Arde Kiev

En mi opinión se simplifica al presentar el conflicto ucraniano como un pulso entre el Este pro-ruso y el oeste pro-europeo, o como un suceso exclusivo de Kiev, esa urbe dilatada junto al meandro colosal del río Dnieper. Cuando yo conocí la ciudad –en plena “perestroika”—el ambiente, castigado por la amenaza reciente de Chernóbil, era el de una ciudad soviética más que, contemplada desde el promontorio donde ese erige el cenotafio a los caídos de sus muchas guerras, llamaba la atención por la enormidad de su reserva verde –casi un sesenta por ciento del territorio urbano—y la belleza de esos brazos del río dibujando en el confín un extraño concierto. Sus calles limpias, su plaza –la de hoy—despejada e inmensa, en la que abría sus puertas el museo de Lenin y un comercio languideciente en el que los empleados exhibían su habilidad con el ábaco, nos dispersaban por unas calles silenciosas por las que algunos espiábamos el espectro de Bulgakov y la sombra del “ejército Blanco”. El pasado de Ucrania no es tan simplificable, pero lo cierto es que en la actualidad el país se enfrenta a una guerra civil en la que ambos bandos ignoran el axioma de Lucano: en una guerra civil, hasta la victoria es una derrota. ¿Se percata la Unión europea de que Ucrania es una potencia atómica desde que la URSS se desmembró? Da miedo pensar en la posibilidad de que unos locos o unos arrebatados, que tanto da una cosa como la otra, lleguen a enfrentarse a muerte en esa tierra que fue la cuna de Rusia (su primera capital) y ha pasado a manos de unas oligarquías depredadoras tras la que algunos llaman independencia. Anatole France mantuvo la execrable teoría de que la guerra civil era la menos detestable porque en ella, al menos, los combatientes sabían por qué se enfrentaban. En Ucrania –como quizá en Venezuela, toquemos madera—podría demostrarse en breve lo equivocado que estaba el “solitario de Estambul”.

 

Lo sólito de las informaciones terribles han logrado aliviar el sentimiento de terror que, de hecho, trasmiten los telediarios un par de veces al día. Ese enfrentamiento de Kiev, sin ir más lejos, resulta incomprensible y hasta se presta hasta las más peregrinas interpretaciones de los conspiranoicos. Pero el país entero, que no es sólo Kiev, contempla como nosotros un combate ininteligible que la corrupción de todos los contendientes convierte en deplorable. La primera capital de Rusia arde sin remedio. Se ha pagado un alto precio por la desmembración de la URSS.

Maíllo dixit

En una extensa entrevista publicada aquí antier, el coordinador general de IU-CA, Antonio Maíllo, se explaya en ocurrencias que parecen confirmar la impresión de que este hombre agradable nos produce de entrada: que no da para más de lo que da. A él le ha tocado aguantar el tirón de los “frentistas” apalancados en la Junta y da la sensación de que poco puede hacer para superar su resistencia: con las cosas de comer no se juega; dice que el PSOE es el que está en equilibrio pero eso no se lo cree ni él; dice que si UGT ha mangado (de CCOO no habla) debe excluírsela de la ayuda pública; dice querer transparencia frente a la corrupción pero se atiene a la doctrina minimalista que sostiene como una evidencia que la comisión de los ERE no dejó cabo suelto. Lo dicho: cada uno da para lo que da. Pretender otra cosa es ilusión o puro voluntarismo.

