El pobre Jodorkovski

Tras pasar diez años en los calabozos neosoviéticos de Putin, el magnate del petróleo Mijaíl Jodorkovski ha sido recibido en Alemania con alfombra roja y allí ha conocido el peso decisivo que las gestiones de la propia Merkel han tenido a la hora de lograr el perdón del nuevo sátrapa. Durante todo este tiempo, el Gobierno ruso ha tratado de lograr que la banca suiza le librara los ahorrillos que el magnate tenía puestos a buen seguro, pero la banca suiza, que vive precisamente de eso, se ha negado por activa y por pasiva, alegando la parcialidad oficialista de la Justicia rusa. Un diputado alemán, Andrea Gross, reconvertido en “curator” del magnate, acaba de decirnos que Jodorkovski tiene pasta para rato, tanta, que “no tendrá que trabajar durante el resto de sus días”, beneficio que debe agradecer al Tribunal Federal suizo que ha defendido sus caudales con uñas y dientes. ¿Cuánta pasta? Pues parece que unos cinco mil millones de euros que es el resto que le quedó tras el expolio de su petrolera Ioucos por parte de Putin, aunque algunas fuentes indican que esa reserva millonaria pertenece a un grupo de amigos del liberado. Y ahora Jodorkovski ha solicitado un visado para viajar a Suiza, donde ya reside su esposa, para instalarse en el pacífico país y planificar esa vida ociosa que nos anunciara su defensor. Parece ser que la Justicia helvética ha salvado el caudal del magnate admitiendo incluso la posibilidad de que parte de él procediera de actividades delictivas. Poderoso caballero es, sin duda, don Miliardo.

 

Junto al propio Jodorkovski, parece que acaban de recobrar la libertad en Rusia algo así como veinte mil reclusos en virtud de una amnistía con la que Putin busca abrillantar su imagen internacional, toda una legión de pringaos a los que espera un futuro obviamente menos sonriente. No tendrán ellos alfombras rojas ni ministros extranjeros aguardándoles a la llegada y hasta se pronostica que no pocos entre ellos volverán al trullo a no tardar. Ya no hay ruinas millonarias de las que haya que compadecerse, pues no hay magnate que no guarde su saldo en el arca bucanero de los paraísos fiscales para reencontrarlo en su momento como los viejos piratas que guardaban el mapa del tesoro en la pechera. Sólo puede creerse ya en las ruinas que llevan a sus perdedores a la cola de la sopa boba. Y el pobre Jodorkovski no está entre ellos, desde luego, como saben mejor que nadie la banca suiza y el Gobierno alemán.

Cerrar los ojos

Veo una foto de Pablo Iglesias presidiendo la que le hacen a la nueva secretaria regional de la UGT andaluza y pienso en la faena que le queda a esta mujer que si cierra los ojos se expone al sambenito de la complicidad y si los abre no tendrá más remedio –al paso que va la burra—que tirar de mantas que dudo que estén a su alcance. La saga que sobre esas corrupciones publica este diario es creciente y bochornosa y eso no permite la cómoda consigna de “partir de cero” ni el cínico “borrón y cuenta nueva”. La crisis de UGT es sólo una cara del fracaso de los llamados “agentes sociales” que ha profundizado hasta el absurdo la desconfianza de los ciudadanos en las instituciones.

Los buenos modales

Van de cráneo aquellos que creyeron que la “burbuja” del papa Francisco estallaría a las primeras de cambio. No hay más que ver sus gestos o considerar lo que significa que, en tan corto tiempo, el pontífice haya hablado directamente a casi siete millones de personas. Recelo que no es sólo en los andurriales del laicismo militante donde se tenía esa esperanza (¿) sino también en algunos sectores intestinos de la propia cristiandad, que ven con aprensión ciertos gestos aperturistas y algunas indubitables aclaraciones de viejos entuertos. Ahora se ha dirigido a un colectivo de jesuitas para recordarles que “el Evangelio no se anuncia a bastonazos inquisitoriales”, una frase que bien conviene a mucho fundamentalista y, no sé si me repito, pero hay que subrayar en ella su inconfundible sabor unamuniano: “Son muchos los que creen que para llegar al cielo es un buen camino partirle la cabeza de un cristazo a un hereje” fue lo que nuestro filósofo escribió a principios del siglo pasado en un poco conocido “Ensayo sobre la soberbia”, y no me dirán ustedes que la frase papal no parece un eco de aquella ya lejana. Viene bien, en todo caso, en esta encrucijada de laicismos, inspirada sobre todo en ideologías políticas, que estamos viviendo en estos tiempos revueltos en los que ciertos fanatismos tratan de rellenar su vacío ideológico con la vieja monserga. También creo que me repito al traer el criterio de Claude Magris, talentazo donde los haya, cuando dijo que la “arrogancia agresiva e intolerante” del laicista –no del laico—resulta, en fin de cuentas, la imagen especular del clericalista cerrado en banda: nada se parece más a un creyente fanático que un laicista intolerante. Se ve que el papa Francisco lo sabe.

 

No es extraño que un socialismo desentrañado y hueco haya recurrido al sonsonete de la denuncia de los acuerdos con la Santa Sede justo cuando anda en los niveles más bajos de su historia reciente, más desorientado y con menos posibilidades de recuperación, y por tanto, tiene menos posibilidades que nunca de disputarle la parroquia a una Iglesia duramente secularizada pero desde la que asoman ya indudables “brotes verdes”. ¡Tiempos aquellos en que grandes minervas de Europa se afanaban en los debates “cristiano-marxistas”! Hoy la laicidad se enfrenta a un formidable adversario que nunca esperó tropezar en un camino que parecía conducir directo a la victoria final.

