Deberes en casa

El antiguo debate sobre los deberes escolares del niño no tiene trazas de acabar superado nunca. Hay quien sostiene que abrumar al iniciando con tareas caseras equivale a privarle del tiempo libre que su imaginación y su legítimo bienestar requieren, y hay quien, por el contrario, mantiene el tradicional sistema que reserva para el aula la iniciación pero sin dejar de fomentar la voluntad del educando. El hasta ahora desafortunado Hollande ha proclamado el otro día en plena Sorbona su propósito de liberar a los chiquillos de esa carga vespertina so pretexto de igualar las oportunidades, dado que siempre habrá colegiales cuyo hogar aliente y ayude en la tarea de estudiar, y colegiales que no encontrarán en el suyo condiciones propicias. Eximir al alumno de deberes caseros sería, según Hollande, un modo de igualar las oportunidades y, en consecuencia, nada menos que aplicar a rajatabla el lema de la República, pues desde ese momento, es decir, en un régimen de trabajo intraescolar se abolirían las ventajas que ofrece un hogar desahogado y, en última instancia, una enseñanza complementaria pagada por papá. La imagen del escolar cargado con su mochila que, tras la merienda, debe reemprender la tarea es, desde luego, conmovedora, pero a pesar de todo tres cuartas partes de la población sondeada se muestra contraria a esta providencia, argumentando que incluso en el “país de la igualdad”, el Estado no debe extremar una estrategia de igualación que alcance el ámbito privado. Hay muchos caminos que conducen a la igualdad y que el Estado tiene en su mano explorar antes de promover medidas que posiblemente acabarían debilitando el esfuerzo estudiantil de la infancia.

La verdad es que entre las ilusiones persuasivas de Pestalozzi, la escuela sin puertas de Ivan Illich y la máxima bárbara y ancestral de que “la letra, con sangre entra”, no acabamos de dar con la clave que haga posible una educación primaria. Pero sobre todo ello planea el señuelo de una docencia blanda, en la que la disciplina desaparezca o se reduzca al mínimo, cuyos resultados están a la vista. Hollande podría buscar la igualdad reforzando una fiscalidad sin trampas antes que aventurarse en esas aulas que no son el único ni el gran factor que fomenta la desigualdad en un país que ha hecho del elitismo docente una institución proverbial.

La voz de su amo

No quiero dejar sin comentario la dura y ofensiva descalificación que hizo hace poco el portavoz del PSOE, un tal Mario Jiménez, contra el ex-Presidente Borbolla y contra José Bono, entre otras cosas porque el hecho de que Griñán –que fue viceconsejero y consejero de Borbolla—ni le haya reñido siquiera al bocazas sugiere que el insulto contaba con su anuencia. Pero la verdad es que ese portavoz que habla de sus “históricos” con tanto desdén, lleva ocupando un cargo público más años que lo ocupó el propio Borbolla, a pesar de carecer, como tal “nini”, de estudios o trabajos que lo justifiquen. Quizá por eso, el ex–Presidente ni ha comentado un varapalo del que, con toda seguridad, ese “nini” no es más que un recadero.

“Vulgus pecum”

La catástrofe festera de Madrid no sólo concierne a la política. Hay que reflexionar entre todos sobre el hecho mismo de la masificación –macro, mega, ‘rave’—que se ha convertido en santo y seña de la juventud. La tendencia del hombre a lo gregario es “natural” y lo gregario –lo propio de la grey—se manifiesta con el júbilo y se expresa en la fiesta, en esa circunstancia que, estimulada artificialmente, permite la indisciplina e incluso la anomia. No es preciso recurrir al aristocratismo de Ortega –aunque no esté de más—para explicar que lo gregario es lo opuesto a lo individual pero, ojo, distinto de lo solidario, porque, al fin y al cabo, ese fenómeno responde a la imposición del reflejo dionisiaco y consiguiente anulación del apolíneo, que también viaja en la conciencia humana. En cierto modo, esa pulsión que arrastra hacia la masa no deja de ser romántica, en la medida en que exige la renuncia a la Razón a favor de la Pasión: la masa es la bestia elemental –explicó André Suarès– en la que el instinto se manifiesta por doquier y la razón no aparece por ninguna parte. Horacio veía en ella el “rebaño servil” –“servus pecum”; lo de “vulgum pecus”, tan frecuente, es una errata que ha hecho fortuna– y ya desde una perspectiva sociológica estricta, David Riesman contempla la desconcertante imagen de la “muchedumbre solitaria”, el espectáculo de los seres humanos apretados en una masa que los supera, en el sentido de Durkheim, y se apropia de su voluntad. Nunca más solo el hombre que anulado, tal vez gozosamente, en el mogollón que lo lleva y lo trae como las olas al ahogado.
La juventud de esta postmodernidad se amontona peligrosamente en el opio del tumulto hasta anular por completo al individuo, que se disuelve voluntariamente en el colectivo que le es, a un tiempo, propio y ajeno. La sociedad de masas culmina en la fiesta gregaria en la que se abisma, valga el oxímoron, en busca del placebo de la soledad compartida. El individuo se disuelve para reencontrarse narcotizado vagamente en la masa, una vez arrumbada su singularidad. La porfía administrativa (y la política) poco tienen que ver con el fondo del enorme problema de una masa que, aunque quizá más grave que nunca, es el resultado de un modelo social y de sus consecuencias. Lo que urge es comprender que el fracaso de la personalidad y el éxito de la masificación tienen su origen en ese modelo que, ciertamente, no ha inventado la juventud.

