Estado de bienestar

No ha tenido demasiada repercusión el descubrimiento reciente de esa legión de tramposos que obtenían gratis los medicamentos utilizando la tarjeta de algún familiar jubilado. Nos hemos acostumbrado al fraude, entre otros motivos porque desde la autoridad se nos ofrece a diario el lamentable espectáculo del agio y corrupción. ¿Por qué va a pagar uno sus medicinas pudiéndoselas endosar al pobre abuelo, por qué pagar el IVA al lampistero o al albañil si los de arriba se lo llevan a espuertas? En la Italia de Monti se ha puesto en marcha un operativo que, de momento, en unos pocos meses, ha descubierto que podrían ahorrase sesenta millones de euros sólo con poner en su sitio a los 1.565 falsos ciegos que cobraban su pensión, y a los 1.844 pseudopobres que hacían lo propio. En Tolezo han descubierto a un tío teóricamente ciego cortando a hachazos la leña que necesitaría en invierno, en Pisa, otro invidente fue sorprendido cuando paseaba tranquilamente sin bastón ni perro y en Pieve Santo Stefano, un tercero fue sorprendido por los servicios públicos cuando recogía las preciadas trufas que sus perros olfateaban. Y no me cabe la menor duda de que una acción semejante haría su agosto en España por no hablar de esa Grecia que se ha revelado como modelo inalcanzable de la trapacería, con sólo manejar con cuidado los ordenadores que contienen tanta información sobre tanta gente.
Cuando se proclama la quiebra del Estado del Bienestar no suele repararse en estos abusos que perpetran demasiados ciudadanos de todas las clases sociales, imitadores a su manera del mal ejemplo entrevisto en las alturas, pues si es desde luego vituperable que un afanador se medicine gratis sin derecho, más lo es, sin duda posible, ver a un ministro de Obras Públicas trapicheando con un delincuente en una gasolinera, a uno de Interior permitiendo o ignorando toda una trama montada en su antedespacho para saquear la caja pública o a Juntas autónomas, como la valenciana o la andaluza, metidas hasta las trancas en el cenagal de las corrupciones. ¡Pero si es ya moneda corriente el recurso a las facturas falsas y hemos pasado como si tal cosa por el uso de una visa en un prostíbulo o por el tocomocho de las “preferentes” con que grandes bancos han arruinado a los ahorradores más confiados! Se dice que el pescado empieza a pudrirse por la cabeza. El problema está en que aquí la podre llega ya a la cola.

Los tres monos

No ver, no oír, no hablar. Ante el amago subversivo de IU, los tres monos japoneses recuerdan a un Griñán que debe esperar a que su Ejecutiva Federal condene los asaltos a supermercados porque él no se atreve con un socio, IU, que tal vez no ha medido bien sus fuerzas en este desafío. La prensa extranjera nos retrata ya como retrataba a Grecia hace unos meses y nosotros aquí soportando la defensa de los delincuentes a los que se trata con guante de seda. Desde la propia Presidencia de la Junta, desde IU, desde el PCA se justifica el delito de pillaje como una virtud. Y Griñán calla timorato en un rincón a la espera de que alguien –la Justicia, por ejemplo—le saque las castañas del fuego. La Junta bicéfala se tambalea antes de lo que se podía esperar para esta legislatura seguramente breve.

Saber es poder

Los políticos dan hasta lo que no tienen con tal de conseguir información sobre el prójimo. En pocas democracia se habrá espiado telefónicamente al Jefe del Estado, como ocurrió aquí en su día, y en pocas funcionarán las escuchas del rival político con la desvergüenza con que aquí funcionan. Estoy pensando, por supuesto, en el caso de las que, según la policía, habría instalado Rubalcaba en la pared contigua a la sede del PP para estar al tanto de cada cuento y cada chisme del rival, caso que se repite, pues hace años ya se descubrió prácticamente lo mismo y en el mismo sitio. Un político no puede apetecer nada mejor que conocer de antemano los planes de su opositor, y por eso Rubalcaba alardea de su información en público o refregándosela por la cara al propio escuchado. Poco a poco hemos ido extendiendo la red de escuchas, legales e ilegales, pasando de los presuntos delincuentes hasta los propios abogados y, pocas dudas caben de que también al ciudadano peatonal a poco que su conducta o su intención interesen al poderoso. “Yo lo sé todo de todos”, dijo ya en una ocasión Rubalcaba, ejerciendo de Fouché postmoderno, de la misma manera que ahora le ha dicho al portavoz del PP eso de “Yo veo todo lo que haces”, confesión de parte que descubre el alcance de la impunidad de que gozan quienes están al mando. Y menos mal que las pésimas instrucciones de Garzón han conllevado la anulación de un montón de esas escuchas –incluidas las últimas que han permitido la excarcelación de un puñado de narcos–, porque si no, estaríamos ya empantanados en un paisaje completamente orwelliano.

Eso sí, las escuchas, aunque sean legales, molestan mucho al Poder cuando a quien benefician es al Otro y hasta llegan a “desaparecer” –¡en sede judicial!– sus grabaciones cuando llega el caso, como ocurrió cuando Chaves hizo el ridículo sentando en el banquillo a los periodistas de El Mundo. Todo partido que funcione bien es leninista (sabiéndolo o sin saberlo) así como muchos políticos que predican graves éticas son, en la práctica, maquiavélicos en estado puro. Y es esto último lo que ha puesto en almoneda la intimidad, sin la cual ninguna democracia es legítima. Aparte de que así como en EEUU unas escuchas bastan para echar a un Presidente, aquí no dan más que para unos titulares. Monipodio se pasea tranquilo por la calle mientras el contribuyente honrado no puede ya ni abrir la boca.

