Panmujom

Casi setenta años después, el rescoldo de la Guerra Fría sigue vivo en Corea. Aquella guerra que marcó a mi generación no acabó nunca, como nunca acaban las guerras que se liquidan con un armisticio, es decir, con un trazo sobre un mapa que parte en dos al país de que se trate y en mil pedazos su entidad familiar. Todavía hay en Corea, en efecto, dos bandos familiares luchando por reencontrarse, padres separados de sus hijos, hermanos de sus hermanos, a todos los cuales el armisticio de Panmujom, la divisoria del Paralelo 38, ha arrebatado de cuajo su vida en la atmósfera irrespirable de una guerra congelada. Desde allí llegan noticias sobre el parón que ciertas maniobras militares han provocado en los planes, no ya de reagrupación familiar, sino al menos de reencuentro entre las parentelas rotas que, desde el año 2000, se viene pactando por grupos entre las dos mitades de la nación, a pesar de la evidencia de que la inmensa mayoría de los separados cuenta, a estas alturas, con una edad límite si es que no ha muerto ya. Son estremecedoras las imágenes de esos reencuentros, los rostros arrasados en lágrimas de quienes tratan de reconocer su sangre en otros rostros devastados, a su vez, por el tiempo y la miseria, el rumor entrañable de la fraternidad prohibida que no pudo ni imaginar Picasso cuando entrevió allí la fallida réplica de su “Guernica”. Y ahora puede que ni eso, dado que, con la excusa de la provocación, los dementes del Norte han encontrado un motivo suficiente para evitar el contacto, inevitablemente desmoralizador, de sus propios parias con sus afortunados parientes del Sur. Hay guerras de nunca acabar y ésta –como hasta no hace tanto la primero llamada de Indochina y luego de Vietnam—es, sin duda, una de ellas.

 

El largo parón de aquella contienda –con la que se forró la industria armamentística americana y el planeta entero naufragó de nuevo en el abismo maniqueo—ha puesto de relieve la tremenda superioridad del sistema de explotación capitalista sobre el régimen de explotación sovietizante que mantiene a pan y agua a un pueblo esclavizado, evidenciando una vez más la virtualidad de la teoría de Rudolf Bahro de que la competencia bélica ha sido y será el gran acierto de los liberales y el sempiterno error de los colectivistas. Contemplamos la emoción de esos parientes llorosos, abrazados a la nostalgia de una existencia perdida, que claman contra la falsa paz de unas contiendas sin otra causa que la ambición.

La “Gürtel” andaluza

Por lo que se sabe hasta ahora, la ramificación de la trama “Güertel” en Andalucía no resiste la comparación con las hasta ahora descubiertas por ahí. Aunque si resulta probado que aquí también se mangó dinero para financiar la política, al calificativo que corresponda a los mangantes y a quienes los autorizaron, hay que añadirle el de tontos de remate. En especial si se considera que en el PP se conoce el saqueo de los ERE desde hace mucho como se conoce ya públicamente el enorme montante de esa estafa tras la que está hasta el “apuntador”. Si es verdad que desde el PP mangaron “a plazos” para pagar facturas en un pueblo mientras enfrente ocurría lo que ocurría, serás como para mandar al paro a todos sus responsables.

El paraíso alemán

Aplicando el coeficiente de Gini –que mide estadísticamente la desigualdad en un país calificándolo del 0 al 1–, especialistas del Instituto Alemán para la Investigación Económica (DIW) han asignado nada menos que un 0’78 a la situación alemana. El paraíso dirigente, el país al que vuelan esperanzados nuestros jóvenes profesionales junto a los ganapanes turcos, resulta que esconde un foso profundo entre sus clases, sin duda, por lo visto, el más profundo de la Unión Europea. No terminan de alzar el vuelo los “Länder”, sus estados autonómicos, a pesar de las fabulosas contribuciones recibidas para relanzar sus economías, ni parece que haya modo de aproximar los haberes de los ciudadanos del Oeste, hoy por hoy dueños de un patrimonio medio de 94.000 euros, a los del Este, que apenas cuentan con 41.000 en el suyo, o de reducir la brecha entre varones y hembras, dado que al varón se le calcula una media de 27.000 euros más que a la hembra. Los ricos, eso sí, consta que van embalados y han hecho de la crisis una ocasión óptima respecto de la cual los expertos manejan cifras mareantes, mientras que los parados han visto cómo su patrimonio se reducía prácticamente a la mitad en tan sólo un decenio, nunca, en el mejor de los casos, superior a los 18.000 euros, una cifra todavía pasable si se tiene en cuenta que aproximadamente un tercio de la población del gran país no posee en este momento patrimonio alguno. ¿Cómo encajará en ese edén desequilibrado la inmigración cualificada que busca bajo sus palmerales el oasis que en su tierra no puede ni soñar? Eso no está claro del todo, pero si bien se espera que la elevación del salario medio decidido por Merkel y su socio socialmedócrata puede dar un empujón considerable a la población trabajadora, también hay voces agoreras que ven en esa medida un riesgo que podría sustanciarse en la pérdida de un millón de empleos que vendría a dar la puntilla a una sociedad tan desigual.

 

Asusta comprobar esos datos en la potencia que es el referente indiscutible de Europa y, sobre todo, la idea de que la crisis ha resquebrajado nuestro universo económico en términos que permiten intuir un futuro de lo más incierto. Lo que no sé es cuál sería el cuadro si aplicáramos ese coeficiente de Gini a la población española en esta hora temible. Ya hablaremos con nuestros jóvenes titulados cuando vuelvan de vacaciones y nos hablen de su experiencia en el paraíso soñado.

