Río revuelto

Es posible que el desenlace provisional de la crisis ucraniana resulte más complejo de lo que, a primera vista, puede calibrarse. La entrada de Maïdan, la asamblea popular, en el nuevo Gobierno traduce un impulso revolucionario que ha dificultado, sin duda, su reconocimiento por parte de una UE, por ejemplo, en la que no parece que el modelo subversivo quepa con comodidad, por no hablar del riesgo que una federalización del país supondría para su mera subsistencia. No hay duda ya de que Ucrania está dividida en dos mitades irreconciliables, una de las cuales –la del Este y Crimea—cuenta con un apoyo ruso que, de momento, ya ha provocado que la alerta en las tropas del centro y del oeste de Rusia, resuene en claves bélicas, dada la improbabilidad de que esta gran potencia pudiera modificar el estatus de su gran base militar en Crimea, considerada “la otra llave del Mediterráneo”. Pero el problema, estrategias aparte, es el que plantea un movimiento espontáneo, callejero, que ha conseguido llegar al poder, siquiera parcialmente, sin otra legitimación que su propia presión, lo que hace difícil rebatir la tesis (no sólo rusa) de que lo ocurrido hasta ahora en Kiev no es sino un golpe de Estado muchos de cuyos beneficiarios, por lo demás, no son ajenos a la corrupción generalizada que padece el país entero. En puertas de una guerra, todo ello adquiere una gravedad inusitada.

 

Habrá que aguardar, pues, a que la nueva situación se decante y demuestre su viabilidad, porque ya advirtió Sorokin que de los dos momentos que tiene toda revolución –destruir y reconstruir—el primero puede resultar paradójicamente más hacedero mientras que el segundo ha de resultar de manera inevitable más dificultoso. Una advertencia que debería considerar con urgencia la actual tendencia a la insumisión, entendida ésta como alzamiento espontáneo de grupos sociales contra el poder considerado injusto o ilegítimo, tan propagada tras el “éxito” pírrico de la llamada “primavera árabe”, incluidos sus desastres. No hay por esa vía un acceso razonable y práctico a la democracia, dado que la imposición, venga de donde venga, contradice su esencia, pero sí que ese mismo acceso constituye un riesgo para el régimen de libertades que ha de surgir necesariamente del conjunto social y no de un cuerpo segregado por exitoso que momentáneamente resulte. En Kiev se ha jugado la primera mitad de esta partida. En puertas de la tragedia se va a jugar ahora la segunda.

El bigote de la gamba

La cosa de la homosexualidad se está poniendo en África color de hormiga. Hay países, musulmanes por lo general, que condenan a los homo a la pena capital y los hay, como Uganda, que trasantier mismo aprobó una ley endureciendo las penas contra ese “delito” que el presidente Yoweri Museveni considera “contra natura” aunque, como es natural, su argumento sea más rudimentario. Museveni dice no comprender por qué un varón va a desear a otro varón habiendo como hay tantas mujeres que da gusto verlas y, aunque sólo sea por llevarle la contraria a Occidente, que le ha reclamado prudencia, se ha descolgado con una reforma penal que incluye pena de 14 años de cárcel para el “diferente” y cadena perpetua en caso de reincidencia. Ese hombre, macho desde el cerebro reptiliano, no concibe el proteico fenómeno de la sexualidad más que como algo enterizo y ve la elección sexual como regida por un patrón rígido que exige ser eliminada de la sociedad (la reforma incluye, por vez primera, a las lesbianas) cortando por lo sano. Nada significan para él los avances civilizatorios que han supuesto, excesos aparte, avances en la igualdad y garantía de los derechos humanos, a pesar de la advertencia de la ONU de que, como consecuencia de estas severidades, serán muchos los homo que se resistan a someterse a la prueba del VIH, el gran problema de aquel pueblo, en el que se venían haciendo importantes progresos. ¿Y qué vamos a hacer? No se le puede ir a Museveni con buena razones y menos, por razones obvias, hablarle de Sócrates o de Miguel Ángel, pero hay que reconocer que lo mismo, más o menos, nos ocurre con algún  flamante cardenal español convencido del carácter patológico de las afinidades homosexuales. África empieza en los Pirineos, en efecto, al menos para algún purpurado.

