Sobre los himnos

Antes de cantar a todo pulmón el himno del Arrebato, los hinchas sevillistas desplazados a Turín habían tarareado ya una y otra vez la Marsellesa a la espera del partido. Es una moda que, en los últimos años, avanza desde Francia –donde, en fin de cuentas, tiene algún sentido—y que en nuestro caso cuenta con la ventaja que le proporciona un paisanaje cuyo himno no tiene letra y por eso mismo se conforma con las músicas propias y ajenas. Y menos mal, porque, bien pensado, los himnos, casi sin excepción, tienen un lado oscuro por el que sangra con mayor o menor fuerza el Espíritu hegeliano como, sin ir más lejos, la propia Marsellesa que estos días tiene sublevado a más de uno allende los Pirineos desde que la ministra de Justicia, Christine Taubira, se negara a abrir la boca en cierto acto oficial y, lo que es casi peor, desde que el actor Lambert Wilson, maestro de ceremonia en el Festival de Cannes, se descolgara con unas declaraciones poniendo a caldo el himno de Rouget de Lisle cuya letra dice, el hombre, que hay que cambiarla de una vez por todas, habida cuenta de su anacronismo. ¿Cómo mantener en un himno que a todos representa versos como esos que piden “qu’un sang impure/ abreuve nos sillons”, esto es, que una sangre impura riegue nuestros surcos? Según Wilson, esas palabras son “espantosas, sanguinarias, de otro tiempo, racistas y xenófobas” por más que la música le parezca “fantástica”. Y ciertamente, lleva razón en ambas cosas.

Los himnos pertenecen a la épica y la épica raramente deja de ser extremada. Si pertenecieran a la lírica –como intentaran sin éxito Pemán y Marquina entre otros—no hablarían de sangres vertidas o novios de la muerte sino de otras humanidades más delicadas y, por supuesto, menos agresivas. Menos mal, en ese sentido, que la hinchada sevillista no sabía lo que había bajo sus tarareos imitativos y que luego, a la hora de la victoria, el coro se adhiriera definitivamente a la ingenua letra de ese Arrebato al que, por lo visto, lo bautizó como tal su propia abuela hartas de sus trastadas. Por más que ni siquiera éste himno entusiasta se libre de las postrimerías al incluir en su promesa de fidelidad la palabra “muerte”. Claro que las letras están para olvidarlas al tiempo que se cantan dado que el himno es esencialmente ritmo y melodía. Por una vez, los españoles llevamos ventaja en ese punto a todos los patrioteros que recitan sin pensarlo tantos versos desaforados.

Mal está el patio

Si la descomunal instrucción que está tejiendo con paciencia la juez Alaya no es en su día desmontada con argumentos fuertes, no habrá quien borre esta imagen masiva de las corrupciones perpetradas a la sombra del “régimen” autonómico. Porque dado el calado y la amplitud de las imputaciones, lo que parece claro es que llevamos treinta años conviviendo con Monipodio desde la princesa altiva al que pesca en ruin barca. Presidentes, consejeros, ex-ministros, altos cargos de todos los calibres, banqueros y “amigos políticos” han funcionado aquí, al parecer, acordados con trujimanes y granujas sin graduación. Falta comprobarlo, pero todo –no lo duden—llegará en su momento.

Pies del gato

Gran tremolina dialéctica en torno a los tres tiros asesinos que han segado la vida de la presidenta de la Diputación de León. Lo primero que se difundió fue la circunstancias “complementaria” de que Isabel Carrasco tenía pendiente alguna cuenta con la Justicia, concretamente algún enredo de malversación de fondos, algo que fuera o no cierto –personalmente lo ignoro—poco podía tener que ver con un asesinato a sangre fría, pero a lo que la condición de política de la víctima prestaba una cierta verosimilitud. Luego he oído opinar incluso que el hecho de ser víctima y verdugo militantes del PP era “una mala noticia para el PP”, y resulta obvio que “mala noticia” comporta aquí la idea de contaminación: algo malo habría hecho el PP por mano de la pistolera… o de la víctima. Se ha hablado también –y en este punto entiendo que con mayor razón—de la posibilidad de que el desprestigio de la figura pública en general y de la política en particular haya podido contribuir al crimen, en plan Ortega cuando decía, en el prólogo a “La decadencia de Occidente”, aquello de que “a la punta del puñal de Bruto sigue su mano, y a la mano el brazo movido por centros nerviosos donde actúan las ideas de un romano del siglo I antes de Cristo”. Ya, el deterioro de la relación pública, el fuego de hojarasca de las llamadas “redes sociales” (desde las que hemos visto, sin ir más lejos, pedir la muerte de alguien), el ambiente, en suma, que no da ya un duro por la política. Y sin embargo, quizá todo es más sencillo, acaso no tenemos delante más que un triste caso, un crimen común, pasional en cierto sentido, para nada conexo con la circunstancia política de su víctima. El periodismo suele exigir celeridad pero las prisas son malas consejeras.