Lapidario desde el puente

“No tenemos que navegar por aguas movedizas”, María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP. “La música de Paco de Lucía será eterna; durará años, incluso siglos”, Manuel Chaves, ex–presidente de la Junta de Andalucía. “Si algo nos ha enseñado el pasado es que unidos somos imparables”, Juan Ignacio Zoido, alcalde de Sevilla. “Estoy solo por memo e ingenuo”, Pedro Pacheco, ex-alcalde de Jerez. “Ya sé que el Gobierno de la Junta hace lo que ningún otro para paliar el sufrimiento de los ciudadanos”, Miguel Ríos, rockero. “La sociedad cambió; cambiemos nosotros”, Manuel Gracia, presidente del Parlamento dre Andalucía.

Río revuelto

Es posible que el desenlace provisional de la crisis ucraniana resulte más complejo de lo que, a primera vista, puede calibrarse. La entrada de Maïdan, la asamblea popular, en el nuevo Gobierno traduce un impulso revolucionario que ha dificultado, sin duda, su reconocimiento por parte de una UE, por ejemplo, en la que no parece que el modelo subversivo quepa con comodidad, por no hablar del riesgo que una federalización del país supondría para su mera subsistencia. No hay duda ya de que Ucrania está dividida en dos mitades irreconciliables, una de las cuales –la del Este y Crimea—cuenta con un apoyo ruso que, de momento, ya ha provocado que la alerta en las tropas del centro y del oeste de Rusia, resuene en claves bélicas, dada la improbabilidad de que esta gran potencia pudiera modificar el estatus de su gran base militar en Crimea, considerada “la otra llave del Mediterráneo”. Pero el problema, estrategias aparte, es el que plantea un movimiento espontáneo, callejero, que ha conseguido llegar al poder, siquiera parcialmente, sin otra legitimación que su propia presión, lo que hace difícil rebatir la tesis (no sólo rusa) de que lo ocurrido hasta ahora en Kiev no es sino un golpe de Estado muchos de cuyos beneficiarios, por lo demás, no son ajenos a la corrupción generalizada que padece el país entero. En puertas de una guerra, todo ello adquiere una gravedad inusitada.

 

Habrá que aguardar, pues, a que la nueva situación se decante y demuestre su viabilidad, porque ya advirtió Sorokin que de los dos momentos que tiene toda revolución –destruir y reconstruir—el primero puede resultar paradójicamente más hacedero mientras que el segundo ha de resultar de manera inevitable más dificultoso. Una advertencia que debería considerar con urgencia la actual tendencia a la insumisión, entendida ésta como alzamiento espontáneo de grupos sociales contra el poder considerado injusto o ilegítimo, tan propagada tras el “éxito” pírrico de la llamada “primavera árabe”, incluidos sus desastres. No hay por esa vía un acceso razonable y práctico a la democracia, dado que la imposición, venga de donde venga, contradice su esencia, pero sí que ese mismo acceso constituye un riesgo para el régimen de libertades que ha de surgir necesariamente del conjunto social y no de un cuerpo segregado por exitoso que momentáneamente resulte. En Kiev se ha jugado la primera mitad de esta partida. En puertas de la tragedia se va a jugar ahora la segunda.

El bigote de la gamba

La cosa de la homosexualidad se está poniendo en África color de hormiga. Hay países, musulmanes por lo general, que condenan a los homo a la pena capital y los hay, como Uganda, que trasantier mismo aprobó una ley endureciendo las penas contra ese “delito” que el presidente Yoweri Museveni considera “contra natura” aunque, como es natural, su argumento sea más rudimentario. Museveni dice no comprender por qué un varón va a desear a otro varón habiendo como hay tantas mujeres que da gusto verlas y, aunque sólo sea por llevarle la contraria a Occidente, que le ha reclamado prudencia, se ha descolgado con una reforma penal que incluye pena de 14 años de cárcel para el “diferente” y cadena perpetua en caso de reincidencia. Ese hombre, macho desde el cerebro reptiliano, no concibe el proteico fenómeno de la sexualidad más que como algo enterizo y ve la elección sexual como regida por un patrón rígido que exige ser eliminada de la sociedad (la reforma incluye, por vez primera, a las lesbianas) cortando por lo sano. Nada significan para él los avances civilizatorios que han supuesto, excesos aparte, avances en la igualdad y garantía de los derechos humanos, a pesar de la advertencia de la ONU de que, como consecuencia de estas severidades, serán muchos los homo que se resistan a someterse a la prueba del VIH, el gran problema de aquel pueblo, en el que se venían haciendo importantes progresos. ¿Y qué vamos a hacer? No se le puede ir a Museveni con buena razones y menos, por razones obvias, hablarle de Sócrates o de Miguel Ángel, pero hay que reconocer que lo mismo, más o menos, nos ocurre con algún  flamante cardenal español convencido del carácter patológico de las afinidades homosexuales. África empieza en los Pirineos, en efecto, al menos para algún purpurado.

 

¿Sodoma y Gomorra, Grecia y Roma, los renacentistas? Proust, que “entendía” de qué iba la vaina, dijo dos cosas que no he de olvidar sobre este asunto. La primera, que no había “anormales” cuando la homosexualidad era la norma y, segunda, que nuestra personalidad social –la forma como nos ven los demás– no es sino una creación del pensamiento ajeno. Pero, entiéndanme, ¿cómo le contamos a eso a un cuerpo que tiene garantizada la reelección vitalicia y gana las elecciones –golpes aparte—a base de fraudes sistemáticos? La civilización evoluciona en dientes de sierra, ya lo sé. El problema estalla cuando uno de estos sátrapas la corta de un machetazo.