Juan Palomo

Cada vez que se habla del hemiciclo vacío, sus Señorías ponen el grito en el cielo justificando sobradamente su ausencia. Hay otras labores –dicen—que el diputado tiene que atender dentro y fuera de los Plenos y Comisiones, y añaden que formular esa crítica, ya clásica, perjudica a la credibilidad de la democracia. Lo que no sé es que habrán respondido a la desoladora foto del salón del Congreso prácticamente vacío que ha publicado este periódico, especificando que al examen de los nuevos magistrados del TC sólo acudieron cuatro portavoces y dos diputados, o sea, un “paripé” como ha dicho Rosa Díez, pero que a mí no me sorprende en absoluto porque, bien pensadas las cosas, poco interés político puede tener una sesión previa a los candidatos cuando sus plazas han sido cooptadas con anterioridad por los dos partidos hegemónicos. En cierto modo hay que concederle a los ausentes que su desgana está justificada cuando el resultado se conoce de antemano, es decir, cuando esa comisión “examinadora” no tiene ni la más remota posibilidad de vetar a sus examinandos. La degradación de nuestra democracia es consecuencia de ese juego político tan curioso con que nos entretienen PP y PSOE, y que consiste en estar siempre a la gresca pero en cerrar filas cada vez que se trata de afianzar alguno de los privilegios que se han dado a sí mismos. Ningún sentido tiene el debate parlamentario cuando resulta obvio que en nada puede influir sobre las decisiones, que es lo que se trata de aparentar. Mientras funcione la cooptación en los grandes temas de Estado, los diputados ni pinchan ni cortan, de manera que su ausencia de los debates tiene su lógica, por muy desolador que ello pueda resultar al ciudadano contribuyente.
Sus Señorías no acuden tantas veces o se van a consolarse en el bar no sólo porque tengan el alma mansueta sino porque se saben simples actores en una tragicomedia en la que les basta con atender al apuntador. Ha habido y hay diputados serios y trabajadores pero ya me dirán por qué ni siquiera ellos se ha molestado en acudir a echar el rato en la comisión encargada nada menos que de evaluar a los “jueces de jueces”. ¡Benditos los países en los que rige la dependencia del electo respecto del electorado! Aquí es tan evidente el paripé que basta y sobra con un intercambio de reproches para trincar una pasta que no podrían ni soñar quienes corren con el gasto.

Tiro por la culata

El fracaso de la Comisión de los ERE, pactada entre PSOE e IU, no se ha hecho esperar sino que se ha producido incluso antes de echar a andar. No ha resultado fácil liquidar el embrollo en un pis pas, que era lo previsto, para luego proclamar que, diga lo que diga la instrucción del sumario en marcha, la Verdad con mayúscula no sería otra que el dictamen final de los representantes del pueblo que, en este caso, no hay que ser un lince para comprender que habría de ser exculpatorio para los personajes “sensibles” y, en especial, para los dos Presidentes bajo cuyos mandatos se instauró el sistema investigado. ¡Vaya papeleta la que le ha caído encima a esa IU que parece empeñada en desprestigiarse a sí misma a la sombra del PSOE! Vamos a vivir un verano caliente pendientes de la juez Alaya.

La muerte de Arafat

Un día, en un intermedio de cierto consejo de redacción, discutían Pedro J. Ramírez y Felipe Sahagún sobre la “baraka” de Arafat, aquel terrorista al que hicieron Nobel de la Paz, que, entre la realidad y la leyenda, parece ser que habría sobrevivido a diecisiete atentados, que es el tópico de los caudillos carismáticos a los que sólo puede matar una bala de plata o un aspid deslizado en su cama por una doncella. Yo les dije que, más allá de esa rareza, me parecía a mí que su más extraordinaria prueba de superviviente la constituía el hecho de haber sobrevivido veinte años junto a la famosa Suha que, justo una días antes de esta anécdota había organizado la de Dios es Cristo al publicarse una fotografía suya, algo lésbica (vamos, lésbica del todo), junto a una desconocida que, al parecer, sofocó mucho al héroe palestino. Bien, pues ahora, la de la foto lésbica acaba de solicitar, junto a la Autoridad Nacional Palestina (ANP), la exhumación de los restos de aquel trueno que duermen en su tumba desde hace ocho años. La causa es que parece ser el testimonio de un autorizado forense que asegura que Arafat murió víctima de de un silencioso atentado a base de polonio 210, el mismo material que utilizó Putin para deshacerse, años antes y en Londres, del espía doble Alexader Litvinenko. ¿Tiene alguna lógica que un tío que ha superado diecisiete atentados, aparte de su mujer, caiga, envenenado por mano alevosa con un material radiactivo que los técnicos dicen que se detecta sin dificultad en su “kufiya”, que es esa suerte de servilleta que él usaba y usa ahora el alcalde rebelde de Marinaleda? A mí, personalmente, no me ha disgustado el caso, sobre todo, por la sugerencia de los forenses de que podía haberle sido suministrado por el oído, en plan “Mil y una noches”.

La tal Suha ha respondido a un periodista que se interesaba por los posibles autores del magnicidio que ella no tiene ni idea pero que, en resumen, sólo hay tres o cuatro países que dispongan de ese material radioactivo como para emplearlo en operaciones especiales. Yo no lo sé, pero sospecho, que Arafat murió extenuado de tanto mal y tanto bien, fuguista, quién sabe, de esa dama que ahora va a sacarlo de su tumba como en vida lo sacaba de sus casillas. Veremos el resultado de la pericia, pero ya les adelanto mi repulsa a estos recursos extremos que suelen pagar generosamente los medios sensacionalistas.

