Subir la mira

Al confirmar la tesis de la juez Alaya sin regatearle elogios, la Audiencia Provincial de Sevilla ha elevado el punto de mira de la escopeta nacional que apunta desconcertada, entre otros tantos, al caso de los ERE y las prejubilaciones falsas. Porque la imputación de Magdalena Álvarez, a diferencia de lo que ocurrió con la de sus colegas consejeros, no hace ya de barrera para los de arriba, sino que apunta sin complejos a la cúpula de la Junta. Que era lo lógico desde el primer momento. Si no lo hubiera sido, los propios Presidentes se habrían apresurado a echar a patadas a los medianos y más chicos.

Las primas

Como si no tuviéramos problemas bastantes, dentro y fuera de nuestra piel de toro, los españoles andan enzarzados estos días en una ardua discusión: ¿son legítimas o no lo son las “primas”, es decir, los estímulos económicos que, más allá del marco reglamentario de una competición, unos contendientes ofrecen a otros para que, encarnizadamente si preciso fuera, acosen a sus rivales directos despejándoles el camino? No se discute, menos mal, que “primar” a un equipo por dejarse vencer es una acción punible desde cualquier punto de vista, pero sí que se porfía, y mucho, sobre la licitud de esas “primas” cuando sólo exigen la victoria. No sabemos, por ejemplo, si el Real Madrid habrá primado al Levante para que con su sobreesfuerzo le quite de delante al Atlético, como ignoramos si el propio Madrid primará al Málaga para que detenga al líder actual o si el Barcelona hará lo propio con los equipos que aún deben competir con sus rivales, pero va siendo ya doctrina común que esos estímulos “positivos” no constituyen ninguna trampa sino una acción legítima. La corrupción no es una tromba súbita que se abate sobre una sociedad sino un chirimiri que empapa poco a poco el cuerpo social hasta dejarlo bizcochable, y en un país en el que apenas hay ya institución a resguardo de esa llovizna, lo raro sería que un negocio tan explosivo como el fútbol resultara una excepción a la regla.

¿Quién estaría en condiciones de pedirle cuentas a esos tramposos en un momento en que aquí no queda casi nadie libre de sospecha, por no decir que consta la corrupción desde las más altas instituciones del Poder hasta las cercanas y casi familiares concejalías de nuestra vida local? Otra cosa sería debatir si es posible mantener las manos limpias cuando el deporte se convierte en negocio, en un negocio que tiene, como otro cualquiera, su cuenta de resultados y, ni que decir tiene, que también su “Caja B” junto a la transparente. Cierto que la idea misma de la “recompensa” corrompe la competición porque permite a los competidores ricos lo que los otros no podrían permitirse, pero ¿quién ha dicho que esos competidores hayan de ser cumplidos caballeros? En todo caso, el país tiene tema largo para discutir, es decir, para distraerse mientras aguardamos esperanzados a que la próxima EPA se muestre benigna. Nada como un debate empíreo para olvidarnos de nuestras cuitas. De Franco a Píndaro eso lo han tenido claro todas les generaciones.

Belmonte

Quizá el futuro candidato del PP a las autonómicas, Juan Manuel Moreno, debería mejorar su estrategia, hasta hoy consistente casi en exigir a la actual Presidenta que compita con él en un debate público. ¿Y por qué iba a darle esa oportunidad esa futura candidata que en aquella tendría acaso mucho que perder y poco o nada que ganar? Nadie en la política se pita penalti a sí mismo y menos si cabe quien acaba de llegar al poder “por accidente” y no parece, desde luego, que sea una minerva del foro. Díaz tiene a su favor la inercia de un “régimen” mientras que Moreno sigue siendo desconocido en esta plaza. Que trabaje, como trabajó Arenas hasta ganar siquiera pírricamente unas elecciones. Antes no espere que desde enfrente le eche una mano quien lo que querría es morderle la suya.

