Elegir el juez

Varios altos cargos de la Junta han recurrido la recusación del PP del juez que antes fue alto cargo de la Junta. Normal. Ellos dirán que o todos o ninguno, y en consecuencia, que si Chaves y Griñán van a gozar de ese privilegio que supone ser sentenciado por un antiguo subordinado,  a ver por qué ellos no van a participar de la misma bicoca. Nunca un juez fue tan ansiado por sus justiciables y, ya digo, era de esperar, por mucho que a alguna defensa le resulte “descabellada” la idea que se opone a que un escandalazo como el saqueo de los ERE termine en manos de “un agradecido correligionario político amigo de los acusados” (sic). ¡Lo que hay que oír! Lo que aquí se juega no son los intereses de éstos sino el prestigio de la propia Justicia.

Política y gobierno

Política y gobierno son cosas bien diferentes. Miren a Andalucía: verán una frenética actividad partidista, pero los resultados de la autonomía son manifiestamente cortos. Ejemplos: miles de ciudadanos andaluces han fallecido antes de que la Junta fuera capaz de darles la ayuda a que tenían derecho con la ley de Dependencia en la mano; la Junta no ve más solución al disparate del impuesto sucesorio que devolverle la competencia al Estado (¡) a cambio de 500 millones en mano; las ayudas para evitar el llamado “combustible vegetal” no funcionan hace un lustro y el dinero europeo destinado a crear empleo femenino se filtra del canasto. ¿Lo ven? Demasiada política y poco gobierno. Eso del “interés general” es una almendra vacía.

La incógnita andaluza

Se avecina un tiempo inquietante para Andalucía, aparte de las inquietudes españolas. Un “régimen” que pronto habrá estado en el Poder casi tanto tiempo como Franco se debate internamente y pretende, al mismo tiempo, saltar a Madrid mientras su adversario conservador anticipa por aclamación el triunfo que por los pelos se le escapó a Arenas. ¡Pintar como querer! El tiempo dirá si el globo susanita resiste las presiones o si, saltando a Madrid, el PSOE perderá el pan y el perro. Y si el liderato de Juanma Moreno es capaz de romper el círculo vicioso. Andalucía, eso sí, ahí está: a la cola de España y de Europa, paciente en su grandeza, condenada a mantener su condición de “segundo plato”. En el tiempo que viene se juega hasta lo que no tiene.

Anatomía de la conspiración

Elijo ese título de una de las obras de Tierno Galván para introducir al ambiente que rodeó al personaje. Aún recuerdo sus vehementes instrucciones a los miembros del seminario que impartía generosamente en su domicilio –calle de Ferraz, casi esquina a la de Lisboa— para que no entráramos en grupo sino separados, además de evitar por todos los medios el Bar Bakuko, instalado en su planta baja y regentado, según él, por un miembro de “la Social”. Don Enrique era un hombre autoritario en el fondo y siempre cortés, que vivía con su esposa –doña Encarnita—y soportaba los ladridos incómodos de un gozque faldero al que, con su implacable ironía, recuerdo que llamaba “Toynbee”… En su despacho nos juntábamos –el agua y el aceite, en más de un  caso—,Mario Gaviria, Agustín Maravall, Juan Antonio Matesanz, Ángel de Lucas, Amando de Miguel y yo mismo, para asistir a una suerte de ejercicio mayéutico sobre el concepto de “dialéctica”, aunque él siempre iniciara la sesión –como me recuerda Amando— con aquel amable “¿De qué quieren ustedes que les hable hoy?” que tan bien lo retrataba.

Tierno era un sabio incisivo cuya obra trasluce un saber enciclopédico, y cuya abducción por el PSOE probó el anacronismo de una socialdemocracia no poco pequeño-burguesa que el tiempo no admitía ya. Se equivocó a veces –como en su “Costa, prefacista”, luego triturado por Alfonso Ortí, o su idea de la literatura picaresca aplastada por el estudio de Maravall—, pero escribió libros deliciosos como “Desde la trivialización al espectáculo” o el que da título a esta breve reseña, por no hablar de mi preferido, que es el centrado en la figura de Baboeuf. “¿Cuál es su posición religiosa, don Enrique?”, le preguntábamos. Y don Enrique, que ya había publicado “Yo no soy ateo” y “Qué es ser agnóstico?”,  contestaba, velando su mirada tras el cristal miópìco: “Pues mire usted, joven, yo me considero prudentemente agnóstico…”.

Él nos descubrió raros recovecos de la Ilustración ofreciéndonos la lectura de La Mettrie o la del barón D’Holbach, nos descubrió un impensable perfil de Diderot y nos hablaba con respeto de Gracián, sin dejar de provocarnos con un aparente relativismo – –“¿Está o no está aquí esta mesa, don Enrique?”. –“Hombre, como hipótesis de trabajo…, pues sí…”— que buscaba incentivar nuestra imaginación. Nunca he olvidado los ladridos de “Toynbee ni cómo, al salir, mirábamos de reojo al bar de abajo, quizá despreocupados, pero por si acaso.

Tiempo elástico

La presidenta Díaz ha confirmado lo que todo el mundo sabía que acabaría por confirmar: que a lo que ella aspira no es a gobernar esta taifa autonómica sino saltar a Madrid, como está mandado. Todos los líderes andaluces se fueron, en cuanto les fue posible, a Madrid: González y Guerra, Julio Anguita, Arenas, Hernández Mancha. La autonomía no ha sido desde un principio más que más que el trampolín para saltar al Poder central cuando no el refugio para “arrecoger” a los descolgados del Foro como Chaves o Griñán. Y ello explica su secundaria entidad política y, tal vez, los resultados obtenidos: si no es lo más importante ni para quien la preside… Díaz no es la primera ni será la última en dejar el barco en manos del grumete.

Juez ¿Y parte?

Que la sentencia del “caso ERE” quede en manos de un alto cargo de la máxima confianza de los dos Presidentes imputados no debería ser siquiera discutido. No se puede ser juez y parte, y juez y parte caben pocas dudas que es el magistrado que, durante años, estuvo en el primer nivel político mandando y cobrando gracias a la confianza de esos Presidentes. El PP dice que reprobará a un juzgador tan llamativamente impropio y el PSOE que reprobarlo es una “aberración”, pero la inmensa mayoría de los ciudadanos no entenderían –de perpetrarse— ese extravagante abuso. Claro que el juez no es el único responsable en este casinillo con puerta giratoria que está demostrando hace mucho que la Justicia dista de ser independiente respecto del poder político.