Pequeño balance

Unos días lejos del mundo, un respiro entre montañas y vuelta a empezar. El mundo está en crisis, Europa hecha trizas, España se hunde abismada en su propio maniqueísmo, en esa bicefalia que ansía impaciente el Poder concelebrando la misa negra del pesimismo: “cuanto peor, mejor”. Creo que el partido en el Gobierno ha cedido casi una docena de puntos pero que el de la Oposición apenas araña unas décimas, notabilísima sugerencia de que es nuestro montaje democrático el que renquea. Unas palabras pronunciadas en el BCE disparan la Bolsa y desploman la prima de riesgo, lo que obliga a plantear la cuestión de por qué esa fórmula mágica no fue pronunciada antes, y nos permite, de paso, comprobar, la quiebra maniquea que emputece nuestra convivencia: “el patriotismo es un lujo moral no practicable con la moral baja. Me dicen que la crisis es obra sibilina del Sistema, como si el Sistema fuera un concepto menos fantasmal que los Mercados, como si uno y otro no tuvieran nombres y apellidos, y estamos de acuerdo, pero enseguida volvemos a la porfía focalizando el desastre español cada cual en el partido contrario a sus ideas (o a sus intereses). Nos pierde el patriotismo de partido, la pulsión de dinamitar al rival para quedarse solos en el puente, de desfilar como partido único disimulado por los adláteres, al paso alegre de la paz, ya saben. Nunca como hoy recuerdo tan dividida esta democracia, nunca tan cainita. “Cuanto peor, mejor” piensan los mismos que de lo mismo acusaban al de enfrente. Un mínimo respiro provoca un sofocón partidario en la acera de enfrente. La patria es una puñetera mierda para la partitocracia.

Bajo un castaño, a la sombra silenciosa sólo turbada por el trino de algún pájaro, se ven las cosas con mayor claridad, quizá porque el autogobierno es fruta urbana mientras que el viático rural tiende a la autarquía. Lo único en lo que ha colaborado el campo con la democracia ha sido en ilustrarle el caciquismo, que en éste procede en línea directa de Caín y en la ciudad desciende de los Romero Robledo, pero que, en el fondo, variantes aparte, son una y la misma cosa. Da pena, incluso enfurece, escuchar la misma murga crítica en boca de los unos y de los otros. Los partidos, los partidarios, no ven más que la paja en el ojo ajeno, nunca la viga en el suyo. Si salimos de ésta será porque de lejos nos tiren el salvavidas que aquí nos disputamos con ferocidad.

Marcha atrás

Tras mucha protesta y plantes, la Junta se ha dado cuenta de que el recorte impuesto al personal sanitario es ilegal y hasta sugiere que puede haber otros colectivos que también resulten “no recortables”. Y uno se pregunta quién proyectará los recortes de la Junta, para qué le sirven a ésta sus servicios jurídicos, porque más bien da la sensación de que esos recortes se han dispuesto a lo tonto modorro, trazando la raya sin pensárselo dos veces, un modo inverosímil de reaccionar contra una crisis tan compleja y delicada. A esa consejera irresponsable debería deberían encargarle una faena más sencilla. Los sanitarios andaluces lo agradecerían una barbaridad.

Sobre el pudor

La noticia de que el gigantesco Museo Nacional chino de la plaza de Tiananmen expondrá una muestra del Renacimiento hizo concebir en el cogollo de la cultura europea la ilusión de que, contra lo predicho por algunos de los viejos sociólogos, las naciones no queman etapas en su modernización ni siquiera en la “aldea global”. La que nos llega ahora sobre la anacrónica censura decretada por sus autoridades culturales que culmina, de momento, con la pixelación de los genitales en el David florentino de Miguel Ángel, nos desmonta la idea lanzado por en su día por Gautier de que el pudor es una invención moderna y cristiana. En la fenomenal “Historia del Cuerpo” que coordinó Alain Corbin, Daniel Arasse denuncia el cinismo del Aretino al denunciar la indecencia de los frescos de la Sixtina y, en especial, los de El Juicio Final, a los que decía considerar apropiados para el cuarto de baño pero no para un espacio sagrado, una opinión que, no hay que engañarse no fue minoritaria ni mucho menos y que acabó zanjándose cuando Pío V ordenó a Danielle de Volterra que cubriera los genitales con sus famosos “braghettonne”. En plena emergencia económica y social, los chinos viven su particular Renacimiento con cinco siglos de retraso, al menos en el espacio moral, haciendo buena la broma de Rémy de Gourmont de que el pudor sexual no es más que un progreso sobre el exhibicionismo de nuestros ancestros los primates. En China es frecuente ver una larga hilera de desdichados arrodillada para facilitarle a los verdugos el tiro en la nuca, cuya bala habrán de pagar los parientes, y concentrar en Shanghai un modernismo desmadrado que desconcierta al turista occidental, pero parece que el país no está preparado, en cambio, para ver una escultura desnuda ni siquiera en la penumbra de un museo. Siempre he pensado que el pudor no es más que una forma delicada de la hipocresía.

El cuerpo humano (y vuelvo a remitir a la obra de Corbin) es un tabú que sólo desmonta la civilización, el estadio libre de la evolución humana, cosa que no han entendido en su justa medida y significación ni los espíritus delicados ni los pornográficos. Felipe II guardaba para él solo algún desnudo, por no recordar la crónica grotesca del famoso “Origen del mundo” de Courbet. Eliminar ese tabú nunca ha sido fácil y la explosión china no tenía por qué ser una excepción. Al fin y al cabo la relación entre el pudor y el vicio constituye un viejo tema.