Citas arcaicas

No parece que el 1º de Mayo haya sido lo que se dice un éxito para los sindicatos convocantes. En un país como el nuestro, atrapado entre la insuficiencia liberal y la descomposición de la izquierda, los sindicatos han perdido prácticamente el prestigio heredado de la lucha frente a la Dictadura, por no hablar de la situación clamorosa en que los ha sumido el desvelamiento de las corrupciones, que tal vez no haya hecho más que empezar. ¡El 1º de Mayo! En la aurora del movimiento obrero, cuando el concepto de “proletariado” hervía amenazante, los obreros de Madrid –contaba Anselmo Lorenzo—peregrinaban en familia a la Casa de Campo con sus parvos condumios para simbolizar en esa jornada de ocio la lucha latente, pero luego, durante los 40 años de franquismo, lo que se celebraba eran los festivales gimnásticos inspirados en la réplica que Pio XII dio a la jornada de lucha, es decir, el día de san José Obrero, mientras los últimos mohicanos de la resistencia vivaqueban en pequeños grupos bajo estricta vigilancia policial. Hoy esa fiesta es poco más que pantomima y discursos vacíos que caen como una lluvia fina sobre una masa residual de empleados propios e inasequibles al desaliento, por la sencilla razón de que el proletariado no es ya una clase cerrada, como la entenderían Marx o Dahrendorf, sino un magma social aún por fraguar tras los efectos disuasorios de la crisis. Claro que entre Lorenzo (o entre Camacho y Redondo) y estos burócratas bienpagados hay una diferencia consistente en que ni sus propias huestes creen en ellos. El aviso de Gorz en los años 60 –o el sindicalismo se reinventa o se hunde—resuena hoy como una profecía autocumplida.

Lo asombroso es que en un país con cinco millones de parados se mantenga aún en pie esa estructura crujiente de la que se espera al menos una explicación del agio. Y en consecuencia, es normal, que el 1º de Mayo haya dejado de ser una efemérides señera para convertirse en una miniluturgia como la que conmemora el día siguiente, el 2 de Mayo, una demostración que no demuestra nada en el marco de una sociedad civil en la que los llamados “agentes sociales” han roto en meros montajes exactores. El sindicalismo de clase, escándalos aparte, no funciona porque la estructura social ha cambiado con el mercado de trabajo mientras él degenera anquilosado. La crisis ha matado varios pájaros de un solo tiro, pero el que ha derribado el prestigio sindical se lo han disparado ellos solos.

El camino del barro

La réplica de la presidenta Díaz al portavoz del PP tras recordarle éste que ella misma firmó un dudoso convenio para beneficiar a la UGT y sacarle a colación el empleo de su marido en los cursos de formación, ha sido ésa: “En el camino del barro no me va a encontrar”. Una determinación razonable, en principio, pero que ni se compadece con la brutalidad crítica de sus portavoces, ni liquida la cuestión. Díaz debe aclarar cuanto pueda en este escandalazo, incluidos los extremos que le atañan personal o familiarmente. Si no lo hace seguirá siendo cómplice de la corrupción que es el barrizal en que el “régimen” ha colocado a la política.

Padres e hijos

Ya veremos el resultado que da en la práctica la nueva ley de protección a la infancia que, entre otras cosas, remueve la olla podrida de las adopciones con objeto de reducir la estancia de los menores en sedes de instituciones públicas. Lo que sí conocíamos ya era la red de montajes con que actualmente ha de vérselas la familia que pretenda adoptar a un niño, y conste que no doy detalles por no meterme en líos y fandangos. Desde ahora, según parece, va a ser más fácil constituirse en familia de adopción, aunque me temo que una burocracia será sustituida por otra –de la que desde ahora, tengo entendido, que se excluirá al juez–, así como sospecho que las coimas no acabarán por desaparecer del todo. Un gran tema, el de la adopción, que trae a la imaginación el caso del cuclillo tal como lo presentan estos días los sabios tanto en la revista “Popular Science” como en esa biblia del lego en que se ha convertido “Nature”, una vez averiguado que el endoso de la prole propia a otra familia lo consigue el famoso cuco, no sólo destruyendo la camada de los nidos reacios, sino dotando a sus crías de la facultad de segregar una sustancia repelente que, de paso que protege a los intrusos, protege a los adoptantes. Nada parece ser limpio y sin trampa en estas estrategias sociales concebidas para proteger a los hijos de padres dudosos, ni en la Madre Naturaleza ni en los despachos, mientras el proceso de adopción resulta un calvario para los padres adoptantes.

Ni que decir tiene que se entiende sin reservas la intervención de los poderes públicos para garantizar el buen fin de estos ajustes forzados de la población infantil abandonada a su destino, pero no tanto el laberinto administrativo y judicial en que se ven metidos de hoz y coz esos padres generosos. La trascendencia social de esos desvelos no ha sido reconocida aún pero no cabe duda de que el auge de las adopciones apunta a un delicado progreso de la conciencia pública, a veces –como en los supuestos de adopciones de niños enfermos y necesitados de un cuido especialísimo—realmente heroico. Sólo el prodigio que supone la integración inmediata y radical del niño adoptado a un medio por completo ajeno al suyo de procedencia, constituye el mejor alegato antirracista al poner de manifiesto la unidad esencial de la especie, cuestionada desde siempre en los estratos profundos de la mentalidad etnocéntrica.