Guerras aéreas

Para Pepa

Mi amigo el doctor López Guilarte ha mandado podar la alta palmera que preside su casa aljarafeña. Yo mismo, me temo, he podido contribuir a su decisión sugiriéndole de vez en cuando la oportunidad de cortarle las barbas a ese árbol señero, solitario, de esbelto fuste erguido, en cuya copa, el verano pasado, se organizaba oculta la apretada república de los gorriones con la incesante algarabía de los pollos –no por casualidad esa casa se llama “Babel”—y el ir y venir de los padres nutricios que llegaban de lejos con su pan en el pico, se posaban un instante, y enseguida se sumergían inescrutables en la fronda misteriosa que, con el tiempo, llegó a ser el alto copete. Tras el afeitado, la palmera parece un hito melancólico, un punto de admiración –¿o de protesta?—coronado por sus palmas mondas y lirondas, sin rastro ya del reservado asentamiento en que nacieron generaciones de crías, un árbol descifrado, sin el secreto supino de aquella cúpula que dejaba entreoír el eco constante de la comuna, con sus riñas y fraternidades, y hasta sus peleas de ocasión, hasta forzar la ilusión de la ciudad secreta indiferente al bamboleo de los vientos y a la ruina de los chaparrones. Miro esa palmera hoy, sin pájaros ni vida, y me parece reconocer en ella el paisaje devastado de las ciudades mártires, como ésas que nos muestra el periódico cada mañana, imagen residual y borrosa del escenario abolido.
Y ha sido fácil. Ha llegado el operario con su alta escala, armado con su podadera, y ha echado por tierra, limpiamente, tajo a tajo, con la indiferencia del experto, todo aquel mundo agitado que por las mañanas nos deleitaba hasta el aturdimiento con sus píos y repíos, con los ecos inciertos provocados por el revoloteo de las alas en la pelea invisible pero constante librada en el mínimo territorio de palmas y racimos que albergaba la vida y la muerte, la convivencia y la agresión –la vida misma– como si con él no fuera el seísmo provocado por la brisa o por los vientos que, a veces, lo inclinaban peligrosamente para devolverlo sin demora a la vertical. Cerca, la tórtola turca llega y se yergue en la cúspide de la araucaria, paredaña con el jardín, con su arrullo bronco que espanta a los mirlos de pico amarillo, sus antiguos dueños. Gaza, Homs, Mostar, mi palmera, la lucha por la vida, el incierto destino del pájaro azacán que trama los nidos y acarrea el condumio, hasta que un día el hombre decide acabar con el sueño.

El sueño de la paz

Uno de estos días, el pasado 31 de julio, al tiempo que nos abrumaban las malas noticias de la barbarie y, en especial, las de las guerras de Gaza y Ucrania, se cumplía el centenario del asesinato de Jean Jaurès, una de las figura señeras de la historia de la izquierda europea razonable y humanista, y protomártir del pacifismo de primeros de siglo. A Jaurès lo mató a tiros un estudiante nacionalista (dijeron que loco, pero vaya usted a saber) por oponerse a la Guerra Mundial que hacía dos días que había estallado tras el atentado de Sarajevo, después de muchos años de lucha para evitarla e incluso de su proyecto, a la suiza, de sustituir el ejército nacional –que él llamaba “armée de casserne”, ejército de cuartel—por una “defensa nacional” a cargo de toda la ciudadanía adecuadamente instruida y armada. Hoy, si uno hojea la prensa francesa –incluso L’Humanité” que él fundó—lo que encuentra es esa estatua petrificada bajo una catarata retórica que es lo habitual en estos casos. Desde el PSF como del lado comunista no se elogia hoy a Jaurès más que desde la derecha, sobre todo desde que Sarkozy reclamara su figura para el proyecto conservador, de la misma manera que Aznar reclamó aquí la de Azaña. El hombre del proceso Dreyfuss, el luchador que logró reunir en un solo haz –la Sectión Française de l’Intenationale Ouvrière, la famosa SFIA—una izquierda aún reconocible aunque a duras penas, es ahora reclamado por todos y, en consecuencia, por nadie. A Jaurès, un pensador sereno y flexible, lo eliminó el fanatismo nacionalista que apostaba por aquella guerra suicida que engendraría la siguiente pero sus palabras siguen resonando hoy en medio del estruendo de estas guerras canallas.
Si Sarko hizo de Jaurès un leiv-motiv de sus discursos electorales en los que reivindicaba, de paso, a Leon Blum, la propia extrema derecha, no perdió la ocasión de recordar, por boca de su actual líder, Marine Le Pen, la conclusión de Jaurès de que “la patria es un solo bien” no susceptible de apropiación por parte de ningún grupo exclusivo. Es el destino, acaso, de los espíritus abiertos, con el tiempo aceptados por sus herederos pero más bien a título de inventario y, curiosamente, reivindicados por los mismos que en vida le pusieron, y le volverían a poner hoy, la proa de su oposición. Personalmente pienso que hoy Jaurès no encajaría en ninguna de las opciones, incluidas las que lo reivindican, algo que la vida me ha enseñado a valorar como es debido.

