Parto de los montes

Un poco se tiene la sensación en Andalucía de que, tras tanto trueno, la montaña parió un ratón. ¿No podía el PP haber señalado a ese candidato hace dos años por lo menos? ¿Era imprescindible dejar en ridículo al secretario general de la formación a quien se daba por candidato “in pectore”? ¿Y oponer a una adversaria con formación académica precaria un rival con tan escaso bagaje titular? Pues nada, adelante con los faroles y sigamos rebajando los niveles razonables que, ciertamente, no son vinculantes pero si debieran serlo preceptivos. ¿No dicen que la política es un arte más que una ciencia? Pues eso.

Venus y Júpiter

Los fanáticos del sensismo –esa herencia espuria de Condillac—pintan la ventaja noológica de los sentidos de manera mucho más simple de lo que en realidad es. No está tan claro que lo que nuestros ojos ven sea lo que parece, cosa que tiene indudable trascendencia epistemológica. La vista, por ejemplo, competidora del oído, se equivoca también en sus apreciaciones según acaban de demostrar unos estudiosos dirigidos por un sabio español en la State University de Nueva York, desentrañando el equívoco heredado desde Galileo sobre la diferente magnitud de los objetos observados en función de la luz, que aquel atribuyó a un problema de naturaleza óptica. Y no, porque resulta que si en una noche serena Venus nos da la falsa impresión de ser mayor que Júpiter, el hecho no se debe al ojo sino al cerebro, a la actividad neuronal que, por lo que parece, dispone de dos mecanismos en la retina –uno para apreciar lo brillante sobre el fondo oscuro y otro para lo contrario, es decir, para contemplar lo oscuro sobre fondo luminoso– que vienen a ser como dos canales neuronales diferenciados, siendo el segundo el que proporciona una visión más ajustada de las proporciones del objeto. A lo mejor Condillac no hubiera escrito lo mismo sobre las “sensaciones” ni Locke hubiera sido tan rotundo al describir la “percepción”, aunque quizá éste anduviera más cerca de lo que hoy vamos sabiendo si recordamos su ejemplo del ciego del cubo y la esfera, porque en definitiva, lo que vamos entendiendo a medida que adquirimos mayores certezas, es que los sentidos, esas fuentes maravillosas del conocimiento, puede que funcionen como ilusionistas con más frecuencia de lo imaginable.

 

Sabemos que los colores no existen más que como síntesis ópticas de determinadas circunstancias o, como decía el sabio chino, que el mundo es incoloro si se apaga la luz, lo cual no nos priva de funcionar pragmáticamente y tener gustos y versiones entre los conocidos. Son procesos que no ocurren en el ojo –mero trasmisor de esos calambres cognitivos—sino del cerebro, la sima misteriosa que no sólo controla nuestras percepciones sino que coordina la práctica totalidad de las funciones del cuerpo. En todo caso, sepamos que la propia mirada no es tan de fiar como solemos pensar y menos a la hora de mirar al cielo como quien se asoma a la ventana que nos devuelve el paisaje conocido. Venus es mayor o menor que Júpiter según como los miremos. Galileo lo sabía ya pero no sabía por qué.

Susana, la exterminadora

Si una cosa que no se le puede negar a la nueva Presidenta es su implacable, aunque planificada, decisión de separar en lo posible de la Junta a todo elemento contaminado por las corrupciones. El último caso es el del despido de la que fuera presidenta de Invercaria, Laura Gómiz, cazada en una grabación demoledora y autora de una antología de frases inconcebibles incluso en esta situación que padecemos: “Si yo me comprometiera con la ética, no estaría trabajando en esta organización”, replicó a un denunciante. Susana Díaz – dueña de sus tiempos y ella sabrá por qué– ha tardado lo indecible en tomar esta imprescindible decisión.

Fiat Iustitia

Según me contara mi padre (unas dos mil veces), el rey don Alfonso XIII revalidó su mote de “Rey caballero” una vez que, paseando de incógnito por el parque de María Luisa, fue multado por un guarda tras arrancar una flor para la dama que lo acompañaba. “¿Nombre?”, preguntó el agente. “Alfonso XIII”. “¿Profesión?”, insistió impertérrito el gran cumplidor de la Ley. “Rey de España”, contestó el monarca. Tras lo cual el guarda, que hizo constar estrictamente los datos del multado, le entregó la papela antes ser felicitado calurosamente por el monarca. ¿Conocería el guarda la sentencia del emperador Fernando I de Hungría, “Fiat Iustitia pereat mundus”(hágase Justicia aunque perezca el mundo) que Hegel retrucó con su “Fiat Iustitia ne pereat mundus”, es decir, hágase Justicia “para que no perezca el mundo”? Pues no lo sé, claro está, pero Antonio Burgos, a quien consulto como a un arúspice, me certifica que, por mucho viso de leyenda romántica que tenga la anécdota, su autenticidad está a acreditada, añadiendo que el apellido del guarda era precisamente Real y que sus nietos, felizmente, viven todavía hoy entre nosotros. Me he acordado del diputado onubense que le dijo a la Guardia Civil al negarse a permitir la prueba de la alcoholemia eso tan hispánico de “¡Usted no sabe quién soy yo!” pero más aún de ese alcalde malagueño de Benajoán que se ha expedientado a sí mismo por fumar en el Pleno y ha solicitado a la Delegación de Salud que “lleve a cabo las acciones pertinentes”. Dejarse multar siendo inmune ante la Ley o abrirse a un expediente a sí mismo es una heroicidad comparado con el gesto mezquino de parapetarse tras un carné del Congreso. El romanticismo no acaba de morir nunca.

