Norte y sur

Un reputado economista citado por el Financial Times, el profesor Christian Schulz, ha rematado la tarta de la insólita inversión de los papeles jugados por los países europeos –crece España, se estancan Francia e Italia, decrece Alemania—, señalando en esa anomalía insólita, no tanto los caprichos de la realidad, como la inextricable razón de esta inversión de roles. Es una de las más expresivas reacciones a la noticia confirmada de que el Norte –para qué vamos a engañarnos, la Europa en que piensa el cerebro europeo desde, pongamos, Erasmo hasta los padres de Roma—haya perdido la iniciativa, siquiera temporalmente, mientras toma el relevo un país hasta antier descartado como España. Dice, en efecto, ese sabio que la causa del extraño no es otra que el efecto negativo provocado por la crisis ucraniana –siempre hay un clavo al que agarrase, ¿no?—y prevé que Alemania tendrá forzosamente que retomar la batuta entre los primeros países “aunque para ello deba competir con España”, ese convidado de piedra que, por una vez, echa abajo el apócrifo atribuido a Dumas de que África comienza en los Pirineos. Pues bien, crecemos, crece España y se contrae Alemania por vez primera desde hace dos años, mientras los otros grandes países nos contemplan perplejos desde su estancamiento. Entristece pensar que este motivo de ánimo para la nación haya caído como una mota incómoda en el ojo de la oposición. Así de desleal puede llegar a ser la democracia incluso manteniendo las formas.

Buen varapalo para el economicismo rutinario ése que compite con la sociología, como avisara Durkheim, en demostrar obviedades empíricamente. Por mi parte he recurrido al viejo ensayo de Pierre Vilar, “Crecimiento y desarrollo”, que me regalara un día Gonzalo Anes, para encontrar sin esfuerzo su tesis de que resulta imprescindible para el observador cierta sensibilidad para calcular el efecto tiempo en la historia económica, sobre todo a la hora de percibir y valorar la desigualdad de los desarrollos sin perder de vista –ojo– sus influencias recíprocas. ¿Cuánto puede durar esta inversión de papeles, será capaz la perceptiva europea de contemplar sin perder los nervios este mapa colgado del revés? No lo sé, naturalmente, pero sería deseable que la aceptación y el reconocimiento se produjeran aquí dentro, en España, antes que por ahí fuera. No existe un determinismo que sobreordene el Sur al Norte. Al menos disponemos de un trimestre para soñar este milagro.

Temible defensor

Me temo que ya debe de haberse dicho casi todo sobre el pronunciamiento del presunto experto en menores don Javier Urra. Arcadi Espada, en un texto fulminante, ha invocado hasta la intervención de la fiscalía supongo que movido por el argumento, que comparto, de que la incitación al suicidio es un delito y, en consecuencia, que “aconsejar” a ciertos delincuentes sexuales o a quien sea semejante salida como único remedio a su trágica maldad, como ha hecho Urra, debería ser motivo de sanción. Urra es de esos profesionales que se consideran expertos porque salen en la tele y salen en la tele porque dicen que son expertos, pero a la vista está que sus tres o cuatro neuronas no dan para más que para seguir en el espectáculo –yo diría que, a ser posible, en horario para adultos en todo caso– porque un sujeto que se confiesa convencido de que la inducción al suicidio es un buen remedio según qué casos, es, evidentemente, un peligro público. Sí, ya sé que los menoreros o a los violadores casi no merecen defensa, que una probable inmensas mayoría los precipitaría gustosa por el acantilado, pero no me entra en la cabeza que un supuesto “responsable” no comprenda que el exterminio nunca es solución. ¡De manera que estamos luchando por la abolición de la pena de muerte y tenemos que escuchar a un “experto” sugerir al reo que se dé matarile él solo y nos ahorre el verdugo!, algo que viniendo de quien fue “defensor” institucional de nuestros menores resulta, simplemente, aterrador.

Urra, además, no tiene redaños para proponer, en plan bestia, el suplicio de esa peligrosa escoria que, como psicólogo o así debería pensar que lo que necesita son camisas de fuerza y química a todo trapo, pero en ningún caso invitarlos, desde un senequismo de pacotilla, a cometer un acto que ha figurado como delito en más de una legislación, y la inducción al cual, hay que repetirlo, sea cual fuere su motivación, delito sigue siendo en la nuestra. Pero insisto lo más inquietante del caso es recordar que este sujeto ha sido el encargado de “defender” –con sueldo, por descontado– a nuestra santa infancia, sólo Dios sabe con qué resultados. Hombre, la idea de que muerto el perro se acabó la rabia resulta siempre ansiolítica, pero cuando el perro tiene condición humana y derecho ciudadano, ese adagio no cabe ni por asomo. ¿Llamará el fiscal a Urra o se hará el loco? Pues que se ande con cuidado porque ése es capaz de prescribirle el harakiri en cuanto se descuide.