Sangre en las manos

Vemos en la televisión un breve retazo de lo ocurrido en Melilla por primera vez en este año de gracia: dos asaltos de inmigrantes a la “valla”, uno en la alta madrugada, el otro al amanecer. Eran como 300 de los que sólo 60 han logrado entrar en el “paraíso”, que paraíso es nuestra Melilla comparado con el monte Gurugú, y los que vemos en pantalla llevan las manos chorreando sangre, efecto de los cortes profundos de las “concertinas –¡oh, el eufemismo impagable!–, o sea, de las cuchillas colocadas como “disuasorias” por el Gobierno del PSOE y mantenidas por el del PP. Sangre en las manos, pero en las de las propias víctimas, ya que aquí los verdugos (que no son los guardias de frontera) quedan lejos, allá en sus ministerios. Samaritanos del 061 les vendan las manos como pueden, les cosen las tajadas entre un clamor de ayes, hacen lo que pueden, y menos mal, porque en otras ocasiones, en 2009 y en Ceuta, algún paria dejó su cadáver colgando de la “defensa” tras seccionarse una arteria con ella. El señor ministro, que mea agua bendita, dice que esas cuchillas son nada y menos, que no producen sino “erosiones leves y superficiales”: no hay como juzgar pedrada en ojo ajeno. Pero la Unión Federal de Policía segura –apaguen si hay niños delante—que “las ‘concertinas’ son mortales” potencialmente. En fin, 60 lo han logrado y señalan al cielo –no saben la que les espera– como dando las gracias, quizá porque vienen de lejos, porque han cruzado un continente a través incluso de desiertos, empeñados hasta las cejas con las mafias que, más tarde, cuando se tercie, los llevarán en cualquier palangana hasta Algeciras o hasta donde se pueda, incluyendo el abismo marino. No nos acordamos ya de aquellos trenes de ida y vuelta en que la madre Europa nos devolvía a nuestros emigrantes.

 

Sangre en las manos, un drama bordeando la tragedia, negritos indefensos de Nigeria, de Mali, de Uganda, de Congo, criaturas que huyen de las guerras y del hambre para ganar el cielo desarrollado vendiendo imitaciones de marcas caras. Los he visto en París, en Venecia, en Londres, olvidados ya de las cuchillas, enjugada la sangre como si se tratara de un peaje legítimo, de una alcabala de pobres –congo, mandinga, carabalí, como decía Nicolás Guillén–, intacta la ilusión, que más “cornás” da el hambre. Sangre en las manos y por todo el cuerpo. Y el ministro, que mea agua bendita, dice que son heridas superficiales, meras erosiones…

Otro apagón

Mucha transparencia, toda la transparencia, pero a oscuras. Y si no, ahí tienen a PSOE e IU apagando la luz en el Parlamento para que no pueda investigarse la corrupción en un pleno monográfico como pide la oposición conservadora, que también tiene que callar lo suyo. El portavoz de esa “izquierda a la izquierda”, señor Castro, lo ha justificado de un modo notable: “Esos plenos que se piden no tienen cabida en este periodo, peso sí en el correlato (sic) del periodo ordinario de febrero”. A un clavo ardiendo se aferran y uno se pregunta por qué si los mangazos, que sepamos de momento, no van con ellos. ¡Que negocio ha hecho el PSOE, total por unas cuantas consejerías!

La anomía que viene

En Burgos se han producido graves incidentes entre manifestantes vecinales y policías. La razón, que los primeros –no todos los vecinos del barrio, claro, sino un grupo activista—han logrado parar la construcción de un boulevard por parte del Ayuntamiento, con gran despliegue de acciones violentas, como rotura de vallas, incendios de muebles urbanos y demás números de repertorio. Lo discutimos en la radio, con Carlos Herrera, más o menos conformes en que los proyectos urbanísticos competen en exclusiva las instituciones, las cuales deben someterse, a su vez, a las condiciones que impone la ley, y no a un inverosímil criterio de unanimidad ni a una imposición minoritaria. En Granada, por su parte, un grupo de háckers invade la web del arzobispado y cuelga en ella una violenta réplica no sólo a la publicación de cierto intolerable  libro machista, sino, ya de paso, contra el Opus Dei y al propio Gobierno. ¿No es verdad que estamos viviendo una etapa de desconcierto frente al papel legítimo (y por tanto, también a los límites) de las llamadas “redes sociales” o de la piratería informática? Creo, modestamente, que sí, a pesar de que cualquier postura adoptada en este sentido será relacionada sin transición con la desprestigiada censura. No, muchos no pedimos censura sino, simplemente, una valla rousseauniana que detenga la libertad de algunos allí donde comienza la de otro. Y en Burgos, lo que llevamos visto –como en tantos sitios en los últimos tiempos—es que cierto libertarismo bohemio confunde la democracia representativa, que es la tenemos, con la asamblearia para la que, a juzgar por lo que estamos viviendo, esas minorías no están preparadas.

 

Recuerdo que Dos Passos decía que si la libertad pudiera gestionar por sí misma sus asuntos se habría convertido, de hecho, en simple democracia. El problema es que no puede –seamos serios—sin el apoyo instrumental de la representación, es decir, de los elegidos libremente y, por eso mismo, responsables de sus decisiones. Se paralizaría, no digo ya Burgos, sino Eurasia, si las decisiones municipales tuvieran que ser aprobadas por la totalidad. Pero en ello parece que andamos experimentando sin mucho ni poco sentido de la responsabilidad cívica. Profundizar la democracia nada tiene que ver con la revuelta que predica, por ejemplo, un Llamazares aquí pero no en Cuba. El régimen de libertades exige su tiempo para arraigar en las conciencias. El de los reventadores, no.