto tiempo, el pontífice haya hablado directamente a casi siete millones de personas. Recelo que no es sólo en los andurriales del laicismo militante donde se tenía esa esperanza (¿) sino también en algunos sectores intestinos de la propia cristiandad, que ven con aprensión ciertos gestos aperturistas y algunas indubitables aclaraciones de viejos entuertos. Ahora se ha dirigido a un colectivo de jesuitas para recordarles que “el Evangelio no se anuncia a bastonazos inquisitoriales”, una frase que bien conviene a mucho fundamentalista y, no sé si me repito, pero hay que subrayar en ella su inconfundible sabor unamuniano: “Son muchos los que creen que para llegar al cielo es un buen camino partirle la cabeza de un cristazo a un hereje” fue lo que nuestro filósofo escribió a principios del siglo pasado en un poco conocido “Ensayo sobre la soberbia”, y no me dirán ustedes que la frase papal no parece un eco de aquella ya lejana. Viene bien, en todo caso, en esta encrucijada de laicismos, inspirada sobre todo en ideologías políticas, que estamos viviendo en estos tiempos revueltos en los que ciertos fanatismos tratan de rellenar su vacío ideológico con la vieja monserga. También creo que me repito al traer el criterio de Claude Magris, talentazo donde los haya, cuando dijo que la “arrogancia agresiva e intolerante” del laicista –no del laico—resulta, en fin de cuentas, la imagen especular del clericalista cerrado en banda: nada se parece más a un creyente fanático que un laicista intolerante. Se ve que el papa Francisco lo sabe.

 

No es extraño que un socialismo desentrañado y hueco haya recurrido al sonsonete de la denuncia de los acuerdos con la Santa Sede justo cuando anda en los niveles más bajos de su historia reciente, más desorientado y con menos posibilidades de recuperación, y por tanto, tiene menos posibilidades que nunca de disputarle la parroquia a una Iglesia duramente secularizada pero desde la que asoman ya indudables “brotes verdes”. ¡Tiempos aquellos en que grandes minervas de Europa se afanaban en los debates “cristiano-marxistas”! Hoy la laicidad se enfrenta a un formidable adversario que nunca esperó tropezar en un camino que parecía conducir directo a la victoria final.