El odio anónimo

No cesa la discusión sobre las llamadas “redes sociales” tras el asesinato de la presidenta de la Diputación leonesa. Parece como si de pronto se nos hubiera abierto una perspectiva impredecible hasta ahora –¡qué bien hubiera venido en su día una lectura sosegada de “La sociedad-red” de Manuel Castell!—y hubiéramos atisbado en ella un peligro fatal. La verdad es que, ya en los primeros momentos, hubo reacciones, anónimas y miserables, en las que se daba rienda suelta al odio y se extremaban las posturas antisistemas hasta el punto de brindar por el crimen y elogiarlo como benéfico, y la Guardia Civil ha detenido a un joven valenciano que no sólo celebró en Twitter el asesinato sino que animó, así en general, a liquidar a los políticos con un AK-47. Los juristas, claro, ahí andan, enredados cuerdamente en la cuestión de si ese peligro intrínseco que presentan las redes justifica su control y hasta su represión llegado el caso, o hemos de seguir sacrificando a ciegas ante el altar insaciable de la libertad de expresión. ¿Es un delito el odio? No, no lo es, naturalmente, pero pocas dudas pueden caber sobre que sí lo es la incitación a un odio destructivo que incluye el delito o la misma apología de éste, hoy más fácil que nunca por la impunidad que ofrece al anonimato. Me inquieta este recelo ante ese gran fenómeno social –del que mantengo alejado, en todo caso—pero temo también que la alarma irreflexiva contribuya a extender un clima represivo ya ensayado en otras dictaduras. Como el pasquín anónimo en Roma o el libelo en la modernidad, las redes están peligrosamente abiertas a un riesgo que estimo, sin embargo, inevitable. Que vislumbremos o no una solución equilibradora no es un problema que afecte a la comunicación moderna sino a nuestro proverbial retraso tras las novedades.

¡Matar políticos con un AK-47 o celebrar un asesinato alevoso! El disparate es tal que descubre la íntegra responsabilidad del alevoso ante la que la sociedad tiene que defenderse, cierto, pero sin confundir las cosas: el cuchillo tiene sus peligros, qué duda cabe, pero también un uso esencial que aquellos no pueden anular. Lo demás –las teorías situacionales, el discurso sobre la culpa del Sistema— no debe descarriar nuestro sentido de la realidad y de la justicia. Lo de León es un crimen, pasional si se quiere, lo repetiré, y nada más. Su reflejo en el espejo cóncavo de la conciencia anónima es un caso particular aún sin respuesta razonable.

La recta final

Imagino que para alivio de la Junta, tranquilidad de los imputados y sosiego del fiscal-consejero de Justicia y sus compañeros de cuerpo, el aviso de la juez Alaya de que está ya en “la recta final” de su procelosa instrucción habrá caído como agua de mayo. ¿Para qué querría la juez seguir con la liturgia procesal si los imputados han hecho piña dispuestos a acogerse a su derecho al silencio? Entiendo que en cualquier país en que se apreciara la Justicia, un trabajo como esta pesquisa sobre el saqueo perpetrado en la Junta merecería un elogio si no una medalla. Aquí la instructora habrá de contentarse con un gran suspiro de alivio. Que no es poco.

El oficio de vivir

Mi más viejo lector-amigo, el doctor P.G.P., me envía una inquietante invitación a que reflexione aquí en público sobre lo que él llama “suicidio ampliado”, es decir, el que ejecuta un hombre (hay que suponer que) en su sano juicio sobre sí mismo y sobre su pareja. Lo ha movido una de tantas noticias sobre ese anciano que decide liquidar a su compañera, enferma de cáncer terminal, y a continuación se quita él mismo la vida, un caso frecuente que pienso como él que no debe incluirse entre los atribuidos a la violencia machista. ¿Qué nos ocurre, Doc, acaso es que cumplimos más años de los quisiéramos, tal vez que hay experiencias tan duras que fuerzan a reinar en estas “soluciones” extremadas? Siempre recuerdo el final de André Gorz (“Michel Bosquet”) con su compañera –con los que hablé dos veces justo en mayo del 68– o el famoso de Arthur Koestler, igualmente acordado por la pareja, decidida partidaria de la eutanasia. Y no me refiero al de Althusser estrangulando a su mujer –y a ver quién dice que no fuera por piedad–, sino al mancomunado y sereno elegido de común acuerdo. Habría que repensar (aunque alguna vez se ha hecho ya) por qué tantos “razonantes” se suicidan, aunque un amigo parisino decía siempre que la gran razón de estas catástrofes (desde Safo a la Woolf, desde Deleuze a Primo Levi, desde un medieval como Mishima a un vitalista atormentado como J.A. Goitisolo…) no es otra que el “metus insuperabilis” ante la inevitabilidad del fin, ese absurdo ontológico. Un compañero de facultad, seguidor de Durkheim, demostró que el suicidio concernía más a semi y analfabetos integrales que a gente cultivada, y sin embargo… La leyenda griega recuerda a Anaxágoras, a Demócrito y a Cleontes dejándose morir de inanición; la romana a Séneca en la escena senatorial del último baño asistido de su médico. La de mi generación, la respuesta de Sartre: “¿La muerte? ¡Ah, la muerte! No pienso en ella”.

Pura cuestión de conciencia, ésta del suicidio “ampliado”, difícil y aristada, sólo clara para quien vive en la “eutimia” perfecta, entrañable sólo cuando el amor rige las voluntades desvinculadas libremente de toda necesidad. Los Koestler sentados en sus butacas, mano sobre mano, son conmovedores; no Empédocles lanzándose como un Dios al volcán. ¿Qué quiere que le diga, Doc? Que no creo en los atajos, por ejemplo. Pavese lo sabe y escribe a la amada: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Cerrados o abiertos, qué más da.

