La cabeza del pez

Llámenle corrupción, agio, peculado o como gusten, lo cierto es que no hay modo ya de defender al carácter aislado de la corrupción . Tomen el caso Dívar, por ejemplo, un presidente de consenso, que llegó precedido de una rara fama de integridad moral, y habrán de convenir que –al margen de que la saña ande de por medio—no tiene pase que quien encabeza la Justicia de la nación y, además, preside a los jueces y magistrados, se vea en el trance en que, por cuatro perras gordas, se ha visto este hombre. Uno anda convencido de que si se examinaran con lupa todos los cargos públicos la relación de deslices mayores o menores sería interminable, conclusión que no tiene por qué afligir a los políticos honrados, pero que si alguna vez pudo resultar controvertible, desde ahora no habrá quién la discuta. ¿Por qué es tan frágil la condición humana, por qué personas demostradamente íntegras sucumben a la tentación de aprovecharse del cargo a costa del contribuyente, en qué cabeza cabe que un Presidente del CGPJ y del Tribunal Supremo se deje llevar y acepte el envite en esta inmensa timba? Por curiosa casualidad, el Presidente del Tribunal Supremo de Pakistán, Iftikhar Chaudry, anda revuelto en un trance semejante al de Dívar, al parecer, por haber hecho la vista gorda ante el cohecho de un hijo suyo que se comprometió con un millonario a allanarle sus cuitas judiciales. Es posible que de todos los males que acosan a la democracia sea la corrupción el más comprometedor y el que resulta más atentatorio a su legitimidad. La idea de una vida pública correcta difícilmente entra ya en cabeza humana y no es difícil comprender el escepticismo del ciudadano a la vista de escándalos como los que estamos viendo. Si se tiene que ir por el foro el presidente del Tribunal Supremo, ya me dirán que confianza cabe depositar en los escalones descendientes del sistema público por parte de los ciudadanos.

Un cínico diría, por lo demás, que ya que se corrompe uno, al menos que el manguis merezca la pena, y un historiador, que en todos los tiempos hubo corrupción en al ámbito del Poder. Y qué. Quien se pudre moralmente por unas lentejas no es ni más ni menos despreciable que el que con el agio logra hacer una fortuna. La cantidad no engendra la cualidad, ¿recuerdan?, razón por la que los abusos, tan desvergonzados como ridículos, de un Dívar resultan, si cabe, más despreciables que los graves cohechos que llevamos vistos. El pescado no se pudre siempre por la cabeza, como asegura el viejo refrán.  Dívar es la prueba de que puede terminar de pudrirse por ella.

Gran pregunta

El ex-coordinador andaluz de IU; Luis Carlos Rejón, le ha planteado a los mandos de la coalición una pregunta terrible atinente a los casos de nepotismo perpetrados a las primeras de cambio: “¿No había en IU o su entorno, gentes con igual o superior capacidad técnica que no fueran familiares? Si la respuesta es sí, por qué no se les nombró. Si la respuesta es no, ¿cuál es el nivel de militancia real de IU?”. No se puede decir más ni mejor ni en tratado. La IU del co-presidente Valderas ha resultado ser, como el propio PSOE, una agencia de colocación de deudos y parientes, y nos devuelve, medio siglo atrás, a la consigna del padre Peyton: “La familia que cobra unida permanece unida”. Amén.