Epulón y Lázaro

El argumento de paliar la pobreza expoliando a la riqueza no lo han inventado estos penúltimos socialdemócratas sino que es, casi, un invariante del espíritu de justicia que, paralelamente al egoísmo, anima desde siempre a la conciencia humana. Hoy día se ha convertido, es cierto, en un “leiv mitiv” electoral pero parece que su eco llega también a las mayores alturas. En la ONU, por ejemplo, la Conferencia para el Comercio y del Desarrollo acaba de proponer un tasa especial para las “grandes fortunas” –¿les suena?– que ella calcula que vendrán a ser más de 1.200 en este año de gracia, entendiendo por grandes afortunados a aquellos que posean, como mínimo, el miliardo de dólares, que en su conjunto sumarían 4.600 miliardos, o sea, cuatro billones y medio bien despachados de esa ansiada moneda, a los que de imponérseles la tasa de un 1 por ciento apenas notarían el rasguño pero cederían a los países desarbolados nada menos que 46.000 mil millones. La ONU ofrece, en este caso, un detallado cuadro de la distribución de la riqueza en el planeta, llegando a la conclusión que, de aplicarse finalmente la tasa, ni se enterarían esos afortunados ya que, suponiendo que si la media de ellos dilapidara mil dólares al día, ninguno lograría liquidar su fortuna en menos de 10.000 años. Son “elegantes”, como dicen los científicos, estas propuestas que tienen poco de utopía y mucho de remiendo en el sayo de esta sociedad desigual que va distanciando más cada día a quienes nada poseen de quienes tienen de sobra y creen ya escasamente en la perícopa lastimera de Epulón y en la gloria de Lázaro. La riqueza lo es todo, opinaba Eurípides cuando los plutócratas más encumbrados no podían ni soñar lo que con el tiempo llegarían a ser.

Gravar especialmente a los ricos debería ser una propuesta indiscutible o, como ocurrió hace poco en Francia, una ocurrencia de ellos mismos, un gesto razonable de quienes saben que poseen lo que no podrían dilapidar en cien vidas a favor de aquellos desafortunados a los que el ahorro no habría de sacar de su precariedad. Con lo que muchos no tragamos es con la pantomima política que supone reclamar ese impuesto sobre las grandes fortunas a título maniqueo y sabiendo de antemano que nunca cuajará. En el Satiricón resuena la voz de Petronio preguntándose qué coños pueden hacer las leyes allí donde sólo reina el dinero. Veinte siglos después aún escuchamos su eco.

Un juez menos

El Tribunal Supremo (cuando lo deja el TC) ha liquidado al juez de Familia, Francisco Serrano, por la telenovela del niño cuya tenencia paterna se prolongó un día en atención a su fervor cofrade. Dudo seriamente de que si Serrano hubiera hecho lo mismo pero en favor de la madre en lugar del padre, hubiera sido condenado por una Justicia cuya cúpula es incapaz de elegir Presidente, echa al anterior por cargar al Presupuesto sus viajes pero se niega a descubrir lo gastado en el mismo capítulo por el resto de la compañía. Es triste que el Supremo soporte la supremacía del Constitucional o que los jueces de Estrasburgo se hayan convertido en la última esperanza de los justiciables españoles. Esperemos que estos no defrauden a Serrano como no defraudaron a Liaño.

El rapto de Europa

Tras un largo debate, la FIFA, ha decidido autorizar a la mujer futbolista a saltar a la cancha tapada de pies a cabeza, providencia que ha sido celebrada en los países islámicos, en especial en los más radicales, pero que ha levantado la consiguiente polvareda en aquellos otros que cuidan con esmero su noción de laicidad. No ceder ante esa petición significaría, según la FIFA, excluir del deporte rey a la mujer islámica, aunque contemplada la cuestión desde la cera de enfrente, lo que significa es que, en lugar de plegarse a la inmensa mayoría, la minoría conseguiría imponer sus usos privativos a los generales. ¿Qué vendrá después de esta victoria, dónde se detendrá la creciente exigencia de origen religioso o simplemente cultural, habrá de verse un día el Occidente laico sometido a todas las limitaciones que se autoimponen los adeptos del Islam? Ni que decir tiene que ese visto bueno ha sido contestado sin demora desde otros países, con la Federación de Fútbol Francés a la cabeza, que expresa con su negativa a aceptar el acuerdo de la FIFA una precaución más profunda, compartida por casi todas las sociedades secularizadas: la de que cediendo a las demandas de una cultura externa pudiera llegarse más pronto que tarde a la mediatización de la cultura propia, no ya en asuntos de impacto limitado, sino en aquellos otros que estarían imponiendo, so capa del concepto de integración multicultural, pesados cambios que alcanzarían desde el alimento al vestido pasando por el propio lenguaje, de manera que las culturas indígenas podrían acabar desnaturalizadas por la aplicación de lo que el Islam llama “halal”, es decir, permitido.

Es lógico que los países que cuentan con vastos contingentes de inmigrantes extranjeros estén prevenidos ante el riesgo de que su cultura propia termine desnaturalizada o incluso sepultada ante la imposición de normas y costumbres ajenas, por más que el multiculturalismo predique lo contrario. Y lo es porque numerosos de esos trágalas resultan incompatibles con la propia axiología cuyos valores no solamente se niegan sino que se consideran contrarios a la moral individual o social. Aparte de que ninguno de esos exigentes países aceptaría, como contrapartida, que en ellos se impusieran usos y costumbres que chocan con su idiosincrasia. El rapto de Europa se está produciendo esta vez en sentido contrario.