Caso extremo

¿Dónde está el personal de la Fundación Andaluza de Formación y Empleo, la famosa FAFFE, qué consejerías se reparten y acogen a sus contratados, qué hacen éstos entre tanto teniendo en cuenta que tienen prohibida por los tribunales ejercer trabajos propios de los funcionarios, a pesar de lo cual han sido encargados incluso de revisar los expedientes de los ERE? ¿Qué hace la Junta manteniendo esas costosas sedes cerradas, por qué retrasa durante años las auditorías pertinentes, qué fue de los millones cuya desaparición denunció la propia Cámara de Cuentas? El PSOE protege a su clientela electoral y nos pasa la factura a los ciudadanos. Entrar con diligencia en ese jardín sería para él como pegarse un tiro en el pie.

Madres armadas

La novedad en el Congreso que la National Rifel Association estadounidense, la temible NRA de Charlton Heston, acaba de celebrar en Indianápolis ha sido un enorme cartel colgado sobre la fachada en el que aparecía una mujer armada, presumiblemente una decidida madre de familia si hemos de creer en el lema que ostentaba: “I’am an NRA mom”, eso es, “yo soy una mamá de la NRA”. Según los datos del propio Congreso uno de cada cuatro asistentes a él era una mujer, dato que confirma la leyenda de que la mujer yanqui ha sucumbido también a la tentación de las armas de fuego en un país donde según algunas fuentes oficiales se registran tres muertos y siete heridos de bala ¡cada hora!, casi noventa al día según otras versiones, incluyendo medio millar de niños y adolescentes. Revive, por lo visto, la polvorienta imagen de la madre coraje defendiendo rifle en ristra el rancho y la prole, sólo que ahora no aparece ya aislada y a merced de indios y bandidos en la soledad de los campos, sino instalada a todos los efectos en un medio urbano en el que, al menos en teoría, no debería caber ya el argumento de la ausencia de autoridad ni la excusa de que el miedo guarda la viña. Ha fracasado de plano la iniciativa del presidente Obama de endurecer las condiciones para la tenencia de armas –un derecho constitucional, no se olvide— que siguió como reacción a la matanza de Newtown, aunque haya que subrayar que, después de esa infausta fecha, se produjeran alrededor de cuatro mil homicidios, una cifra nada extraña si se considera que la muerte por arma de fuego supera en aquel país a cualquier otra causa de fallecimiento. Desde el New York Times se cifraba hace poco tiempo en 250 millones de armas las que en EEUU andan en manos de civiles. No es difícil entender que una industria tan poderosa tenga capacidad incluso para frustrar una iniciativa presidencial.

La incorporación de la mujer al consumo de armas se está produciendo incluso ante la evidencia estadística del alto riesgo que corre la hembra armada, y viene a completar el dislate que supone la propuesta –promovida por los “lobbies” de la NRA y apoyada por el sector más radical del “Tea Party”, por supuesto—de que se levante la prohibición de las armas de fuego en las escuelas y se permita en ella la presencia de vigilantes armados. De momento, el número de permisos concedidos en Indiana a mujeres se ha doblado en dos años. Nunca un arsenal tan enorme garantizó tanto el fracaso de la seguridad colectiva.

Sobre los himnos

Antes de cantar a todo pulmón el himno del Arrebato, los hinchas sevillistas desplazados a Turín habían tarareado ya una y otra vez la Marsellesa a la espera del partido. Es una moda que, en los últimos años, avanza desde Francia –donde, en fin de cuentas, tiene algún sentido—y que en nuestro caso cuenta con la ventaja que le proporciona un paisanaje cuyo himno no tiene letra y por eso mismo se conforma con las músicas propias y ajenas. Y menos mal, porque, bien pensado, los himnos, casi sin excepción, tienen un lado oscuro por el que sangra con mayor o menor fuerza el Espíritu hegeliano como, sin ir más lejos, la propia Marsellesa que estos días tiene sublevado a más de uno allende los Pirineos desde que la ministra de Justicia, Christine Taubira, se negara a abrir la boca en cierto acto oficial y, lo que es casi peor, desde que el actor Lambert Wilson, maestro de ceremonia en el Festival de Cannes, se descolgara con unas declaraciones poniendo a caldo el himno de Rouget de Lisle cuya letra dice, el hombre, que hay que cambiarla de una vez por todas, habida cuenta de su anacronismo. ¿Cómo mantener en un himno que a todos representa versos como esos que piden “qu’un sang impure/ abreuve nos sillons”, esto es, que una sangre impura riegue nuestros surcos? Según Wilson, esas palabras son “espantosas, sanguinarias, de otro tiempo, racistas y xenófobas” por más que la música le parezca “fantástica”. Y ciertamente, lleva razón en ambas cosas.

Los himnos pertenecen a la épica y la épica raramente deja de ser extremada. Si pertenecieran a la lírica –como intentaran sin éxito Pemán y Marquina entre otros—no hablarían de sangres vertidas o novios de la muerte sino de otras humanidades más delicadas y, por supuesto, menos agresivas. Menos mal, en ese sentido, que la hinchada sevillista no sabía lo que había bajo sus tarareos imitativos y que luego, a la hora de la victoria, el coro se adhiriera definitivamente a la ingenua letra de ese Arrebato al que, por lo visto, lo bautizó como tal su propia abuela hartas de sus trastadas. Por más que ni siquiera éste himno entusiasta se libre de las postrimerías al incluir en su promesa de fidelidad la palabra “muerte”. Claro que las letras están para olvidarlas al tiempo que se cantan dado que el himno es esencialmente ritmo y melodía. Por una vez, los españoles llevamos ventaja en ese punto a todos los patrioteros que recitan sin pensarlo tantos versos desaforados.