La otra, la otra

Hay que ver la hay armada en Francia porque la compañera sentimental del presidente Hollande, Valérie  Trierweiler, ha apostado en Tuitter por el rival de Ségolène Royal, su predecesora en el “couple”. Casi siete de cada diez franceses repudian esa ocurrencia (que ahiora sabemos que fue cosa de un hacker) y en las alturas se ha abierto el debate del estatuto de la “primera dama”, la discusión sobre cuál debe ser su papel en el día a día, las protestas porque esas señoras, legítimas o postizas, le salgan al contribuyente por un pico con el que pagar chófer, secretarias y hasta algún jefe de gabinete. El populacho malhablado, es decir, los medios, han calificado el “affaire” como un “asunto de bragas”,  mientras el periodismo rosa bucea hasta la asfixia en busca de algún secreto que valga la pena para explicar esta rivalidad. ¿Es razonable esta historia en un país que ha hecho de las “favoritas” un tema legendario y debe de estar acostumbrado a esa institución tan dudosa como potente? La sombra de la Pompadour ha oscurecido una crónica sentimental en la que consta que ha habido reyes, como Luis XIV, que compartieron la corte con tres amantes públicas o como Luis XV que se repartió entre la Pompadour y madame Du Barry, por no hablar de las doncellas innúmeras que mantuvo a su vera Enrique IV además de la poderosa Gabrielle d’ Estrées, y no hace tanto que pudimos ver en el funeral de Mitterrand a sus dos viudas, la fetén y la Otra, sin que el hecho produjera el menor altercado ni en la opinión ni en las familias. Encocorarse ahora porque la favorita de Hollande le lance a su rival un twit provocador puede que haya molestado al personal pero no tiene, históricamente hablando, el menor de los sentidos. Me temo que el gran Rafael de León resultaría intraducible al francés.

Las “primeras damas” de verdad han acatado siempre esa relatividad o se han hundido en la miseria reconcomiéndose inútilmente el corazón. Ahora mismo en España andan los buitres tras la carroña de un secreto a voces que, ciertamente, resulta extravagante por muchos conceptos, sin lograr –que se sepa—nada que no sea ahondar el sentimiento personalísimo de quien, con su silencio y dignidad, está demostrando un alto sentido del deber. Miren cómo los ingleses van tragando cada día más con la duquesa de Cornualles o cómo la señora Clinton supo encajar el bochornoso espectáculo que dio su marido con la becaria. La historia de la infidelidad es un palimpsesto en las alturas mientras que a ras del suelo se escribe con la tinta indeleble de eso que se llama honra. Valérie Trierweiler no entendería nada en la copla que cantaba la mocita enlutada en el romance de Rafael de León.

La parla crítica

No sé cómo hemos podido sobrevivir estos últimos dos mil años sin tener ni idea de esa inoportuna prima que pone el pelo de punta aún sin vérselo a ella, sin sospechar siquiera que nuestra fortuna o ruina dependían de esa jerga con la que, en tan poco tiempo, nos hemos familiarizado, qué coños era un bono basura, qué se quiere decir con eso tan inquietante de riesgo-país, sin enterarnos de que, lo mismo que los hay buenos, hay también bancos malos y hasta “sistémicos”, como existen unas amenazantes agencias de “rating” más poderosas que los Gobiernos legítimos, en qué consistirán las comprometidas subastas de dinero y qué vendrán a ser, en fin, los colchones financieros. ¿Qué vendrá a ocultarse tras esas siglas de moda, el FROB, el ESM, la FEEB, el MEDE o el BCE, y qué querrá significar, pronunciado en estos tiempos del cólera, ese supremo oxímoron que es la “deuda soberana”? Decididamente, existe una economía real, fáctica, casi tangible, para explicar cuyos misterios los mistagogos que se hacen pasar por ecónomos no pueden hacer otra cosa que reforzar su jerga y amenazar con ella, como si blandieran una hoz afilada, a las preocupadas cabezas de pobres y ricos e, incluso a los Estados. Ya me dirán ustedes, si es que pueden, a qué quedarse si viene un tío informado y nos espeta que, “aunque el valor nominal de la deuda se incremente, la sostenibilidad de la misma puede mejorar”, concepto frente al que al lego no le queda otra que agarrase como pueda la cartera y echar mano del ansiolítico para pasar el trance. La crisis está descubriéndonos lo que la jerga oculta, a saber, que esos secretos mercados funcionan con sus leyes propias y, en segundo término, que ese código secreto del Mercado favorece sin remedio a los que tienen más y jode a quienes menos poseen, mientras se forran, de paso, los poderes en la sombra. Esto que está ocurriendo, más que una crisis, es un galimatías que permite supeditar la realidad a un imaginario discurso apto sólo para iniciados.

