Delenda est Alaya

Todo vale contra la juez Alaya, desde los explicables rigores del Audiencia hasta las groserías machistas del consejero de Justicia pasando por las descalificaciones de todo tipo –¡hasta personales e íntimas!—y, por último las grave acusaciones de los sindicatos. Sobre todo esa teoría del responsable de CCOO de que la instructora “se extralimita” porque hace de las imputaciones un “mecanismo de presión”. ¿No es esto último acusar a la juez de prevaricación? ¿Y quién es quién para lanzar esa pedrada? Desde la Presidenta hasta los sindicatos y los empresarios lo que tienen que hacer es abrir las ventanas y encender la luz para evitar equívocos. Atacar a la juez, aparte de un despropósito, es un empeño inútil.

Boko Haram

Los islamista nigerianos se agrupan en un una organización, Boko Harem, que en lengua hausa significa literalmente “la educación occidental es un pecado”, y operan según el acreditado protocolo afgano de los talibán, procurando por las bravas la exclusión de la mujer del estudio, no sólo mediante estrategias de acoso sino, sin más, plantándose en las escuelas y colegios y raptando del tirón a las colegialas como acaban de hacer en Chibok. Las tensiones religiosas en Nigeria comenzaron a mediados del siglo XIX con el desembarco de misioneros cristianos que enseguida tradujeron la Biblia al yoruba, pero al mismo tiempo, desde Sudán, el islamismo fue penetrando también en el país para disputarle su puesto a la religión ancestral que siempre tuvo su lugar sagrado en Ife, centro del mitologema yoruba que nunca acabó de desaparecer. Los Boko Haram han provocado ya miles de muertes, han arrasado pueblos y sometido a sus poblaciones y, en esta última fase, se proponen imponer el modelo fundamentalista afgano ante la indiferencia del orden internacional. Así, parece que, en definitiva, lo de Chibok ha consistido en el rapto no se sabe con certeza si de cien o de doscientas colegialas arrancadas de sus aulas y trasladas a un destino ignorado. No es improbable que en poco tiempo tengamos más de un régimen talib que amenace tanto a las poblaciones cristianas como a las aborígenes aunque es seguro que nadie ha de mover una mano para detener semejante barbarie. Una nueva Edad Media se cierne sobre el continente y, en cierta medida, sobre el mundo, y el boicot educativo es su instrumento más eficaz.

La cultura, en concreto el saber, se ve desde esa grosera perspectiva como una amenaza para la virtud y como un elemento antisocial cuya eliminación justifica cualquier recurso, incluida, claro está, la abolición de toda noción de los derechos humanos que son percibidos desde el fanatismo como la causa de la perversión del paradigma arcaico, que es el único aceptado como íntegro. La mitología flexible de los yorubas poco puede oponer a esta invasión foránea, aparte de conservar “in pectore” el recuerdo lejano de un panteón ancestral que nunca planteó siquiera la unicidad de las creencias, como pude apreciarse en sus derivaciones cubanas o en brasileras, diluidas en la “umbanda” o en el ámbito más general de la macumba. Las guerras de religión constituyen el fenómeno más aberrante de este siglo XXI del que tanto esperaron los ingenuos.

Asuntos reservados

La Junta nunca ha confiado mucho en los funcionarios. Los contratados son siempre material más flexible, más acomodaticio, y si no lo son ahí tienen la puerta. La actual presidenta Díaz, cercada cada día más por los escándalos a los que es no es ajena, se ha visto entre la espada y la pared con este último de los cursos de formación y por ello ha jurado por sus mengues que los que hayan patinado lo van a pagar caro, eso sí, disponiendo al mismo tiempo que el Parlamento no meta la nariz en el negocio y que la revisión de expedientes corra a cargo de una partida de interinos contratados para tal fin. ¿Hay o no hay razones para que los funcionarios estén que trinan? Ellos sabrán pero Díaz sabe también que un funcionario estable es menos de fiar que un trabajador pendiente de un hilo.

Los no indultables

Tengo entendido que los jueces o, al menos, muchos jueces, no quieren indultos porque ven en ellos una intromisión que, de no ser excepcional y justificadísima, conculca mal que bien el principio de separación de poderes sin el cual una democracia no es tal. La gente, por su lado oscuro, ve en los indultos un truco del que se benefician los poderosos pero del que quedan excluidos los pringaos, y no lo creen así, por las buenas, sino porque una larga experiencia les enseña que las cosas son más o menos de esa manera. Dios y ayuda costó que soltaran de una vez al que todo el mundo llamaba “el preso más antiguo de España”, un tal Montes Neira, que empezó por desertar del Ejército en su día y ya no paró hasta coleccionar 30 condenas, seis de ellas acarreadas por su condición de fuguista, y sin embargo, aquí ha habido presos vistos y no vistos, entre ellos banqueros, presidentes de autonomías, altos cargos, corruptos, policías torturadores y hasta ministros del Gobierno. El caso de la gitana actriz Carina Ramírez, “redimida” por el teatro, que ahora acaba de ingresar en prisión, es uno más de tantos como llevamos conocidos de gente que cometió un día lejano un delito y arrastra durante años, a pesar incluso de su redención, el estigma y sus consecuencias. Carina robó una vez chatarra, según parece, pero la ley es la ley –según dicen, también—y por ello ha debido pasar del escenario a la celda para “pagar”, que es como los delincuentes suelen decir, su delito. ¿No habíamos quedado –incluso en la Constitución– en que la función de las penas era la de reinsertar a quien se le había ido la mano? Entonces, ¿por qué, una vez más, nos topamos con una persona reinsertada a la que no olvida la terrible memoria judicial?

