El mal de ERE

Conocemos a Manuel Pezzi hace muchos años, todos los que lleva en la nómina política, y es justo decir de él que es persona ilustrada y más bien serena además de hombre de partido con su alta dosis de fanatismo. ¡Decir que hay que estar enfermo para hacer lo que hace la juez Alaya! Eso y mucho más podemos esperarlo en cualquier momento de otras bocas locas y estómagos agradecidos, pero no tanto de este geógrafo que, con seguridad, teme por otros, no por él. Pezzi pidió un día que se retrasaran las sesiones del Parlamento para que sus Señorías tuvieran tiempo de ver cierto culebrón televisivo. A un nombre así de ingenioso no le pega nada ese oscuro papel que se ha dejado asignar.

Valla de la discordia

El ministro del Interior acaba de reconocer que la fuerza pública no debió disparar pelotas de gomas contra los inmigrantes ilegales que trataban de ganar a nado la tierra española. Al mismo tiempo se informa de que esa frontera está siendo remodelada en el sentido de sustituir las vallas actuales, con sus cuchillas y lo demás, por otras que no permitan el escalo, pero, entre tanto, el menudeo de entradas subrepticias ha hecho de verdad de la frontera poco menos que un coladero. Coinciden con estas novedades con los informes policiales aseguran que cien yihadistas se han desplazado desde España a Siria y que nuestro país se ha convertido  en una auténtica “base durmiente” de elementos radicales islamistas. En teoría, nada debería tener que ver la amenaza islamista con el problema general de la inmigración, pero a ver cómo eludir esa realidad, al parecer constatada, de que no pocos inmigrantes que llegan pidiendo humanamente la oportunidad del asilo resulta que no son más que agentes controlados en un vasto plan terrorista de alcance mundial. ¿Qué hacer, entonces, entornar la puerta de la frontera exponiéndonos a convertirnos en el cuartel de invierno de esa amenaza universal, o cerrarla a cal y canto como piden los radicales racistas de varios países de Europa, supuesto, en cualquier caso, irrealizable sin la ayuda decidida de la Unión Europea? El debate de la inmigración deberá tener en cuenta, se quiera o no, la dificultad de hacer compatible la actitud generosa con la amenaza más que implícita que trae de cabeza a nuestras policías. Al margen de lo que ocurra en Francia o en Suiza, donde los xenófobos ganan terreno día a día, aquí habrá que discurrir la fórmula mágica que logre superar esa incompatibilidad sin convertirnos nosotros también en xenófobos. Los lepenistas tendrán el argumento servido, vale, pero hay que reconocer que el propio radicalismo se encarga de cargarle las escopetas.

 

El adecuado control de esas tensiones va a constituir el problema por excelencia de los años próximos, en el mejor de los casos, pues resulta obvio que en cualquier momento, con los conflictos en juego o los que puedan surgir, forzarán a nuevos y cada vez más rigurosos controles. En los años 60 los servicios europeos de inmigración negaban la entrada en sus países tan sólo por detectar caries en el inmigrante. Tras el 110-S y el 11-M, en nuestros fielatos se juegan riesgos mucho más graves.

Honrados e ingenuos

Un grupo de trabajadores de la radiotelevisión andaluza, Canal Sur, le han pedido al consejero de Presidencia que medie para que se reanuden las negociaciones  con la dirección y que se proyecte ahorrar sin necesidad de rebajar el cinco por ciento de la masa salarial, ahí es nada. Y no contentas con eso, las criaturas, posaron provocativamente tras el director provisional-eterno del ente luciendo unas camisolas en las que podían leerse eslóganes tan ingenuos como “Por una televisión pública independiente”. Me acordé del corrido: “Gritó Emiliano Zapata/ “quiero tierra y libertad”, / y el Gobierno se reía/ cuando lo iban a enterrar”…

Registrar el alma

La última entrega del culebrón de Marta del Castillo y su inicuo verdugo, a saber, el sometimiento de éste, por voluntad propia, a un registro encefelográfico que pudiera (sólo pudiera, ojo) registrar en su memoria alguna imagen conducente al lugar donde escondió los restos, es, en mi modesta opinión, un brillante triple salto mortal de nuestras policías que seguramente distraerá la atención pública pero que no ha de conseguir mucho. Ojalá me equivoque, por supuesto, pero mis neurólogos de cabecera opinan que es poco probable que, a base de cambios de potencial, se logre registrar la memoria y mucho menos, desde luego, elucidar la Verdad. En una universidad andaluza me invitan a presenciar en un IPAD el trabajo de las ratas sometidas a un tratamiento similar con objeto de borrar de su memoria hechos acaecidos, lo que de lograrse constituiría una aportación valiosa a la psiquiatría, pero de paso me muestran sus dudas sobre la posibilidades reales de que el experimento con ese criminal que trae de coronilla hace años a jueces y policías llegue a proporcionar una solución al enigma. ¡Ahí es nada, la memoria! ¡Y la verdad frente a la mentira! Erasmo sostenía que el espíritu humano está hecho de tal manera que en él la mentira tiene cien veces más peso que la verdad, lo que lamentablemente supone un extraordinario blindaje para el ocultador, a pesar de que el recuerdo, como el eco, continúe por ahí, enredado en las circunvoluciones o en los abismos del cerebro interior, incluso después de haberse extinguido el estruendo. Lo que sí constituye el experimento de Carcaño es un espectáculo en toda regla, algo así como el que supondría el anuncio del buhonero de que va a degollarse a sí mismo. Mala cosa cuando el caso policiaco se convierte en número de circo.

