Inefable consejero

El exfiscal y consejero de Justicia, Emilio de Llera, ha proclamado solemnemente una tremenda pregunta: “¿Quién es el Tribunal –ha dicho– para criticar la acción política de este Gobierno?”. A lo que habría que contestarle, por muchas razones, con otra igual de contundente: “¿Quién es el consejero, por muy fiscal que sea, para juzgar a los jueces?” De Llera está en el Gobierno (que es como él llama a la Junta) para achicar el agua que entra torrencial por la vía que abrieron en el casco autonómico los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas, razón por la que le ha dado caña cuarenta veces, dando la cara o de tapadillo, a la juez Alaya. Juzgue el lector quién es quién en este enredo fenomenal.

Cherchez la femme

Hay un lado oscuro de la opinión que se pirra por las historietas “verdes” de los prohombres, en especial, de los políticos. Hace poco fue el incidente de la autofoto de la presidenta noruega y Obama la que permitió divulgar a los cuatro puntos cardinales la imagen hirsuta de la cabreada esposa y hasta su decisión de interponerse físicamente entre los dos fotografiados. ¡Qué le gusta un chisme a “homo sapiens”! Aznar acaba de ganar un pleito por el que le deberán ser abonados unos cuantos millones reparadores de cierto comentario televisivo en el que se le atribuía una relación imaginaria y estos mismos días, la revista “Closer” está dando un pelotazo de aquí te espero con la publicación de las fotos del idilio del presidente Hollande con una “comunicadora” de buen ver, Julie Gayer, víctima de un “coup de coeur” irrefrenable. No hay presidente en aquel país del amor en quien no se fije el alcahuete hasta averiguar sus idas y venidas. A Mitterrand no lograron amedrentarle con la historia, cierta por supuesto, de las dos familias, y a Chirac es fama que se le conocía en el mundillo político como “monsieur Trois Minutes”, por la celeridad de unas relaciones que él, como Napoleón, supeditaba siempre al deber dedicándoles el tiempo imprescindible para la satisfacción libidinal. En los EEUU –no hace falta siquiera que recordemos el caso Lewinski—esas aventuras se toleran mal en política mientras que en España, por ejemplo, se aceptan, valga la paradoja, con máxima flexibilidad de criterio, y si no, ahí está el caso reciente del monarca cazador para probar hasta qué punto nos protege un trasfondo mental machista que, a mi juicio, no es exclusivamente masculino.

 

Aquí el notición del verano ha sido todos estos años el harén marbellí de los príncipes árabes, incluyendo al Gadaffi que por allá plantó en alguna ocasión  su tienda con las doscientas doncellas de su guardia femenina, pero sólo por el efecto exótico que sugiere la poligamia en el imaginario de nuestros envidiosos monógamos. Lo que parece que nos permitiría esbozar la peregrina ley de que la tolerancia sexista se produce en función de ciertas incapacidades y no “ex abundantia cordis”, o sea, todo lo contrario de la liberalidad que pudiera esperarse en primera instancia. A Strauss-Khan, por poner un caso, no se lo carga la aventura sino la sordidez de unas circunstancias que poco tienen ya que ver con eso que vagamente, tanto unos como otros, llamamos el amor.

Contra las víctimas

En una universidad sevillana ha tenido lugar un encuentro en el que el expresidente ZP le ha tascado el freno al exjuez Garzón con motivo de la propuesta de éste último de crear una “Comisión de la Verdad”, no conforme siquiera con el tinglado de la llamada “memoria histórica”. Y en medio de ese fuego cruzado – pero “fuego amigo”, en todo caso–, el exjuez se ha pronunciado contra el hecho sevillano secular de nominar las calles con nombres de Vírgenes. Me limito a reseñar lo ocurrido y que juzgue el lector, pero no sin sugerir la carga de rencor que anima algunos proyectos disconformes con que, hace cuarenta años, “estallara la paz” en este torturado país.

