Citas arcaicas

No parece que el 1º de Mayo haya sido lo que se dice un éxito para los sindicatos convocantes. En un país como el nuestro, atrapado entre la insuficiencia liberal y la descomposición de la izquierda, los sindicatos han perdido prácticamente el prestigio heredado de la lucha frente a la Dictadura, por no hablar de la situación clamorosa en que los ha sumido el desvelamiento de las corrupciones, que tal vez no haya hecho más que empezar. ¡El 1º de Mayo! En la aurora del movimiento obrero, cuando el concepto de “proletariado” hervía amenazante, los obreros de Madrid –contaba Anselmo Lorenzo—peregrinaban en familia a la Casa de Campo con sus parvos condumios para simbolizar en esa jornada de ocio la lucha latente, pero luego, durante los 40 años de franquismo, lo que se celebraba eran los festivales gimnásticos inspirados en la réplica que Pio XII dio a la jornada de lucha, es decir, el día de san José Obrero, mientras los últimos mohicanos de la resistencia vivaqueban en pequeños grupos bajo estricta vigilancia policial. Hoy esa fiesta es poco más que pantomima y discursos vacíos que caen como una lluvia fina sobre una masa residual de empleados propios e inasequibles al desaliento, por la sencilla razón de que el proletariado no es ya una clase cerrada, como la entenderían Marx o Dahrendorf, sino un magma social aún por fraguar tras los efectos disuasorios de la crisis. Claro que entre Lorenzo (o entre Camacho y Redondo) y estos burócratas bienpagados hay una diferencia consistente en que ni sus propias huestes creen en ellos. El aviso de Gorz en los años 60 –o el sindicalismo se reinventa o se hunde—resuena hoy como una profecía autocumplida.

Lo asombroso es que en un país con cinco millones de parados se mantenga aún en pie esa estructura crujiente de la que se espera al menos una explicación del agio. Y en consecuencia, es normal, que el 1º de Mayo haya dejado de ser una efemérides señera para convertirse en una miniluturgia como la que conmemora el día siguiente, el 2 de Mayo, una demostración que no demuestra nada en el marco de una sociedad civil en la que los llamados “agentes sociales” han roto en meros montajes exactores. El sindicalismo de clase, escándalos aparte, no funciona porque la estructura social ha cambiado con el mercado de trabajo mientras él degenera anquilosado. La crisis ha matado varios pájaros de un solo tiro, pero el que ha derribado el prestigio sindical se lo han disparado ellos solos.

El camino del barro

La réplica de la presidenta Díaz al portavoz del PP tras recordarle éste que ella misma firmó un dudoso convenio para beneficiar a la UGT y sacarle a colación el empleo de su marido en los cursos de formación, ha sido ésa: “En el camino del barro no me va a encontrar”. Una determinación razonable, en principio, pero que ni se compadece con la brutalidad crítica de sus portavoces, ni liquida la cuestión. Díaz debe aclarar cuanto pueda en este escandalazo, incluidos los extremos que le atañan personal o familiarmente. Si no lo hace seguirá siendo cómplice de la corrupción que es el barrizal en que el “régimen” ha colocado a la política.

Padres e hijos

Ya veremos el resultado que da en la práctica la nueva ley de protección a la infancia que, entre otras cosas, remueve la olla podrida de las adopciones con objeto de reducir la estancia de los menores en sedes de instituciones públicas. Lo que sí conocíamos ya era la red de montajes con que actualmente ha de vérselas la familia que pretenda adoptar a un niño, y conste que no doy detalles por no meterme en líos y fandangos. Desde ahora, según parece, va a ser más fácil constituirse en familia de adopción, aunque me temo que una burocracia será sustituida por otra –de la que desde ahora, tengo entendido, que se excluirá al juez–, así como sospecho que las coimas no acabarán por desaparecer del todo. Un gran tema, el de la adopción, que trae a la imaginación el caso del cuclillo tal como lo presentan estos días los sabios tanto en la revista “Popular Science” como en esa biblia del lego en que se ha convertido “Nature”, una vez averiguado que el endoso de la prole propia a otra familia lo consigue el famoso cuco, no sólo destruyendo la camada de los nidos reacios, sino dotando a sus crías de la facultad de segregar una sustancia repelente que, de paso que protege a los intrusos, protege a los adoptantes. Nada parece ser limpio y sin trampa en estas estrategias sociales concebidas para proteger a los hijos de padres dudosos, ni en la Madre Naturaleza ni en los despachos, mientras el proceso de adopción resulta un calvario para los padres adoptantes.

Ni que decir tiene que se entiende sin reservas la intervención de los poderes públicos para garantizar el buen fin de estos ajustes forzados de la población infantil abandonada a su destino, pero no tanto el laberinto administrativo y judicial en que se ven metidos de hoz y coz esos padres generosos. La trascendencia social de esos desvelos no ha sido reconocida aún pero no cabe duda de que el auge de las adopciones apunta a un delicado progreso de la conciencia pública, a veces –como en los supuestos de adopciones de niños enfermos y necesitados de un cuido especialísimo—realmente heroico. Sólo el prodigio que supone la integración inmediata y radical del niño adoptado a un medio por completo ajeno al suyo de procedencia, constituye el mejor alegato antirracista al poner de manifiesto la unidad esencial de la especie, cuestionada desde siempre en los estratos profundos de la mentalidad etnocéntrica.

