Otra de vampiros

Nunca comprenderé por qué la leyenda del vampiro conserva tanto vigor en plena postmodernidad. Está en la pantalla de la tele cada dos por tres, hasta el punto de haberse convertido en un poblador más del imaginario doméstico, probablemente favorecido por la pérdida del miedo, en una época en la que el murciélago hematodipsio no es ni mucho menos el peor fantasma que se ofrece a la imaginación. Por mi parte, entiendo que el éxito del tema estriba en su inserción en eso que alguien, usando el viejo concepto de Lyotard, ha llamado la “economía libidinal”, es decir, en el vasto campo de la oferta sexual con que la imaginación humana tienta a su propia ingenuidad. El mito de la sangre, por su parte, es inmenso y antiguo, y es susceptible de ser utilizado por la industria del terror lo mismo que por la fábrica de la sexualidad, pues, al margen de las elecubraciones –brillantísimas, hay que reconocerlo—del maestro Ernst Iung, parece claro que el simbolismo de la sangre conlleva íntimamente el germen de visiones fascinantes de su capacidad y poder, de las que se derivan infinidad de imaginaciones más o menos abyectas. Resulta, sin embargo, que algo pudiera haber de verdad en que el renuevo de sangre, no necesariamente con la componente sexual, tenga sobre el consumidor efectos regenerativos, o así, al menos, lo han propuesto algunos sabios que en “Science” admiten la posibilidad de que la sangre joven permita renovar la vieja, contribuyendo a regenerar la antigua dado que parece que hay sustancias químicas capaces de rejuvenecer al sujeto tratado, al menos en el caso de los ratones. Siguiendo el rastro del tema encuentro en “Nature” el reconocimiento de que la sangre joven inyectada a ratones viejos ha provocado una sensible mejora en sus facultades cognitivas de tal modo que han aumentado su capacidad de memorizar y de aprender tareas nuevas. Nadie nos dice que Drácula, lejos de ser un monstruo, no fuera más que un simple incomprendido.

No hay quien nos apee de la idea de que la sangre es la vida, ni de la idea, que Frazer explicó con detalle, de que es en ella donde se ubica y expande el espíritu de muchos pueblos. Un criterio tan elevado como peligroso si nos detenemos un momento a recordar los extremos catastróficos a que ha llevado en numerosas ocasiones su exaltación dogmática. Nos queda por ver ahora si el resultado de estos hallazgos científicos acarrea sólo beneficios o lleva también ínsito en su noción la semilla del mal.

La implosión democrática

Por más que repitamos la reflexión siempre estará justificado cuestionar un régimen político que, manteniendo por completo su legitimidad, se ve rechazado casi unánimemente por los ciudadanos. En Francia son más de uno de cada ocho franceses los que rechazan al presidente Hollande, aunque, ciertamente, pocos menos son los que consideran la posibilidad de que Sarkozy lo hubiera hecho mejor. Se discute erísticamente hasta la terminología, porfiando quienes rechazan el uso de la palabra “desafección” porque preferirían “desafecto”, en un alarde típico de estas situaciones límites en las que lo que parece que interesa es distraer a la opinión de lo fundamental. Y lo fundamental es que la “clase política” recibe hoy un suspenso colectivo de una ciudadanía que no sale de su asombro ante el abuso desmesurado de los privilegios y la ineficacia de la gestión. ¿Es legítimo un régimen en el que todos y cada uno de los políticos relevantes son suspendidos por los ciudadanos, y en el que si el jefe de la Oposición obtiene una calificación pésima, el presidente del Gobierno aparece aún por debajo de éste? Por supuesto que sí, al menos mientras nos movamos dentro del paradigma democrático, pero resulta obvio que difícilmente puede funcionar una vida pública en cuyos dirigentes no creen ni por asomo los súbditos que los votaron, lo que equivale a admitir que la realidad democrática ha quedado reducida a la periódica liturgia electoral. La crisis del “leadership” sobre la que avisaban a principio de los 60 observadores tan cualificados como Schlesinger Jr. o el entonces profesor Kissinger es hoy otra profecía autocumplida. Las democracias han de ser hipócritas por la misma razón que las dictaduras han de ser cínicas, decía Bernanos. Algo cruje, en todo caso, en los cimientos del tinglado de la antigua farsa cuando ya no queda en la corrala ni un espectador.

El círculo vicioso

Uno puede acostumbrarse, si acaso, al bochorno de que día a día nos desayunemos con un nuevo “caso” de mangancia o de abuso de poder. Parece como si nadie –ningún estamento—se librara ya de este hecho política y cívicamente calamitoso, pero todo lo malo puede empeorar, como demuestra la noticia conocida ayer de que el Fiscal General de Andalucía ande investigando ¡al propio Tribunal Superior de Justicia (TSJA)! para comprobar si prevaricó o no al declarar urbanizable el suelo de El Algarrobico. Sólo el hecho de ver a esos altos magistrados presuntos de prevaricación basta para demostrar que estamos tocando fondo.

