Pies del gato

Gran tremolina dialéctica en torno a los tres tiros asesinos que han segado la vida de la presidenta de la Diputación de León. Lo primero que se difundió fue la circunstancias “complementaria” de que Isabel Carrasco tenía pendiente alguna cuenta con la Justicia, concretamente algún enredo de malversación de fondos, algo que fuera o no cierto –personalmente lo ignoro—poco podía tener que ver con un asesinato a sangre fría, pero a lo que la condición de política de la víctima prestaba una cierta verosimilitud. Luego he oído opinar incluso que el hecho de ser víctima y verdugo militantes del PP era “una mala noticia para el PP”, y resulta obvio que “mala noticia” comporta aquí la idea de contaminación: algo malo habría hecho el PP por mano de la pistolera… o de la víctima. Se ha hablado también –y en este punto entiendo que con mayor razón—de la posibilidad de que el desprestigio de la figura pública en general y de la política en particular haya podido contribuir al crimen, en plan Ortega cuando decía, en el prólogo a “La decadencia de Occidente”, aquello de que “a la punta del puñal de Bruto sigue su mano, y a la mano el brazo movido por centros nerviosos donde actúan las ideas de un romano del siglo I antes de Cristo”. Ya, el deterioro de la relación pública, el fuego de hojarasca de las llamadas “redes sociales” (desde las que hemos visto, sin ir más lejos, pedir la muerte de alguien), el ambiente, en suma, que no da ya un duro por la política. Y sin embargo, quizá todo es más sencillo, acaso no tenemos delante más que un triste caso, un crimen común, pasional en cierto sentido, para nada conexo con la circunstancia política de su víctima. El periodismo suele exigir celeridad pero las prisas son malas consejeras.

Una mujer ha matado a otra por razones de lo más personal. Nada tiene eso que ver, pues, con la filiación política de Bruto ni con la de César. Igual podía haber liquidado a un empresario o a una rival amorosa esa furia armada, lo que habría hecho que la noticia no pasara de gacetilla, un suelto todo lo más. Pero parece que no tiene remedio esta inclinación mayoritaria, yo diría que casi colectiva, a politizar los sucesos incluso si son tan diáfanos como el que lamentamos. La opinión y el periodismo –el huevo y la gallina—deberían repasar esa plana tan arbitrariamente escrita. No hay que buscarle los cinco pies al gato. La realidad es ya por sí sola, más que de sobra, confusa.

Aprieta pero no ahoga

La coalición de IU, la izquierda a la izquierda de la izquierda, ha denunciado al PSOE, su socio en el Gobierno regional, por el reparto en un mitin de abanicos regalados por una inmobiliaria. IU “aprieta pero no ahoga” –como dijo en un lapsus freudiano uno de sus máximos líderes– de tal modo que puede tragar todo lo que ha tragado durante la legislatura pero no unos abanicos de tres al cuarto repartidos en un pueblo perdido. Eso se llama estar a la que salta. Comparados con sus colegas extremeños, estos comunistas complacientes quedan a la altura del betún.

El armario cerrado

La impagable deferencia de mi amigo J.I., profesor en la Sorbona, me permite una vez más leer sin gran retraso una obra sobre “lo prohibido” en general, en esta ocasión sobre ese ámbito tabú que es la realidad homosexual. Empiezo por confesar que siempre me he admirado del “engagement” vital, militante, de autores como Bernard Sargent, Sarah Pomeroy o Claude Calame, citados sean al azar, que han dedicado energías inauditas a defender la sexualidad “diferente”, la inmensa mayoría de las veces bajo la alargada sombra legitimadora de Platón y siempre desde el argumento “ad hominem” consistente en revelarnos el secreto íntimo de personajes célebres, víctimas en todo caso, a su juicio, de la moral cristiana que separó la sexualidad de la procreación. No tengo sitio aquí para relacionar siquiera la lista de grandes hombres sacados a rastras del armario por Michel Larivière, pero obvio es decir que figuran en ese escaparate desde el propio Platón a Goethe, desde Flaubert a Rimbaud y desde Luis XIII o Eduardo VIII a Kemal Ataturk, desde Alejandro a Maurice Béjart, pasando por el maestro Mandel, el mítico jefe de la Resistencia, Jean Moulin, o el escritor comunista Louis Aragon, por no hablar de Shakespeare, Balzac o el propio Hugo y sin olvidar a Chopin. Alega Rivière el divertido caso de Miguel Ángel, cuyos poemas dedicados a su amante Cavialere, fueron rehechos “en femenino” para despistar al lector, es decir, con el mismo fin que más de uno y más de dos poetas han hecho lo propio.

