Plúmbea dicta

“Me causa dolor nombrar a las empresas a las que se les pide el reintegro. Algunas son pequeñitas y hay que respetarlas”, Luciano Alonso, consejero de Educación. “Usted, Sr. Alonso, no ha venido (al Parlamento) para batallar por la Verdad, sino como parapeto para proteger a Susana Díaz”, Loles López, secretaria general del PP-A. (La instrucción del “caso ERE”) “concluirá en breve plazo, pero en el momento actual, lo aconsejable es mantener la continencia de la causa”, Mercedes Alaya, titular del Juzgado de Instrucción número 6 de Sevilla. “El escándalo en torno a los fondos de formación es un bulo”, Emilio Llera, consejero de Justicia de la Junta. “Lo de los fondos de formación no es un bulo, es un escándalo”, José Antonio Castro, portavoz de IU. “La historia los ha convertido en aliados del capital”, Cayo Lara, coordinador de IU (a los parados de Delphi). “¡Cómo está el servicio!”, Manuel Gracia, presidente del Parlamento a su propio servicio de orden.

La banana racista

El lateral del Barça, Dani Alves, ha dado en lección de humor, es decir, de inteligencia, a los racistas “retrasados” que menudean por todos los estadios españoles. A Alves le han tirado una banana cuando se disponía a lanzar un córner y Alves, ni corto ni perezoso, la ha recogido del césped y se la ha comido antes de poner el balón en juego, un gesto que pulveriza la intención del injuriante al que, en términos genéricos, ha calificado luego ante las cámaras de “retrasado”. Es curiosa esta esquizofrenia de la hinchada radical que se pirra por sus propios jugadores de color mientras el juego va viento en popa pero se revuelve contra ellos en cuanto sus actuaciones la disgustan, y más curiosa todavía si se repara en el incremento vertiginoso de jugadores no arios en el primer nivel de todas las ligas europeas, un día tal vez dominada por ellos como ya sucede en la práctica con el baloncesto y varias especialidades atléticas. El caso de la banana ilustra la indigencia no sólo moral sino intelectual de esos racistas elementales empeñados en ofender a los mismos ídolos que nuestros clubes se disputan a dentelladas millonarias en el supermercado futbolero, pero mucho me temo que sea también expresión del racismo latente pero masivo de estas sociedades nuestras tan exigentes en el plano ético como pasivas a la hora de tomar medidas drásticas contra unos miserables descerebrados, curiosamente orgullosos de su propia insignificancia. Rostand sostuvo que la raza pura pudo tal vez existir en el pasado, pero seguro que no existe en el presente. Esos injuriados jugadores negros tendría que devolver a la grada esas bananas de oprobio.

Da grima contemplar esas hinchadas lanzándoles “uh, uh” a los jugadores, como instaladas en una superioridad étnica que resulta a todas luces ridícula por parte del hincha que a buen seguro envidia a los mismos que trata de escarnecer, por lo general jóvenes triunfadores, millonarios y famosos. Pero da más pena aún convencerse de que la hondura alcanzadas por las raíces racistas pudre en su meollo a una convivencia que, por otra parte, se ve más forzada al igualitarismo por una pluralidad de razas más sensible cada día que pasa, no sólo en el ámbito deportivo sino en plena calle. La imagen de Alves comiéndose la banana ofensiva constituye toda una lección que acaso el hincha imbécil no alcance a comprender pero que resulta moralmente magnífica.

El pacto de goma

El cambalache entre PSOE e IU para impedir que el PP gobierne en Andalucía es de goma. No tienen más que recordar como nada ocurrió cuando la presidenta Díaz ejecutó tan torpemente el “metesaca” de los “okupas”, dicho sea en sentido taurino, que la dejó como a Cangacho en Almagro. O ahora escuchar al consejero de Justicia diciendo que el fraude masivo de la formación profesional (que incluye a Junta, sindicatos y empresarios) no es más que un “bulo”, mientras desde IU un portavoz autorizado lo califica de “escándalo”. ¿La clave? Pues que Díaz no sería nadie sin IU e IU sin Díaz no sería nadie. No cabe esperar que la gente salte voluntaria del todo a la nada, ¿no les parece?

