Habló el Papa

No es la primera vez que un pontífice se refiere críticamente a nuestra situación social pues, si mal no recuerdo, ya Juan Pablo II lamentó el atraso rural y lo que él llamó la “lacra del paro”. Pero ahora, Francisco I le ha puesto incluso cifra a nuestro drama al denunciar la ruina que supone nuestro enorme paro juvenil y la existencia de una “generación nini” en el marco de una denuncia contundente del sistema de explotación. Desde la Junta se han apresurado a quitarle hierro a sus palabras diciendo que el Papa “no ha puesto el dedo en ninguna llaga”. Vean lo difícil que es ver la realidad –la llaga—cuando se tiene asegurado un sueldo y hasta un coche oficial.

Fracaso de Goliat

Ningún suceso tan desolador como el del rapto de las 270 niñas nigerianas por el terrorismo islamista de Boko Haram. Ha sido realmente espectacular el despliegue publicitario de solidaridades del que no ha querido quedar fuera la propia Michelle Obama, mientras los criminales filtraban una grabación de las raptadas recitando a la fuerza versículos del Corán. En París se ha reunido, a petición del presidente nigeriano, un grupo de trabajo en el que estuvieron representados Camerún, Chad, Niger y Benin junto a los EEUU, Gran Bretaña, Francia y la Unión Europea que, entre declaraciones altisonantes, han decidido movilizar contra el terror un puñado de agentes secretos además de los aviones destacados en el Chad y los drones disponibles en Níger, pero la respuesta no se ha hecho esperar y, en efecto, veinticuatro horas más tarde un camicace ha respondido ya con un primer atentado mortal. ¿Agua de borrajas? Pues seguramente, porque damos por hecho que el atroz suceso irá perdiendo mordiente informativa hasta desinflar el globo de la indignación provocada. Asusta esta incapacidad del orden internacional para enfrentar una amenaza de semejante envergadura que, después de todo, podría no ser más que la punta del iceberg de ese terrorismo que podría unir sus fuerzas a las de Al Qaeda lo mismo que cuenta ya con el apoyo material de aliados árabes. Desde París llegan declaraciones contundentes –“Estamos aquí para hacer la guerra a Boko Haram”, por ejemplo—pero no hay ni indicio de una acción realista. El fracaso siempre es malo pero cuando se produce frente a un enemigo menor resulta un escándalo.

Cuesta doblegarse a la idea de ese fracaso, desde luego, y más si cabe contener la justa ira sentida por tanta gente frente a un crimen abominable como el rapto de las escolares y su presunta venta como esclavas sexuales, cuesta aceptar que una banda sectaria campe por sus respetos frente al desconcierto de las potencias civilizadas tan expeditivas cuando se ha tratado de defender sus intereses propios desde los diamantes al coltán. ¿De verdad es imposible cortar el tráfico de armas y pertrechos proveniente de Libia a través del corredor de Níger y el Chad? Esas niñas raptadas y sus familias dolientes constituyen un descomunal desafío al proyecto teórico de paz mundial más desdibujado cada día que pasa. Si llegara a desinflarse del todo la tragedia no incumbiría sólo a esos desdichados sino que comprometería a la conciencia universal.

Serpiente de verano

Se acuerdan del “Tiroless”, aquel submarino atómico británico aparcado en Gibraltar que tanto dio que hablar para nada? Seguramente no y, por supuesto, que desde entonces han atracado en la Roca un puñado de navíos igualmente alarmantes, hasta que el propio “Tiroless” ha vuelto de nuevo a amarrar en esa colonia. No sé si tiene sentido levantar la voz cuando ocurren estas cosas pero estoy seguro de que lo que no es bueno es protestar permitiendo luego que el problema se zanje y todo siga igual. No somos nadie, hay que reconocerlo. Con ONU o sin ella, Gibraltar se pasa por el forro a España cada vez que tiene ganas.

Cambio de baraja

Como en los viejos casinos en que los señoritos mandaban al mozo a comprar una baraja nueva, los dos grandes partidos nacionales, han de hacer lo propio si no quieren verse despistados en mitad de la timba. No es que yo crea, como muchos de mis colegas, que el bipartidismo esté ya irremisiblemente tocado y hundido, pero sí que estoy convencido de que lo que el domingo ocurrió en las urnas trastoca el pacto tácito que desde la Santa Transición viene rigiendo en España, a saber, garantizar la estabilidad. Cinco millones de votos perdidos (entre PP y PSOE) son muchos millones, no cabe duda, pero no confundamos este resultado del cabreo con lo que habrá de ser una futura elección –las municipales, por ejemplo, y no digamos unas generales– en la que más de uno se tentará la ropa antes de votar, en plan aventurero, con los dientes apretados y la rabia por bandera. El sistema electoral español protege con fuerza a esos dos partidos, cierto; pero cierto también que la crisis económica ha puesto patas arriba las bases del Sistema dando paso a unas minorías alternativas que será curioso ver cómo se ponen de acuerdo cuando llegue, si es que llega, la hora de la verdad: ¿podrá IU aliarse con Podemos o seguir pegada a la jareta del PSOE, cerrará UPyD por la Izquierda o por la derecha, qué será de este precito país si llega a verse en la circunstancia que Italia vivió cuando hasta era posible darse la mano connivente con los neofascistas? ¿Se habrá dado cuenta el electorado de que con su voto extravagante acaba de abrir la puerta a una extrema izquierda cuyo fundamento no es precisamente su fuerza sino el sentimiento generalizado de debilidad? No es fácil de entender el nuevo mapa político. Lo que no resulta difícil es imaginar sus eventuales consecuencias.