Entre agónico y triunfalista, este ensayo, esencialmente igual a la mayoría de los de su género, nos revela una vez más la extraña ley en virtud de la cual cada equis siglos –de Grecia o Roma a la Florencia de los Médicis o al Saló de los jerarcas nazis—reaparece pujante, teñida de inocencia platónica, la cruzada en favor de lo que Lorca llamaba el “amor oscuro” y, paralelamente, el endoso de la culpa a la moral cristiana –históricamente poco objetable, ésa es la verdad– aunque quizá limitado al no contemplar otros factores tan decisivos como las exigencias funcionales de la economía burguesa que algún clásico relacionaba con la institución de la herencia. Pero ¿es justo y razonable practicar eso que llamamos “outing”, es decir, sacar del armario, velis nolis, a quienes voluntariamente se encerraron en él? Cierro el libro de Larivière con esa duda entre las cejas. Nadie tiene derecho a usar en ese ámbito secreto la llave maestra.

Los blindajes de la Junta

Si ayer informaba este diario a sus lectores de los contratos blindados que las Administraciones gestionadas por el PSOE han puesto de moda, hoy nos enteramos de otro caso, el de la Diputación de Huelva, obligada judicialmente a pagar a la propiedad de un fastuoso inmueble que alquiló en su día los cerca de 700.000 euros que le adeuda por rescindir el contrato antes de cumplirse el plazo. ¿Por qué “blinda” la Junta sus alquileres, desechada la idea del agio si es que esto es posible? No lo sé pero es obvio que este personal administra el dinero de nuestros impuestos como quien tira con pólvora ajena. ¿No sería lógico establecer una responsabilidad subsidiaria de quienes incurrieran en pelotazos semejantes?

La oreja de Van Gog

La noticia del fin de semana ha sido el hallazgo por los inspectores de Hacienda de un cuadro de Van Gog en la caja fuerte de un presunto defraudador, que lo tenía allí a buen recaudo aunque él diga, en su defensa, que por cuenta de terceros. Hay que ponerse en situación, imaginarse la sorpresa de los funcionarios al encontrar el tesoro escondido pero, sobre todo, no hay más remedio que rasgarse las vestiduras recordando las duquitas negras que pasó en vida el pobre Vincent para buscarse las habichuelas y el hecho rotundo de que ese genio prolífico no lograra “colocar” más que un cuadro en su vida –¡y a su propio hermano Theo!–, hecho que confirma la inconsistencia de los criterios estéticos tanto de los marchantes como de los propios vanguardistas. Se ha hablado con este motivo de la pila de millones que, sólo en los últimos años, ha dado de sí la pintura de los llamados “modernistas” en general, fortunas millonarias en que el tiempo ha trocado unos bienes que, en su momento, no bastaron para proporcionarle a esos genios siquiera un buen pasar. Y ha dado también que hablar el hecho mismo de la tesaurización del arte, es decir, de la conversión del hecho artístico en pura y simple “cosa”, valiosísima, cierto, pero cosa al cabo. En el caso que nos ocupa el lienzo no estaba siquiera enmarcado, a ver para qué, si no estaba destinado al gozo eventual de los aficionados, sino convertida ya la obra de arte en mera mercancía y sujeta ésta a los vaivenes de un mercado tan imprevisible como ajeno. Se rebela uno ante esa gran estafa que supone valorar en una fortuna mayúscula no ya la obra completa de uno de esos creadores, sino una simple obra de las muchas que, probablemente, durmieron semiolvidadas en sus talleres, despreciadas por la misma Mano Invisible que un día, andando el tiempo, las revalorizaría exponencialmente.

Muchos miles de millones ha custodiado hasta su reciente muerte, en su piso de Münich, ese alemán, hijo del marchante de Hitler, que había heredado una colosal colección de obras, en gran parte arrebatadas a sus dueños, limitándose como el dragón guardián a custodiar el tesoro encomendado. ¿No tenía colgado un Miró en su cuarto de baño uno de los expoliadores de Marbella? Pues eso, que la obra de arte se ha reconvertido en moneda fuerte como simple garantía de su dueño y en su caso también como su indicador de prestigio. ¡Un Van Gog en una caja fuerte! Si se entera el pobre Vicent se corta la otra oreja.

Sin excusa

Incluso sin la foto feriante que ha mostrado en público a la presidenta de la Junta posando con la mismísima “ilocalizable” a la que su Gobierno reclama (¿) la restitución de los 66.000 euros obtenidos ilegalmente en una subvención, resulta impresentable el cinismo de nuestra primera institución. Retratarse con la misma persona que se declara oficialmente “ilocalizable” es una exhibición de irresponsabilidad que certifica sin excusa la doble cara de nuestra Administración autónoma y la insolencia de una Presidenta acaso demasiado atada entre los lazos de la corrupción aunque de boquilla diga combatir sin tregua a los corruptos.