La estrella se apaga

Mal han quedado los “barones” del PSOE posicionados a favor de la presidenta Díaz en su aspiración evidente a dar el salto a la secretaría general de Madrid. Y mal debe de andar el PSOE cuando la retirada de una candidata sobrevenida y con la hoja de servicios y méritos por completo en blanco lo pone en ese brete. Mal momento, pues, para este bípode partitocrático, en el que ya hasta los más ambiciosos renuncian a capitanear el barco. ¿Qué la decisión es buena para Andalucía? Asumir eso en serio es probar que ni Díaz podría haber llegado a más, ni Andalucía a menos.

En nombre del padre

La audacia del papa Francisco, devociones aparte, está desbordando hasta las previsiones más optimistas. Vean la foto del pontífice entre el los jefes de Israel y Palestina, convocados en los jardines vaticanos para “orar juntos” por la paz, un plano inimaginable que viene a romper el emblema tradicional de la diplomacia papal, mostrando hasta qué punto es posible extender la influencia cuando se cuenta con un prestigio acrisolado y creciente. Cualquiera puede aventurar que un conflicto como el de Oriente Medio, tan antiguo como complejo, no va a resolverse ni mucho menos en términos simbólicos, pero el gesto del papa tiene la virtud de dejar en evidencia la componente religiosa que subyace a tantos otros motivos ciertamente materiales, al tiempo que devuelve el primer plano a un recurso tan desacreditado como es la piedad. ¿Rezar juntos en vez de empuñar las metralletas, reconocer implícitamente la identidad de la Trascendencia, confundidas por los hombres en una diversidad generadora de rivalidades inmemoriales? Conseguir esa foto supone mucho más que una anécdota por muy alejada que, rehén de tantos fanatismos, la paz entre esos pueblos pueda quedar aún, por frágil que resulte el gesto pacífico comparado con el estruendoso clamor de las batallas y por utópica que suene la súplica papal a los jefes políticos de que derriben los muros de la enemistad. Sobre el posado de esos tres orantes cobra realidad, por una vez, el mito de las “tres culturas” inervadas por las tres religiones.

Haría falta un Ranke imaginativo para situar adecuadamente al papa Francisco en la nómina, no siempre edificante, de la estirpe de Pedro, y no sólo por lo que lleva hecho sino por la que parece ineluctable deriva de un pontificado reformador en pleno proceso de secularización universal, y cuando, además, ese relativismo contra el que tanto se clama encuentra su mejor aliado en la actitud inmovilista que, en el fondo y más allá de las estrategias publicitarias, han caracterizado la era postconciliar. ¿Quién podría pensar en la oración como punto de partida de la paz, quién hubiera sido capaz de imaginar a Simon Peres y a Abu Mazen flanqueando al papa de Roma y enfrentados, siquiera de manera momentánea, a un solo Dios protector? Reconforta contemplar ese rezo que cuestiona, aunque sea por un momento, esta última guerra de religión que subyace como un polvorín bajo los cimientos del nuevo siglo.

Autócracias doradas

En mi opinión, el sindicato Comisiones Obreras (CCOO) debe aclarar con rigor las tremendas denuncias –no se puede denunciar a todas y a locas– que ha formulado contra la presidenta de la Autoridad Portuaria de Huelva, la muy cuestionada Manuela de Paz, caballo en cacharrería desde que estrenó el cargo despidiendo al Secretario General y demás cargos técnicos por el sencillo procedimiento de enviarles un burofax o manteniendo en un despacho del Puerto a una enchufada del partido de cuya nómina parece que se hizo cargo una empresa suministradora básica de la institución. Estos personajes sobrevenidos, que reclaman un ramo de flores por semana para embellecer su despacho, son la cara descarada de la autocracia que, en el fondo, genera todo “régimen”.

