Los otros niños

Los conflictos bélicos actualmente en marcha están suponiendo, como tragedia añadida, un inmenso sacrificio para los niños afectados. En más de un millón se cifran los huidos de la guerra siria y, según las organizaciones internacionales, en muchos miles los asesinados, un aspecto escalofriante que ahora acaba de reproducirse en Irak a manos de los yihadistas sunníes. Ni se sabe cuántos son los menores perdidos desde hace unos años en las diversas guerras africanas y apenas si pueden calcularse los palestinos que han debido asilarse en el Líbano. Los informes de Acnur y Unicef son tan demoledores como inútiles a la hora de revolver la conciencia internacional frente al auténtico genocidio que supone la hambruna permanente o la catástrofe de unas guerras en las que con frecuencia esos niños son involucrados como combatientes. Entre tanta calamidad, sin embargo, nada tan estupefaciente como la decisión del gobierno de las Maldivas de suspender, en nombre de la implacable sharia islámica, la moratoria sobre la aplicación de la pena capital y el acuerdo inconcebible de incluir entre los ejecutables a unos menores cuya edad penal está fijada ¡en los 10 años! y aún rebajada a siete en los casos de robo, relaciones sexuales, consumo de alcohol y apostasía, aunque en estos casos inimaginables, la norma establece que las ejecuciones no podrán ser ejecutadas hasta que el menor condenado alcance aquella edad. Vean lo que puede ocultar un paraíso como ese archipiélago al que las guías turísticas promocionan con la promesa de que una tierra exenta en la que “todo es sueño y placer”.

Falta mucho por hacer en el terreno de la justicia aplicable a los menores, brutal en tantos casos como inconsecuente en los supuestos de lenidad que implican leyes como la nuestra, sin ir más lejos, manifiestamente disfuncionales como lo prueba un número lamentable de casos. Pero esa tarea pendiente no será factible sin un acuerdo general previo sobre los derechos elementales de la infancia y la adolescencia que evite el actual escándalo de los niños hambrientos, abandonados o delincuentes. La tragedia de los menores es un fracaso de los adultos que los convierte en víctimas, sin perjuicio de una responsabilidad penal que exige, en todo caso, una atención especialísima. Nuestros hijos, decía De Maistre, cargarán con nuestras propias culpas. Nuestro padres –añadía—los habrán vengado de antemano.

Andalucía pobre

No es nueva la pobreza en Andalucía, eso es cierto, pero lo que cuesta explicar es cómo ha sido posible que la pobreza alcanzara las cotas actuales después de más de treinta años de un “régimen” que se postula “socialista y obrero”. El último estudio viene a confirmar no sólo tan triste realidad sino la temible tendencia al alza que lleva esa corriente histórica que hoy por hoy sitúa a nuestra autonomía no sólo a la cola de España sino a la cola de Europa. Por los datos disponibles no es aventurado entender que si no ha habido conflicto abierto en Andalucía ha sido por la ayuda prestada por las organizaciones benéficas, en especial por las católicas y con Cáritas a la cabeza. El utopismo radical no ha dado hasta ahora a esa “famélica legión” ni siquiera la “sopa boba”.

Despedida y cierre

Al Rey Juan Carlos –“el Breve”, según el pronóstico de Carrillo—deberían regalarle un reloj, como a tantos jubilatas, aunque sólo fuera para resarcirle del que cuenta la leyenda que un paisano le mangó en la bulla mientras estrechaba manos en La Palma del Condado. Mejor eso que meternos a juzgar –con lo esencial que suele ser la perspectivas para estos juicios—sobre un reinado casi tan largo como la Dictadura que le precedió y de la que él mismo procede. Sólo el tiempo permitirá valorar con alguna objetividad ese periodo de insólita paz aunque no exento de tragedias, porque la Historia no dejará nunca de ser subjetiva. ¿Valió la pena que el Rey soportara las humillaciones que el franquismo le infligió hasta en el acto de su jura, compensan tantos decenios de paz la contradicción simbólica que supone su condición de continuador de Franco? Cualquiera sabe, sobre todo en un país en el que aún se discrepa sobre la obra básica de Felipe V, la tarea de Carlos III o el progreso registrado bajo la tragicomedia de Isabel II, pero no ha de resultar fácil a los linchadores de Juan Carlos I eludir el hecho de que, durante su reinado, España ha mudado de piel como la serpiente sagrada y el propio Rey ha conseguido un aprecio personal en el extranjero que quizá no tenga precedente. No entro ni salgo en su papel –decisivo—en el 23-F, sencillamente porque, como todos, no tengo ni idea de lo que realmente ocurrió; sí sé, en todo caso, que su decisión final liquidó de una vez por todas la tradición del “pronunciamiento” militar. ¿O es que vamos a creernos que la tarea básica de neutralizar al Ejército franquista se la debemos no a él sino a González y a Serra? Quiá, hombre, eso no se lo puede creer nadie con dos dedos de frente. El rey que hoy se va ha hecho negocios, ha corrido aventuras y ha asistido extrañamente impávido a la corrupción dentro de su propia Casa, pero ahí están esos cuarenta años que siguieron a una audaz Transición. ¡Un reloj para ese Rey, hombre, es lo menos que cabe!