 

Una prueba de que nuestra democracia es aún inmadura es esa porfía mantenida a propósito de la imputación de la Infanta en la que, a mi modo de ver, se pasan tanto los que exigen rigor y mano dura a la Justicia como aquellos que tratan de arrimarle árnica al caso, pues lo suyo hubiera sido dejar que aquella actuara sin presiones de ningún tipo y mantener la presunción de inocencia como está mandado en este caso y en cualquier otro. Ese alcalde, como el guarda sevillano, son, en cambio, una muestra de la posibilidad real de un sistema de libertades que ni fume ni se meta en jardines cuando no procede, más allá de la mera promesa de igualdad de todos ante la ley que es lo más que hoy se despacha.

Predicar sin trigo

Por más gestos y declamaciones contra la corrupción que haga la nueva Presidenta, los hechos confirman que se trata más bien de predicar que dar trigo. A un alto cargo “contaminado” lo destituye pero lo coloca en otro puesto; a una directiva del SAS, señalada por la Policía por adjudicar un contrato a su hermano, la nombra nada menos que directora general de Presupuestos. ¿Cabe tomarse en serio la prédica susanita o deberemos añadirla a la innumerable relación de prédicas anteriores? Predicar y no dar trigo lo hace cualquiera. Y aquí está haciendo falta todo lo contrario desde hace demasiado tiempo.

El loro azul

La policía de las Islas Marshall rescataba la semana pasada a un mexicano, José Salvador Albarengo, al que encontró en un atolón contando a quien quisiera creerlo que llevaba en el mar y a la deriva desde diciembre de 2012, alimentándose de peces atrapados a mano y tiburoncillos agarrados por la cola, sin otra bebida que sangre de tortugas y agua de lluvia, siempre a bordo de su cascarón de siete metros. ¿Verdad, camelo? Bueno, más bien se trata de un clásico de la marinería, de esos que se cuentan (o se contaban), a la luz de los quinqués, en las tabernas costeras, como las que nos metieron en la cabeza Melville o Stevenson, ilustradas en su fachada con el reclamo de una ballena o un loro azul. El mar es un espejo deslumbrante que refracta estas leyendas valientes, como aquella de Alexandre Selkrik, el bucanero dieciochesco desembarcado a la fuerza en la isla de Más a Tierra, en el archipiélago de Juan Fernández, según los usos de la piratería, y recogido tras cincuenta y dos meses por otro “hermano de la Costa”, el capitán Thomas Strandling, del que terminaría socio en su viejo oficio. Esto al menos fue lo que contó Selkrik y lo que inspiró a Defoe la epopeya de su Robinson Crusoe y su criado Martes, que el maestro inglés alargó nada menos que hasta los veintiocho años, y que parece ser que nutrió a manos llenas con los datos facilitados por el “náufrago” y también en el diario de a bordo que publicó, ya en su vejez, el capitán que lo “aisló”, y nunca mejor dicho.

 

La verdad es que ni en la deliciosa crónica de la piratería de Exquemelin ni en la moderna historia del gremio escrita por Juan Juárez había encontrado uno, modestamente, un caso como el de José Salvador, que es casi un  guion ya listo para ser rodado, preferentemente en el technicolor de los años 50. Pero díganme, con la mano en el corazón, si las piraterías que hemos de combatir en la actualidad, resisten la comparación con aquella profesión inmemorial a la que, por cierto, perteneció Colón antes de ascender a almirante. La leyenda del náufrago, la escena del hombre a solas con el mar, el tema de la soledad y la autonomía radicales, no es probable que se extingan nunca, le cuadren o no al escepticismo contemporáneo. He contemplado a ese hombre fornido (¡), orlado por su barba hirsuta, como se mira la estampa de un libro infantil, ajeno por completo a las porfías que la noticia ha levantado entre los pálidos habitantes de nuestras urbes.