Mal va la cosa

Un alcalde del PSOE, el de San Nicolás del Puerto, dicen que destinó una subvención para crear empleo a comprar la finca en la que posee su casa. Parece que la sede del mismo partido en Albanchez de Mágina, se adquirió por un montaje empresarial liderado por Juan Lanzas, el famoso conseguidor, hijo del pueblo. En los manejos de la empresa Duhl se abonaron comisiones de 2’4 millones de euros. Magdalena Álvarez sostiene que la fianza que le ha impuesto la juez Alaya tiene un “fin estigmatizador”. Dimite el director de la Agencia de Energía expedientado por su Ayuntamiento por vivir en una vivienda ilegal a la que, dicen, “enganchó” la luz. El consejero de Innovación dice ahora sentirse “abochornado” por la gestión de la Faffe. ¿Hay quien dé más?

Fuentes del habla

Hablamos tantas veces con locuciones prefabricadas y utilizamos tantos símbolos en nuestra parla, que no solemos pararnos a considerar ni su origen ni su razón. Hay un viejo libro, el que José María Iribarren tituló “El porqué de los dichos”, que lo es de cabecera de muchos buenos lectores y hasta de más de un filólogo, pero quizá no encontremos otro similar que se ocupe de aclarar de dónde nos viene ese regato caudaloso de fórmulas que empleamos sin sospechar que nos llega desde lejanas fuentes clásicas. Consciente de ello, el profesor Juan Jiménez Fernández ha elaborado un trabajoso y cultísimo ramo de explicaciones de los “Proverbios y frases proverbiales del griego al castellano” (Ed. El Almendro) que heredamos de Grecia, de su historia, de su mitología y de su literatura, una obra por momentos apasionantes y siempre instructiva que nos descubre, entre el políptoton y la diáfora, la haplolalia y la síntesis, por qué empleamos hoy fórmulas tan repetidas como “el hilo de Ariadna” o el “conócete a ti mismo”, junto a otras menos reconocidas como “cantar la palinodia” o el refrán “zapatero a tus zapatos”. Jiménez es un pozo de saberes, un conocedor profundo de las más recónditas fuentes clásicas, al tiempo que un paremiógrafo atento, y ha conseguido fraguar un libro, yo diría que apasionante, que nos permite asistir a una vivisección del habla corriente y, a quien lo desee, la oportunidad de navegar seguro por ese inseguro piélago. Una hazaña, ciertamente, en medio de esta España tan campante ante la cuchufleta aquella de “más fútbol y menos latín” que dictara en tiempos algún ministro.

 

El mérito mayor de un libro culto es, a mi juicio, el de ofrecerse al lector con calculada sencillez, y este de Juan Jiménez consigue atrapar al lector por el procedimiento de ofrecerle sus soluciones filológicas y en un espléndido formato narrativo, el sentido originario de cuentos como el del perro de Alcibíades o de fábulas como la que habla de “la Arabia feliz”. Vean por qué no es lo mismo ponerse como una furia, un basilisco, una arpía o una hidra, o descubran lo infundado del porquero machadiano de Agamenón. En pocas ocasiones, créanme, he cerrado un libro tras leerlo con la sensación cumplida de salir de su lectura ganancioso y divertido a un tiempo. Yo les recomiendo vivamente recorrer esas páginas sabias y diáfanas aunque sólo sea para tomar un respiro en medio de este vórtice inclemente que nos vapulea sin remedio.

Pedrea general

Yo no sé qué pensarán los jerezanos de la trifulca perpetua que vive su Ayuntamiento, en el que los tres últimos alcaldes se han acusado entre sí de llevárselo puesto, pero tengo la sensación de que, lo más probable es que el ciudadano medio de esa población esté desconcertado ante semejante espectáculo. No se discute el derecho (y el deber) de aclarar lo jurídicamente dudoso en las Administraciones, pero una cosa es eso y otra muy diferente que los alcaldes se vayan empapelando uno tras otros en función de su signo político. Porque en última instancia, el apedreado es, sin duda, el ciudadano contribuyente que en Jerez, hoy, es posible que no sepa ya a qué santo encomendarse.