Al mal tiempo

Al mal tiempo, buena cara, no falla. La sonrisa y el puño alzado de Griñán como un signo triunfal son más bien el ornato forzado de una victoria pírrica. Nunca el PSOE había sido derrotado en Andalucía, nunca, ni cuando la bronca de los guerristas, se había mostrado tan demediado y áspero. No es fácil gobernar un partido como el PSOE con 3 o 4 de cada diez militantes en pie de guerra, con el agravante de que su recuperación resulta más difícil que nunca tras la actual fractura generacional. Y menos en una situación en la que ya se dice que la posición va noqueada por la vida, repitiendo un par de “leiv motiv” contra el Gobierno mientras le mueven la alfombra sus propios conjurados, y en la que cada mañana es peor que la anterior. A poco que de sí el “caso ERE”, Griñán sabe que su propia suerte está en el alero de un partido que jamás tuvo tan malas perspectivas.

El octavo día

Un tribunal superior de la región alemana de Colonia ha provocado una considerable escandalera entre las comunidades hebreas al fallar que la circuncisión del niño por motivos religiosos constituye una actuación médica condenable dado que esa “herida corporal” modifica el cuerpo circuncidado “de manera irreparable”. Sigue merodeando, como se ve, la estremecedora escena del oficial nazi revistando la fila de varones sin pantalón para comprobar la condición de judíos pero, sobre todo, la que sigue viva increíblemente es la vieja cuestión que ya en el siglo I zanjaría el apóstol Pablo para abrir su proyecto a los gentiles. Miles de años ha subsistido el fetiche del prepucio que, por cierto, más de un estudioso y más de dos interpretan como una remota medida higiénica que evitaba al circuncidado la posible estenosis y su consecuencia, la balanitis, por lo general crónica, aunque llame la atención que nadie ha objetado nunca las fimosis practicadas en países no semíticos por idénticos motivos. La circuncisión se practicaba entre los judíos al octavo día del nacimiento del varón y se encomendaba, por lo general, a un “mohel” profesionalizado y conocedor de lo que, en definitiva, no es más que “rito de paso” que sólo se puede considerar como una agresión desde una mentalidad fetichista que vea en el prepucio no lo que es sino algo más, cuyo origen hay que buscar en le conciencia religiosa. El racismo latente es mudadizo y original, como Proteo, pero no deja de ser racismo.

Los tópicos perduran por encima de la propia experiencia que, en este caso, se supone que sabe que el 30 por ciento de los varones mayores de quince años están circuncidados y que en EEUU esa intervención se ha convertido en sistemática por las mencionadas razones higiénicas . De Rosseau a Peyrefitte –y antes desde Alfonso de Valdés—ha habido mucha guasa a propósito del Santo Prepucio por fortuna desaparecido de la circulación piadosa después del Vaticano II y, sobre todo, tras su misterioso robo, pero esa misma devoción popular declaraba el alcance del fetichismo como factor de la piedad popular. ¿Prohibiría la Justicia la cirugía estética, hoy tan de moda? Mucho me temo que también para esos jueces ha influido el fetiche que no ha cesado de dar la murga desde Jerusalén a Antioquía. Los tópicos son tenaces a poco que rocen el tabú sexual. En la Alemania de la Merkel como en la Sión de Santiago.

Mysterium fascinans

Está que arde la comunidad científica por el hallazgo, parece que algo más que presunto, de esa partícula que faltaba para hacer coherente el “modelo estándar” que manejan los físicos, el llamado “bosón de Higgs”. Son muchas las probabilidades estadísticas de que el descubrimiento sea correcto en esta ocasión, lo que permitiría a esos sabios, comprender y explicar el papel fundamental de esa “partícula de Dios” que, por lo visto sería la responsable de la existencia de la masa. Ahora queda repetir el ensayo, incluso aplicar la experiencia de la falsación popperiana, pero de hecho ya podemos ronear de haber descubierto uno de los secretos mejor guardados de la Creación. Admirable esa capacidad de los científicos de pronosticar lo desconocido bajo la autoridad de la matemática y el comodín de la lógica, que es lo que hizo Higgs en 1964 al establecer que “necesariamente” tenía que existir una ignota partícula  para que nuestro paradigmático modelo de lo real quedara completo. Los físicos son profetas laicos, veedores del futuro a partir de su propia sindéresis, gente capaz de predecir la existencia y función de lo que todavía no es real pero que, precisamente por esa lógica, tiene que serlo. Pienso en el solitario Mendeléyev cuando, casi un siglo antes, se las arregló para convencernos de que los “elementos” que aún faltaban para que el sudoku de su Tabla Periódica tenían que confirmarse tarde o temprano, como se confirmaron. Admirable, digo, ese don de penetrar el misterio hasta destripar su oculto mondongo –aunque según Goldamnn una cosa sea “explicar” y otra muy distinta “comprender”–, esa facultad de la profecía estrictamente racionalista que hace posible definir realidades atenidos en exclusiva a la potencia del razonamiento.
 
Bien, ya hemos reducido el “Génesis” a una metáfora que no deja de ser tan metafórica como la elegante predicción que Higgs hiciera hace años. Pero la realidad es que ni con este descubrimiento, ni con la luz que él mismo acabe proyectando sobre la “materia oscura” o sobre la misteriosa entidad de los “agujeros negros”, ni siquiera con una tesis global que diera razón del Universo en su conjunto, habríamos resuelto el enigma sobrehumano del origen y del autor de la realidad. Dios debe de sonreír en su lecho celeste ante estas proezas de los hombres. El bosón de Higgs no cierra sino que abre un futuro de incógnitas que no cerraremos jamás.