Restitución

Mucha gente anda desconcertada ante las cifras malversadas en la vida pública. Especial impacto ha tenido la estimación del ministerio de Interior que calcula en 1.600 millones de euros lo afanado por el clan Pujol, pero la verdad es que esa traca final no puede eclipsar sino muy pasajeramente los demás saqueos perpetrados desde el Poder. Nadie espera, por supuesto, que de esas fortunas robadas se restituyan, no ya la totalidad sino ni siquiera una parte significativa, escepticismo que tiene base sobrada en tantos casos como llevamos vistos y en los que el proverbial garantismo de nuestra normativa ha ayudado eficazmente a los defraudadores. Muchos miles de millones andan danzando en los procedimientos abiertos con motivo de los ERE fraudulentos de la Junta de Andalucía, de las ayudas de Invercaria o de las dilapidadas con los fondos de formación y, por descontado, con los conseguidos por la trama Gürtel y la que ha desvalijado las arcas en Baleares, lo que fuerza la pregunta de qué podría suponer para la situación económica española la recuperación de esas fortunas arrebatadas que la opinión pública considera, por tantas razones, como irrecuperables. ¿Qué explica que ese capital desaparecido no pueda ser recuperado por una Justicia que hace bueno el antiguo adagio de Solón sobre la resistencia de la tela de araña que viene a ser la Ley? ¿Y qué podría suponer para el país en crisis la recuperación de tantos miles de millones como han apañado los corruptos desde los diversos partidos políticos?
No se entiende por qué un Estado, tan vigoroso y rígido con los débiles, no es capaz de forzar a tanto ladrón de guante blanco a devolver esa ingente fortuna que, al parecer, la Justicia tiene incluso localizada en los diversos paraísos fiscales. Los propios partidos, los sindicatos (de clase), los altos cargos demostradamente rapaces, los falsos jubilados y los vividores de las facturas falsas gozan, según parece, de una protección de la que carecen el pequeño delincuente o el contribuyente distraído. ¿Qué impide recobrar los 1.600 millones de euros que el propio Gobierno asegura que los Pujol guardan a buen recaudo, o los del saqueo andaluz, el valenciano o el balear, incluyendo el perpetrado por el duque de Palma? Nadie menos motivado para cumplir con sus deberes fiscales que un ciudadano como el español que comprueba la vigencia de que en este país se puede robar un monte pero no se puede robar un pan.

Víctor

Con frecuencia me eternizo al teléfono con Víctor Márquez — Márquez Reviriego me refiero–, esa memoria enciclopédica armada sobre tan soberbio esqueleto cultural, que es uno de los periodistas más insólitos de nuestra época. Un día Víctor envió su biblioteca a su pueblo, Villanueva de los Castillejos, reservándose sólo, sabiamente, unas decenas de libros de esos que nunca se dejan de leer, pero ni falta que le hacen a él tenerlos a mano porque los lleva ordenados en la cabeza. Hablamos de todo, a todo contesta, “refiere” siempre –que es lo bueno—nuestras vivencias generacionales, éxitos y derrotas que vivimos cuando la progresía española incluía en su indumenta un ejemplar de “Triunfo” y la vida, tan dura, nos parecía llevadera como es propio de los pocos años. ¿Qué fue de la generación, qué de nuestros amigos (y enemigos), ganamos alguna batalla o perdimos del todo una guerra que aún grava a nuestros hijos, se escribía mejor entonces, bajo las antiparras del censor, o ahora que todo el monte es orgasmo, o eso dicen, ¿recuerdas a Fernando González a quien Ansón mandó de corresponsal al Canadá para que se curara el cáncer, a Haro Tecglen enredado en sus inquisiciones, a los comisarios del PC expulsando a Eduardo Rico, a Cándido, tan fino y tan cándido, en efecto, trajinado por éste y por el otro…? No, no lo recuerdo, o no lo quiero recordar, pero él sí, y rememora la crónica parlamentaria sin olvidar una tilde, los años inciertos de Suárez, el entusiasmo y luego la decepción socialdemócrata, el soponcio del golpe de Estado en aquella tribunilla de prensa del Congreso en la que nos aplastaba la humanidad de Josep Meliá?
Y Pepe Esteban, y César Alonso, y Nico Sartorius, la izquierda bullente, y la derecha escolástica de los Herrero de Miñón y los Alzaga, por no hablar de los polivalentes, siempre con dobles parejas, como Fernández Ordóñez “e tutti quanti!”. Sus “auténticas entrevistas falsas” resultan, al cabo de los años, la casi única historia fiable, su diagnóstico sobre el fracaso socialdemócrata o aquel hallazgo de que la derecha española hacía de dulce lo difícil –abolir la mili, encontrar a Ortega Lara, conseguir la colaboración de Francia…– pero jamás lo fácil, tanto que acuñó el adagio “Ardua fert, a facilibus victus”, luego recordado por Burgos, que tanto hubiera gustado a nuestro maestro Díez del Corral, el que nos desbrozó a Maquiavelo y nos reveló a Tocqueville… Se me va la cobertura. Lo dejo, pues, para otro día.