Perder el norte

Se dice y repite que la Izquierda –así, sin más matices—ha criticado con modos más que impropios la repatriación del pobre padre Pajares, el abnegado misionero que murió contagiado del mal de Ébola. ¿Cómo enviar un avión a recogerlo con cargo a todos los españoles, por qué no dejar su suerte y vocación a ese mártir, que sería lo suyo, ha llegado a proponer algún descerebrado, en línea con el tonto del bote de Llamazares, ese fracasado en su propio partido, que en Twitter se ha entretenido en lanzar pullas semejantes? Especialmente graves han sido los comentarios aparecidos el “Público”, igualmente partidarios de inhibir al Estado de operaciones de salvación como ésta aunque no, ciertamente, de algunas otras que en el pasado se han hecho –y mucho más penumbrosas—para recuperar a voluntarios de ONGs o marineros secuestrados por los piratas hodiernos. Bien, ¿y quién le ha dado a unos y a otros la patente de la Izquierda, por qué el radicalismo de unos cuantos ha de englobar a la totalidad de los partidarios de esa visión del mundo hoy, qué duda cabe, de lo más borrosa y desnortada? Como reacción a ésas broncas hemos debido leer –en este mismo periódico—reacciones maniqueas empeñadas en contraponer el ejemplo de las misiones religiosas al trabajo de las ONGs civiles, como si la una y las otras no tuvieran cada una su razón de ser y su inapreciable mérito, y como si sus ámbitos de acción no resultaran, en fin de cuentas, complementarios, o como si entre “solidaridad” y “caridad” hubiera una competición en la que se jugaran legitimidades y derechos.

No es la Izquierda la que protesta por una acción tan noble como incuestionable, es el radicalismo, esa enfermedad intermitente de ambos extremos que reaparece cuando prosperan las crisis ideológicas de fondo, cuando quiebran las certidumbres y no se sabe a dónde se dirige cada cual, esa enfermedad no poco infantil, según el propio Lenin, y que hoy hace estragos en una dialéctica política superada de lejos por la realidad. Oponerse al rescate de un heroico enfermo que lo ha dado todo por los demás denota idiotez pero también maldad por parte de un “izquierdismo” aventurero que vive al día de ocurrencias más que de ideas. Y eso no es la Izquierda sino un sector desconcertado que, llegado el caso, asume mansueto la congelación de pensiones y lo que haga falta. La Izquierda “era” otra cosa. Hoy ni esos extremistas sabrían decir en qué consiste.

Alma mater

La Universidad española está en crisis. Lo dicen los profesores más serios, lo ratifican los alumnos defraudados y, aunque tal vez no se hayan enterado los sucesivos ministros del ramo, lo sabe hasta el bedel. Nos lo detallaba aquí Berta González de Vega, analizando los diversos informes extranjeros que establecen los ránkings de los centros de enseñanza superior, con la triste conclusión de que ninguna universidad española figura entre las cien primeras, unas cuantas aparecen bajo el listón del 200 y, por supuesto, no hay más que una andaluza, la de Granada, asomándose entre el 300 y el 400. ¿Puede extrañar que tanto profesor haya optado por la jubilación anticipada en cuanto se les ha enseñado el pico de la muleta económica? No me lo parece a mí, como no me lo parece el hecho reconocido de que nuestros próceres políticos, tan progresistas y amigos de lo público, hayan llevado a su prole a colegios privados, entre oligárquicos y aristocráticos. Nada nuevo, por descontado: echen una mirada a las orlas de El Pilar madrileño y verán de qué curiosa manera ha funcionado siempre el mecanismo de formación de la clase dominante. Chaves mismo tiene declarado que su práctica ruina, tras tantos años en la cúspide, se debe al gasto que le ha ocasionado la educación de sus dos hijos, pero al hijo del ex-consejero de Hacienda, Ángel Ojeda, le han atizado nada menos que 106.541 euros para sufragar los gastos provocados por su educación en las Universidades de Columbia, Hong Kong y Nueva York, a pesar del presunto pelotazo –50 millones de euros, parece—que papá habría perpetrado en la Junta defraudando el dinero destinado a los parados. ¡Estos sociatas! Recuerden a Romanones: “No temo al socialismo, porque entre lo poquito que yo tengo y lo que me toque en el reparto, voy aviado”.

Esta nación nuestra no va a levantar cabeza en tanto no se apueste por reformar la enseñanza de abajo a arriba, eliminando de paso la carga que históricamente ha supuesto esa suerte de pernada que es la endogamia y su sistema de cooptación, y recuperando la imprescindible cultura del esfuerzo sin la cual no hay aprendizaje que valga. A Berta le pilla muy lejos aquello de don Antonio Cánovas, su célebre “es español quien no puede ser otra cosa”, y por eso se indigna tanto todavía frente al enchufismo o la mediocridad (discente y docente). A los ancianos de la tribu, en cambio, nos suena a cuento viejo, como, si Dios no lo remedia, le sonará a ella también andando el tiempo.

