La propia imagen

Desde que la nueva presidenta de la Junta, Susana Díaz, llegó al puesto de un empujón de Griñán, anda dedicada a la construcción de su propia imagen, que ella sabe de sobra que vale más que mil palabras. Su mayor éxito, repetido este fin de semana, gira sobre el problema territorial en su versión catalana, al que ella opone, con razón, buenos aunque elementales argumentos. De Andalucía y de lo que aquí se cuece y se fríe, ya se preocupa menos, o será que catalanea para distraer la atención de problemas tan morrocotudos –los ERE, Invercaria, UGT…–  como los que la autonomía tiene en lo alto. Es muy dueña de sus tiempos, cierto, pero no podrá olvidar siempre sus competencias más directas.

Todo se olvida

No hay tragedia que dure en titulares más de un tiempo prudencial. Aburre la repetición, en especial cuando las víctimas desbordan la expectativa de los benefactores. Un tsunami, una erupción devastadora, un terremoto –da lo mismo—nadie espere que se mantenga en portada hasta que se repare la desgracia. Tenemos muchos casos, pero, sin ir más lejos, ahí tienen la situación de Haití cuatro años después del temible seísmo que causó 220.000 muertos cuando menos y asoló el país entero. ¿Quién sube hoy a Haití a los grandes titulares, si la noticia vieja, ésa es la verdad, deja de ser noticia? La ayuda recibida, que ha sido considerable –la mayor aportada nunca a un país sudamericano—no ha llegado más que a uno de cada dos damnificados porque, como era de prever, el dinero se le ha quedado entre las uñas nunca sabremos a quién, de manera que la pobreza se ha consolidado, y las familias deshechas se apretujan en sus cubículos aunque se alcen nuevas escuelas y se reparen los templos mientras los adolescentes y los jóvenes progresan adecuadamente en la práctica del béisbol bajo el signo yanqui. Tres cuartos de lo mismo ocurre en Filipinas tras el último gran tifón, y en todas partes donde se ha puesto a prueba la solidaridad. La propia ONU, las ONGs que acudieron en masa el primer día, van abandonando un país que, para qué engañarnos, se considera inviable como tal Estado fallido, al tiempo que los 200.000 haitianos refugiados en la Republica Dominicana se ven en la coyuntura de perder esa nacionalidad y quedar como apátridas para los restos. La solidaridad es prima hermana de la noticia: lo que deja de ser novedad queda fuera de su alcance.

 

Un documental de Raoul Peck, “Assistence mortale”, permite ver en directo la pavorosa realidad de la catástrofe, tanto como la miseria de las instituciones, el escaso poder de la dirigencia, la ausencia de una sociedad civil capaz de impedir la rapiña perpetrada por algunos aguilillas. Y el fracaso completo de una ayuda internacional sin planificación alguna –desde EEUU y Rusia hasta Nigeria pasando por China, Venezuela, Qatar, Japón o la UE–, incapaz de toda estrategia de desarrollo en beneficio del empleo y de la renta. Haití agoniza cuatro años después, algunos jóvenes juegan al béisbol y un puñado de especuladores se han puesto las botas. Nada nuevo. Al contrario, otra prueba de la falacia de una solidaridad internacional incapaz de todo lo que no sea la exhibición inicial de los buenos deseos.

El cero a la izquierda

La invención del cero ha merecido de un especialista máximo como Georges Ifrach, en su monumental obra sobre las cifras, la calificación  de “principio revolucionario”. Los contables de todas las civilizaciones comenzaron, tras la invención de los números, a desarrollar sus cábalas representando cantidades por cifras que indicaban valores concretos al margen de su posición. Así se trabajó, tanto en las contabilidades egipcias, tan prolijas como hoy sabemos, como en las practicadas en Grecia, Roma o Israel, con la curiosidad de que si es verdad que hubo un signo para representar el Vacío –el doble clavo oblicuo de los babilonios, mismamente—no lo hubo para significar la Nada, que no se considerarían sinónimos hasta mucho después. El cero fue una revolución, ya les digo, según los sabios, y para qué hablar del “cero a la izquierda”, curioso “signo insignificante” si me permiten esa tautología casi solecista, pero que da un juego enorme al menos en el plano retórico. Escuchen lo mismo a un conservata que a un sociata prometiendo con vehemencia decir y repetir eso de “Tolerancia, cero” o aquello otro de “¡Corrupción, cero!” que, en el fondo lo que pretende garantizar es justamente la intolerancia absoluta frente a algo que se detesta, para comprender que ese “cero” que se emplea en la retórica política es un cero a la izquierda –y noten que escribo la palabra con minúscula—y no un exponencial cero a la derecha que es lo que, de hecho, desgraciadamente, acabamos comprobando que ha sido el aplicado. Los políticos actuales utilizan esa expresión llamativa convencidos en su interior de que las palabras se las lleva el viento (“las palabras son aire y van al aire…”, versificaba Bécquer) y, en consecuencia, no comprometen más allá del efecto emocional, mitinero, que puedan producir sobre todo en los afines y en los babiecas.