La guerra rodada

Tras un periodo notable de descenso de los accidentes mortales en carretera –varios años–, los encargados del tema avisan de que, a partir de la pasada Semana Santa, se está registrando un aumento considerable de la siniestralidad. Nos hemos acostumbrado a la tragedia, al hecho tremendo de que una guerra cualquiera arroje un número de bajas similar al que se registra en las carreteras españolas que, en esta primera mitad del año en curso, suma ya medio millar. ¿No habíamos quedado en que las medidas gubernativas, tales como el sistema de retirada de puntos y reducción de la velocidad, habían conseguido frenar la sangría? Pues algo ha debido fallar en la apreciación aunque el sociólogo Amando de Miguel esté convencido de que ese incremento de siniestros no es más que otro indicador, ciertamente macabro, de la mejora económica y la salida de la crisis: se mata más gente porque hay más tráfico, una hipótesis que viene a apuntalar el aumento de la demanda de vehículos registrado también es estos últimos meses. Es aterradora la idea de que cada fin de semana se cobrará una cuota letal semejante a la de un conflicto armado, pues sólo en esta primera mitad del año ya se han superado con mucho el medio millar de siniestros mortales. De ser cierta la idea de Amando tendríamos que convenir en que, curiosamente, la crisis habría limitado las tragedias que la bonanza incipiente se está encargando de agravar de nuevo. El progreso y el bienestar tienen su cara oscura, por lo visto, lo que no deja de constituir una sarcástica paradoja.
No está de más repetir lo que tanta veces se ha dicho, a saber, que todo desarrollo tiene sus costes negativos y que, en consecuencia, el progreso, cualquier progreso, es trilita en manos del mono loco, incapaz de administrar con cordura las ventajas relativas que le van cayendo en las manos. ¿Cómo asumir que cada año hemos de pagar en víctimas del tráfico rodado el equivalente a las pérdidas de vida que registraría una guerra convencional o una grave epidemia? Le digo a Amando que el salto tecnológico que perfecciona los vehículos no es compensado con un aumento de la prudencia en el conductor y que de ese desfase depende acaso la fatalidad de la tragedia, pero él insiste en endosarle las culpas a la recuperación económica, convencido de la realidad de ese determinismo económico. La imaginación sociológica suele sorprendernos con evidencias aplastantes que la burocracia no es capaz ni de sospechar.

Males lejanos

La epidemia del mal de Évola está, según Médicos sin Frontera, “fuera de control”. Se dan todas las circunstancias precisas para que este brote “sin precedente” sobrepase el triángulo Liberia, Guinea, Sierra Leona, para alcanzar Dios sabe hasta dónde, pero esa catástrofe no parece inmutar a las potencias del Primer Mundo que dicen, como han hecho Gran Bretaña y Francia, que sus países están preparados para la eventualidad de que el virus se colara de rondón en sus territorios. Total, la catástrofe afecta a esos países fantasmales en los que la estadística de la muerte se lleva de aquella manera y, desde luego, no inquieta ni mucho ni poco a las potencias desarrolladas. ¿Qué ocurriría si algo similar apareciera en nuestra área, en Grecia o en Suecia, no resulta evidente que la “comunidad internacional”, tan sensible como sabemos, se movilizaría sin demora sin regatear medios ni costes? Personalmente asisto a este macabro espectáculo cada día más convencido de que la mentalidad postcolonial nunca se ha quitado el salacot y, en definitiva, por qué no decirlo con rotundidad, que al Occidente rico le importa muy poco, en el fondo, lo que pueda ocurrir en el África profunda. Sólo un puñado de héroes se mantiene a pie firme entre los apestados viendo como el mal no respeta ni sus extremadas precauciones, en plan san Roque, pero sin el poder sobrenatural de curar con sólo trazar la cruz sobre ellos, sino dependiente de la insolidaridad más absoluta. Tal vez haya que esperar a que el Évola amenace de cerca al hombre blanco para que quien puede se decida a hacerle frente.

Insisto, ¿sería diferente la situación si la temible epidemia se plantara entre nosotros los occidentales en lugar de cebarse solamente en la pobrea de la negritud? Sólo la pregunta resulta ya insultante, por más que haya que reconocer su procedencia, siquiera sea en sufragio de las víctimas y en homenaje a los generosos profesionales que se juegan la vida entre los afectados. Desde siempre las pestes han puesto en evidencia la insolidaridad general y la magnanimidad de unos pocos, pero la diferencia con la actual reside en que, quizá por vez primera, el mundo rico posee los medios para combatir con éxito una amenaza que ni siquiera se ha tomado hasta ahora la molestia de investigar a fondo. El postcolonialismo tiene la piel de elefante. Ni siquiera niega con sus hechos la condición discriminatoria de una medicina que tendría que ser de todos.