Hijos a la carta

Gran polémica de nuevo en torno a eso que se llama inseminación heteróloga, para entendernos, a la reproducción asistida. Las iglesias –y no sólo la católica, sino también las reformadas—discuten si la donación de gametos fuera del matrimonio es o no es de recibo, cosa que se discute desde el Levítico y que ha producido mucha doctrina en los últimos pontificados. Poca gente se opone a la libertad de los esposos estériles a recurrir a la técnica y, consecuentemente, también al concurso de un tercero, una experiencia hoy extendida incluso a las parejas homosexuales, pero la unanimidad se quiebra cuando lo que se plantea es si ese derecho incluye la elección de los caracteres del hijo encargado, o sea, el color de la piel o de los ojos, pongamos por caso, lo que, en última instancia, implica la elección del donante. Esta vez el debate ha surgido en Italia con motivo de la ley reguladora que prepara el Gobierno, y en él se han multiplicado las voces que exigen que esas peticiones se hagan a ciegas ya que lo contrario podría producir actitudes racistas. Uno tiene la sensación de que este proceso no hay ya quien lo pare pero también de que las resistencias más o menos fundamentalistas –un cura gallego llegó a negarle el bautismo a una niña nacida por inseminación artificial—han de presentar todavía mucha batalla en línea con la idea vaticana de que ese tipo de reproducción constituye “un adulterio de probeta”, aserto suave comparado con otros provenientes de otras “iglesias”.

Pero ¿debe una pareja exponerse, por poner el caso que ahora se discute más en el país citado, a recibir un hijo de raza diferente? ¿Y es o no es racismo exigir que el hijo encargado sea de una raza determinada lo que, entre otras cosas, supondría violar el anonimato del donante? Los defensores más arriscados del proyecto italiano insisten en el argumento del déficit demográfico, del hecho incontrovertible de que los países desarrollados están viendo reducirse sus poblaciones, pero en lo que vacila el criterio es, precisamente, en el hecho de que la aceptación a ciegas incluya la diferencia racial del hijo respecto a la de los padres para evitar la cual sería forzoso romper el velo del anonimato, así como en la evidencia de que de la donación de un mismo individuo podría derivarse una vasta parentela desconocida. Le reproducción asistida incumbe por eso no sólo a la moral sino también a la ética de una Humanidad desbordada por el progreso tecnológico

El hombre blanco

El hombre blanco esclavizó primero a África, luego la colonizó (es decir, expolió) durante siglos y, finalmente, le dejó abandonada en manos de las oligarquías locales, tantas veces más feroces y avaras que él mismo. Es una historia oscura que Conrad iluminó en las páginas tremendas de “El corazón de la tiniebla”, una historia, además, falseada, en la que, entre otras cosas, se nos adoctrinó con el argumento de que las misiones religiosas habían actuado como avanzadillas de la colonización, preparando el terreno al hombre del salacot, una idea que sigue funcionando en el imaginario del radicalismo indígena. La realidad, sin embargo, es otra, rara vez conocida y, en cualquier caso, mucho menos publicitada que las ONG solidarias, profesionalizadas o no, que cumplen también, sin duda, un papel decisivo en aquellos infiernos. Poca gente sabe los números reales, menos imagina –ahora que el perfil beatífico del padre Pajares campea en las portadas—que España tiene destacados en ese mundo mísero nada menos que 25.000 misioneros, la mayoría en Hispanoamérica, unos 2.500 en África, 1.500 en el Extremo Oriente, unos 50 en las islas olvidadas de las mismísimas antípodas: casi 800 leproserías, unos 5.500 hospitales, más de 8.000 orfanatos, 15.000 dispensarios. Y un dato escalofriante e ignorado: en el último siglo sufrieron el martirio unos 3.000 misioneros. No hay datos sobre los que dieron su vida como el padre Pajares o sus monjas.

Con ocasión de un homenaje organizado por “Protagonistas” de Luis del Olmo a las monjas supervivientes de una de las matanzas africanas recientes, pudimos oírlas relatar los detalles de una sangría atroz –de la que nuestros medios apenas habían avanzado un panorama de conjunto—con la serenidad de quien relata su quehacer cotidiano y hasta con un sorprendente desdén de su heroísmo, y me parece estar viendo los ojos de Tip, enramados por una emoción con la que no pudo, por una vez, su genial distanciamiento surrealista. Es probable que no haya hazaña más íntima y secreta que ésta de los misioneros, como lo es que tampoco, probablemente, la haya menos valorada. El hombre blanco no siempre va en esos mundos de depredador sino que –en compañía hoy de sus hermanos negros—ejerce calladamente en ellos de cocinero, de maestro o de médico y, llegado el caso, de víctima seguramente ignorada. No era verdad lo que nos contaron de las misiones. Como de tantas otras cosas, nos hemos enterado demasiado tarde.