Historias fabulosas

Una tele privada ha obsequiado en la noche del domingo a su audiencia —“prime time”, claro—con un falso reportaje sobre el golpe de Estado del 23-F en el que han participado de figurantes destacados políticos de la tribu. El golpe habría sido un montaje concertado desde el Rey hasta Garci pasando por todos los capos de los partidos para dramatizar al máximo una situación ya de por sí dramática, como aquella, inflando un globo ansiógeno entre los espectadores más crédulos para, al final, pincharlo y a otra cosa. Menos Tejero, al que habrían comprado ¡por 23 millones! (no se pierdan el símbolo numerológico), todos, hasta los pobreticos guardias civiles que acabaron escapando por la ventana como vulgares rateros,  estaban al tanto de una conspiración de tomo y lomo. Bien, ahora ya saben hasta los lentos que todo era un simple juego para tangar a los pardillos, pero, para mí, fíjense qué curioso, lo único reprobable en ese programa es lo verosímil que resultaba todo, la lógica lubricada que permitía creer que, de hecho, la plana mayor estuviera de acuerdo en contarle al pueblo una de “cuchillos largos” en busca de una catarsis democrática. ¿Por qué no creer en ese plan si sabemos que Armada propuso a Múgica y éste informó a su partido de un proyecto de golpe blando del que habría de salir un Gobierno de concentración nacional, comunistas incluidos? ¿Cómo no se habrían percatado los participantes en la broma de que el pueblo llano, las masas, vamos, creen a pie juntillas que el Rey tuvo, sin duda, “algo” que ver en el pronunciamiento y que los EEUU no le hubieran hecho ascos a un zambombazo bien templado? ¡Nada igual desde que Orson Welles amedrentó a su país emitiendo por la radio “la guerra de los mundos”, con sus platillos volantes y sus invasores (precisamente) verdes!

 

Normal, totalmente normal, cuanto aparecía en la ficción, aunque costara tragarse el cambalache de Tejero o los marrones que se comieron en silencio Milans en su celda y Armada cultivando camelias en su pazo gallego. ¿Cómo dudar de que, de ser cierta la iniciativa, los periodistas entrevistados no se hubieran prestado a seguirla? ¿Y cómo no desconfiar de unos políticos que no han necesitado de semejante vileza para arruinar el prestigio de su clase? Ah, y una cosa más: se me ocurren treinta guiones similares pero en el que los participantes, sin excepción, no hubieran osado colaborar. Después de todo ¿qué es la Verdad? La pregunta de Pilatos, como se ve, sigue en pie.

Mendizábal vive

Hay gente, en la Izquierda sobre todo, que pretende desamortizar, en plan Mendizábal pero más de 175 años después, la Mezquita-Catedral de Córdoba, un bien privado de la Iglesia desde el siglo VI, y eso es ya algo más que un mero proceso de secularización o que una revolución liberal. Es un rasgo de primitivismo ideológico entre tantos como nos invaden y otra demostración de incultura difícil de justificar, como no sea entendiendo que con este tipo de radicalismos intentan rellenar el vacío “revolucionario” hoy aplastante. Y eso, viniendo de dirigentes radicales que, sin embargo, compran el piso del vecino en una subasta pública, por ejemplo, resulta demoledor. No hay signo político más arcaico que el anticlericalismo. Y asombra que, habiendo estado Córdoba en manos de IU tantos años, a nadie se le hubiera ocurrido hasta ahora ese atraco.

Mirar al cielo

Me invitan a un coloquio sobre el cambio climático y yo me apresuro, como habrán imaginado ustedes, a declinar la invitación, a pesar de lo cual mi amable anfitrión me da la del pulpo tratando a toda costa de involucrarme en su convicción cataclismática. “¿Es que tú no te has fijado en ese invento de las “ciclogénesis explosivas”, no has visto las olas gigantes en toda la cornisa del Cantábrico y las nevadas de muerte al tiempo que, en otras playas, el personal se bronceaba al sol de invierno? Antes –prosigue el hombre—nos bastaba para la meteorología con el anticiclón de las Azores y las borrascas formadas en el  noroeste. ¿Es que acaso durante años no ha habido esas ciclogénesis?”. La verdad es que mientras hablamos, cierto calorcillo hace que nos despojemos primero del abrigo y luego de la chaqueta, algo que no podríamos haber imaginado hace una semana, y cierto así mismo que resulta llamativa esa clave conceptual con que los meteorólogos resuelven hoy sus pronósticos sin necesidad de prevenirnos contra las borrascas ni anunciarnos el famoso anticiclón. Pero, qué quieren, uno no traga a Al Gore y está convencido, por lo demás, de un hecho poco discutible: la fragilidad de la memoria climática. Usted pregunta hoy a alguien cómo llovió el antepasado otoño o si fue muy cálido el ferragosto ante-anterior y dé por casi seguro que, a no ser por el auxilio de alguna efemérides, el preguntado se rascará la coronilla haciendo inútiles esfuerzos por recordar lo olvidado. Los registros climáticos que conservamos apuntan a que el clima ha variado mínimamente en los últimos cien años largos, lo que no impide que recordemos que existen famosos testimonios del Támesis helado con sus alegres patinadores allá por el siglo XVII o que hubo ríos españoles, como el Ebro, que se helaron siete veces entre el XVI y el XVIII.