 

Un cero absoluto habría que ponerle a todos esos numerólogos camelistas, pero no a la derecha, sino a la izquierda. ¿O es que alguno de ustedes recuerda una sola de esas promesas cifradas que haya dado de sí algo más que un titular? Nuestros prohombres son grandes minervas iniciadas en las “cuatro reglas” aunque entiendo que restan mejor que suman y dividen mucho más que multiplican, elevando el cinismo a su enésima potencia. Personalmente, si les oigo prometer que alguna maldad va a ser reducida a cero, me echo a temblar, convencido de que la verdad debe de andar por el envés de ese socorrido haz.

El paso cambiado

A la nueva Presidenta, Susana Díaz, el documento con su firma que demostraría que el PSOE compartía beneficios de las subvenciones para cursos de formación concedidas por la Junta le parece que es falso. El portavoz de su partido, en cambio, más allá de circunloquios y peroratas, lo da por auténtico. Mala cosa, sin duda, que puede que explique por qué Díaz

ha evitado hasta ahora ventilar a fondo esa sentina limitándose a pedir la devolución de lo malversado cuando algún medio, como El Mundo, ha publicado los papeles correspondientes. Si se confirma que esa firma es, en efecto, verdadera, ya podemos despedir cualquier esperanza de ver aclarado el saqueo.

Forrarse en la crisis

Con cierta frecuencia se habla de Amancio Ortega, el fabuloso empresario gallego, creador de Inditex y del holding inmobiliario Pontegadea, con entrecortadas razones que cuestionan su proceder empresarial. ¿Será verdad que subemplea a mansalva, que incluso deslocaliza en busca de márgenes más amplios, que es, en definitiva, uno de esos que se están forrando, no a pesar de la crisis, sino apoyándose en ella? Uno no lo sabe, y líbreme Dios de hacer eco a rumores inconsistentes (por ahora), pero de hecho, según la prensa especializada, Ortega habría más que duplicado su fortuna desde que la crisis comenzó.  La revista Forbes atribuía a Ortega hacia 2008 un fortunón de casi 18.000 millones de euros, cantidad que lo situaba en el octavo lugar del ránking mundial de millonetis, pero, ay, en 2013 le atribuye nada menos que 42.000 millones largos de euros, o lo que es lo mismo, una cantidad que demuestra que, desde que la crisis asomó la cabeza, don Amancio ha más que duplicado su tesoro. Han crecido pero menos –según esos medios—personajes del “top ten” mundial como Carlos Slim (el patrono de Felipe González) o el gran Bill Gates, pero lo de Ortega es que clama al cielo, oigan, pues ese hombre de perfil gris parece haber descubierto mejor que nadie la clave de una situación que trae arrastrando el ala a la inmensa mayoría. Sólo el holding mencionado, corralito de sus bienes inmobiliarios, vio elevado sus beneficios en un treinta por ciento en los últimos ejercicios. ¿Será este gallego gris otro rey Midas, el que convertía en oro todo lo que tocaba? Aquí y ahora me limito a constatar esas cifras que dicen más sobre la índole de nuestra crisis que todas las prédicas de los ecónomos.

 

Todo encaja, sin embargo, si bien se mira. A Amancio Ortega lo ha venido Dios a ver con la generalización  del mileurismo, con la caída de los precios, con el entreguismo de la mano de obra aquí y en todas partes, de manera que nada de raro tiene que –bien provisto de reservas financieras— “su” crisis haya sido para él más bien una oportunidad que un traspiés. Cada día, en fin, es más ancha, más enormemente ancha, la grieta entre ricos y pobres, entre potentados que controlan el marcado y currelantes que, mano sobre mano, se someten indefensos a sus arcanas leyes. ¡Que verdad grande la del pesimista: en este mundo cuando uno gana un duro, otro lo pierde! Ignoro si Ortega conoce este “dictum” o no pero me temo que, para el caso, es igual.

Política y Justicia

Un juez granadino ha archivado la denuncia de unos concejales del PSOE contra el alcalde granadino, Torres Hurtado, al que acusaban de haber prevaricado al favorecer por valor de 8’2 millones de euros a ciertos constructores. El juez dice al archivar que “dada la extraordinaria gravedad y presunto descaro de las manipulaciones”, los denunciantes deberían pedir perdón. Frente al alcalde de Huelva, entre finales de los 90 y hasta hace poco, el PSOE perdió una querella y más de una docena de contenciosos, sin una sola victoria. Calumnia que algo queda: puede que esos denunciantes acaben lamentando el procedimiento.