Novecento

Pocas imágenes tan alarmantes como la de los activistas del SAT asaltando por su cuenta y riesgo los supermercados, por cierto impunemente. La foto del alcalde/diputado Gordillo dirigiendo a una distancia prudente el pillaje, descubre el arcaico revolucionarismo de esos marginales que, no obstante, figuran en la nómina del “socio” del Gobierno. Y peor aún los comentarios en twiter de la secretaria general de Vivienda, Amanda Meyer, dejando en evidencia a un tímido y desbordado Griñán que si no la cesa de inmediato quedará como un pelele y en manos de IU. El novecentismo apenas tiene que ver con la postmodernidad, pero la autoridad no tiene más que camino.

Izquierda demente

Mi padre solía contarme las escenas de la expropiación de víveres que llevo a cabo en mi ciudad el Frente Popular. Y solía repetirme que a él no lo escandalizaba tanto el despojo colectivista en sí mismo sino que el Gobierno lo permitiera, tolerando el modelo expropiatorio calcado de las comunas ácratas que, por mucha literatura que le echemos encima, lo cierto es que terminaron como el rosario de la aurora. Tantos años después, semejante política no es ya más que un lejano rastro en la memoria, como lo prueba que hoy apenas si las fuerzas del orden actúan ya para disolver las absurdas ocupaciones de fincas. Por eso precisamente –y porque la situación es explosiva—ver a la gente de Gordillo y de Cañamero expoliar en plan argentino o venezolano unos supermercados resulta cuando menos extravagante y, desde luego, sumamente peligroso. Pero mi sorpresa es aún mayor cuando observo que Griñán ni siquiera se ha referido a la exhibición de Amanda Meyer en su twiter llevándole la contraria y sin la menor consideración. ¿Qué menos que cesar de inmediato a una alto cargo que apoya el pillaje público poniéndola en la calle sin “cesantía” que valga? ¿Es que no se da cuenta Griñán de que admitir ese apoyo a los vándalos supone reducir su propia imagen a la un monigote en manos de un socio abusivo? La foto de esos carritos robados por las bravas no admiten término medio alguno y, en el fondo, bastarían para que un Presidente con categoría revisara su acuerdo de Gobierno con una izquierda demente que ni siquiera controla a sus diputados y altos cargos. Esto no es la Argentina del “corralito” ni la Venezuela de los majaretas bolivarianos, sino una democracia constitucional en la que no cabe en absoluto la lenidad con quienes juegan a recrear un imposible modelo “novecenstista”.

Recuerdo la energía moral de una Marinaleda a la que íbamos en peregrinación para, entre otras cosas, para corear las canciones de Serrat en medio de un paisaje lampedusiano, tanto como lamento ver hoy a esos braceros reconvertidos en saqueadores ante la pasividad de las autoridades. No es por la fuerza como hay que resolver el problema de la necesidad que padecen hoy muchos súbditos de un “régimen” al que IU anda sirviendo de adarga y de escabel. El sueño de la Revolución es aquí y ahora una vaga sugestión jacobina. Entre Gordillo y José María, por lo demás, media hoy por hoy el abismo de la evidencia.

Cuerpo y arma

Una vez más, en esta ocasión con motivo de la participación en los Juegos Olímpicos de países considerados “islamistas sanguinarios”, dos mujeres han mostrado ante el Ayuntamiento de Londres sus cuerpos desnudos sobre cuya piel rezaban consignas protestatarias. Desde que la Humanidad perdió su cándida inocencia, el cuerpo, en especial el femenino, ha sido siempre un tabú insuperable que hasta el mismo siglo XIX no permitía con frecuencia su exhibición ni siquiera para facilitar el reconocimiento médico y, probablemente, por efecto-rebote de esa misma manía en todas las épocas, las tapadas han tendido a exhibir su cuerpo valiéndose de ese instrumento decisivo que es la moda. En nuestra crítica actualidad, sin embargo, la exhibición del cuerpo no tiene ya nada de “sagrado”, como en las Olimpiadas clásicas, ni de “natural” con en el estatuaria grecolatina o en la pintura posterior, sino que se ha convertido en un arma de lucha cívico-política en línea con la leyenda de Lady Godiva, ampliando la demostración tanto en directo como en diferido. En Hollywood Boulevard o en la Gran Vía, en la Plaza de Cataluña o en la Puerta del Sol, hemos presenciado esas demostraciones luego difundidas por todos los medios y en contra de las cuales la autoridad viene demostrando siempre una no poco ingenua intolerancia. Bomberos o futbolistas, parados y otros colectivos recurren con frecuencia a ese expediente que, insisto, no entiendo por qué inflama tanto a una autoridad cuya acción represiva es, muy posiblemente, el mayor estímulo para los exhibicionistas.
 
Lean la fenomenal “Historia del cuerpo” coordinada por Alain Corbin para descubrir cómo ha evolucionado la idea del cuerpo a través de los tiempos, o comprueben en el mismo Platón que la cultura antigua consideraba que la excelencia del cuerpo (“soma”) era inseparable de la distinción ética. Fueron las religiones, como agentes civilizadores, las que ocultaron el cuerpo a la vista instalándolo en el tabú, en algunos casos, hasta límites intolerables. Y acaso es la secularización galopante de la postmodernidad el fundamento de la actual tendencia al desnudo que se reclama como un derecho o se muestra como un arma. Una sobrina del cardenal Rouco posó desnuda en Interviú, según ella, para denunciar la “doble moral” de su tío, y Lola Flores hizo lo propio por falta de liquidez. Quizá el desnudo se desnaturalizado doblemente al convertirlo en un instrumento de la tensión social.