Consejera por libre

Imagino que, a pesar de todo, Griñán estará bufando cada vez que su socio en el co –gobierno, IU, deja escuchar su voz inactual y peligrosa. La de la consejera de Fomento y Vivienda, Elena Cortés, por ejemplo, a la que le ha tocado el puesto en la rifa de Valderas y se cree que está en una agrupación y no en un Gobierno. Una gorgona, una ménade,créanme, esa política improvisada que justifica y defiende el vandalismo de los del SAT y dice, textualmente, que “robar 200 euros en comida no es robar”, sin saber que, si media violencia –y sobra—, sí que lo es. De todas maneras, ¿a quién se le ocurre dejar un Presupuesto en manos de esa osada ignara? Griñán debe de estar mucho peor de lo que deja entrever con estos trágalas que Valderas le impone. Lo que no sé es si su paciencia tendrá un límite o está dispuesto a que el barco se hunda antes de hundirse él más todavía.

Otros muros

Todo el mundo recuerda el Muro de Berlín que tanta literatura ha producido desde que, en plena Guerra Fría, Kennedy, para rematar un memorable discurso, le lanzó su misil dialéctico en cuatro palabras: “Ich bin ein Berliner”, yo también soy un berlinés. Hay muchos muros, no crean, aunque la desinformación los oculte. En Padua levantaron uno hace pocos años para segregar o hacer un gueto que separara a los nativos italianos de la población inmigrante. En Cisjordania Israel levantó uno que ha resistido todas las protestas y conseguido no pocas defensas, algunas muy cualificadas. Lo mismo que el que los americanos han levantado en su frontera para evitar el coladero inmigrante mexicano dotándolo de todo elemento disuasorio. Otro es la famosa “línea verde” que separa en dos mitades del territorio chipriota de Nicosia dejando los turcos al norte y los indígenas al sur. Nosotros mismos tenemos en Ceuta uno que acumula ya su negra crónica de enfrentamientos y en Melilla otro que también tiene ya su triste historial. Decenas de Muros se han interpuesto en Belfast –le llaman la “línea de paz”– para separar a los católicos de los protestantes. Las dos Corea están aisladas por una tierra de nadie de cuatro kilómetros de ancho por doscientos cincuenta de largo. Marruecos ha aislado a los saharauis con seis paredes de dos mil setecientos kilómetros con alambre de espino y minas antipersonas. En Brasil se aíslan con muros las favelas para que el turismo no alcance a ver la miseria. Entre Kuwait e Irak levantaron los americanos en su día una barrera electrificada, la Arabia Saudí ha erguido otra de novecientos kilómetros frente a Irak, Perú separa en Lima a barrios pobres y ricos con un cerco, Egipto otro para aislar la franja de Gaza, Uzbekistán está cercado íntegramente por alambradas y minas, y lo mismo ha hecho Bostwana frente a Zimbabwe, e India frente a Pakistán.

El “apartheid” físico, tan antiguo como la Muralla China o el Muro de Adriano, no estaba sólo en el Berlín en el que los soviéticos trataban de evitar la seducción de la libertad sino un poco por todas partes, allí donde una rivalidad o un enfrentamiento separe a los pueblos. La reacción más dura reclamaba en pleno franquismo cercar el País Vasco aunque hayan sido los aberchales los que han levantado esa pesadilla sabiniana. Caín y Abel son algo más que una metáfora, no de un incidente aislado sino de toda la historia humana.

Consejera por libre

Imagino que, a pesar de todo, Griñán estará bufando cada vez que su socio en el co –gobierno, IU, deja escuchar su voz inactual y peligrosa. La de la consejera de Fomento y Vivienda, Elena Cortés, por ejemplo, a la que le ha tocado el puesto en la rifa de Valderas y se cree que está en una agrupación y no en un Gobierno. Una gorgona, una ménade, créanme, esa política improvisada que justifica y defiende el vandalismo de los del SAT y dice, textualmente, que “robar 200 euros en comida no es robar”, sin saber que, si media violencia –y sobra—, sí que lo es. De todas maneras, ¿a quién se le ocurre dejar un Presupuesto en manos de esa osada ignara? Griñán debe de estar mucho peor de lo que deja entrever con estos trágalas que Valderas le impone. Lo que no sé es si su paciencia tendrá un límite o está dispuesto a que el barco se hunda antes de hundirse él más todavía.