Pan para el “régimen”

El Plan E fue una improvisación, pero también una estafa. Lo explicó ayer El Mundo de Andalucía, provincia por provincia, basado en datos del Tribunal de Cuentas, hasta concluir que la ocurrencia zapateril era, en realidad, un espejismo y gran fraude. 1.400 millones de euros despilfarrados en obras innecesarias e incluso inventadas que, en ocasiones, ni siquiera beneficiaron a los parados, pero que sirvió al “régimen” para sus propagandas. Que treinta años después, la autonomía no tenga siquiera un bosquejo de inversión y tenga que improvisar el gasto, constituye toda una demostración de mala política y un grado de aventurerismo tan grave como inconsciente. ¡Y a la vista de todos! Porque lo que no se puede decir es que el PSOE se haya embozado siquiera para perpetrar semejante trapacería.

¿Chivatos con causa?

Según informaciones que acaban de trascender, la Hacienda española habría incrementado considerablemente su recaudación tributaria gracias a las denuncias ciudadanas que la han puesto sobre la pista de los defraudadores, seguramente porque la crisis ha contribuido a despejar las dudas de conciencia que pudieran quedar en la mentalidad colectiva a propósito de la actitud denunciante. Está claro que los Gobiernos tienen dificultades casi insuperables para controlar a las grandes fortunas, asistidas por los mejores expertos y, por supuesto, dueñas de deslocalizar sus capitales ante la menor amenaza. Hace dos años, la presidenta del Banco Mundial, Christine Lagarde envió al ministro de Finanzas griego, el socialista George Papaconstantinou, una relación de más de dos mil contribuyentes que poseían cuentas secretas en el extranjero en las que mantenían a buen recaudo sumas importantes de dinero sucio y otras nunca declaradas y que procedían en blanquear. ¿Y saben qué hizo el ministro? Pues dijo que había perdido el documento original, gran mentira puesto que, tras perder las elecciones, se lo entregó intacto a su sucesor para que fuera él quien se comiera ese marrón. Bien, pues ahora, el editor de un semanario griego, “Hot Doc”, las ha hecho públicas con un resultado tan sencillo como tal vez esperable: ha sido detenido y encarcelado por “violar la ley de protección de datos”, en este caso de datos de los defraudadores que en tan gran medida han contribuido a arruinar el país, de manera que, mientras la población menesterosas rebusca en los cubos de la basura –se ha escrito–, los grandes defraudadores del país son protegidos por el propio Gobierno y la judicatura como víctimas de denuncias ilegales. El editor, Kostas Vaxevanis, cita a Matías (23, 24), entre rebelde y resignado: “Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello”. Otra cosa no le queda ya.

Hacienda debería promover una intensa campaña para concienciar al ciudadano de la necesidad de su colaboración en la tarea fiscal. No porque “Hacienda seamos todos”, que eso es pura propaganda, sino por sanear de una vez esta ética que lleva plomo en el ala y confunde denuncia con delación. El problema estará, en cualquier caso, en ver quién es el que arroja la primera piedra en esta imprescindible lapidación dentro de un país en el que se elude sistemáticamente el IVA y se presume de la defraudación como de una gesta ingeniosa.

Yayos y ninis

Diversos estudios socioeconómicos acaban de desvelar a España lo que otros colegas suyos hace tiempo que vienen desvelándole a nuestros vecinos europeos: que es tremenda la situación de los jóvenes pero que la situación de los mayores es un pésimo negocio. Se trata de cálculos que demuestran que el incremento del consumo –clave para la recuperación de la demanda y portillo de entrada a la recuperación—se debe al esfuerzo patético que están haciendo los “yayos” a pesar de que las pensiones españolas son de risa (las penúltimas de la Unión Europea). Son los “yayos” quiénes están soportando bajo sus abrumados hombros la trabajadera más jodida, dado que de ellos sigue dependiendo la familia nuclear como consecuencia del bárbaro paro juvenil existente. ¿Y qué culpa tienen los “ninis”?, se me disparará a bocajarro. Pues ninguna, por supuesto, dada su situación, pero esta constatación deja tirados a tantos como, desde perspectivas tan diferentes, han tratado de rebajar el “rating” a la familia tradicional que Marx definía como una simple “célula de reproducción social” pero que la experiencia y la crisis nos están permitiendo ver que es más, bastante más, mucho más, a saber, el elemento básico de la estabilidad social y el seguro o la garantía contra el “conflicto” que, sin su concurso, hace tiempo que habría incendiado nuestras calles. El fracaso del sistema de mercado (léase, sin complejos, del capitalismo especulativo) es, pues, doble: por un lado arrebata a los jóvenes su edad dorada; por otro roba a los mayores su merecido descanso. Los defensores de las familias de diseño y otros cuentos no van a tener más remedio que enfrentarse a esta realidad que la sociología tiene reconocida desde sus primeros balbuceos.

Y no es cuestión de ponerse ahora lacrimógenos, pero quizá sí de recordar que esos paladines de la integración que son los viejos de la tribu, no sólo no van a verse nunca liberados de sus cargas sino que, un día, cualquier mañana en que cuadren la cuentas, saldrán caminito de alguna triste “residencia” -¡tiene guasa el eufemismo!—para aguardar jugando al tute o al tresillo la hora de entregar la cuchara. Hay generaciones privadas de la vida misma, en lo que ésta tiene de humana y gratificante, y aquí tenemos la nuestra que incluye a “yayos” y “ninis” atrapados e indefensos ante los caprichos del mercado libérrimo.