 

¿Sodoma y Gomorra, Grecia y Roma, los renacentistas? Proust, que “entendía” de qué iba la vaina, dijo dos cosas que no he de olvidar sobre este asunto. La primera, que no había “anormales” cuando la homosexualidad era la norma y, segunda, que nuestra personalidad social –la forma como nos ven los demás– no es sino una creación del pensamiento ajeno. Pero, entiéndanme, ¿cómo le contamos a eso a un cuerpo que tiene garantizada la reelección vitalicia y gana las elecciones –golpes aparte—a base de fraudes sistemáticos? La civilización evoluciona en dientes de sierra, ya lo sé. El problema estalla cuando uno de estos sátrapas la corta de un machetazo.

Cara nueva

Cuando era todavía flamante concejal casi solitaria de Valverde del Camino, escribimos que Loles López, la nueva secretaria general del PP, tenía por delante una larga e importante carrera, y no sólo en el nivel municipal. Y ahí está, dicho sea no para presumir de profeta sino para avisar de nuevo a quienes no la conozcan de que, al fin, llegan a la vida pública las nuevas cohortes generacionales, con la convicción y el brío con que las retrataba, hace casi un siglo, su olvidado paisano José Nogales en “Las tres cosas del tío Juan”. En medio de las íntimas dificultades que hoy padece, auguramos de nuevo a Loles un futuro quién sabe si vertiginoso.

Nuestras vidas

En poco menos de dos semanas se me han ido, como del rayo, Félix Grande y Paco de Lucía. Se me viene encima el recuerdo como un alud, aquellas tardes juveniles en la casa madrileña del primero, allá por los altos de Cuatro Caminos, apiñados en el saloncito que se hacía cuchitril a fuerza de humanidad, con Paca Aguirre regentando la alegría y compartiendo con todos su despensa, la guitarra de Paco –que acababa de acompañar a Camarón en su primer disco—sonando como un regajo fantástico, a lo mejor la guasa de Quiñones de por medio, un Savater todavía mozo que nos sorprendía a todos con su “Nihilismo y acción”, la ironía inacabable de Gala y el gesto adusto y sensual de Eladio Cabañero rumiando sus desamores, Lupe aún por nacer o recién nacida, la imagen de Falú trasegando sin prisa ni pausa su botellón, la mirada inquieta de José Alberto Santiago sintetizada en el azul celeste de los ojos de su mujer, el escepticismo profundo de Antonio Martínez-Menchén frente al éxito de sus “Cinco Variaciones”, todo un universo “brillante y hambriento” (¡que se lo pregunten a Paca!) que de pronto guardaba un silencio litúrgico para que resonara el bajo profundo de Félix desentrañando un poema de Vallejo o los versos subidos de “Blanco Spirituals” o de “Música amenazada”, la sorna ronca y sabia de Luis Rosales porfiando sobre Cervantes o sobre el padre Molina, y Tito Kurutchet con sus tragedias, la tribu exiliada de los argentinos y los chilenos todavía en plena diáspora, y tanta y tanta gente, tanto amigo, tanta vida por delante, tanta falseta de Paco recorriendo el alma como un escalofrío cuando todavía la muerte era para todos apenas una palabra ajena y la vida un trabajo gozoso, amores y fraternidades, y Félix recitando –“un fox lento, diluido, dominical, tristoide (pobres perros)/ música blanda, hinchada de violines asexuados,/ que viaja remando hacia la noche que se aproxima, oh Carol”—sobre los arpegios de Paco y el quejío hondo de nuestra ingenuidad.

