Lío en el plenario

Cuesta seguir el ritmo que agita el plenario de los ERE en medio de la algarabía de unos y otros. Sube la tensión el PP pidiendo la comparecencia de la presidenta Díaz, que al PSOE le parece ridícula quizá porque no recuerda ya cómo se obligó a Rajoy a testificar en el caso Gürtel ni repara en que ahora mismo sus letrados estén reclamando que comparezcan los altos cargos de la época de Aznar. Lo que nadie hace es preocuparse del dinero defraudado, que se perderá a buen seguro, ni del desprestigio institucional y político creciente al que están contribuyendo entre todos. Es grande la irresponsabilidad de muchos políticos sumidos en el desconcierto y atentos sólo al “sálvese quién pueda”. Ciertamente, la foto de ese banquillo puede producir aún daños mayores de los ya ocasionados.

Buda en la Junta

Con tal de ganarle por la mano al Tribunal Constitucional y pasar por encima de sus sentencias, la Junta de doña Susana no ha dudado en meter en su plantilla al mismísimo Buda, cuyas meditaciones transcendentales permitirán a sus funcionarios, de ahora en adelante, escaquearse al menos treinta horas en su horario laboral. Quizá nunca en la autonomía se había ido tan lejos en materia de deslealtad institucional y, desde luego, no puede decirse que esa autonomía salga reforzada tras esta cómica burla al Alto Tribunal encargado de garantizar la integridad de nuestro régimen democrático. ¡Mala hazaña en estos momentos cruciales de nuestra convivencia política! Y flaco servicio el que, con este nuevo disparate, le va a hacer la leal Andalucía a esta España amenazada.

Tocando fondo

Da grima contemplar la degradación progresiva de ese mascarón de proa del radicalismo que ya va siendo al SAT. Un día es la imagen del alcalde perpetuo Gordillo haciendo el ridículo en el avispero catalán; otro el espectáculo novecentista de Cañamero luciéndose en el Congreso o asaltando un supermercado; y un tercero, en fin, el del camarada Reina, proclamando en Twitter la República andaluza para proponer que, “con todo respeto a las prostitutas”, Andalucía “deje de ser la puta de Europa”. Lo que comenzó mereciendo respeto, parece buscar su eternización reconvertido en la barraca más grosera de la feria. Y es que la realidad se le ha adelantado siete pueblos mientras él no logró nunca salir de su rancio fotograma. Se comprende que no debe de ser fácil para esos furiosos republicanos vivir de la nómina de una monarquía democrática.

La recta final

Hoy se reanuda el plenario de los ERE con las declaraciones de los numerosos imputados. Una foto histórica y lamentable, que ya no habrá quien borre, y un debate intrincado que ha durado años hasta dividir a la Opinión en dos bandos, el que apuesta por la absolución y el que clama por la condena, dos criterios legítimos, en última instancia, a los que, sin embargo, habría que pedir serenidad, respeto a la Justicia y un único objetivo digno: el que espera respetuosamente la sentencia. No cabe duda de que ese escándalo es demasiado vasto para ser manejado, cualquiera que sea el sentido del manejo, ni de que la gran perdedora es Andalucía. Ojalá el juicio sirva para despejar en lo posible estos graves nubarrones, sin inquinas ni paños calientes y la autonomía pueda recobrar su arrastrado prestigio.

800 huérfanos

Ese es el número de menores inmigrantes acogidos por la Junta de Andalucía al cerrar el año viejo. Una legión de huérfanos adoptados administrativamente tras culminar su temprana y temeraria odisea, que pone en evidencia el fracaso de la solidaridad civilizada y la resistencia del “Paraíso” a admitirlos como miembros de pleno derecho. Una vergüenza sin paliativos que permite entrever la falsía de las protestas humanitarias. Ni España puede dejar sola a Andalucía ni la Unión Europea puede abandonar a España en esta tarea histórica y frente a esta tragedia continental. Seguir viendo en ella un accidente en lugar de entender que se trata de un imparable cambio histórico supone estar ciegos. No sería el nuestro el primer imperio de que se derrumba sobre su miseria atestado de bárbaros inocentes.

Monstruos modernos

La madre de un famoso asesino confeso –una gallega aturdida por el dolor— acaba de proclamar a los cuatro vientos que repudia a su hijo al que ha calificado desconsoladamente de monstruo. Y lo ha hecho tras cerrarse el broche de un año que ha registrado, sólo en España, más de medio centenar de mujeres sacrificadas por sus compañeros y no pocas monstruosidades perpetradas también contra las mujeres por mano de varón. Conviene repetir que esta lacra no es exclusiva de España, cuya tasa criminal registrada no llega ni a la mitad de la media europea y queda bien lejos de las de los países nórdicos o de la norteamericana (que la quintuplica), hecho desconcertante que suele explicarse con diversos argumentos, a mi entender, insuficientes. No es verdad que este mal resida en la condición humana: nunca se registraron tantos parricidios (actualmente prefieren llamarlos “feminicidios”) como ahora, y si alguien tiene duda que eche una mirada a las viejas estadísticas anuales publicadas por la Fiscalía para comprobar lo contrario. Esta infamia se produce sólo en el ámbito de la postmodernidad y es en ese ámbito en el que hay que buscar sus causas.

El varón mata hoy más que nunca a su mujer, a mi entender, por una razón estrictamente sociológica: el nuevo papel de la mujer en la sociedad, es decir, su emancipación, sobre todo laboral, que ha hecho añicos el modelo tradicional de la hembra doméstica, y en ese sentido, el inasumible coste de un cambio tan imprescindible ha de entenderse como la consecuencia de la incapacidad patriarcal para entender la igualdad de los sexos y, su corolario, la libertad e igualdad de sus funciones. El hecho de que tantos uxoricidas, más allá de su barbarie, se sacrifique a sí mismo tras liquidar a “su” mujer evidencia un grado de desesperación sólo comprensible desde su propia incapacidad psíquica de concebir su demencia como un crimen: quién se suicida tras sacrificar a su compañera está proclamando bárbaramente una ciega conciencia justiciera.

Habrá que esperar a que nuevas generaciones –hoy día, hasta las más jóvenes se confirman machistas— asuman un modelo social ontológicamente paritario, un mundo de varones y hembras libres e iguales cuyos roles sociales también lo sean. Porque estos monstruos son ciegos de nacimiento. Sólo una Humanidad madura abrirá los ojos a los machos ensanchando sus conciencias en la medida que exige el progreso humano. Y hasta ese momento no habrá medida que logre detener esta honda crisis por más que nos espante y rebele su manifiesta atrocidad.