Política en la calle

No ha sido ninguna sorpresa que las diversas oposiciones hayan vuelto a tomar la calle, sobre todo para quien recuerde que lo mismo sucedió ya cuando ganó el PP, y que tanto Zapatero como Chaves –uno desde la Oposición y otro desde el Poder– encabezaron entonces sus manifestaciones contra el Gobierno legítimo. La libertad de manifestación es tan sagrada como el hecho de que la única política que hoy cabe en la Constitución vigente es la representativa y, en consecuencia, no es en la calle sino en los Parlamentos donde ha de desarrollarse la vida pública. Aparte de que contrasta este aluvión de protestas con el silencio mantenido durante dos legislaturas tanto por los sindicatos como por los ciudadanos. No van a parar y están en su derecho, pero es obvio que van por el camino equivocado.

Verdades como puños

Dos recientes artículos de Ramón Tamames han levantado un intenso rumor entre los bienpensantes y servidores de la corrección política. No descubren el Mediterráneo en ellos –ni lo pretende–, sino que , simplemente, tiene la audacia de decir en voz alta lo que los murmuradores no osarían formular sin esconderse. Trata el primero de ellos de los sindicatos españoles, esas máquinas burocráticas que no tienen ya ni de lejos el sentido que tuvieron cuando, en la transición de la dictadura a la democracia, se les reconoció hasta sacralizarlos en la Constitución, unas organizaciones que son más bien empresas cuyo interés preferente es el de mantener sus burocracias, aparte de que encarnan esa fenomenal paradoja de ser montajes que paga el Estado y no sus afiliados, como en tantos países, para actuar, como lo han hecho en los mandatos de Zapatero, como auténticos “ministerios sin cartera”, y Tamames se pregunta por qué este sistema bisindical que conforman UGT y CCOO no se funden, a esta alturas, en uno solo para ahorrar recursos y, al tiempo, ganar en capacidad de acción. Y trata el segundo de otro tema vedado por la censura bienpensante, a saber, el de la necesidad de reformar un Estado autonómico que está siendo devorado –como acaban de certificarse estos días—por unas entidades que no se ciñen a su papel de articular una administración descentralizada del común, sino que invaden progresivamente esa competencia esencial de toda organización política superior, vaciándola de funciones y en algunos casos, como bien sabemos, tratando de desmantelarlo desde dentro. A ambas cuestiones, hoy tan censuradas por el tertulianaje, propone Ramón echarle los bemoles imprescindibles para reformar nuestro montaje político, poniendo en su sitio a los sindicatos subvencionados, y reestructurando el modelo territorial, ni que decir tiene que afrontando una reforma constitucional que no debería esperar más tiempo.

Soy consciente de que compartir estos enfoques me convierten, al menos para los inquisidores, en un partidario de la regresión. Y no lo soy en absoluto, como en el fondo sabe de sobra esa inquisición, porque el abuso clamoroso de los llamados “agentes sociales” que cobran por hacer de apoyo y de oposición al Gobierno constituye una tragicomedia a la que puede que la terrible crisis que vivimos acabe poniendo fin. Tamames gasta un patriotismo nada integrista sino por completo cosmopolita y tiene un currículo con el no podrían competir sus críticos desde el fundamentalismo apriorístico de una ideología que no se ha percatado de su eventual anacronismo. Es posible que el tiempo le dé la razón más tarde, pero ojalá que no demasiado.

No para todos

Ahora resulta que el “recorte” salarial de los funcionarios no afectará a todos equitativamente, sino que los altos cargos conservarán suculentos complementos como si aquí no ocurriera nada. El truco está en retribuirles conservando el complemento de productividad  –esa vieja trampa de los barandas—como explicaba ayer El Mundo que consta en la orden  firmada este mes por el consejero Ávila para sus treintena de afortunados. Ni cayendo chuzos de punta son capaces de hacer un sacrificio que, sin embargo, aplican con mano de hierro a los demás. Una injusticia como una catedral si todos han hecho, como parece verosímil, lo mismo que la consejería de Ávila. La crisis es de todos pero la pagan los de en medio y los de abajo solamente. Como ven el pero moral de IU no pasa de peso pluma.

Sublimar la crisis

Una novela policiaca de un autor de éxito en Grecia, Petros Markaris, está armando la revolución como best-seller de temporada. Se titula “I Pairaiosi”, término que en griego clásico se traduce por juicio final y en demótico por “reglamento”, y parece ser que va a ser el mayor éxito de ventas en un país arruinado que ve en la historia de un criminal en serie de ricos evasores una estampa vindicativa y, en consecuencia, consoladora. Markaris, que describe la historia de un justiciero que, por su cuenta y riesgo elige y depura  a los magnates evasores de impuestos, ha debido avisar en la portada de su última reedición, inquieto por el efecto que su ingenio pudiera provocar, esta advertencia terrible: “Atención: esta novela no debe ser imitada”. Grecia está, evidentemente, que arde, desesperada por un ajuste brutal que ha colocado al país al borde del abismo, y en esa circunstancia, Markaris cree que la literatura policiaca es el género más adecuado para reflejar la desesperada experiencia de una muchedumbre que sabe que lo que está ocurriendo no es sino la consecuencia de un régimen elitista que apenas venía sosteniéndose en pie a base del fraude fiscal generalizado, lo que querría decir que la realidad última de esa sociedad es de índole criminal. ¿Dónde están los navieros de fantasía, dónde la burguesía liberal constituida por los altos profesionales que, además de no cotizar, controla los resortes del Poder por el procedimiento de financiar a los dos grandes partidos que son, por cierto, los únicos que defienden ahora el obligado ajuste? El asesino en serie creado por Markaris está triunfando, probablemente, a causa de un descontento difícilmente separable del morboso deseo de venganza que siente una mayoría que se reconoce por completo ajena a la catástrofe provocada por el viejo régimen clientelar.