La brecha social

Apenas encuentro un medio en toda Europa que no reproduzca la lista de los cincuenta mejores restaurantes del mundo. Es un fenómeno raro y quizá un poco escandaloso, esta esplendorosa actualidad de la cocina cara justo cuando, no ya en el mundo hambriento que damos por amortizado en la práctica, sino en nuestro “primer mundo”, abunda y crece la necesidad, el hambre para decirlo de una vez por todas, a paliar la cual ni alcanzan ni de lejos las organizaciones solidarias. En esa lista hay dos o tres restaurantes españoles y en la televisión no deja de hacer ruido el trajín de los concursantes a cocineros frente a uno fogones por los que desfila una comida cada día más sofisticada, y todo ello justo al mismo tiempo en que nos enteramos de que hay en España dos millones de familias sin un solo miembro activo, es decir, a merced de la suerte por no decir de la fatalidad. Es verdad que, como explicaba Faustino Cordón, “Cocinar hizo al hombre”, es decir, que al progreso de la nutrición le debemos nuestra propia identidad, pero no lo es menos que ese salto de la especie –pasar de la alimentación autótrofa a la heterótrofa—poco tiene que ver hace ya mucho tiempo con la refinada evolución de la comida de nuestra especie, tal vez la única en la Naturaleza que no ha permanecido fiel a su sustento originario. El gran momento que vive la cocina ilustra, en todo caso, la creciente enormidad de la brecha que separa a ricos y pobres en esta sociedad desigual que, encima, anda renovando su arsenal ideológico.

Siempre me pareció sugerente el título –“Historia natural y moral de los alimentos”—con el que Maguelonne Toussaint-Samat tituló su clásica obra sobre el tema, uno de los mejores tratados existentes. Pero si siguen esa obra, como la mayoría de las de su género, verán cómo el avance progresivo de la Humanidad tiene que ver tanto con la necesidad como con el lujo. El mono loco no se conforma con saciar su hambre sino que hace de su satisfacción un “indicador de posición”, como dirían los funcionalistas, un símbolo de su prominencia social además de un rasgo cultural distintivo. Nunca hubo tanta hambre ni tanta exhibición de manjares, jamás el negocio de la vida anduvo tan desequilibrado como ahora. El hombre es un animal exhibicionista que en cuanto puede despliega orgulloso su cola frente a la dura realidad, olvidado por completo de sus modestos orígenes. La metáfora de Epulón y Lázaro está hoy más viva que nunca.

La corrupción es la norma

Con el palo que el Fiscal General le ha propinado a la Junta, vinculando el mangazo de las facturas falsas de UGT con el saqueo de los fondos de formación, se cierra, se ponga como se ponga el fiscal-consejero Llera, toda salida a la crisis en que se encuentra sumergida la Junta de la presidenta Díaz. Lo notable es la paciencia de los ciudadanos ante este escándalo mayúsculo y la evidencia de que, en la Andalucía autonómica, el fraude y la estafa ha sido la norma consentida por un “régimen” que ha hecho de ellos un instrumento para su supervivencia. Y no hay esperanza que valga, porque desde la Presidencia hasta los rateros de tres al cuarto, desde los sindicatos a la patronal, nadie puede decir esta boca es mía. La corrupción no era la excepción sino la norma. Lo dice hasta el Fiscal.

Muerte del verdugo

Uno no suele acordarse, a pocos años que pasen, de las crisis terribles ocurridas en países ajenos. Sobre Brasil, por ejemplo, ¿cuánta gente se acuerda hoy de los desmanes cometidos por la dictadura entre los años 64 y 85? Muy poca, seguramente, aunque quizá alguna más en aquel país, en el que funciona en estos momentos una Comisión Nacional de la Verdad que trata de poner en claro el negro panorama del régimen militar, esclareciendo responsabilidades ahora que están prescritas las fechorías. El coronel Paulo Magallàes, uno de los torturadores más acreditados de aquel mal momento, reconoció hace cosa de un mes ante esa Comisión no sólo haber torturado sino haber estado al tanto del secuestro y asesinato de un diputado, Rubens Riva, perpetrado en 1971, cargos que tal vez pudieran ser la causa de su muerte por asfixia ocurrida días después en su propio domicilio. En Brasil, en sus “medios”, se discute si esta probable venganza, tan explicable en términos humanos, puede resultar negativa en la medida en que podría impedir el testimonio de otros militares sospechosos o incluso convictos citados a declarar, dejando para siempre en la sombra los entresijos de aquella abominable conspiración, pero tampoco han faltado sectores que han aplaudido la ejecución del verdugo. Y se entiende, oigan, por más que nada pueda justificar la venganza de la parte ofendida en un Estado moderno, dado el número de criminales que anda por ahí suelto y la inepcia de las instancias penales que de vez en cuando se constituyen en tribunales para juzgar desmanes. Nadie puede tomarse la Justicia por su mano pero admitan conmigo en que hay situaciones en las que, si no justificación, esas eventuales compensaciones concitan cierta comprensión.

Cuando considero casos de venganza siempre se me oponen dos opiniones que nunca he olvidado y que citaré de memoria. La una de es de Poe, quien opinaba que nada hay tan dulce como la convicción de haber vengado una injusticia con la propia mano; la otra, mucho más sensata, de Pavese, y subrayaba el hecho de que vengar un oprobio supone privarse del derecho a clamar por la injusticia. No sé, francamente, pero a la vista de los Pinochet o los Videla, de los criminales de guerra serbios o bosnios, por no hablar más que de los recientes, lo cierto es que a uno se le queda estrecha ésa que llaman “justicia internacional”. No se sabe quién asfixió a este Malhaès. Lo que es seguro es que pocos lo lamentarán.