Años de plomo

Una de las primeras providencias adoptadas por el presidente del Consejo italiano, Matteo Renzi, ha sido la de ordenar la desclasificación de un importante caudal de documentos relativos a los luctuosos hechos ocurridos en Italia en los decenios 60 y 70, aquel oscuro periodo de las “brigadas rojas” que se rumorea que no acabó hasta que el PCI se puso de acuerdo con la Democracia Cristiana para compadrear en el desmantelamiento simultáneo de los terroristas del Norte y de las mafias del Sur. Otra vez la sombra de los crímenes misteriosos, del proceso Sofri que hizo célebre Carlo Ginzburg, de los enigmáticos poderes de “Lutta Continua”, el cadáver de Aldo Moro arrebujado en el maletero de un Fiat después de haber sido abatido a balazos ante la indiferencia (y nunca sabremos si también con la complicidad) de sujetos como Andreotti, el que besaba ritualmente a Totó Riína cuando éste mandaba todavía entre las sombras. Gabriel Albiac nos mantuvo informados durante años de la situación de Antonio Negri, exilado en Francia tras ser acusado de “autor intelectual” de las fechorías de aquellos exaltados que hicieron volar la milanesa Piazza Fontana y la de la Loggia en Brescia aparte de perpetrar la carnicería (85 muertos) en la estación do Bolonia. Ginzburg, el propio Negri, nos hicieron finalmente desconfiar sin remedio de las versiones oficiales de unos y otros, siempre desde la sospecha de que la conjura demócratacristiana-comunista estaría detrás del tupido velo misterioso que sirvió de burladero a los mayores sospechosos. Un cuarto de siglo después, de poco ha de servir ese gesto de Renzi que Beppe Grillo se ha apresurado a calificar de operación mediática.

Ni en Italia ni aquí veremos nunca con detalle el rostro de los últimos culpables, ni localizaremos sus cenáculos, y menos habremos de ver con claridad en el secreto de gobierno, confirmándose así la espeluznante teoría de que el terrorismo, todos los terrorismos, se traen sus cuentas con el Poder o viceversa. ¿Por qué Aznar no querría desclasificar unos papeles que, en todo caso, perjudicarían a su rival? ¿Cómo creer las versiones oficiales del secuestro de Marey o del atentado de Atocha? Verán como en Italia tampoco se enciende ahora luz alguna que desmienta el pasquín trágico de Dario Fo, aquel en que sostuvo que el anarquista no se había tirado por la ventana de la comisaría sino que lo habían empujado por ella. Como aquí a Grimau.

Cuadros y bases

Los partidos de la izquierda andaluza están comprobando lo deteriorada que anda la relación que sus “cuadros” mantienen con sus “bases”. La propia presidenta Díaz no se ha atrevido a comparecer en algún acto ante el riesgo de que se repitieran broncas y protestas, al tiempo que su socio, Maíllo, no se tienta la ropa para calificar de “parafascistas” a los parado de Delphi –esos grandes estafados—que irrumpieron en un mitin con intención de reventarlo, y Cayo Lara dice de ellos que “sin saberlo, se han convertido en aliados del capital”. Malos síntomas, sin duda, que deberían hacer pensar a esa Izquierda cuál es la situación real fuera de sus despachos.

El reloj de cuco

Así como el que no quiere la cosa, los ciudadanos suizos se pronunciarán en las urnas el inminente 18 de mayo para decidir sobre la eventual elevación del salario mínimo interprofesional a… ¡3.240 euros mensuales! Sí, ríanse si quieren, quienes afirman, siguiendo a Grahan Green, que tantos siglos manteniendo el negocio de la paz le han servido a Suiza apenas para inventar el reloj de cuco, sobre todo si comparamos su opulencia salarial no ya con países como el nuestro, que anda por los 753 euros, sino con los mismísimos y afortunados capos de la economía europea. Lo curioso es que esta consulta ciudadana llega precedida de un hecho consumado como es que Lidl Suisse haya establecido en convenio –Suiza carece de salario mínimo fijado oficialmente—esa misma cifra con el beneplácito de los sindicatos que ven en ello la prueba de la viabilidad de la medida y un paso más hacia la reducción de las desigualdades: “La riqueza suiza es obra de todos pero está mal repartida”, dicen esos síndicos que quedarían petrificados si echaran una ojeada a la actividad de sus colegas españoles, a sus canonjías y a sus manguis. Cómo es posible ese milagro –el de los 3.240 euros al mes—no se me alcanza, francamente, pero aún lo entiendo menos si compruebo que la gran Alemania, esa “locomotora de Europa” etcétera, no pasa de los 1.209 euros, más o menos lo que la Gran Bretaña y por debajo, claro está, de Holanda y de un país que, como Bélgica, acaba de tirarse más de un año sin Gobierno. Hay países más desgraciados aún, ya lo sé, desde los míseros surgidos del Comecom soviético hasta Portugal, pero aun así, conste que tenemos por encima a Irlanda, a Luxemburgo y a la propia Eslovenia. Los ecónomos tendrán que explicar –y lo harán, denlo por seguro–, a base de sus teorías eminentemente conjeturales, las razones de este extraño milagro de un país que vive del secreto bancario y mantiene intacto un servicio militar voluntario.

Veremos que sale de ese memorable referendo que da una idea precisa de cuánto le queda por hacer a la Unión Europea aunque, sobre todo, a mi juicio, lo que pone de manifiesto es la discutible inevitabilidad de la desigualdad. En Alemania, la reciente “Grosse Coalition” entre liberales y socialdemócratas ha fijado en 8’50 euros la hora de trabajo para alcanzar aquellos 1.290 euros mensuales. Aquí, mientras tanto, andamos de Juzgado en Juzgado, de factura falsa en factura falsa y hasta de saraos feriantes.