 

Parece que en la Edad Media lució un sol tan potente que hay historiadores, como Le Roy Ladurie, que hablan del “óptimo medieval” al que sucedería luego la famosa “pequeña Edad de Hielo” con tantas otras cosas notables como puede encontrar cualquiera en su “Histoire du climat depuis l’ An 1000”. Compruebo enseguida que a mi interlocutor, como a la mayoría de los profetas de novedades, no le hace gracia el recurso a la Historia, al punto que me dice un poco bastante enojado: “Bueno, pues como tú quieras, pero te vas a perder 600 euros del ala”. Nos hemos despedidos con cierta frialdad. Casi gélida, diría yo.

Pobreza y mérito

Se cuestiona cada día más la sociedad subsidiada. ¿Existe un derecho a “no ser pobre” al que el Poder debe atender con solicitud o, por el contrario, esa ayuda debe estar supeditada al mérito? Una tendencia crecientes entre los sociólogos del trabajo es vincular ambos conceptos, es decir, uncir la noción moral de “derecho”, que tanto ha contribuido a estigmatizar al subsidiado, a la idea de “mérito”, es decir al esfuerzo recompensado. Leo con retraso el libro de Élisa Chelle, “Gouverner les pauvres”, en el que se reconoce esa evolución ideológica que, para entendernos, nos transporta desde la beneficencia a la política social, insistiendo en la necesidad de prestigiar ésta última como un instrumento imprescindible para la humanización de las relaciones sociales y, muy especialmente, en la visión de la acción del Estado más como un plan racional y dignificador que como el cumplimiento rutinario de un deber moral y, por qué no decirlo, también como un seguro de la paz social. Chelle no ve al privado de fortuna como un indigente a merced de la piedad ajena –tal como losveían, por ejemplo, nuestros escritores barrocos—sino como un sujeto social, sencillamente como un “ciudadano” que no mendiga sino que fuerza a la sociedad a tenerlo en cuenta en sus Presupuestos. La tendencia que comento apunta a que no debe haber más pobre subvencionado que el que trabaja y a que ese trabajo, como cualquier otro, debe funcionar como un pilar de la identidad social, en la idea de que el que trabaja no sólo busca una renta sino una suerte de legitimación social.

 

No más pobres indigentes, no más teorías sobre la picaresca que corroe la dignidad humana en esos niveles sociales que, entre otras cosas, suelen andar más alejados de lo político que las clases medias por no hablar de las dominantes. Sí, vale, pero ¿y cuando no hay trabajo, cómo “merecer” en medio de una sociedad abatida por el paro, acaso se come de la mera voluntad de trabajar? A veces temo que esta vertiginosa transición desde el liberalismo político al liberalismo económico, nos puedan devolver a aquella visión clásica de la pobreza en la que se legitimaba al pobre como mendigo colgándole del cuello una tablilla de bronce. Dice la autora que el control de la pobreza ha provocado que gastemos más ya en la burocracia controladora que en la pobreza misma. Eso debería bastarnos ya para replantearnos esta involución.