De la profundidad de la crisis griega da un idea el aumento vertiginoso del número de suicidios registrados (un 22 por ciento, aunque se teme que la cifra real sea mayor a la declarada) y del riesgo de fractura interna la propia radiografía electoral de un país que se cree forzado a buscar una solución de emergencia en los extremos del espectro político, olvidada, al parecer de que la inmensa mayoría de la población ha venido siendo cómplice de ese estado de cosas, conformada con las migajas del festín. Markaris encabeza su obra con una cita de Constantino Karamanlis que definió a Grecia como “una gran casa de locos”. Ese dudoso loquero no sabe, a buen seguro, que exactamente lo mismo dijo Amadeo de Saboya de esta España que a él le sugería la imagen de una “gabbia di pazzi”.

La culpa del otro

Insiste la propaganda oficial de la Junta y dice el propio Griñán que “el 95 por ciento de los ‘ajustes’ nos vienen “impuestos desde Madrid” por el Gobierno de la nación, como si no resultara elemental comprender que el agujero que se trata de rellenar en Andalucía no es otro que el heredado de su propia gestión y de las anteriores. Y con ello “legitima” su política de confrontación, es decir, convertir una vez más a la autonomía en un arma contra el Gobierno del partido rival, anteponer el interés político de su  partido al de la comunidad. Como un “déja vu”, viviremos de nuevo la experiencia de ver al poder en Andalucía convertido en ariete partidista. La culpa siempre es del Otro y eso otro, ya se sabe aunque no se sepa por qué, es, según el PSOE, el enemigo de nuestra región.

Un viejo rockero

Imagino que a la mayoría de los lectores no es preciso refrescarles la memoria para referirnos a Manuel Piedrahíta, aquel corresponsal pionero que, durante años, nos informó, con sencillez y solvencia, de lo que se cocía a nuestro alrededor, contemplado desde aquella Alemania demediada pero ya influyente. Piedrahíta no ilustra hoy nuestros telediarios, retirado en su Baeza natal desde la que vigila esta corrala, a salvo del ruido y la furia, pero con los ojos bien abiertos y sin jubilar la pluma, rumiando su grave experiencia desaprovechada y dejando entrever, de vez en cuando, su crítica no poco pesimista. Aislado y libre entre sus olivares, a Piedrahíta le preocupa, sobre cualquier otro asunto, el imparable avance de la “mediatización” televisiva, el paisaje y el paisanaje de un país sumido en una ignorancia fomentada deliberadamente, sobre el que graniza sin pausa una información calculadamente integradora. Y echa de menos su televisión alemana –a la que sigue atento en su parabólica–, en su modelo de servicio público no estatal, ¡y menos regional!, frente al que aquí preferimos, en su momento, el que heredamos fraguado y bien fraguado de la dictadura franquista, es decir, el concebido como un instrumento propagandístico del Poder. ¿Por qué no nos sirven aquí telediarios serios, centrados en la competencia del protagonista y aliviado de esas imágenes que nos distraen de la palabra; por qué no establecemos de una vez una televisión nutrida por una producción propia en lugar de mantener el suculento y derrochador negocio de las producciones externas? ¿Nunca llegaremos a poseer una tele independiente del poder partidista, incluso pagando ese “canon” neutralizador del que se ha dicho que es “de derechas” pero que en Alemania aceptan tanto el SPD como la CDU?

Piedrahíta se levanta temprano en su retiro, escucha la radio, lee, escribe y recorre largas caminatas en las que no deja de reinar en sus utopías y de las que acaba sacando sermones tan estupendos (y me temo que inútiles) como el que recoge su excelente libro “TVE en la encrucijada”. Rafael de Penagos decía que en España, con la fórmula Suárez-Cebrián, habíamos conseguido alejar del gran medio a cualquiera con conocimiento de su realidad. Manuel no tiene tanta retranca como Penagos, pero sigue, dale que te pego, clamando por donde puede en contra del adocenamiento masivo y las estrategias mediáticas, sugiriendo en voz alta mejoras sin duda ingenuas y acaso también en voz baja bajo la sombra tempranera de sus olivos ahora en flor. Hay gente que no se rinde hasta la muerte sin percatarse de que quizá –como muchos de nosotros— sean ya simplemente muertos que no lo saben.