Hablar en África

Hablábamos el otro día aquí de la decisión de Obiang, el sátrapa de Guinea, de sustituir el uso de la lengua española por el portugués, condición que juzga conveniente para su ingreso en la comunidad lusitana. Hoy hemos de hacerlo de Gambia –uno de esos “no países” de que habló creo que era Raymond Roussel–, cuyo tirano, Yahya Jammeh, que desde hace más de tres lustros gobierna su feudo con mano de hierro, ha decidido prohibir el inglés, su lengua tradicional, por estimar que es un legado colonial que no merece más que desprecio dado que las metrópolis colonizadoras no sólo no buscaron el desarrollo de sus colonias sino que –y hasta ahí lleva más razón que un santo– se dedicaron a saquearlas. Jammeh no tiene decidido aún cuál de las lenguas locales sustituirá al idioma depuesto ni cuándo entrará en vigor su disposición, si es que entra, porque es algo conocido que en su mandato ha habido muchas iniciativas extravagantes que luego simplemente se han dejado caer en el olvido. Los occidentales no somos del todo conscientes –aunque sí responsables—de la realidad africana, de que haya países como Gambia reconvertidos en corralito de un aventurero que, en este caso, como los viejos reyes franceses que historiara Marc Bloch, se atribuye poderes sobrenaturales y, en particular, capacidad sanadora de toda clase de morbos, Sida incluido, aparte de mantener un  régimen sangriento en el que la disensión no tiene cuartel y en el que, por ejemplo, se invita a los ciudadanos a “matar como perros” va los homosexuales. Jammeh es un tenientito con baraka y nosotros los occidentales, responsables históricos y actuales de esas tragedias, unos babiecas que contemplamos como exótico lo que no deja de ser una responsabilidad relativa de todo el orden internacional.

 

No han faltado observadores en nuestra área privilegiada que han considerado que la cuestión del cambio de lengua, tan inverosímil en cualquier caso, no deja de tener algún sentido si se piensa que toda nación moderna ha debido partir del establecimiento de un idioma propio, palanca de su evolución civilizatoria. Un argumento que me resulta extravagante por referencia a una zona en que lo menos inverosímil para el caso sería el suajili, el lingala o el malinké, “lalias” primitivas y elementales respecto a las lenguas desarrolladas. Escucho a algún comentarista decir que en Gambia el poder se abisma en la paranoia mientras se impone el silencio a rajatabla. No poco conmovido, pienso que más a mi favor.

Verdad ilegal

¿Hace bien o hace mal el alcalde de la localidad sevillana de Los Corrales (PSOE) cuando reconoce de viva voz que él firma peonadas falsas “para ayudar” a quien, teniendo necesidad, carece de derecho? Ardua cuestión, dirán algunos, porque la Justicia está antes que nada y porque lo mismo que se habla de “hurto famélico” podría hablarse de “falsificación famélica”. La verdad, sin embargo, es que ninguna acción política cabe al margen de la Ley y menos aún contra ella, y que firmar peonadas falsas es, sencillamente, un delito no un mérito. Ya dijo una exministra de su cuerda que “el dinero público no es de nadie”. ¡Si lo sabría ella!

Las dos sanidades

En un hospital de Toledo, con la fiebre del ahorro que nos invade, andan obligando a los especialistas en digestivo a dedicar horas extras para que aprendan a sedar a los pacientes en caso necesario. Es un paso menos agresivo pero más sutil que la estrategia de privar de sedación, así sin más, a quienes hayan de someterse a una colonoscopia, por ejemplo, para ahorrarse el anestesista, pero hay quien se teme que, al paso que va la burra, todo se andará. En Madrid y su comunidad están que hierven los ánimos –y no sin buenas razones—por el zambombazo de la privatización neutralizado al final por los jueces, pero en Andalucía, también por ejemplo, un informe solvente acaba de destapar el secreto mejor guardado de la Junta, a saber, la privatización vía “conciertos” con la empresa privada de un sistema público de salud, ciertamente ruinoso, algo que no es nuevo, desde luego, porque ya en los viejos tiempos, nada menos que cuando Griñán era todavía consejero de Salud, se defendió la privatización siquiera parcial de ese sistema público y, de hecho, se privatizaron subsectores como la cirugía menor, entre otros. El Informe IDIS, que es al que  nos referimos, demuestra que la Junta autónoma mantiene hoy por hoy conciertos con diecisiete hospitales y calcula en casi un 5 por ciento del Presupuesto lo que el sistema de marras se gasta ya en contratación privada, lo que la convierte, por detrás de Cataluña y Madrid, en la autonomía más (des)concertada de la nación. Pero, en definitiva, ¿es bueno o es malo, conviene o no al ciudadano que el Estado-Providencia delegue en manos privadas la atención de sus ciudadanos enfermos? Pues no lo sé a ciencia cierta, pero conste que tanto los gestores de la derecha más contundente como aquellos otros gobernados por cierta izquierda (en este caso, socialcomunista) aran con los mismos bueyes.

 

De la crisis vamos a salir, cuando por fin salgamos, no poco perjudicados, y es más que probable que la pérdida se note y mucho en el servicio de salud, tan caro, desde luego, en manos de la farmaindustria y de una tecnología tan galopante como esquilmadora y abrumado por una burocracia insoportable. Y es que el liberalismo, en su versión reciente, no le da ya cuartel al sistema ni siquiera allí donde la izquierda conserva el poder. Vamos hacia un modelo “de dos velocidades” lo mismo con rojos que con azules. Y con un canto en los dientes si no acabamos resucitando la reliquia franquista de la Beneficencia.