Podre en Venecia

Estos días “Il Gazzettino” de Venecia viene que echa chispas a propósito del mangazo escandaloso perpetrado por una pandilla de políticos de la derecha y de la izquierda, a dos manos, en torno al gigantesco “Proyecto Moisés”, el invento de la barrera sumergible en la Laguna que iba a salvar a la vieja ciudad de sus frecuentes inundaciones. A la cárcel han ido a parar treinta y cinco altas personalidades entre las que se incluyen desde una eurodiputada al mismísimo alcalde, pasando por varios responsables del Tribunal de Aguas o de la consejería de Infraestructuras, el ex–gobernador del Véneto o un consejero de Economía del propio Gobierno, todos enfangados en una trama a la que la Fiscalía atribuye delitos de corrupción, financiación ilegal, fraude fiscal y lavado de dinero, gracias todas ellas por las que, en tiempos de la Signoría, habrían acabado descabezados en plena Piazzetta, entre las columnas del león de San Marcos y del cocodrilo de san Teodoro. Oigan, ¿será que esto no tiene ya arreglo, será posible que la corrupción sea condición inseparable de la gestión pública, acabaremos convencidos de que la venalidad es, a su vez, condición propia del ser humano, criatura vulnerable donde las haya frente al brillo del oro? Yo no lo sé, desde luego, pero miro a mi alrededor y no tengo que ir muy lejos para tropezar aquí mismo con fulleros y mangantes de alto copete llevándose el manso con independencia del signo político bajo el que actúen, pues me concederán que lo que está ocurriendo en Andalucía, por ejemplo, es de traca, como de traca fue el “Gürtel” famoso, las mangancias valencianas y el expolio catalán. Aunque en Venecia, por lo que leo, al menos los trileros van a la cárcel del tirón, sin que haya títulos ni galones que valgan, mientras que aquí todo sucede con mayor escrúpulo y cuidado cuando se trata de condenar a “los de arriba”, como decía Azuela.

Nadie lo diría, ésa es la verdad, divagando por aquel laberinto lacustre de viejos palacios y callejones de sombra reflejados en el verde oscuro del agua imperturbable, y menos contemplando la inmensa perspectiva de San Marcos o esos rincones recoletos en los que el silencio se adensa espiritual hasta embargar el alma. “Il Gazzettino” viene que trina, ya les digo, por lo que, para nosotros, es calderilla, fíjense en lo que son las cosas. Los mercachifles de Venecia son unos pringaos al lado de los nuestros/as.

El dinero de nadie

La secretaria general del PP, Loles López, (y no pierdan de vista a esa incansable que tiene mucho camino por delante), ha expuesto en rueda de prensa que la complicidad descarada de la Junta con el “sindicato hermano”, la UGT, no fue sino un caso más del “reparto” de la política llamada “de concertación”. Y un caso realmente original: el de la subvención concedida por la Junta a la Faffe –es decir, a sí misma—sin que mediara siquiera petición de ayuda. No quieren “causa general” pero es lo que se merecen. Lo que aquí ha ocurrido en el último decenio descalifica a un “régimen” y a sus manijeros en términos que nunca pudimos sospechar siquiera.

Blanco sobre negro

Desde el Brasil turbulento que esta temporada anda convulso a fuerza de protestas populares contra la organización del Mundial de fútbol nos llega la noticia de que David Beckham y su señora acaban de comprarse una mansión de un millón de reales (330.000 euros) en una favela. No en una favela cualquiera, de ésas en que apuestas la vida en cada esquinazo, sino en una favela “reconducida” en la que funciona incluso una comisaría desde que fueron desterradas las mafias del narcotráfico. ¡Una mansión en una favela, un edén con vistas al Pan de Azúcar, el Corcovado y la Laguna, el oro desbordando la miseria como un emblema de la sociedad desigual! Un día lejano, allá por los años 60, el profesor don Juan Beneyto –hombre de talento y cultura poco corrientes tal vez desperdiciados—me explicó que la política económica de los “tecnócratas” del OPUS que gobernaban España desde el chalecito de Castellana 3, no tenía otra biblia que la discutida obra que Maeztu tituló “El sentido reverencial del dinero”, equívoco título expresivo de lo que se ha llamado “capitalismo católico” pero en cualquier caso entre los más sugestivos que hayan podido ocurrírsele a la “reacción” española. Beneyto sostenía, además, que el problema de la desigualdad se complicaba por el hecho de que cierta visión de la felicidad se funda no sólo en el hecho de poseer dinero sino en que los demás carezcan de él, es decir, sencillamente, en la “distinción” –como diría la “sociología del gusto” de Bourdieu–, o sea, en el hecho mismo de la desigualdad. Por lo que leo, esa favela, la de Vidigal, se ha convertido en los últimos tiempos revueltos en una especie de Montmartre rioplatense en el que van recalando poco a poco las estrellas del firmamento millonario, reafirmadas en su privilegio por la proximidad de la miseria. El cogollo del sentimiento privilegiado es, precisamente, esa diferencia, ese contraste que resalta el blanco deslumbrante de la abundancia sobre el negro catafalco de la necesidad.

Un olvidado como Leon Bloy decía que el dinero es la sangre del pobre en la medida en que resumía expresivamente todo sufrimiento pero es obvio que este tipo de admoniciones poco cuentan para el adinerado y menos, desde luego, para esos “millonetis express” que produce el mundo del deporte. Porque una mansión en una favela, se diga lo que se diga, más que un capricho es un insulto que confirma la vocación discriminadora de la fortuna y el placer de la desigualdad.

