Pólvora ajena

Menos mal que los jueces han dicho –ya era hora—que procede indagar las eventuales responsabilidades penales de los cargos de la Junta que han propiciado esa farsa increíble de los ERE y las prejubilaciones falsas. Con la misma fecha leo el diálogo al parecer mantenido entre el fiscal-consejero de Justicia y una alcaldesa almeriense a la que le habían construido una depuradora inundable que, en efecto, se inundó: “Y a qué cabeza pensante se le ocurrió construir la depuradora en el río”?, pregunto el consejero, para que la alcaldesa le contestara: “Eso pregúnteselo a la Junta que fue la que la construyó”. Unos por otros y la casa por barrer. Todo confirma la razón que llevan los jueces de que hablamos al principio.

La democracia exaltada

La expresión democracia exaltada encierra un oxímoron: el respeto a la Ley, fundamento último de la democracia, es incompatible con esa actitud que el diccionario define como propia de alguien que se deja arrebatar por la pasión, perdiendo la moderación y la calma. Lo comprobamos hoy oyendo el debatillo provocado por la agresión de un sector ultra de la “marcha por la dignidad” a las fuerzas del orden, agresión extremada a la vista de las imágenes, que mereció una réplica mucho más dura que la empleada por la policía. Sí, ya sé, no me lo digan, lo que mola es censurar toda reacción policial, incluso cuando ésta es mínima comparada con la acción perversa de los rebeldes con causa o sin ella. ¿Hay que juzgar a la marcha en sí por la acción de un sector ultra desborda el derecho a manifestarse? Esa pregunta no se planteaba cuando en España la policía actuaba sin contemplaciones negándonos esos derechos básicos, por la sencilla razón de que quienes se expusieron a lo peor por combatir a la dictadura –básicamente el PCE, para qué engañarnos— sabían organizar su propio “servicio de orden” para garantizar el cumplimiento de los fines que justificaban la demostración, lo que significa, que quienes hoy admiten en sus filas a sectores antisistema, comparten la responsabilidad por lo que pueda ocurrir. Es aterrador el arsenal mostrado por la policía tras las detenciones del lunes como es cómica la estampa de esos malhechores, puestos en libertad con cargos, cuando eran recibidos como héroes a las puertas del Juzgado. La libertad implica la responsabilidad, no olvidemos eso, al menos desde Rousseau en adelante.

 

La asociación de cierta izquierda –IU justifica y el PSOE no se aclara sobre lo que ocurrió—con la anomia es suicida. Un policía es un servidor del pueblo que si se extralimita ha de ser sancionado con arreglo a derecho pero que no tiene por qué dejarse liquidar por un mozo exaltado. Lo demás son cuentos liberaloides, mejor anarcoides, pues bien sabemos, desde que lo demostró Stirner, que lo segundo deriva de lo primero. ¿Qué significa, por ejemplo, la exigencia demente de que no se pague la deuda de Estado o de que dimita y se vaya el Gobierno legítimo? Pues ni más ni menos que la exaltación se agota en el músculo sin pasar por el cerebro. Imponerle un freno a la legítima defensa de esos servidores públicos resulta tan absurdo como en tiempos de Franco resultaba criminal darles carta blanca.

IU por dentro

El coordinador regional de Izquierda Unida, Antonio Maíllo, puede que tenga quien le escriba, no como el coronel de García Márquez, pero tiene que conformarse con un coche de segunda mano y sin conductor, parece que a consecuencia de la estrategia secante impuesta por Valderas y los valderitas de impedirle, en su momento, su salto a la candidatura de la coalición en las elecciones autonómicas, que el actual socio para todo del cogobierno del PSOE quiere reservarse para sí mismo. La partitocracia está reduciendo los partidos a los “aparatos”, o mejor, a quien en ellos va encargado de la palanca principal.

Lágrimas tardías

En medio del fragor necrológico y de la fiebre hagiográfica provocados por la muerte de Suárez estalla como un petardo el memorión de Pedro Cuartango: “En aquellos momentos la prensa lo maltrataba, su partido le había retirado el apoyo, el Rey iba diciendo que su gestión era un desastre, el PSOE había puesto en marcha una operación de acoso y derribo, la Iglesia lo detestaba por la ley del divorcio, la banca no se fiaba de él y los militares lo odiaban”. La mayoría de la voces que ahora oímos ensalzando su virtud, su hallazgo, tan poco español, de la concordia, navegaban hiperactivos en esa “barca de los locos” que acabó encallando donde bien sabemos, como en ella viajaban también los muchos que ahora guardan un silencio hipócrita. Recordemos la Andalucía del “café para todos” y el referendo de Lauren Postigo –cuando ¡un 17 por ciento! de paro hizo decir a González en el Congreso que ese fardo no había nación que lo soportara–, el desahogo de Guerra retratando al Presidente como un “tahúr del Mississippi”, las puñaladas traperas que diariamente le propinaban sus propios edecanes, mientras él improvisaba como podía el vago proyecto de Fernández-Miranda que, según Julio Anguita, ni era proyecto ni era nada: todo había que improvisarlo y se improvisó. No ha habido Presidente más solitario que Suárez. Peguen la oreja y verán cómo ni siquiera ahora musitan una palabra de condolencia sus traidores internos. En el espejo sin azogue de la Historia la realidad apenas resulta reconocible.