Podre en Venecia

Estos días “Il Gazzettino” de Venecia viene que echa chispas a propósito del mangazo escandaloso perpetrado por una pandilla de políticos de la derecha y de la izquierda, a dos manos, en torno al gigantesco “Proyecto Moisés”, el invento de la barrera sumergible en la Laguna que iba a salvar a la vieja ciudad de sus frecuentes inundaciones. A la cárcel han ido a parar treinta y cinco altas personalidades entre las que se incluyen desde una eurodiputada al mismísimo alcalde, pasando por varios responsables del Tribunal de Aguas o de la consejería de Infraestructuras, el ex–gobernador del Véneto o un consejero de Economía del propio Gobierno, todos enfangados en una trama a la que la Fiscalía atribuye delitos de corrupción, financiación ilegal, fraude fiscal y lavado de dinero, gracias todas ellas por las que, en tiempos de la Signoría, habrían acabado descabezados en plena Piazzetta, entre las columnas del león de San Marcos y del cocodrilo de san Teodoro. Oigan, ¿será que esto no tiene ya arreglo, será posible que la corrupción sea condición inseparable de la gestión pública, acabaremos convencidos de que la venalidad es, a su vez, condición propia del ser humano, criatura vulnerable donde las haya frente al brillo del oro? Yo no lo sé, desde luego, pero miro a mi alrededor y no tengo que ir muy lejos para tropezar aquí mismo con fulleros y mangantes de alto copete llevándose el manso con independencia del signo político bajo el que actúen, pues me concederán que lo que está ocurriendo en Andalucía, por ejemplo, es de traca, como de traca fue el “Gürtel” famoso, las mangancias valencianas y el expolio catalán. Aunque en Venecia, por lo que leo, al menos los trileros van a la cárcel del tirón, sin que haya títulos ni galones que valgan, mientras que aquí todo sucede con mayor escrúpulo y cuidado cuando se trata de condenar a “los de arriba”, como decía Azuela.

Nadie lo diría, ésa es la verdad, divagando por aquel laberinto lacustre de viejos palacios y callejones de sombra reflejados en el verde oscuro del agua imperturbable, y menos contemplando la inmensa perspectiva de San Marcos o esos rincones recoletos en los que el silencio se adensa espiritual hasta embargar el alma. “Il Gazzettino” viene que trina, ya les digo, por lo que, para nosotros, es calderilla, fíjense en lo que son las cosas. Los mercachifles de Venecia son unos pringaos al lado de los nuestros/as.

El dinero de nadie

La secretaria general del PP, Loles López, (y no pierdan de vista a esa incansable que tiene mucho camino por delante), ha expuesto en rueda de prensa que la complicidad descarada de la Junta con el “sindicato hermano”, la UGT, no fue sino un caso más del “reparto” de la política llamada “de concertación”. Y un caso realmente original: el de la subvención concedida por la Junta a la Faffe –es decir, a sí misma—sin que mediara siquiera petición de ayuda. No quieren “causa general” pero es lo que se merecen. Lo que aquí ha ocurrido en el último decenio descalifica a un “régimen” y a sus manijeros en términos que nunca pudimos sospechar siquiera.

Blanco sobre negro

Desde el Brasil turbulento que esta temporada anda convulso a fuerza de protestas populares contra la organización del Mundial de fútbol nos llega la noticia de que David Beckham y su señora acaban de comprarse una mansión de un millón de reales (330.000 euros) en una favela. No en una favela cualquiera, de ésas en que apuestas la vida en cada esquinazo, sino en una favela “reconducida” en la que funciona incluso una comisaría desde que fueron desterradas las mafias del narcotráfico. ¡Una mansión en una favela, un edén con vistas al Pan de Azúcar, el Corcovado y la Laguna, el oro desbordando la miseria como un emblema de la sociedad desigual! Un día lejano, allá por los años 60, el profesor don Juan Beneyto –hombre de talento y cultura poco corrientes tal vez desperdiciados—me explicó que la política económica de los “tecnócratas” del OPUS que gobernaban España desde el chalecito de Castellana 3, no tenía otra biblia que la discutida obra que Maeztu tituló “El sentido reverencial del dinero”, equívoco título expresivo de lo que se ha llamado “capitalismo católico” pero en cualquier caso entre los más sugestivos que hayan podido ocurrírsele a la “reacción” española. Beneyto sostenía, además, que el problema de la desigualdad se complicaba por el hecho de que cierta visión de la felicidad se funda no sólo en el hecho de poseer dinero sino en que los demás carezcan de él, es decir, sencillamente, en la “distinción” –como diría la “sociología del gusto” de Bourdieu–, o sea, en el hecho mismo de la desigualdad. Por lo que leo, esa favela, la de Vidigal, se ha convertido en los últimos tiempos revueltos en una especie de Montmartre rioplatense en el que van recalando poco a poco las estrellas del firmamento millonario, reafirmadas en su privilegio por la proximidad de la miseria. El cogollo del sentimiento privilegiado es, precisamente, esa diferencia, ese contraste que resalta el blanco deslumbrante de la abundancia sobre el negro catafalco de la necesidad.

Un olvidado como Leon Bloy decía que el dinero es la sangre del pobre en la medida en que resumía expresivamente todo sufrimiento pero es obvio que este tipo de admoniciones poco cuentan para el adinerado y menos, desde luego, para esos “millonetis express” que produce el mundo del deporte. Porque una mansión en una favela, se diga lo que se diga, más que un capricho es un insulto que confirma la vocación discriminadora de la fortuna y el placer de la desigualdad.