 

Una noche fuimos al Wellington, ya de recogida, y al entrar nos asaltó el Diamante Rubio: “Paco, por tu madre, dame algo que, al fin y al cabo, los dos vivimos del “toque”. Y Paco, que tenía un corazón que no le cabía en la caja de la guitarra, se echó mano al bolsillo y le dio lo que llevaba, un dineral. Y Félix –“…cuán presto se va el placer, como se pasa la vida…”—y Paca desviviéndose, tejiendo y destejiendo en Ítaca, hoy ya todos de vuelta, Troya sólo en la nostalgia.

Maíllo dixit

En una extensa entrevista publicada aquí antier, el coordinador general de IU-CA, Antonio Maíllo, se explaya en ocurrencias que parecen confirmar la impresión que este hombre agradable nos produce de entrada: que no da para más de lo que da. A él le ha tocado aguantar el tirón de los “frentistas” apalancados en la Junta y da la sensación de que poco puede hacer para superar su resistencia: con las cosas de comer no se juega; dice que el PSOE es el que está en equilibrio pero eso no se lo cree ni él; dice que si UGT ha mangado (de CCOO no habla) debe excluírsela de la ayuda pública; dice querer transparencia frente a la corrupción pero se atiene a la doctrina minimalista que sostiene como una evidencia que la comisión de los ERE no dejó cabo suelto. Lo dicho: cada uno da para lo que da. Pretender otra cosa es ilusión o puro voluntarismo.

Arde Kiev

En mi opinión se simplifica al presentar el conflicto ucraniano como un pulso entre el Este pro-ruso y el oeste pro-europeo, o como un suceso exclusivo de Kiev, esa urbe dilatada junto al meandro colosal del río Dnieper. Cuando yo conocí la ciudad –en plena “perestroika”—el ambiente, castigado por la amenaza reciente de Chernóbil, era el de una ciudad soviética más que, contemplada desde el promontorio donde ese erige el cenotafio a los caídos de sus muchas guerras, llamaba la atención por la enormidad de su reserva verde –casi un sesenta por ciento del territorio urbano—y la belleza de esos brazos del río dibujando en el confín un extraño concierto. Sus calles limpias, su plaza –la de hoy—despejada e inmensa, en la que abría sus puertas el museo de Lenin y un comercio languideciente en el que los empleados exhibían su habilidad con el ábaco, nos dispersaban por unas calles silenciosas por las que algunos espiábamos el espectro de Bulgakov y la sombra del “ejército Blanco”. El pasado de Ucrania no es tan simplificable, pero lo cierto es que en la actualidad el país se enfrenta a una guerra civil en la que ambos bandos ignoran el axioma de Lucano: en una guerra civil, hasta la victoria es una derrota. ¿Se percata la Unión europea de que Ucrania es una potencia atómica desde que la URSS se desmembró? Da miedo pensar en la posibilidad de que unos locos o unos arrebatados, que tanto da una cosa como la otra, lleguen a enfrentarse a muerte en esa tierra que fue la cuna de Rusia (su primera capital) y ha pasado a manos de unas oligarquías depredadoras tras la que algunos llaman independencia. Anatole France mantuvo la execrable teoría de que la guerra civil era la menos detestable porque en ella, al menos, los combatientes sabían por qué se enfrentaban. En Ucrania –como quizá en Venezuela, toquemos madera—podría demostrarse en breve lo equivocado que estaba el “solitario de Estambul”.

 

Lo sólito de las informaciones terribles han logrado aliviar el sentimiento de terror que, de hecho, trasmiten los telediarios un par de veces al día. Ese enfrentamiento de Kiev, sin ir más lejos, resulta incomprensible y hasta se presta hasta las más peregrinas interpretaciones de los conspiranoicos. Pero el país entero, que no es sólo Kiev, contempla como nosotros un combate ininteligible que la corrupción de todos los contendientes convierte en deplorable. La primera capital de Rusia arde sin remedio. Se ha pagado un alto precio por la desmembración de la URSS.