Patronal bajo sospecha

El festín de los “agentes sociales” se ha visto de repente interrumpìdo.- No erran sólo los sindicatos los que malversaban el dinero o retorcían sus contabilidades, sino también la propia patronal, la Confederación de Empresarios Andaluces (CEA), en estos momentos investigada por la Justicia que no ve claro, ni mucho menos, los manejos de una fundación dependiente de la CEA, cuyo desfase contable se cifra ya en 12 millones de pesetas y ha provocado un pequeño seísmo en la consejería de Obras Públicas de la Junta. Ha fracasado de la peor manera la estrategia de “concentración”, hay que asumirlo. El problema es qué hacer ahora.

El peligro amarillo

Es posible que fuera Jack London quien lanzara la expresión “el peligro amarillo”. Quizá en “The Unparalleled Invasion”, escrita a principios de siglo, donde imaginaba ya una China superpoblada, desbordada de activos y energías, que encontraba la solución en un expansionismo sin límites  contra el que los países occidentales no tendrían otro remedio que la guerra sucia: bombardear sus poblaciones con agentes infecciosos para diezmar la población. Esa obra es prácticamente contemporánea de la primera reacción revolucionaria china que llevó al poder a una incipiente burguesía en perjuicio de los explotadores extranjeros, y en ella London ve con una claridad desconcertante un poco lo mismo que hoy está ocurriendo, a saber, la colonización comercial de Occidente por parte de los laboriosos chinos. Ése era el peligro amarillo– que se dice (y es cierto) que también Napoleón mentó alguna vez—y no las patochadas  embutidas en el mito de Fu Man Chu –nuncio del futuro “Doctor No”– que mantuvo sin sueño a buena parte de mi generación. Hoy no hay más que salir a la calle o abrir los ojos para notar la presencia china que, en efecto, coloniza las calles de nuestras ciudades, pero por encima de esas impresiones “de visu”, leo en Financial Times que el año de gracia de 2013 los chinos superaron por primera vez el comercio mundial, por encima de los propios Estados Unidos, con unas mareantes cifras que prefiero eludir, pero que se resumen en el hecho de que aquella potencia, mientras aquí nos mecemos en la cuerda floja de la recesión, creció nada menos que en un 7’6 por ciento, algo por debajo de la cifra del ejercicio anterior y, para que se hagan una idea, logró un superávit comercial de más de 250.000 millones de dólares. Quizá ni Napoléon ni Conrad andaban tan despistados.

 

Lo curioso es que la forma política de ese estado emergente sea el “capitalismo de Estado”, una abstrusa iniciativa burguesa férreamente controlada por el mismo Partido Comunista que no hace tanto enviaba al campo de “rehabilitación” al más pintado por el hecho de llevar gafas, ese signo tan “burgués, ya ven. Claro que un “capitalismo de Estado” como ése cae más cerca de la firma mercadista que de la utopía del colectivismo y claro también que tal crecimiento no escapa a la ley de que cuando uno gana un duro –en fin, un “yuan”-.- lo que ocurre es que otro lo ha perdido. Mi nieto, inocencia en flor, se empeña en comprar en los chinos y yo, pobre de mí, se lo consiento.

El maletín del verdugo

El fenómeno de la tortura, del martirio infligido por el más fuerte al adversario indefenso, parece que respondiera a un arquetipo intemporal. Las mismas ocurrencias, idénticas maldades: hay pocas novedades en el repertorio de los verdugos. Un mismo espíritu pavoroso inspira la memoria de Hannah Arendt, Primo Levi, Giorgio Agamben o Robert Merle,  sabedores todos ellos, en definitiva, de que esa expresión supina del Mal responde a un repertorio corto de recursos, impuesto acaso por la limitación del propio cuerpo torturado. No hay “progreso” prácticamente entre el martiriologio clásico y el que el mundo descubrió horrorizado en Auschwitz o en Treblinka, réplicas serviles del utilizado por las diversas Inquisiciones. Voltaire recordaba en su requisitoria el caso del caballero de La Barre, el joven aristócrata al que, acusado de haber repetido canciones impías además de  no haberse levantado el sombrero al paso de una procesión, se le cortó una mano, se le arrancó la lengua y fue quemado poco a poco con el pretexto de hacerle confesar el número de sus pecados. No hay más que echar un vistazo al informe aparecido sobre las torturas perpetradas en los pretorios sirios de Al Asad para reencontrarnos con la misma relación de crueldades –cuerpos lacerados, lentos ahorcamientos, descargas eléctricas sobre cuerpos famélicos, casi inhumanos ya en su agonía—que tropezamos en cualquier otra ergástula. En su infame imaginación el verdugo quizá no sabe que repite el gesto inmemorial de sus antecesores respaldado por la misma sinrazón que animó a alguno a cercenar los pechos de una virgen, arrancar las uñas de un resistente o  exorbitar los ojos de un guerrero. El Mal es inmenso, las maldades, minúsculas y rutinarias.