Hilo de oro

El maestro Simón desliza el hilo de oro –finísimo, 24 kilates—sobre las hendiduras dibujadas en el modelo de hierro y martillea con tacto con el botador sobre su punzón plano. Luego vendrá el pavonado al fuego, en el que la sosa y el nitrato, al calor de la lumbre, lograrán el milagro del damasquinado, el rojo sobre negro de esta joyería en extinción. Callejeo sin rumbo, de la mano del poeta secreto Miguel Ángel Garrido, acogido a la sombra con que los toldos del Corpus aliviarán la mañana al cortejo inmemorial, mientras los vecinos concelebran desde sus balcones decorados con reposteros y banderas, Toledo íntimo de las callejas y las plazuelas, la sombra de “Tristana” gravitando en el recuerdo entre Galdós y Buñuel. Por la ciudad la tropa viajera va y viene en busca del Greco, visita aborregada la Sacristía de la catedral, se pierde por las crujías del Hospital de Santa Cruz, guarda su turno en Santo Tomé como deslumbrada por el oro y la plata de esa maravilla que es el “Entierro del Señor del Orgaz”, absorta en el Hospital Tavera ante el sepulcro del gran cardenal que labró Berruguete… Toledo es hoy el Greco, reunido en la colosal exposición que, bajo la batuta magistral de Fernando Marías, reúne los lienzos toledanos con los acarreados desde el El Hermitage, desde el Metropolitan, desde El Prado, desde el Louvre, cielos abarrotados, misterios tridentinos, angélicos conciertos y ángeles levitando: pura teología.

Se ha dicho que el Griego fue la mano de la Contrarreforma. Pase, pero no se pierdan aquí y allá, como una huella de su imaginario, pasajes y pinceladas que saltan sobre los siglos, tan modernos, casi impresionistas, razón y fe conciliadas en su arte intransferible. Una pausa ante los retratos –el “Caballero anciano” frente al de la mano al pecho–, un respiro para admirar su única escultura conservada, una Resurrección como un pabilo de mármol. Y vuelta al laberinto, que queda por mirar el río, la blancura de la sinagoga, el prodigio de San Juan de los Reyes, y siempre con mi amigo poeta haciéndome de Virgilio en esta anábasis cautivadora desde nuestra rutina cotidiana al paraíso del Greco –ah, el “horror vacui”–, alas, trompetas, la gloria imaginada del séptimo cielo. Un airecillo fresco patronea allá arriba graves bancos de cúmulos mientras desflora las acacias aquí abajo. Al volver aún vemos a Simón martilleando rítmicamente el damasquino. Los siglos no pasan por Toledo.

Riesgo reputacional

Muy portugués eso de manifestar el sentimiento por el caso de Magdalena Álvarez ante el propio Rajoy y muy euroescéptico lo de dedicar dos consejos del Banco Europeo de Inversiones a calibrar el “riesgo reputacional” (sic) que para la institución supone mantener en su cargo (23.000 euros al mes, oigan) a una vicepresidenta que ha sido imputada por graves delitos. Dicen que si a la próxima tampoco se deciden, el Gobierno español exigirá que se vote la destitución, que eso sí que sería lesivo para la reputación. Venirle con “riesgos reputacionales” a Lady Aviaco viene a ser como pedirle peras al olmo, máxime cuando, de momento, es sólo una presunta. Si se pasó por el arco los famosos 444 viajes gratis total, imagínense lo que hará con el auto de Alaya.

Tormenta de verano

Mientras truena en tormenta de verano la insurgencia republicana, parece ser que en las altas esferas andan preocupados por el estatus y, ya de paso, por el tratamiento que, en adelante, corresponderá al rey don Juan Carlos. Estas son cuestiones muy personales, desde luego, y aunque tengo entendido que el papa de Roma, Francisco, trata al dimitido como Santidad, no acaba de cuadrarme que en una Corte, aunque sea la “de los milagros”, convivan como si tal cosa dos Majestades (o sea, cuatro). Muy personales, digo, recordando que mi padre –como he contado alguna vez—llamaba al rey Juan Carlos, el Príncipe; a don Juan, el Rey; y a Alfonso XIII, el Señor, y no hubo quien lo bajara del burro en toda su vida. Pero lo que ahora está planteado es más grave, o lo sería si los republicanos tuvieran la fuerza que cree o dicen tener, puesto que no deja de ser estupendo aparcar la crisis que vivimos para enfrascarnos en el viejo dilema que, dicho sea de paso, en España tiene una historia como para tentarse la ropa. ¿Cuestionar la forma de Gobierno en un país al borde de la catástrofe y dirigido por la clase política acaso más desacreditada de la Historia? Miren, eso, hasta para un repúblico patente como yo, no encaja ni poco ni mucho, entre otras minucias porque no quiero pensar en un rey laico surgido de estos partidos. El progrerío de mi generación era republicano por principio lo mismo que profesaba credos y aficiones que hoy, con la experiencia que da la vida, no tienen ya pase posible. Díez del Corral, a propósito del prestigio del “tirano” en Grecia, nos mortificaba diciéndonos que si era cierto que la monarquía solía romper en abusos, no lo era menos que repúblicas eran las que gobernaron Stalin, Hitler o Mao, recua a la que nosotros hoy podríamos añadir nombres como los de Pinochet o Videla.

El problema de las formas de Gobierno, esa herencia ática, no puede verse hoy con los ojos de 1931, y ello es así hasta el punto de que infinidad de republicanos confesos no estén hoy por la labor de echar al Rey por Cartagena. ¡Hombre, si tuviéramos a la vista una nómina de presidenciables como la que tuvo la I República, otro gallo cantaría, pero con lo que hay a mano, qué quieren que les diga! La izquierda española no fue nunca más antimonárquica que la Falange, por lo demás, lo que hace de la monarquía casi un milagro y con los milagros no se juega. Ya verán como la granizada es breve. Las vacaciones están a la vuelta de la esquina.