Sabios tramposos

No es la primera vez que llamo la atención desde este mirador sobre lo que Federico Di Trocchio ha llamado “Las mentiras de la Ciencia”, entre las que él incluye las que van desde Ptolomeo a Theilhard pasando por Newton o Einstein. Es muy mala la competencia entre sabios –vean el fenomenal el caso del falso descubridor del virus del Sida, Robert Gallo, que llegó a convertirse en una cuestión de Estado entre Francia y USA—que, sometidos al sistema competencial de los famosos “papers”, se dedican a producir bibliografía a toda pastilla en las revistas de culto, en muchas ocasiones faltando paladinamente a las más elementales normas de le ética. Lo último en esta materia es el curiosísimo estudio realizado al alimón por la Universidad de Washington y la Facultad de Medicina Albert Einstein de Nueva York, demostrativo de que el fraude en los artículos científicos publicados en esos púlpitos de la fama se ha multiplicado por diez desde 1975 acá. Fíjense: sólo en los cuatro primeros meses 2011 ha habido que retirar nada menos que dos mil artículos de biomedicina y ciencias de la vida, y desde Proceding of the National Academy of Science se sostiene que las retractaciones a que se han visto obligadas las publicaciones por fraude o sospecha de fraude alcanzan la cifra de 43’4 por ciento de las publicadas, y las retiradas por plagio casi un 10 por ciento, especificando que, dada la complejidad de las materias, lo más probable es que quede por ahí mucha mercancía tramposa colada de matute. La famosa revista “Science”, de la que tanto nos fiamos, ha debido retractarse en lo que va de 2012 de setenta artículos, y el PNSA citado ha debido hacer lo propio con casi 70 publicaciones trucadas. El sistema de los famosos “papers” no es de fiar, evidentemente, tanto como que nosotros, los de infantería, estamos indefensos ante la malicia sapiencial.

Lo malo es que vivimos un progreso científico acelerado que permite a los filibusteros emboscarse entre la multitud de la comunidad científica con sólo colársela a un editor importante que, por supuesto, al ritmo que llevamos, no es posible que lo controle todo por más que se esfuercen sus consultores. Y lo peor es que el descubrimiento de estos camelos confundan tanto al investigador leal como a una legión esperanzada de ciudadanos que esperan que el milagro científico –el de cada uno—llegue a tiempo para ellos. Los sabios también se corrompen por un plato de lentejas.

El fuego purificador

La noticia de que el disco duro del “caso Faisán” ha sido robado limpiamente del despacho que el fiscal que lo lleva posee en la Audiencia Nacional no constituye novedad alguna. En tiempos de Juan Guerra unos ficheros sensibles de cierta consejería andaluza ardieron sin que jamás se supiera quién fue el incendiario, de la misma manera que cuando Chaves se querelló contra los periodistas de El Mundo, una grabación poco menos que determinante desapareció como por encanto de otro despacho judicial. Cuando el despotado de Gil en Marbella, un “rollo”, como diría el fiscal-consejero de Justicia, De Llera, se traspapeló y no aparecería hasta después de mucho tiempo, encaramado en un armario de difícil acceso. El Poder, cuando se ha visto en apuros, ha recurrido siempre al secreto y si éste se ve amenazado a la sustracción o destrucción de pruebas, aunque haya que convenir que operaciones como las mencionadas sólo pueden ser perpetradas por personal con acceso a las sedes judiciales, a saber, las propias policías o los trabajadores de esa maltratada Administración que, ciertamente, carece de medios elementales para la protección y custodia de tan grave documentación. Claro está que éste es un privilegio reservado a los poderosos a cuya sombra se acogen confiados esos delincuentes. Nunca se ha desvelado ninguna de estas tropelías, claro está, pero la repetición de estos asaltos dejan en evidencia la fragilidad de una Justicia frente al poder efectivo de la política. Porque seguro que no conocerán ustedes, como no conozco yo, ningún caso de prueba destruida en un proceso pobre. Son precisamente los que tienen la responsabilidad del buen orden de la república quienes recurren a estos procedimientos. La Justicia va siendo cada vez más un cachondeo, como dijo el alcalde de Jerez y fue absuelto por los Altos Tribunales.

Uno de los extremos que están dilucidándose en la instrucción del “caso ERE” es precisamente si es cierto que en la propia consejería y en presencia du su titular se procedió a destruir documentación comprometedora por medio de personal de confianza. O sea, que el recurso no falla cuando el agua alcanza el cuello, y me consta el enfado severo de algunos magistrados que saben perfectamente lo poco a que ellos pueden hacer para evitar estos desmanes. Siento repetirme pero soy incapaz de no echar manos en comentarios como éste de una vieja sentencia pronuncia por Jules Renard: “La Justicia es gratuita. Menos mal que no es obligatoria”.

Esta vez, no

No podrá decir la Junta en su día, como dice y repite sin ser cierto en el “caso ERE”, que fue ella la primera en denunciar lo que parece otro saqueo: el de Invercaria. Dicen que, si se demuestra, actuará, pero mientras tanto no mueve un dedo, ni se dirige al fiscal o al juez, sino que deja correr las cosas hasta ver dónde llega la pesquisa ajena, y ello a pesar de las graves circunstancias y hechos que ya se conocen. Llevan razón quienes, por eso mismo, le dicen, como el PP, que, o acuden ya a la Justicia, o serán abiertamente cómplices de este nuevo disparate. ¡Y luego no quieren que la opinión pública hable de cleptocracia y connivencias entre el Poder y/o los mangantes! No denunciar a Invercaria sugiere, si es que no supone, en efecto, una postura indefendible por parte de una Junta que no sabe ya a donde enviar sus bomberos para sobrevivir.