A las ratas que yo he visto en el laboratorio les cuesta olvidar seguramente tanto como a estos criminales les costará recordar lo que de verdad ocurrió. Sólo en los EEUU, que son tan suyos, fríen a un tipo si el polígrafo lo descubre o cree descubrir, desenredando su trama mentirosa hasta dar con el cabo perseguido. Pero el cerebro, en todo caso, es una entidad tan compleja que cuesta creer que vaya a dejarse traslucir para que lo vean cómodamente desde las sillas de pista. Por lógica, esa canalla sabe a la perfección donde escondió el cuerpo asesinado y no va a rebelarlo porque le pongan cuatro electrodos para deleite de un público que ni siquiera pagó su entrada.

El coste del SAS

No sé si alguien se habrá molestado en ir sumando las sanciones, por lo general económicas, con que los tribunales ponen en su sitio al Servicio Andaluz de Salud (SAS) un día sí y también el siguiente. Daños causado a enfermos, diagnósticos erróneos, puñados de nombramiento ilegales o improcedentes, despidos arbitrarios, discriminación de trabajadores /as… No creo que haya en la autonomía organismo más reprendido que el SAS ni que menos caso haga de esas reprensiones que pagamos entre todos sin comerlo ni beberlo. Un apreciable servicio de salud con una burocracia y una dirigencia muy por debajo del nivel exigible. Una responsabilidad civil subsidiaria de los responsables no nos vendría nada mal.

La alegría de la huerta

Un eterno dirigente agrario, a quien siempre respeté con admiración, que encima ha disfrutado durante años de un lugar relevante en la Junta como paladín del ecologismo, y que lleva desde el 12 de febrero en lo que él llama “huelga de hambre itinerante” recorriendo Andalucía “de Puente Gení(l) a Lucena, de Loja a Benamejí”, ha declarado que, aunque “administrativamente jubilado” y con su vida resuelta –¡con la que está cayendo!—, se siente uncido a su compromiso social y a la defensa de la dignidad humana. Con tantos días sin ingerir alimento cuesta creer en este milagro de la voluntad, pero sobre todo nos enfrenta al teatro de las huelgas de hambre entre las que es forzoso recordar la que le costó el puesto al presidente Escuredo y la (diz que tramposa) que organizó De Juana Chaos en el hospital, puestos sean los ejemplo sin ánimo de comparar. Me he acordado del cura Diamantino y de aquellos tiempos difíciles en que la lucha obrera prescindía de alardes a la hora de reivindicar derechos y enfatizar la dignidad, con Diamantino de emblema recogiendo espárragos en Francia incluso cuando ya no podía con su alma porque el cáncer lo devoraba, y no he podido evitar la comparación con estos circos ambulantes en los que algunos buscan prolongar un protagonismo que tal vez nunca existió. Paco Casero ha bregado lo suyo para fomentar el cultivo compatible con la Naturaleza, es cierto, pero precisamente por esto, cuesta ahora imaginarlo en su bululú como el mago que separa la cabeza del tronco de su compañera o el Houdini que escapa de sus ligaduras. Hablando en plata: en una democracia, por imperfecta que ésta sea, sobran los héroes heracleos luciendo desde la barraca el músculo moral. Casero, coma o ayune, se ha equivocado de era con su espectáculo ambulante.

 

Al campo se le ha juntado la desdicha de su desplazamiento competitivo en el actual modelo social con la que supone el empeño de sus líderes en mantener una filosofía pedestre y arcaica que, por otra parte y por descontado, casi nadie toma ya en serio. No cuadran ya en Andalucía ni el martiriologio ni los Salvocheas con el queso añejo en el zurrón. Casero en es un personaje anacrónico que tendrá que buscarse con afán sus propios auditorios mientras en Bruselas nos redactan el catecismo obligatorio. Un día cualquiera la huelga cesará sin mayores consecuencias y al ayunante le quedará tan sólo un suelto en los periódicos.