Hasta los republicanos hemos de admitir ese balance mínimo en un país en que las Cortes soberanas apoyan a la Corona por mayoría búlgara, entre otras cosas porque el tiempo y la caña han propiciado una visión realista de lo que fue la II República. En cuanto a los monárquicos –el peor apoyo de la monarquía–, todo indica que un Felipe VI jubilará a una generación y, probablemente, iniciará otra. Hoy no quedan ya ni Carrillos.

Palo repartible

El palo que el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) le ha dado al presidente del Parlamento andaluz, Manuel Gracia, como respuesta a su iniciativa de denunciar a la juez Alaya por presunta violación del fuero parlamentario, alcanza de lleno, al menos, al consejero de Justicia, Emilio Llera y al presidente del Consejo Consultivo de Andalucía, Juan Cano Bueso, ambos alineados con Gracia, por no hablar del letrado mayor de la Cámara, José Antonio Víboras –el hermano de la consejera–, que llegaba a precisar el “delito” cometido por la instructora. Toda esta plana mayor ha quedado a la altura del betún en esa nueva operación contra la libertad de una jueza en el ejercicio de sus funciones.

La sociedad medial

Me plantea un viejo colega universitario la cuestión de si la sociedad medial en que estamos viviendo es una novedad absoluta en la crónica humana o, por el contrario, salvadas todas las distancias, pudiera decirse que toda asociación de vivientes, y no sólo la humana, se las avía con algún sistema mediático para conseguir sus fines vitales. Se ha escrito mucho sobre la comunicación animal, hasta se ha hablado –alguna vez en términos memorables– sobre el lenguaje de los pájaros por no hablar de las disquisiciones de los primatólogos a propósito de la sugestiva expresión de los simios o las elucubraciones de los etólogos sobre los rituales amorosos de muchas especies. Parece que la vida no es posible si los individuos que la comparten no establecen ciertos códigos expresivos indispensables para garantizar la relación, un principio que acaban de ilustrar los sabios a propósito de la argucia mostrada por algunas especies de ranas –la “mentien” de Taïwan o la “metaphrynella” de Borneo—capaces de aprovechar “medios” para potenciar su mensaje –el “brekekekex ko-ac ko-ac” con que los batracios de Aristófanes confunden a Dionisio en su genial comedia—dotándolo de mayor alcance. Se sabía, según la revista Nature, que siempre hubo ranas que aprovechaban la resonancia brindada por los huecos de los árboles para beneficiarse con la resonancia, pero ahora sabemos vemos también por el Journal of Zoology que hay machos de alguna especie que utilizan las cañerías humanas para hacer llegar a las hembras su monótona llamada, en evidente competencia desleal con los que “cantan” desde su charca. Puede que ustedes digan, con razón, que hay ver en qué cosas se gastan esos sabios curiosos los escasos dineros universitarios.

Es verdad que nuestra estimativa exterior no suele estar en condiciones de juzgar las tareas, tantas veces extravagantes a nuestro parecer, que se marcan los laboratorios, quizá porque la especie humana no haya sido capaz hasta ahora de comunicar con eficacia sus empeños científicos y en ocasiones ni siquiera de hacerlo con lealtad. Aparte de lo cual no cabe duda de que el valor social de la investigación no suele apreciarse con justicia constituyendo como constituye aquella un mundo cerrado poco menos que a cal y canto, incluso en un momento como el actual en el que los hallazgos se suceden a un ritmo vertiginoso. No deberíamos despreciar el ejemplo que dan las ranas al aprovechar para sus fines incluso la obra de su principal depredador.

La camiseta

Sobre la ridícula exhibición del portavoz de Izquierda Unida en el
Parlamento de Andalucía al pasearse por la Cámara con una camiseta tricolor en demanda de la República, hay que decir que quien debiera responder por ese gesto –que aceptó complacida, según el fotógrafo, incluso la presidenta Díaz—no es el propio ridículo sino quien preside la Cámara y responde en ella del buen orden y del respeto debido, es decir, el Presidente. Ahí queda abierto un original futuro indumentario en el que los diputados/as podrían asistir a las sesiones vestidos de payaso o en bikini, al menos mientras el decoro parlamentario dependa de ese Presidente.