África existe

En la prensa francesa hemos podido leer días atrás trémulos comentarios al suceso que ocasionó el enterramiento en barro de dos niños franceses. Más de dos mil quinientos han sido enterrados vivos en Afganistán y allí tienen a un puñado de voluntarios con picos y palas ayudados de una solitaria excavadora, sin que en nuestros medios occidentales consiga la noticia más que un suelto de vez en cuando. Convencido como estoy de que todos los pueblos son etnocéntricos, la comparación entre ambas situaciones no podía resultarme del todo sorprendente, pero tampoco me parece que hayamos de ver ese hecho con indiferencia. Tampoco hace mucho que aquí mismo expuse conmovido el rapto masivo de niñas escolares perpetrado en Nigeria por ese grupo salvaje autodenominado Boko Haram –expresión que significa literalmente “la educación occidental es pecado”– y la verdad es que han debido pasar no poco días para que semejante barbaridad haya ido abriéndose un sitio en los periódicos, ahora clamoroso –supongo que por unos días, tampoco nos engañemos—al saberse que los más de dos cientos de niñas secuestradas están siendo vendidas como “mujeres provisionales” a bandas similares que actúan en países limítrofes. Incluso se están produciendo ahora manifestaciones locales reclamando la intervención de las grandes potencias, sobre todo una vez oído al capo de aquella banda, un tal Abubakar Shekau, decir ufano ante las cámaras que si las había vendido “en el mercado” era sencillamente porque Alá se lo había ordenado. Nigeria es uno de los países más ricos del continente. No hay que buscar razones más retorcidas para explicar la pasividad de Occidente ante un crimen tan lacerante, una vez que el poder local haya confesado su impotencia frente a sus terrorismos.

No parece que haya energías, en todo caso, más que para reclamar-negociar con los bandidos ante casos de secuestros que afecten a nuestros países desarrollados, mientras que el restablecimiento de hecho de la esclavitud en todo un continente apenas inmuta nuestras conciencias. El islamismo extremado no es, sin embargo, el único factor de la profunda crisis africana, pero sí una de las ideologías más agresivas y medievalizantes que actúan en un ámbito radicalmente desequilibrado por la apresurada descolonización que dejó libre el campo a un tribalismo oligárquico aliado de las grandes economías occidentales. De Melilla para abajo, África no existe más que en los libros de cuenta.

Subir la mira

Al confirmar la tesis de la juez Alaya sin regatearle elogios, la Audiencia Provincial de Sevilla ha elevado el punto de mira de la escopeta nacional que apunta desconcertada, entre otros tantos, al caso de los ERE y las prejubilaciones falsas. Porque la imputación de Magdalena Álvarez, a diferencia de lo que ocurrió con la de sus colegas consejeros, no hace ya de barrera para los de arriba, sino que apunta sin complejos a la cúpula de la Junta. Que era lo lógico desde el primer momento. Si no lo hubiera sido, los propios Presidentes se habrían apresurado a echar a patadas a los medianos y más chicos.

Las primas

Como si no tuviéramos problemas bastantes, dentro y fuera de nuestra piel de toro, los españoles andan enzarzados estos días en una ardua discusión: ¿son legítimas o no lo son las “primas”, es decir, los estímulos económicos que, más allá del marco reglamentario de una competición, unos contendientes ofrecen a otros para que, encarnizadamente si preciso fuera, acosen a sus rivales directos despejándoles el camino? No se discute, menos mal, que “primar” a un equipo por dejarse vencer es una acción punible desde cualquier punto de vista, pero sí que se porfía, y mucho, sobre la licitud de esas “primas” cuando sólo exigen la victoria. No sabemos, por ejemplo, si el Real Madrid habrá primado al Levante para que con su sobreesfuerzo le quite de delante al Atlético, como ignoramos si el propio Madrid primará al Málaga para que detenga al líder actual o si el Barcelona hará lo propio con los equipos que aún deben competir con sus rivales, pero va siendo ya doctrina común que esos estímulos “positivos” no constituyen ninguna trampa sino una acción legítima. La corrupción no es una tromba súbita que se abate sobre una sociedad sino un chirimiri que empapa poco a poco el cuerpo social hasta dejarlo bizcochable, y en un país en el que apenas hay ya institución a resguardo de esa llovizna, lo raro sería que un negocio tan explosivo como el fútbol resultara una excepción a la regla.

¿Quién estaría en condiciones de pedirle cuentas a esos tramposos en un momento en que aquí no queda casi nadie libre de sospecha, por no decir que consta la corrupción desde las más altas instituciones del Poder hasta las cercanas y casi familiares concejalías de nuestra vida local? Otra cosa sería debatir si es posible mantener las manos limpias cuando el deporte se convierte en negocio, en un negocio que tiene, como otro cualquiera, su cuenta de resultados y, ni que decir tiene, que también su “Caja B” junto a la transparente. Cierto que la idea misma de la “recompensa” corrompe la competición porque permite a los competidores ricos lo que los otros no podrían permitirse, pero ¿quién ha dicho que esos competidores hayan de ser cumplidos caballeros? En todo caso, el país tiene tema largo para discutir, es decir, para distraerse mientras aguardamos esperanzados a que la próxima EPA se muestre benigna. Nada como un debate empíreo para olvidarnos de nuestras cuitas. De Franco a Píndaro eso lo han tenido claro todas les generaciones.