 

El problema está en quién le pone el cascabel al gato en un “(des)orden internacional” dentro del que los EEUU mantienen ergástulas como Guantánamo, utiliza aviones-calabozos para torturar a sospechosos fuera del territorio nacional (en España, sin ir más lejos) o veja los prisioneros de guerra como hizo en Abu Ghraib. Asad es un tirano que cuenta a su favor con el hecho de que en su contra luche Al Qaeda pero, sobre todo, con la inaudita tolerancia de eso que llamamos Occidente. Y con el hecho de que todo Poder “comprende” esa desmesura que es, llegado el caso, su derecho al martirio ajeno. No lean, si pueden, esta última crónica, que no será la última, por supuesto, ni distinta de la anterior.

Vista de cerca

Lo va a tener fácil la oposición en el Parlamento andaluz para vapulear a la nueva Presidenta de la Junta. No es lo mismo, evidentemente, pasillear en un partido que enfrentarse a una tarea tan compleja como es la gobernación, y eso se le notó a la legua a Díaz en su primera comparecencia. Y es que no hay “política infusa” que valga ni puede esperarse grandes resultados de estos “appáratchiki” sin mayor formación que lo fían todo a la intuición y la suerte. Díaz dio, en su primera comparecencia, toda una lección de vacuidad que, con seguridad, se ha aprendido al dedillo la Oposición.

No me lo creo

Tropiezo en un medio que habitualmente respeto con un artículo que defiende la (para mí) increíble teoría de que la pobreza se ha reducido en el planeta un 80 por ciento desde 1970, hipótesis que el autor funda cuidadosamente en varias teorías no poco acreditadas pero que, en definitiva, a uno le parecen más bien que de lo que se trata es de exaltar al capitalismo y su “modo de producción”, como hubiéramos dicho hace cosa de treinta años. No soy quien para poner en tela de juicio las opiniones aducidas ni los gráficos corroboradores de semejante bonanza, pero en modo alguno me trago ésa al tener bien en cuenta los datos facilitados por la propia FAO, cuyo fracaso a la hora de minimizar la pobreza mundial es ya un lugar común. Que el PIB ha subido y mucho en la última centuria, a causa, excusado es decirlo, de la sideral mejora de las tecnologías, vale, pero ¿acaso no sabemos que el PIB es una engañifa si se emplean sus números fuera de contexto, de manera que acabemos haciendo bueno el chascarrillo de que si tu tiene diecinueve trajes y yo uno solo, la media entre los dos es de diez trajes por barba? ¡No me lo creo! ¿Cómo va a ser cierto que la mortalidad infantil ha descendido vertiginosamente si tenemos a la vista la experiencia de Médicos sin Frontera, pongo por caso, o las propias estadísticas de la ONU? Que no trago, en fin. Ahora bien, cuando me cuentan que el efecto contaminador del Sistema ha descendido llamativamente (en sus emisiones de CO2, por ejemplo) o que el acceso al agua potable está prácticamente superado, es que no me creo ni la mayor ni la menor. Pregunten en Manos Unidas, a la propia FAO, a las ONGs serias que se baten el cobre día a día en ese “mondo cane” y comprobarán que poner de ejemplo de mejora a países como Malawi, Congo, Somalia, Burundi o Nigeria constituye una auténtica temeridad si no un camelo entero y pleno.

 

Se puede comprender que uno barra, incluso inconscientemente, para su propia casa, pero no veo cómo pretender que la “ratio de muertes” en el siglo XX fue, “pese a todas las guerras y genocidios, nueve veces menor que en los tiempos de las guerras tribales” o decir que los conflictos armados, las violaciones o el abuso de menores están decreciendo por todas partes. ¿Cómo insistir en que, a pesar de la crisis, la cifra de pobres ha descendido en las últimas décadas? Entiendo con cierta tristeza, que el capitalismo, con semejantes paraninfos, maldita la necesidad que tiene de argumentos.

La bici revolucionaria

El idilio de IU con la bici lleva camino de acabar en legendario. Más allá del experimento llevado a cabo en Sevilla, la coalición se propone ahora, desde el gobierno de la Junta, gastarse 421’4 millones de euros en la construcción de una red de más de 5.000 kilómetros al servicio de los ciclistas de las capitales y grandes poblaciones andaluzas. Es la nueva ideología, la que cambia la colectivización por el carril bici, objetivo revolucionario donde los haya. La consejera comunista de Fomento ha llegado a decir que “la revolución de la bici es posible aquí y ahora” dado que, a su juicio, el biciclo es “la palanca del cambio del modelo productivo que Andalucía aspira a poner en marcha”. Uno no sabe nunca si hablan en serio o están de coña.