En Andalucía se enroca el PSOE –con un 25 por ciento del voto de su partido– a pesar del ominoso treinta y mucho por ciento de paro y de las corrupciones galopantes. ¿Se le puede llamar a eso un éxito, siquiera pírrico? Yo creo que Carl Schmith o Hermann Heller hablarían, mejor, de “régimen” a secas. ¿Y podrá un PSOE apuntalado por una clientela amoldada, como la andaluz, servir de base a la reconstrucción de un PSOE nacional? No creo que en las municipales o generales Podemos siga manteniendo sus puestos destacados en Madrid o en Sevilla, pero no me cabe duda de que se ha abierto una caja que si no es la de Pandora poco le faltará.

Pirro en Andalucía

“No es lo mismo un mapa rojo con una mancha azul que un mapa rojo entero”, decía la presidenta Díaz en campaña. Bueno, pues ya tiene ahí un resultado regional bueno, justo en el peor momento registrado en la vida del PSOE y que, entre otras cosas, presenta a la mirada manchas de diversos colores. De nuevo volvemos a la teoría de que no gana el PSOE sino que pierde el PP. Pero ahora la diferencia es que uno y otro se llevan su respectivo papirotazo de castigo en lo alto. De acuerdo, Susana y su liderato de tómbola, salen reforzados hacia dentro. Pero ¿y hacia fuera, quién gana hacia afuera? Pirro se ha instalado en el palacio de San Telmo sin dar explicaciones, de momento. ¡Y parece tan contento, oigan!

Difícil herencia

No hay herencia buena, decían los anarquistas del XIX, aquellos bakuninistas que pretendían demoler el edificio social arrancándole ese cimiento. De que es un derecho, tanto del testador como del heredero, no cabe duda, pero no es menos cierto que el litigio universal, la pelea que rompe familias y tuerce voluntades, nos demuestra un día sí y otro también que, en la práctica, hay derechos que merecen palos. Los descendientes, que no herederos de Peggy Guggenheim se vieron las caras el miércoles pasado en París con los administradores de Fundación Solomon Guggenheim que administran el legado de aquella furia –más de trescientas obras, entre Mondrian, Dalí, Picasso, Matisse, Kandinski o el porpio Max Ernst, uno de sus maridos—por estimar que su gestión no respeta las condiciones de la donación hasta el punto de incorporar a la famosa colección otros legados como la Schulhof Colletion. Si uno va a Venecia no puede dejar de visitar aquel delicioso museo instalado en el Palazzo Venier dei Leoni, cada día, es verdad, más frecuentado –es la primera pinacoteca moderna de Italia—pero también menos fiel a la magia de aquel ambiente casi místico que parecía retener la esencia de la genial aventura de Peggy, enterrada bajo el césped de su jardín junto a las tumbas de sus perrillos. Me trae al fresco la disputa entre descendientes y manijeros, pero reconozco la injuria infligida visiblemente a la memoria de Peggy por unos de tantos vividores del arte como vivaquean en Venecia. Alguna vez vi sobre la tumba de la vieja ama unas flores votivas dispuestas por alguna mano piadosa; luego, hasta el jardín ha ido evanesciendo su aroma post-romántica, y ya parece que apenas se distinguen las tumbas bajo la grama crecida.

Al Guggenheim, que había sido escenario de la turbamulta vanguardista, se iba como en busca de un pasado que flotaba en el ambiente, las salas solitarias, la luz cegadora, el jardín tentador, hasta que llegó la barahúnda turística –me refiero a la masiva—para destruir el encanto. Y en ese sentido, al menos, me pongo de parte de los herederos que claman y reclaman el mantenimiento de una memoria imprescindible. Allí están los “Relojes líquidos” de Dalí, las joyas de Klee, el color de Miró, la silueta de Modigliani o el sueño abstracto de Rothko, el eco de las juergas bohemias, los disparates de Ernst y, lamiendo el cimiento, el agua milenaria, esa obra magna. La herencia es una cosa muy delicada. La atmósfera poética, también.