Mal comienzo

Está de más la absurda discusión sobre a quién corresponde el mérito del descenso del paro regional, y lo está porque es obvio que lo que marca la mejoría generalizada es la política económica y laboral del Gobierno de la nación. En todo caso, lo que importa es que esta vez el empleo mejora también en Andalucía, ahora ya en términos realmente esperanzadores, pues encabezar, por una vez, el ránking de los que crecen es un éxito de todos, y cifrar esa mejora en casi en 60.000 nuevos empleados –más allá de la calidad de ese trabajo y de su carácter fluctuante y temporal— no cabe duda de que supone un sólido motivo para la confianza. Que la cosa mejora es indudable. Ejercer de hipercríticos de esa mejoría no pasa de ser un ejercicio de malévola melancolía.

Viejo refrán

El español castizo, el del Imperio, entendía que a sus hijos les quedaban tres alternativas: “Iglesia, Mar o Casa Real”, esto es, el refugio eclesiástico, la emigración a Indias o antigua burocracia , eso que ahora llamamos la “Función Pública”. Hoy escasean las vocaciones y ya no buscamos aventuras trasatlánticas, pero una prueba de que seguimos socialmente inmaduros es nuestra dependencia de las “administraciones públicas”. En Andalucía, ahora más que nunca, una legión de jóvenes se colapsa en la cola de acceso a la Junta porque en el ámbito empresarial privado sigue sin sitio. Dicen que algunos ya no cumple ni los 40 y eso, lamentablemente, no quiere decir otra cosa sino que –en especial, los hijos de las clases medias—siguen como hace medio milenio. Nuestra realidad laboral precisa de una reflexión urgente y definitiva.

Mañana en Paris

Invierno parisino, la gente apresura el paso por la calle. Dos de cada tres peatones caminan absortos como abducidos por sus auriculares, otros dos trastean sus “smartphones”, la muchedumbre de fantasmas abarrota calles y almacenes cuando no se detiene en el bistrot bajo el calor de la lámpara. París, como el resto del mundo, ha cambiado y ya no es el que era.

Tras el ábside de Nôtre Dame, una patrulla militar armada hasta los dientes: metralleta, pistola y casco en la cintura. En la puerta principal –como a la entrada de Saint-Julien-le-Pauvre, como en la de la Madeleine…– el anuncio terminante –“Sécurité renforcée. Risque d’attentat”— no parece alterar al gentío que permanece paciente en la larga cola. En la explanada del Louvre patrullan varias escuadras de soldados y en los Campos Elíseos o en los alrededores del Arco del Triunfo, a esas fuerzas se unen los retenes de policías antidisturbios. Vigilancia patente –la secreta debe de ser mucho mayor— también en la Concorde, en Saint-Michel, en los concurridos alrededores de Ópera, en torno a las estaciones del Metro en cuyo laberinto arrullan los violines mientras los mendigos sirios añaden discordes su nota desesperada. Bajo la cartelería del “Frexit”, esa mala copia del espasmo euroescéptico, la gente apresura el paso urgida por el frío intenso, atenta como una legión zombi a sus trebejos electrónicos, sin inmutarse siquiera bajo el breve chubasco. “Risque d’attentat”: Paris sigue su curso, con una indiferencia rayana en la temeridad, quién sabe si con la procesión por dentro. Aislada todavía hoy en la “banlieue” periférica, en un par de generaciones, la inmigración parisina –en especial la islámica— podría superar a la población autóctona pero, de momento, ahí está ya, junto a las dos grandes tragedias vividas, el permanente “risque d’attentat”. Invisible, fantasmagórico y real como la vida misma. Decididamente, París, como todo el mundo, no es ya el que era.

Lo advirtió Edgar Morin a finales de los 80, como una profecía: estamos sometidos a un “double bind” entre la exigencia biológica que encarna el pacifismo y la exigencia de libertad que requiere defensa y protección. Lo recordamos hoy revisitando esta Babilonia tantas veces estremecida y siempre resurgida de sus colapsos, contemplando el gentío que discurre autista bajo el gris matinal cuando una falla en la nube más alta deja entrever una tímida ráfaga de sol. ¡“Risque d’attentat”! Habrá que aprender a convivir en el nicho de esta libertad vigilada. París, Europa, el mundo entero no son ya la ciudad alegre y confiada que un día conocimos. Tal vez nosotros, como decía Neruda, tampoco seamos ya los mismos.

Fin de fiesta

Mal año el que ahora se acaba. Al “régimen” constitucional se le ha gripado el motor y al autonómico –al nuestro– lo han sentado en el banquillo; no va mal del todo España, pero Andalucía sigue tal como estaba: impávida y en la cola del tren nacional, con el PIB bajo y el paro alto, las corrupciones, endémicas, y los antisistema reconvirtiendo nuestra vida pública en el circo de tres pistas de la “media memoria histórica”, el pasacalle del pacifismo heráldico –¡hasta quieren quitarle la espada a san Fernando!— y la murga de una paridad aritmética que no puede con la vesania machista. Y nos aguarda otro de aúpa, aquí con el “juicio del siglo” y allá proponiendo la investidura virtual de un candidato fugado de la Justicia. Menos mal que la esperanza es lo último que se pierde.

Truco consumado

No podrá quejarse la Junta si sus funcionarios tratan de tangarla alguna vez tal como ella acaba de tangar al Tribunal Constitucional trucando a ojos vista la ejecución de su sentencia sobre la jornada laboral de 35 horas. Es verdad que la Administración autónoma viene funcionando desde su nacimiento a base de trucos, pero nunca como en esta ocasión había osado uno tan peligroso como el de acortar la jornada a base de “trabajo no presencial”, es decir, legalizando la simulación de la tarea, un trampantojo consumado que la deslegitimará sin remedio frente a la eventual indisciplina de sus propios trabajadores. Pero no nos confundamos, porque este pleito y este desenlace –como tantos otros– lo que revelan es la progresiva ruina de un Estado de las Autonomías que ha envejecido tanto que se atreve ya incluso a cuestionar la unidad nacional.

Noche de paz

Antier, durante la noche de Navidad, los servicios de salvamento españoles estuvieron luchando en alta mar para rescatar a unas decenas de desdichados perdidos y a la deriva en una patera. ¡Noche de paz! Mientras en nuestro deseado paraíso (¡), se celebraba el festín navideño invocando, por si fuera poco y no poco cínicamente, el paradigma mítico de la pobreza, aquellos desheredados apostaban contra la muerte en un piélago, como el Mediterráneo, que se ha tragado en el año saliente nada menos que la vida de ¡3.000 criaturas! Y el silencio: ni una voz, fuera del prescindible titular, ni un solo gesto del Poder imperturbable para solucionar la gran tragedia del siglo. El “primer mundo” vive de espaldas al “tercero”. Todo hace prever que en el nuevo año seguirá contemplando imperturbable este genocidio tolerado.