Ubú en Lepe

Hace ya bastantes años, Pujol dijo rotundamente que si existen regiones prósperas, como Cataluña, y atrasadas, como Andalucía, es sencillamente porque cada pueblo tiene lo que se merece. Fue más o menos cuando el apogeo de la emigración andaluza a Cataluña, y aquel insulto quedó sin réplica, por supuesto, pero tal vez latía aún en el subconsciente de González cuando un delegado de su Gobierno, el pobre Tomás Azorín, dejó caer en una comida con periodistas que ese Gobierno se disponía a encarcelar a Jordi Pujol por sus manguis en Banca Catalana, imprudencia que, como era de esperar, le costó el puesto al delegata y ni que decir tiene que contribuyó decisivamente a la marcha atrás que indultó al “Molt Honorable”. Luego Pujol ha venido otras veces por Andalucía –incluso con doña Ferrusola– como cuando en el 96 visitó Lepe y dijo que tanto ese laborioso pueblo como Cartaya o El Egido constituían la respuesta positiva de España y Andalucía al reto del desarrollo y de la creación. Pujol paseó entonces por las calles de aquel pueblo señero y dejó tan deslumbrado al entonces alcalde, Pepe Oria, que éste declaró a los cuatro vientos que los empresarios leperos habían quedado con la boca abierta ante tan “gran altura política y humana”, y que forzoso resultaba reconocer que Pujol era “uno de los personajes más importantes de la vida política española”. Por mi parte, confieso que nunca conseguí librarme de la imagen de Pujol que mi amigo Albert Boadella y “Els Jotglars” dieron de él en su parodia sobre el “Ubú rey” de Alfred Jarry, en la que Ramón Fonseré encarnaba –literalmente– a un “Excels” calcado hasta en sus últimos guiños y morisquetas.

Bien, ya no hay margen siquiera para la duda: Pujol en persona ha confesado y solicitado perdón por las trapacerías que, a su sombra, ha perpetrado su sagrada Familia durante un “régimen” que ha durado veinte años y durante el que no ha habido institución regional que se haya librado de que la empresa jardinera de doña Marta le facturara un jardín. No sé qué habrá sido de Pepe Oria –es lo que ocurre en política cuando se encumbra a cualquiera– pero, conociendo la retranca de los leperos, dudo que estos días haya salido a la calle ni para comprar el periódico. ¡Ay, que catetos somos! Pujol se venía a Lepe como quien se baja al Moro y aquí lo agasajaban a porfía. Recelo que aún hoy día, con un pie en el banquillo, conserve algún fans tan entusiasta como aquel alcalde de Lepe.

Vuelve Fahrenheit

La Junta de Andalucía ha decidido prohibir a los chicos de la pública y de la concertada que compren libros de lectura, es decir, que no sean de los de texto incluidos en el cheque-libro. Dice que la medida persigue evitar diferencia de oportunidades entre los alumnos sin recursos y sus “compis” acomodados, lo cual supone admitir que sólo los alumnos de la enseñanza privada –a la que la inmensa mayoría de nuestros altos dirigentes encomienda sus hijos– tendrían acceso en el futuro a la cultura más amplia que, aunque es más que posible que estos barandas lo ignoren, la lectura proporciona.
Otro caso de clasismo al revés: la Junta socialcomunista acaba de reservar para los estudiantes ricos el privilegio de la lectura.

Cara y cruz

Los islamistas que andan asolando Irak han logrado ahora echar a los cristianos de Mossul tras ofrecerles la posibilidad de continuar su vida, en la que ha sido su patria desde hace dos mil años, a cambio de un tributo confiscatorio. Todo indica que la estrategia de esos intolerantes está combinando las acciones terroristas con políticas que buscan la erradicación definitiva de una de las minorías históricas de la región, proyecto, evidentemente, más hábil y hacedero que el del exterminio directo. Desde orientes muy diversos llegan protestas contra la lenidad de las críticas occidentales, conformes todas ellas en la naturaleza horrorosa de esos ataques e inquietas, por supuesto, al menos en términos teóricos ante el avance y la consolidación de una amenaza que se propone ya alterar a punta de bayoneta el mapa de unas civilizaciones viejas. Es la cruz de una moneda en cuya cara destaca estos días la decisión del Vaticano de restituir su buen nombre, medio siglo después, a la disputada versión de “El Evangelio según san Mateo” con que Pasolini desató la tremenda trifulca a mediado de los años 60 tras triunfar con su dura y conmovedora versión en la Mostra veneciana, una versión que ahora, a la sombra del papa Francisco, las voces más autorizadas del entorno pontificio presentan como una “obra maestra” y acaso como “la mejor película jamás filmada sobre la figura de Jesús de Nazaret”. La filmoteca vaticana va incluso a digitalizar la película que, a estas alturas, presentaba ya no pocos defectos.

No faltan las voces, sin embargo, que cuestionan la relativa pasividad del influente Papado ante conflictos como el comentado al principio, voces que traducen ese “signo de la misericordia de Francisco” como un “símbolo de la Iglesia pobre para los pobres” o, simplemente, como la de mi amigo Gabriel Albiac al decir que el asombro por el genocidio no lo produce tanto las matanzas mismas como “la pulcra indiferencia” con que la “cristiana Europa” asiste al macabro espectáculo. Rescatar a Pasolini de las inquisiciones está muy bien, pero mejor estaría, qué duda cabe, algún gesto decisivo frente a la barbarie y en defensa de la grey. ¿Que todo se andará al paso de Francisco? Es posible, pero hay faenas que no admiten espera. También Hamas ha proscrito a los cristianos en Gaza, como otros en Egipto o Pakistán. No tengo duda de que Pasolini estaría hoy atento a esta tragedia.