 

Recuerdo una tarde relajada en casa de Eduardo Navarro, su colaborador más fiel, cuando estaba a punto de redactarse el Estatuto de Guernica. Eduardo le planteaba preguntas-trampas al Presidente que, por lo general, encerraban un obstáculo pendiente, y recuerdo que Suárez respondía sin perder el compás tras cada una de ellas: “Dios dirá”. Así fue, creo yo, la Transición, un ejercicio de funambulismo mientras artistas y payasos se balanceaban en la cuerda floja, pero me parece a mí que ése no es mérito pequeño de quién tuvo que dirigirla, sino todo lo contrario. Andalucía, sin ir más lejos, no sería lo que es por culpa de Suárez y Martín Villa, es probable, pero no más que tampoco sin la incomprendida finta de Rojas-Marcos, que se inmoló a sabiendas en aquella pira. ¡Y se escandalizaban por un 17 por ciento de paro! A Suárez no lo habrían rescatado sin su tragedia familiar y personal los mismos que hoy lo ensalzan ni los que callan tras ellos.

Arsa, pilili

Iba a comentar las nuevas sobre el papel de Juan Lanzas –mano, no cerebro de aquellas mangancias—pero me disuade un caso mucho más extravagante: el de una concejala de no sé qué pueblo que encargaba sus trajes de gitana con cargo a un presupuesto municipal que administraba una mayoría absoluta del PSOE. Estas corruptelas –los bolsos de Loëwe o los relojes exclusivos—son la espuma de la tempestad en este temporal de las corrupciones que nunca conoceremos más que por el forro. Lo del traje de flamenca tiene, al menos, esa faceta cómica que lo humaniza desde una perspectiva peronista. Peor es lo de la coca y la propia “autoría intelectual” de este mangazo de época.

La marcha atrás

Media Europa anda abismada en el espejismo de la marcha atrás. Se pretende rebobinar la Historia devolviendo la geografía actual a un mapa tan nostálgico como probablemente suicida. El gobernador de Venecia, que creo, no me hagan mucho caso, que fue un antiguo ministro de Agricultura, Luca Zaia, ha defendido el “referendo digital” convocado en aquella perla del Adriático no como un acontecimiento aislado sino como parte de un movimiento de gran alcance que llegaría desde Kosovo y Crimea hasta Escocia y Cataluña. “¿Por qué si Barcelona obtiene su independencia no ha obtenerla también Venecia?”, se pregunta el agitador, mientras la Liga Norte, xenófoba y clasista, anuncia que ya se ha alcanzado el millón de votantes de la región a través del ordenata, el móvil o el smartphone. No sé qué dirían Byron, Goethe, el propio Mozart o Paul Morand, toda esa pléyade europea que paladeaba el “prosecco” en el café “Florián” mirando de reojo a los mílites austriacos del “Quadri”, pero me choca la idea misma de desmembrar esa Italia fundamental por muy República de Venezia que fuera hasta Napoléon. El nacionalismo es una enfermedad senil del postcapitalismo, un mal de piedra que mortifica a los clérigos de un romanticismo anacrónico, versión lugareña del viejo espíritu cosmopolita que ha inspirado a tantos ingenios con la seducción de la vieja dama decadente pero hermosa, singularísima en medio de la vulgaridad contemporánea. Es una bobada eso de que Venecia es la Crimea de Italia, una bobada tan grande como la que expuso nuestro ministro del Interior al comparar sin matices Cataluña con Crimea, pero no deja de ser mortificante tropezarse esta absurda noticia desde el Daily Mail hasta la BBC.

 

No hay ya “acqua alta” en la ciudad, luce un sol reconfortante sobre San Marcos y en la Giudecca las gaviotas contemplan impávidas desde sus altos miradores el trasiego de los turistas que ya desbordan el centro capitalino, donde la piedra rosicler de la Signoria se ufana con aquellos capiteles que Ruskin consideraba los más bellos del mundo. Me acuerdo de Ezra Pound paseando por el Dorsoduro, de Joseph Brodski tanteando a ciegas entre las nieblas invernales, de la Piazzeta abarrotada y de los Tintoretto de la Scuola de San Rocco, Venecia tan Italia como la que más, más allá de ambiciones lugareñas y enredos políticos. No llegará la sangre al río (al canal), seguramente, y la Ciudad seguirá erguida en su misterioso equilibrio por encima de esas aguas que vienen y van.