Maestro y huérfano

En el funeral celebrado en memoria de Luis Gómez Llorente, allá por la madrileña Dehesa de la Villa, mucha gente y muy diversa reflejaba en el rostro el dolor por la pérdida y el desconcierto ante el hueco que deja entre nosotros, y no sólo en la llamada “Generación del 56, quien ha sido, a pesar de los pesares, una de landes referencias morales de la socialdemocracia española, muy pronto laminada por el aparatismo del PSOE. Había un hueco en medio de la iglesia, en todo caso, y era el de la dirigencia del PSOE que resaltaba la propia presencia de viejos socialistas y hasta algún ucedeo que no han olvidado la entereza de su moral y la consecuencia con que siempre actuó en la vida política. Los partidos, los de izquierda en este caso, no quieren, por lo general, a militantes y menos a dirigentes que mantengan intacta su esqueleto moral y su musculatura utópica, ni siquiera en casos como el de Luis cuyo “gradualismo” ha sido invocado en no pocas ocasiones, desde el respeto más absoluto, por quienes lo conocieron a fondo. Hace muchos años me llamó un día para conocer la causa por la que yo había renunciado a hacer la recensión de su “Historia del Socialismo” que a mi vehemencia juvenil le resultaba algo superficial, y no recuerdo mayor tacto y señorío que el que empleó para discutir conmigo mis razones y las suyas. Al final de conversación me regaló un todo del entonces famoso tratado de Cole que él sabía que yo había extraviado, muy probablemente a costa de la integridad de su propia edición. Llorente era un hombre bueno y un gran sabedor al que desde el primer instante de la democracia vimos como se le quedaba estrecho el corpiño pragmático de un partido que, ya de salida, evidenciaba como única estrategia el posibilismo electoralista. Y Luis, que era un espíritu abierto pero íntegro mantuvo el tipo sin descomponerse, parapetado tras el humo de su pipa y señero en la gravedad empática de propio continente.

López Pina ha recordado hace bien poco en su ensayo sobre aquella Generación, su conciencia de huérfano de todo liderazgo ideológico y su lamento ante la oquedad de esta izquierda, lo mismo el poder que en la oposición, el planto por el fracaso de la utopía y su sustitución por los posibilismos, que son muchos. Yo lo recuerdo siempre vivo, un punto taciturno, dispuesto a cualquier cosa menos a renunciar a sus principios. No había ningún gerifalte de hogaño en sus exequias. Era, me parece, lo más normal.

Morales

Veo al frustrado asesino Juan Manuel Morales sonriendo indiferente tras su detención y es como si lo viera en su leonera, abismado en la Red (o en las Redes). ¿Cuántos Morales andarán por ahí cavilando sobre la maldad, decididos a vengarse para redimir su fracaso? Hay quien opina que Morales no es sino el producto de la familia desestructurada y que esa sonrisa mefistofélica acusa a los padres de la criatura. También quien piensa que ese insuperable grado de desintegración apunta al fracaso de una sociedad enferma o a los inevitables efectos indeseados del desarrollo, pero no es fácil explicar tan fría agresividad, tanta inconsciencia, fuera de la inestabilidad psíquica. No digo que ese monstruo esté loco, pero sí que, sea cual fuere la causa de su disforia radical, su actitud procede de una sociedad competitiva que ofrece a los jóvenes, sobre todo, un modelo de individualismo narcisista al servicio del cual hemos puesto un arma tan peligrosa como el anonimato funcionando en un ámbito globalizado, en cuyo marco la información, buena o perversa, es gratuita y viaja a la velocidad de la luz. Hay que reconocer a Internet, por ejemplo, su fabulosa capacidad didáctica, así como a las llamadas “redes sociales” su interés movilizador de la sociedad civil, pero sin dejar de ver en su oferta universal un arriesgado experimento que ha dado de sí, junto a progresos históricos, un gravísimo apoyo a eso que en sociología se denomina la conducta desviada. Morales no es más que una víctima de esta convivencia desbocada que no habría más remedio que aislar, en el único lugar donde podría abismarse en su fantasía sin riesgo para los demás: el nosocomio.

Un joven fracasado y solipsista que lee con fruición “Mein Kampf”, toma como referencia a dos asesinos en masa y vive sonámbulo en el ciberespacio, es un caso demasiado complejo para imputárselo a una sola causa. Lo que urge es ponerlo a buen recaudo. Resulta excesiva esa sonrisa insensata, su lucidez y el rigor de su desafío, en los que no queda otra opción que ver la sombra de la insania. Pero me parece que lo decisivo, yo diría que urgente, es revisar este modelo de convivencia que exige a los jóvenes mucho más de lo que es capaz de protegerlos. Morales no es la obra de un solo factor, sino la consecuencia de una constelación de errores y riesgos. Urge controlar discretamente la leonera de esta juventud a la que se exige tanto y recibe demasiado.

Haz lo que digo…

Haz lo que yo digo no lo que yo hago. Ese refrán antiguo encaja como el guante a la mano para más de uno, pero resulta excesivamente cínico tratándose de unos sindicatos radicales que en los últimos tiempos se han convertido en el bien pagado paraguas del Poder. Ahí tienen a UGT y CCOO enzarzados violentamente con el CSIF, como en los viejos tiempos, y a la primera, a UGT, predicando en la calle contra los despidos de trabajadores ajenos que provocan los “recortes” del Gobierno, pero aplicando mientras tanto dentro de casa la inevitable tijera que, como es lógico, no ha de afectar a los de arriba. Puede que esta crisis acabe siendo la tumba de ese sindicalismo burocrático que se parece ya bien poco al originario.