La luz del tunel

Hace no pocos años –el tiempo no corre, vuela–, el entonces presidente Chaves, que recién acaba de desembarcar a regañadientes en Andalucía desde el ministerio de Trabajo, cortó desabridamente una pregunta que le hicimos sobre el paro de entonces con un mayúsculo desdén por la EPA que, según él (¡un ministro de Trabajo!), no reflejaba la realidad laboral ni quien tal lo pensó. Entonces aún no habíamos caído en la sima actual, por supuesto, pero ya la dichosa EPA andaba indicándonos a media distancia la posibilidad de una galerna en el mercado de trabajo por más que los responsables se empecinaran en negar esa perspectiva. Lo mismo que en aquel momento se minimizaba la amenaza negándole al aumento del desempleo su evidente gravedad, ahora esos (i)rreponsables se aferran al comentario escéptico, empeñados como andan en negarle al Gobierno no sólo el pan y la sal sino hasta la evidencia de una mejoría a estas alturas indudable. Ahí tienen los datos de ayer mismo –310.400 parados menos en el segundo trimestre , un 5’2 por ciento de subida, y 402.400 puestos de trabajo creados, ahí es nada–, sin duda el mejor dato de los últimos seis ejercicios que, sin embargo, no han logrado acallar los socorridos comentarios sobre los tópicos corrientes entre quienes no se han enterado o no quieren enterarse, uno, de que la tendencia ha cambiado de signo, y dos, de que tras la crisis nada o bien poco volverá a ser como era. Queda por corregir mucho de lo que, un poco entre todos, hemos averiado en ese mercado y fuera de él, pero insisto en que la oposición sistemática haría bien en sustituir por otras más novedosas la vieja muletilla del desastre.

Lo realmente patriótico, es decir, lo positivo, sería instilar en la opinión pública la idea desdichadamente irrefutable, de que la crisis no va a comportar sólo unos males de coyuntura, sino que, con toda probabilidad, ha dispuesto al otro lado del túnel un panorama del todo distinto al que creíamos indestructible. Pero lo que no se ha destruido es la, lógica del mercado, en virtud de la cual ahora toca crecer y recuperarse, cierto que no sabemos bien ni cómo ni cuándo. Harían bien, en todo caso, en cambiar de falseta esos para quienes la mejora de la situación dramática contradice sus predicciones y, lo que es peor, sus deseos. España no va bien, cierto, pero sí que va menos mal. Otros hubieran dicho que negarlo sería antipatriótico. Sin la menor jactancia, algunos nos conformamos con mostrar la EPA.

Pulgas en los Juzgados

Nuestra Administración de Justicia, por más moños que se pongan la Junta y el TSJA, no debe de andar nada bien –aparte de lo que ya sabemos los usuarios—en vista de la presencia en sus oficinas de plagas de pulgas y ratones. No queda tan lejos, pues, la pregunta que Burgos convirtió en un título exitoso –“Andalucía ¿tercer mundo?”—no pocos años antes de que estas preguntas pudieren plantearse siquiera en libertad. Pero lo de las pulgas pasa de la raya. No se puede decir, ciertamente, que la transferencia de las competencias de Justicia desde el Gobierno a la Junta autónoma, haya aportado algo más que estos inconcebibles incidentes de la crónica negra.

Llevar las cuentas

Aislado en la montaña asturiana, sin cobertura bajo el lento orballo que empapa la tierra poco a poco, la vaca inmóvil junto al hórreo y el cendal gravitando sobre la solana cubierta de castaños, compruebo en el periódico regional que me estoy ahorrando veinte grados centígrados y el aluvión de titulares sobre la corrupción que no cesa, la infamia del avión civil abatido y hasta la noticia no poco estupefaciente de que el Tribunal de Cuentas la ha dado un toque al Museo del Prado instándole a que prosiga la búsqueda de las 885 obras inventariadas que no aparecen por ninguna parte. ¿Qué cómo se pueden extraviar 885 obras de uno de los museos más importantes del mundo? Pues supongo que a base de incuria y paciencia, siempre entre depósitos y préstamos, despistes y olvidos, y ya de paso –a la vista está—, contando con la vista gorda de los organismos controladores que comprenden lo difícil que debe resultar a estas alturas averiguar qué pasó con las incautaciones de Mendizábal, el desastre del fuego o la ignominia de las guerras. El caso es que el Prado no sabe/ no contesta dónde puede encontrarse hoy por hoy ese museo perdido que el Tribunal exige, sin embargo, que no se elimine de los inventarios por simple sospecha sino cuando su destrucción haya sido acreditada, por más que el tiempo transcurrido no permita atribuir responsabilidad alguna a los actuales gestores ya que no existe siquiera un informe periódico sobre la situación y el estado de las colecciones. Es verdad que ya en tiempos de don Antonio Ponz resultaba patente la diáspora de buena parte de nuestro tesoro artístico pero al menos a nosotros no nos han robado la Gioconda como se la robaron al Louvre ni nos han apuñalado a la Venus del Espejo como se la apuñalaron a la National Gallery.

Ganas le dan a uno de empadronarse aquí y quitar la clavija, quedarse atento sólo al rumbo de las nubes y al misterio de los trisqueles celtas bajo los que pasa la vieja vaquera pastoreando con la alta vara el ganado para mudarlo de prado, toda la lentitud del mundo condensada en un presente tenso al que el gavilán corona altísimo como un circunflejo y en el que el mugido lejano rompe apenas la paz idílica que consagra la fluencia del río, encajonado allá abajo en la garganta, entre las lajas relucientes. El gavilán dibuja de nuevo su parábola, allá arriba, describiendo amplias curvas, como burlándose de nuestra impotencia.