El caso de Carina, ya digo, no es nuevo, sino uno más entre tantos como llevamos vividos de mínimos delincuentes con los que la Ley se muestra inflexible hasta después de su reinserción, gentes minúsculas, imperceptibles en la práctica a las que se les exige lo que en modo alguno se les pide a los mayores y más ricos, como diría Manrique. Y todo ello por no hablar del indulto encubierto que ha supuesto la sentencia anulando la “doctrina Parot”, que tiene por la calle, tan panchos, a terroristas asesinos lo mismo que a violadores reincidentes. “Dura lex, sed lex”, ya se sabe, sobre todo por abajo. Por arriba, ya veremos, pues por arriba sabido es que las cosas son siempre según y cómo.

La piel del oso

Con cierta impaciencia, UPyD anda vendiendo la piel del oso cuando todavía no se ha organizado siquiera la cacería. Dice que apoyará a derecha o izquierda, llegado el caso, no a cambio de unas lentejas (con chorizo, por supuesto) sino a cambio de “políticas concretas para regenerar la democracia”, o sea, otro “programa, programa, programa” como el de Julio Anguita en su tiempo. Claro que primero hay que abatir el oso y curtir esa piel, pero, en cualquier caso, ¿de verdad cree UPyD que este carajal se arregla con unos cuantos pactos de gobierno? Uno, qué quieren, tiene sus dudas, sin perjuicio de sus esperanzas.

Vencer perdiendo

Cohn-Bendit se va. Está, al parecer, ahíto de políticas, de negociaciones, de manejos, y puede que busque ámbitos más aireados. Es ley de vida, después de todo. Lo vimos de cerca cuando el 68, niño prodigio casi de aquella revolución no poco sorprendente pero que sorprendió hasta el punto de forzar a De Gaulle a reclamar los tanques que tenía en Alemania y que, finalmente, por suerte para todos, no hicieron falta. El 68 –ya puede decir Sarkozy lo que quiera– fue un movimiento de enorme repercusión no sólo ideológica sino práctica, una rara revolución cuyo éxito rotundo se produjo a pesar de su derrota, dicho sea en el sobreentendido obvio de que muchas cosas fundamentales de la vida cambiaron para siempre –en Europa y fuera de Europa—para una generación que ni siquiera conoce el origen de sus libertades mientras refunfuñan los ancianos de la tribu que fueron, oh, paradoja, los protagonistas activos o pasivos de la hazaña. Hace años lo vimos, a Cohn-Bendit, en Madrid y frente a Fernando Savater, listo como él solo, fresco todavía de aquella vieja savia, mucho más fino y penetrante en el debate abierto que encorsetado en su tarea parlamentaria. ¿“Prohibido prohibir”? Hombre, aquello era mucho, demasiado, válido tan sólo para la fiesta en la Sorbona y los entusiasmos en Odeón, un tiro por elevación, ingenuo pero realista, valga la aparente paradoja, que acabó dando en el blanco fundamental que era el sentido de la vida, el orden de valores, la música de la estimativa. Insisto, lo de Mayo del 68 fue una batalla generacional perdida que, sin embargo, ganó su guerra. Y hoy, lejos ya de aquellas cuitas, forzosamente cuerdos aquellos locos inspirados, nada más lógico para un tipo como Cohn-Bendit que encontrar aburrido el Parlamento europeo. Por eso, seguramente, se va.

Así de engañosas son las apariencias, así de retorcidos los caminos de la evolución social: se ganan guerras perdiéndolas. Y luego viene el Tiempo implacable y nos “gasta”, como dijo el poeta, y nos repone la mano meditativa en la mejilla, inquietos acaso por no ver del todo claro el resultado de la gran apuesta pero quizá también satisfechos al mirar alrededor. Sarko se inventó el maniqueo cuando dijo que había que acabar con el 68, seguramente porque él no estaba aún ni se le esperaba en la penúltima fiesta de la revolución. El propio De Gaulle se equivocaba cuando creía haber desarmado a los que acababan de segarle la hierba bajo los pies.