Una mujer ha matado a otra por razones de lo más personal. Nada tiene eso que ver, pues, con la filiación política de Bruto ni con la de César. Igual podía haber liquidado a un empresario o a una rival amorosa esa furia armada, lo que habría hecho que la noticia no pasara de gacetilla, un suelto todo lo más. Pero parece que no tiene remedio esta inclinación mayoritaria, yo diría que casi colectiva, a politizar los sucesos incluso si son tan diáfanos como el que lamentamos. La opinión y el periodismo –el huevo y la gallina—deberían repasar esa plana tan arbitrariamente escrita. No hay que buscarle los cinco pies al gato. La realidad es ya por sí sola, más que de sobra, confusa.

Aprieta pero no ahoga

La coalición de IU, la izquierda a la izquierda de la izquierda, ha denunciado al PSOE, su socio en el Gobierno regional, por el reparto en un mitin de abanicos regalados por una inmobiliaria. IU “aprieta pero no ahoga” –como dijo en un lapsus freudiano uno de sus máximos líderes– de tal modo que puede tragar todo lo que ha tragado durante la legislatura pero no unos abanicos de tres al cuarto repartidos en un pueblo perdido. Eso se llama estar a la que salta. Comparados con sus colegas extremeños, estos comunistas complacientes quedan a la altura del betún.

El armario cerrado

La impagable deferencia de mi amigo J.I., profesor en la Sorbona, me permite una vez más leer sin gran retraso una obra sobre “lo prohibido” en general, en esta ocasión sobre ese ámbito tabú que es la realidad homosexual. Empiezo por confesar que siempre me he admirado del “engagement” vital, militante, de autores como Bernard Sargent, Sarah Pomeroy o Claude Calame, citados sean al azar, que han dedicado energías inauditas a defender la sexualidad “diferente”, la inmensa mayoría de las veces bajo la alargada sombra legitimadora de Platón y siempre desde el argumento “ad hominem” consistente en revelarnos el secreto íntimo de personajes célebres, víctimas en todo caso, a su juicio, de la moral cristiana que separó la sexualidad de la procreación. No tengo sitio aquí para relacionar siquiera la lista de grandes hombres sacados a rastras del armario por Michel Larivière, pero obvio es decir que figuran en ese escaparate desde el propio Platón a Goethe, desde Flaubert a Rimbaud y desde Luis XIII o Eduardo VIII a Kemal Ataturk, desde Alejandro a Maurice Béjart, pasando por el maestro Mandel, el mítico jefe de la Resistencia, Jean Moulin, o el escritor comunista Louis Aragon, por no hablar de Shakespeare, Balzac o el propio Hugo y sin olvidar a Chopin. Alega Rivière el divertido caso de Miguel Ángel, cuyos poemas dedicados a su amante Cavialere, fueron rehechos “en femenino” para despistar al lector, es decir, con el mismo fin que más de uno y más de dos poetas han hecho lo propio.

Entre agónico y triunfalista, este ensayo, esencialmente igual a la mayoría de los de su género, nos revela una vez más la extraña ley en virtud de la cual cada equis siglos –de Grecia o Roma a la Florencia de los Médicis o al Saló de los jerarcas nazis—reaparece pujante, teñida de inocencia platónica, la cruzada en favor de lo que Lorca llamaba el “amor oscuro” y, paralelamente, el endoso de la culpa a la moral cristiana –históricamente poco objetable, ésa es la verdad– aunque quizá limitado al no contemplar otros factores tan decisivos como las exigencias funcionales de la economía burguesa que algún clásico relacionaba con la institución de la herencia. Pero ¿es justo y razonable practicar eso que llamamos “outing”, es decir, sacar del armario, velis nolis, a quienes voluntariamente se encerraron en él? Cierro el libro de Larivière con esa duda entre las cejas. Nadie tiene derecho a usar en ese ámbito secreto la llave maestra.

Los blindajes de la Junta

Si ayer informaba este diario a sus lectores de los contratos blindados que las Administraciones gestionadas por el PSOE han puesto de moda, hoy nos enteramos de otro caso, el de la Diputación de Huelva, obligada judicialmente a pagar a la propiedad de un fastuoso inmueble que alquiló en su día los cerca de 700.000 euros que le adeuda por rescindir el contrato antes de cumplirse el plazo. ¿Por qué “blinda” la Junta sus alquileres, desechada la idea del agio si es que esto es posible? No lo sé pero es obvio que este personal administra el dinero de nuestros impuestos como quien tira con pólvora ajena. ¿No sería lógico establecer una responsabilidad subsidiaria de quienes incurrieran en pelotazos semejantes?