Hemos vivido durante un largo periodo de bonanza que los visionarios ingenuos preveían como una era de crecimiento sin fin –la “new age”, como “paraíso feliz de los tiempos finales”—sin percatarnos de que también aquella jerga amable se erguía sobre el pantano de incertidumbre que es siempre la economía, y lo malo es que ahora no disponemos de ningún lord Keynes explicándole a los raros de Bloomsbury las paradojas de la volatilidad y el papel determinante de las voluntades tanto a las duras como a las maduras. Sin él saldremos, créanme, de esta sima profunda para olvidar poco a poco la jerga que hoy nos aflige aunque ni siquiera la comprendamos.

La toga y el barro

Decididamente el fiscal-consejero de Justicia parece haber asumido, con todas sus consecuencias, su papel de defensor de la Junta en el “caso ERE”, tal vez basado en aquella doctrina del anterior Fiscal del Estado que defendía, como una virtud, el hecho de que los magistrados arrastrasen la toga por el barro del camino. Referirse a esa super estafa como “el rollo de los ERE” descalifica a cualquiera y más a un miembro de la Justicia, no sólo porque suponga un desprecio supino a la juez instructora sino porque se ve a legua que al fiscal lo han llevado a la consejería para hacer el trabajo sucio de blindar a los responsables al precio que sea.  Tanto Griñán como De Llera están echando sus paletadas de tierra sobre el féretro de Monstesquieu.

Lujo y ruina

El reloj que ha lucido Nadal en el último Roland Garros, y que desapareció en la habitación de su hotel, ha sido recuperado por la policía francesa que, en un pis pas, arrancó la confesión a un camarero infiel. Estaba en un escondite próximo al domicilio del ratero, que aguardaba a que amainara la tormenta desatada para recuperarlo. El reloj no era de Nadal, por supuesto, sino de la casa Richard Mille, que se lo había prestado a efectos propagandísticos para que lo luciera en sus encuentros, hay que suponer que a cambio de algún sustancioso estipendio, como es habitual hoy en el negocio publicitario. Valía, o mejor, costaba –el reloj—300.000 euros, es decir, para entendernos como viejos compradores de relojes que somos el que más y el que menos, cincuenta millones de las viejas pesetas, y no me digan que llevar en la muñeca esa fortuna no es un contradiós, se mire por donde se mire, en un paisaje, como el europeo, que anda pegado a la pared, tieso y desconcertado, con su infraescolta de excluidos sociales, “homeless”, parados de larga duración, pensionistas que viven de milagro y niños hambrientos que a duras penas logran sobrevivir rebuscando entre desechos o quitándose el hambre en las colas de los comedores públicos. Nadal no tiene, como es lógico, ni pizca de culpa en este desafuero y hace muy bien, si le conviene, en cobrar esos extras que las marcas ofrecen a los famosos. Lo cuestionable es el reloj mismo, el escándalo deplorable que el lujo supone en medio de la necesidad, la obviedad de que si, en medio de esta crisis que trae de cabeza a un continente y parte de otro, existen esas joyas prohibitivas es porque hay quien las compre, es decir, porque el reverso de la crisis no es otro que la opulencia: el lujo no tiene sentido sin la emulación ni prosperaría sin la desigualdad. El reloj de Nadal vale lo que vale, no tanto porque haya quien puede pagarlo, sino por el infinito cortejo que no podría.

Con un pie en el marxismo y el otro entre los nazis, Werner Sombart sostuvo en “Lujo y capitalismo” que, contra la propuesta de Max Weber, no fue la ética de la austeridad y el espíritu de trabajo lo que produjo la economía de mercado, sino la aparición y el triunfo de la lujuria y del lujo de los que él hacía responsables a los judíos, a los burgueses y a las mujeres. Dudo que Nadal haya leído a Sombart e incluso que su esponsor tenga noticia de esa doctrina, pero ahí está el hecho –un reloj suntuario en el mercado—desafiando provocadoramente a la legión de víctimas de la crisis. Nuestro héroe se ha limitado a hacer de peón de lujo en ese ajedrez canalla en el acaso se esté jugando, sin saberlo, nada menos que la civilización.