La mala educación

Una concejala de Bonares, pueblo de Huelva, que se llama Mar Infantes Barroso, se ha expresado en el Muro de su Facebook de la siguiente manera: “Hijos de puta los cabrones que han votado al PP… Vuelvo a repetir “Hijos de puta los cabrones que votaron al PP”. Lo dice porque, al parecer, le acaban de cortar la ayuda de 420 euros y ya no es, además, como fue en tiempos, asesora del ahora imputado en el caso ERE, Juan Márquez, “asesora de la Delegación de Empleo, vaya por Dios. Pero vean con qué clase de “ganao” nos la jugamos en esta política corrompida que ha convertido el servicio público en un simple negocio. Alguien –y no esperen que sea su partido—debería sancionar como merece semejante ultraje, no a los votantes del PP, sino a la libertad democrática.

Un viejo truco

El éxito lamentable de las anticívicas demostraciones del diputado Gordillo está dando lugar a la proliferación de críticas que estiman urgente la penalización de los asaltos y ocupaciones, pero también a una oleada de autoinculpaciones que pretenden obstruir si no paralizar la acción de la Justicia. Eso de autoinculparse para complicar el procedimiento es pura reproducción de un recurso extremo que, sobre todo en relación con los forcejeos en torno al aborto, tuvo su momento al final de la dictadura, pero que, en definitiva, no es más que un brindis al sol toda vez que, en el ámbito del derecho penal, la confesión no hace prueba plena, es decir, que nada significa que unos pocos se declaren voluntariamente autores de éstas o aquellas fechorías para amparar al verdadero malhechor. Lo que sí cabe pensar es que, al ser diputado el cabecilla de esos asaltos u ocupaciones, las autoinculpaciones no hacen sino agravar la responsabilidad de aquel a quien pretenden proteger, sin lograr nunca, en cambio, modificar la acción de la Justicia. Asaltar un súper constituye, obviamente, un desorden injustificable, seguramente un delito, a salvo el supuesto de “hurto famélico”, que implica descartar el empleo de la fuerza, del mismo modo que ocupar un banco o una finca resulta tan injustificable bajo cualquier pretexto que no cabe en un Estado de Derecho de cuya pródiga nómina vive ese diputado desde hace decenios.

Que en España hay necesidad, que incluso está demostrado que se den en este aciago momento casos de hambre, no lo ha descubierto ningún diputado ni simpatizante alguno, sino ciertas organizaciones caritativas que vienen tapándole ese agujero a un Poder político tan despilfarrador. Cáritas, por poner un solo ejemplo, combate el hambre posible a su costa, sin necesidad de recurrir al bandolerismo que un régimen como el que simboliza el puño cerrado del bien pagado Gordillo jamás le hubiera permitido. ¿O es que creen esos partidarios de la “acción directa” que en la URSS si se les ocurre remediar por cuenta propia el hambre ajena robando alimentos por las bravas u ocupando una institución no les cae encima la del tigre? Más seguro me parece que quien sí se saldría con la suya en esos regímenes serían los autoinculpados que, con toda seguridad, serían sancionados con la severidad que reclama su desafío. Es cómodo vivir (y cobrar) en un Estado de Derecho sin dejar de aparentar la imagen narcisista del revolucionario.

Ella y la otra

Pretende el abogado que defiende a Isabel Pantoja que se le dé a su clienta el mismo trato –es decir, que no se la impute—que un juez balear ha dado, según él, a la infanta Cristina, y argumenta su derecho invocando la “analogía”. Bueno, en derecho penal no caben analogías, creo yo, salvo las establecidas por la jurisprudencia, pero, al margen de tecnicismos, lo que no tiene sentido es este tipo de comparaciones que, de aceptarse como válidas, dejaría vacíos los Juzgados. Un gesto demagógico que, sin duda, aceptará mucha gente y contribuirá lo suyo a la mediatización del caso, pero que es, a todas luces, un clavo ardiendo al que se ha agarra el letrado. Pantoja debe ser juzgada con equidad, ni más ni menos que cualquiera de los otros que han intervenido en el asombroso saqueo padecido por el Ayuntamiento de Marbella.