Las dos guerras

El profesor José María Alberich nos ha mostrado, en la Real de Buenas Letras, una apasionante panorámica de la Independencia, que, como es sabido, los británicos llamaron siempre la “guerra de la Península”. Una visión no poco desmitificadora que a algunos nos encocora aún  más con Wellington que la presencia de “El aguador de Sevilla” y otras joyas españolas en la colección de Apsley House, allá por Marbel Arc, junto al “corner” de Hyde Park. ¡Vaya guerra! Sobre una historia amasada de muchas fuentes, Alberich escenifica para los académicos la realidad de un oscuro conflicto, protestado en el interior por los “wighs”, fascinados por un Napoleón que admiraban lo mismo lord Byron o que lord y lady Holland –como en un anticipo de lo que, andando el tiempo, serían las secretas y altas adhesiones inglesas a Hitler–, un conflicto que para los británicos fue considerado como una guerra entre Inglaterra y Francia, es decir, simplemente, contra la hegemonía napoleónica. También como un precedente de guerras posteriores, Alberich nos descubre dentro del conflicto único dos guerras diferentes, pues por un lado, la soldadesca de ambos bandos prodigó su connivencia contra la población civil, y por otro se constatan unas prácticas de la oficialidad que parecen traducir la idea del “torneo” con toda su carga mítica y ritual pero que, en el fondo, no es más que un reflejo de la solidaridad gremial entre los aristocráticos oficiales británicos y el generalato plebeyo ennoblecido por Napoleón. Hay sitio en la guerra para la imaginación romántica de esos “espadones” que encumbran al enemigo apresado mientras desdeñan al pueblo por cuya independencia dicen luchar, escenas caballerescas y mimos artúricos, mientras la población era masacrada sin compasión y el país devastado por unos y por otros. Dos guerras en una. Como siempre.

 

Cada día acepto más la visión de nuestra historiografía contemporánea que ve en la Independencia toda una “revolución” social, por cierto bastante retrógrada en muchos sentidos, y en la que los británicos no vieron más que una excusa para dirimir sus diferencias con el amenazante “amo de Europa”. ¡La victoria de los Arapiles –ay, Galdós– fue lamentada por los liberales ingleses en nombre de la pobre España! ¿No decía Wellington que Bonaparte, eso sí, “moderado”, sería el mejor gobernante para Francia? La Historia, vista de cerca, no encaja con la versión distante. Alberich no lo ha dicho, pero se le ha entendido todo.

Organismos prescindibles

Interesantes las declaraciones del rector de la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA) a este periódico. Dice, de entrada, que puestos a enumerar organismos prescindibles, la propia UNIA tendría que aparecer en esa lista aunque después que muchos, y defiende que los Consejos Sociales –esos inútiles cementerios de elefantes—debieron ser suprimidos hace decenios. También critica sin ambages la orgía de titulaciones que vive nuestra Universidad y se muestra partidario de crear unos patronatos realmente “sociales” con facultad para buscar financiación y poder para dirigir la elección de rectores. Votante del PSOE, declara también que a veces lo ha votado con la nariz tapada, cosa que ya no tiene por qué interesarle más que a él.

Bombas y valores

Mientras las “viudas negras” ensangrientan el panorama tratando de evitar a toda costa que Putin se salga con la suya y celebre en Sotchi los Juegos de Invierno, gran baza publicitaria de su nueva imagen, el propio mandatario se ha dejado caer con que para Rusia es esencial resistirse a la invasión de los “pseudovalores” que le llegan de Occidente y mantener con firmeza su propia axiología tradicional. Resulta desconcertante, desde luego, escuchar a un ex-capo del KGB como él hablar de valores propios y cuestionar los ajenos, tanto como escuchar a un presidente de una de las repúblicas desgajadas de la vieja URSS animar a sus terroristas para que boicoteen a bombazos aquel acontecimiento, pero es que, en la Rusia actual, la salida del seísmo post-soviético, con sus clanes poderosos y sus eficientes mafias, sus popes con incensarios y sus millonetis escalando la escarpada pared de “Forbes”, no debe ser fácil distinguir entre valores y contravalores. Putin, por ejemplo, tiene que agarrarse a lo que sea para mantenerse firme sobre su tinglado político, pero no hay más que desmenuzarle su sermón contra “la sedicente tolerancia” de los occidentales para comprobar su indigencia ideológica frente al presunto proceso que en muchos países de este lado de la muga pretendería situar “en un mismo plano el bien y el mal”. Que el responsable de un régimen sin control como el suyo clame y reclame contra el matrimonio gay y centre su discurso político en el peligro que suponen los cambios actuales en el plano de las costumbres sexuales mientras prodiga sus desmanes asesinando disidentes o desvalijando rivales económicos, no puede resultar más que ridículo. Ése hubiera sido un buen discurso para el padrecito Tolstoï pero no para quien, procedente de la tiranía, no puede ocultar su indigencia ética y moral.

 

En cierto modo, el verdadero escándalo lo provoca el hecho mismo de ver al inmoral repartiendo legitimidades morales, de escuchar defensas de la axiología tradicional a quien ha demostrado por activa y por pasiva actuar desde una concepción pragmática del poder junto respecto a la cual el consejo maquiavélico resulta una ingenua broma, como han visto con claridad los países occidentales que se han opuesto a la celebración de los dichosos juegos. Es significativo que la bestialidad terrorista no esté sola en esta batalla como lo es oír en boca de Putin esos clásicos remilgos contra el imaginario enemigo que sería el libertinaje de Occidente.