No enmendalla

Un periodista de talento como es Ignacio Camacho solía desanimarme cuando, pobre de mí, protestaba por las insuficiencias del “medio” donde entonces trabajábamos, con una ocurrencia no poco realista: “¡Sí, hombre, a ver si tú te crees que esto es el New York Times!”. Y no lo era, ciertamente, pero, miren por dónde, al cabo de los años y siendo yo lector diario de ese referente mundial de la prensa escrita, vengo a comprobar nuestra vieja convicción paremiológica de que en todas partes cuecen habas. ¡Hasta en el NYT!, que el otro día publicaba una extensa des-información sobre las “ocupaciones” de Gordillo y Cañamero, en concreto la de la finca Moratalla –ocho hectáreas de jardín de Le Forestier conservadas con primor y que emplea a diez trabajadores, y una estancia palaciega reconvertida en hotel exclusivo — rodeado todo ello por estériles barranqueras. Contempla el NYT a España, y en especial a Andalucía, como en un daguerrotipo novecentista, y a nosotros posando como figurantes ante la cámara de Bertolucci para recrear otro inverosímil siglo XIX, con Salvochea, el “Cristo anarquista”, encarnado en Gordillo, y Anselmo Lorenzo disfrazado de Cañamero. ¿Lo ven? Nada más indeleble que el tópico ni más indestructible que el mito, y ya de paso reparen en que no hay mayor enemigo de la ética periodística que la pulsión demagógica, razón que explica cómo un periódico venerado se deja embaucar por el chafarrinón de esa “marcha okupa” que en su país tendrá que vérselas con la Guardia Nacional. Y encima va y no publica las justificadísimas réplicas de sus detractados propietarios, reos irredimibles por ser aristócratas. Por supuesto que seguiré leyendo el NYT, eminente periódico, pero ya lo que en él se diga no irá a misa, al menos para mí.

Escuchar a Cañamero comparando este momento con la situación de los años 30, no tiene perdón, y creer a Gordillo sin reparar en que él mismo milita en el partido que cogobierna Andalucía es, sin duda, una mala práctica. Decir que regar un jardín de extraordinario valor es tirar el agua es una “patochada” –como diría ese ministro del Interior al que se le está yendo de las manos todo lo que intenta atrapar—, pero confundir una banda errante con un actor político legítimo y, encima, no publicar las réplicas legítimas, es un pecado de leso periodismo. Cuando vea a Ignacio Camacho le diré que, por supuesto, esto no es el NYT, pero que el NYT también tiene tomate.

“La nuestra”

Al actual director de Canal Sur le ha tacado bailar con la más fea: “ajustar” le tele pública a las exigencias de la crisis pero sin despedir a nadie en su enorme plantilla, es decir, cuadrar el círculo. El problema está en que eliminando los programas más decorosos de la parrilla, la tele de la Junta se queda en un mero instrumento del partido de que depende, y rebaja los niveles hasta cotas, realmente, impresentables. Incluso los que no dudamos de la necesidad de una TV pública, comprendemos que aquí no va quedando ya otra solución que podar a fondo las autonómicas y locales no privadas, y pactar seriamente una TVE de todos y para todos. Lo que no es posible es sostener el actual desequilibrio financiero y, encima, con una programación vergonzante.

El último tartesio

Acaba de morir en Madrid un sabio arqueólogo que sabía que su oficio no era más que un instrumento para la etnografía, es decir, un escudriñador del pasado cuyos hallazgos servían para ajustar científicamente la identidad del hombre y las circunstancias de su civilización: Juan Pedro Garrido. Juan Pedro “habitaba” en Madrid pero “vivía” en Huelva, o mejor, en la vieja Tartessos, la mítica ciudad de Argantonio, cuya máscara funeraria soñaba encontrar algún día como Schliemann topó en Micenas con la de Agamenón. Más de un paseo tengo dado con él por el territorio onubense empapándome de su convicción de la antigüedad de la ciudad –que el Dr. González de Canales ha retrasado aún más—y en su teoría de que ese milenario mitema no era una fantasía sino una realidad maltratada por los viejos aficionados, pero que él acabaría demostrando al descubrir la fabulosa necrópolis de La Joya, clave suprema, probablemente, para fundar la visión de Tartessos como ciudad pero también, y sobre todo, como una civilización orientalizante que ocuparía la península desde Levante al Algarve pasando por Sierra Morena. Pero, ay, Juan Pedro cometió el peor crimen que cometer puede un investigador: “descubrir”, que es algo que jamás te perdonará el gremio, y desde entonces habría de soportar el intenso vacío de la competencia local que, en su celo, llegó a contagiar a una Administración autonómica que ya no lo dejó levantar cabeza. Soy testigo de su entusiasta palea, incluso judicial con los legos de la Junta que, por encima de la Justicia, impidieron a Juan Pedro seguir explorando un pasado en el que queda mucho por descubrir. “¿Quién es tu enemigo? ¡El de tu oficio!”, dice nuestro adagio antiguo.

Pero Juan Pedro será recordado como el inteligente azacán que, junto a su mujer, fue descifrando el mapa olvidado de Huelva, con sus necrópolis y sus tholos, su lógica urbana primitiva y sus secretos inexcrutables, a pesar del cerco de las instituciones y de las cabronadas burocráticas, como un ejemplo supino de la soledad del sabio en este erial donde sólo prospera el cardo partidista. En Huelva, en su Ayuntamiento, tan sensible a la gloria y los afanes locales, deberían enviarle, aunque sea a título póstumo, un reconocimiento brillante a ese hombre grande y humilde que supo explicar el mito de la áurea Tartessos explicando que había descubierto el latón mucho antes de que supiéramos de la existencia del zinc.