Visión del fanático

El presidente de Irán Mahmud Ahmadinejad, antiguo terrorista según parece, se ha empeñado en encabezar, desde su particular Edad Media, el ránking del fanatismo mundial. La primera y más tremenda declaración que hizo ese personaje consistió en adelantar su deseo y quizá su propósito de “borrar a Israel del mapa”, un supuesto nada imaginario si tenemos en cuenta que, ante la relativa pasividad de Occidente, Irán dispone ya de misiles de largo alcance y parece muy probable que está bien cerca de disponer de armas atómicas. Esta vez ha sido en Nueva York, con motivo de su participación en la Asamblea de la Asamblea ONU, donde Ahmadinejad ha expuesto su fanatismo moralista al afirmar que “la homosexualidad es asunto de los capitalistas” y que, en resumen, constituye una conducta aborrecible que ha sido condenada “por todos los profetas, todas las religiones y todas las creencias” y que ahora está siendo promocionada por los partidos políticos con la única intención de ganar votos entre los colectivos gays. En Irán, no son infrecuentes las ejecuciones de homosexuales a los que se cuelga en público de una grúa, de la misma manera que se liquida por lapidación a los adúlteros o se castiga el robo con la amputación de un miembro, simplemente porque aquel régimen sedicentemente teocrático no es en realidad más que un montaje medieval que garantiza, con la ignorancia generalizada, la hegemonía de los fanáticos. Hay por ahí algunos (demasiados) escrupulosos que defienden la autonomía plena de los regímenes fanáticos en nombre de una discutible libertad multicultural que permitiría a cada cual violar el código civilizado de los derechos humanos argumentando que toda concepción cultural debe ser respetada por todos incluso cuando sus prácticas impliquen acciones que resulten repugnantes al civilizado menos sensible. Yo he oído a un premio Nobel defender la infibulación y la ablación de las niñas en nombre de esa autonomía cultural. El fanatismo no es original ni privativo de los fanáticos subdesarrollados.

Cierto que el fanatismo no carece de defensores incluso entre gentes civilizadas. Flaubert escribió alguna vez, no poco ambiguamente, que el hombre no puede hacer nada sin mediar el fanatismo, y el propio Voltaire aconsejaba una postura intermedia entre la actitud del fanático y la del discreto cuando dijo que “il faut être prudent mais no pas timide”. Con abogados así no hay reo que peligre.

La bronca universitaria

Si el viernes pasado fue en la inauguración del curso de la Universidad de Cádiz donde Griñán hubo de soportar una estruendosa pitada y la protesta simbólica durante toda la ceremonia, ayer fue en la de Granada donde los estudiantes –evidentemente más organizados que espontáneos—ocuparon el Rectorado del que debieron huir espantados el Rector y los nuevos doctores, a pesar del compromiso, negociado por el Rector con los estudiantes, de que éstos “permitirían” el acto, que hubo de celebrarse a puerta cerrada en los pisos superiores del edificio. Los estudiantes, apoyados por sindicatos y parte del profesorado, protestaban contra los “recortes” presupuestarios y la presunta “privatización” de la Universidad. Se vivieron momentos de grave tensión en los que no faltaron las agresiones físicas y la policía hubo de intervenir para abrir paso al propio Rector mientras algunos grupos insultaban a la prensa. La Junta debe aceptar que donde las dan las toman, pero hay que decir, porque es obvio, que un movimiento semejante no se organiza sin algún respaldo fuerte.

Un tesoro escondido

Las cuerdas de deportados rusos a Siberia, esa imagen desoladora de las paradas para reponerse con un vaso de agua caliente y deshacerse de los moribundos o los cadáveres, puede que hayan tenido que pasar sin percatarse muy cerca de uno de los mayores tesoros del mundo: el gran yacimiento del cráter de Popigaï, un lugar hasta ahora olvidado en medio de ninguna parte, obra de un gigantesco asteroide que allí se estrelló hace 35 millones de años. Los efectos de estas catastrófes nos remiten, por lo general, a la desolación del paisaje y a la extinción de la vida en su entorno, pero en este caso resulta que el efecto del accidente –al convertir las ondas de impacto el grafito del suelo herido en un emporio de minúsculos diamantes– fue la creación de la mayor reserva mundial de ese alótropo del carbono que en todo el mundo simboliza la fortuna. Se trata de una inmensa mina de diamantes industriales cuyas reservas se calculan provisionalmente en millones de veces las hasta ahora conocidas y cuya explotación inicial, que afecta solamente al 0’3 del total ha producido ya miles de millones de quilates, un tesoro inimaginable que se cree que podría revolucionar , no ya el mercado del género, que por supuesto caerá en picado, sino el actual equilibrio del progreso industrial que no cesa. La URSS mantuvo en secreto este hallazgo que sólo desde 2009 ha sido revelado con cuentagotas y que, si para el viejo régimen supuso, sin duda, una reserva estratégica, para el nuevo ha de suponer un negocio descomunal y acaso una alteración de las relaciones industriales de todo el planeta. El famoso cráter siberiano, que tanta literatura ha acarreado, guardaba como oro en paño en el mayor secreto, esa reserva de diamantes hipersólidos que dicen que podría acabar provocando otra revolución industrial.

 

Cuesta pensar en esa agresión espacial, tan manoseada por los alarmistas, sobre todo una vez que se olvida el caos inicial y el paisaje se serena reinventándose en un fulgurante panorama que, olvidado del grafito originario, se revela como un mosaico azul, gris y amarillo en cien kilómetros a la redonda. La Madre Naturaleza es una tómbola caprichosa sobre todo a la hora de asignar tesoros y el hombre, un mono loco cuya suerte y su desgracia le llega por sorpresa de lo alto cuando no la descubre bajo sus propios pies.