La letrina fiscal

El Poder no ha podido nunca con la economía sumergida. Quienes trabajan de tapadillo, como es lógico, entornan con cuidado las contraventanas, aparte de que no estoy yo muy seguro de que, de verdad, el Poder quisiera ver lo que dice no ver. La decisión de la culta Europa de incluir en la contabilidad nacional los dineros procedentes de la prostitución, el narcotráfico y demás, para cuadrar más cómodamente las cuentas del déficit, constituye uno de los episodios más cínicos registrados en los anales de la crónica política, aunque sólo sea porque, de aceptar esos dineros –“pecunia non olet”, aseguró Vespasiano—el Estado está legitimando en alguna medida a la actividad ilícita o incluso delincuente. El cinismo agustiniano no pasaba de aquella comprensiva comparación de los lupanares con las letrinas, ambos imprescindibles en su ciudad real, pero esta decisión de aceptar el fruto del pecado o del delito supone dispensar a uno y a otro un trato de contribuyente que parece, o me parece a mí al menos, incompatible con su prohibición. ¿Cómo multar al puterío y a su clientela si con su dinero negro contribuye a la estabilidad y gobernación de su Estado? ¿Y cómo perseguir a unos narcos cuyos caudales se computan a la hora de cuadrar las cuentas que hemos de dar a Bruselas? No esperen, sin embargo, que esta decisión suponga empeño alguno de controlar el comercio secreto de la explotación y del crimen: lo que se ha decidido no es más que aceptar –y en números redondos y conjeturales—unas ominosas cifras que, por otra parte, no son sino partidas menores de la gran evasión fiscal que todos conocemos. El Estado no quiere saber nada de esos pintores, electricistas, fontaneros o albañiles que a quien más quien menos le han recosido el roto hogareño. Las putas y los narcos presentan menos riesgos frente a la opinión.

Ecónomos y fiscalistas han dejado claro que ni juicios ni prejuicios morales o éticos tienen que ver con la realidad contable. Los españoles, por ejemplo, seremos más ricos ahora, sobre el papel, gracias a la contribución siquiera teórica de narcos y proxenetas, lo que viene a ser un insuperable desafío a la conciencia pública y un agravio contra el recto contribuyente. Vespasiano llevaba razón como, por otra parte, hemos presumido siempre. Lo que acaso pueda sorprendernos es ver por primera vez sin ambages el verdadero rostro exactor del Estado en su mueca más ruin.

El gran circo

Algunas encuestas aparecidas estos días parece que devuelven la tranquilidad a los aprensivos atemorizados por las recientes demostraciones republicanas. Casi ocho españoles de cada diez aprueba la abdicación de don Juan Carlos y más de siete por decena dicen confiar en la aptitud de don Felipe, lo que deja en la estacada a ciertas ilusiones espontáneas que estos días hemos visto prodigarse no sin merecer la descalificación de quien es quizá el republicano más coherente y pertinaz del país: Julio Anguita. Quieren la República, pero ¿qué República, en qué clase de régimen político están pensando agentes tan distintos como los comunistas de IU y los derechosos de los diversos nacionalismos? ¿Acaso apuestan por un Estado federal compuesto de cantones como el de míster Witt, réplica del que la asamblea reunida ¡en el Circo Price! votó por aclamación a propuesta del marqués de Albaida, Grande de España de segunda clase, o tal vez están pensando en un Estado construido “de arriba abajo” como el proudhoniano que infructuosamente predicó Pi y Margall? Hoy, desde luego, la discusión no está planteada en una “peña” ilustrada, además de Pi, por personajes como Castelar, Figueras, Nicolás Salmerón o Cristino Martos, y parece obvio que la exigencia republicana se basa en el equívoco que equipara república a democracia y monarquía a dictadura, expuesto en el estrecho marco tertuliano o en la cámara oscura de las “redes sociales”, en la que todos los gatos son, más que pardos, invisibles, mientras dejan correr liebres como la de la presunta censura ocurrida en “El Jueves” y hasta dicen que en este mismo diario, para mantener el equilibrio de la Corona a cencerros tapados.

No suele subrayarse que el ideal republicano contaba ya con muchos trienos cuando lo plantearon los patrocinadores del primer intento y para qué hablar cuando se instauró la última República. Como no suele tenerse en cuenta, a la hora de explicar sendos fracasos, que éstos no fueron tanto obras personales y exclusivas de Pavía ni de Franco, como el complejo resultado de proyectos improvisados no poco parecidos a los que ahora vuelven. Anguita dice, con toda la razón del mundo, que la República no vendrá traída por altavoces y pancartas. Y lleva razón, aparte de que, de creer en el demoscopio, a esa hogaza le faltan muchas mareas. Todo este ruido nos está dificultando atender a la Realidad. A la de hoy y a la de mañana.

La política, en el banquillo

La Junta dilata su personación en el fraude de formación. Embargan el coche a un diputado del PSOE. Un consejero debe pedir el pago de su defensa. El ex-interventor y el tesorero del Ayuntamiento de Jerez dicen al juez que saben derecho administrativo pero que andan pez en penal. Anticorrupción pide imputaciones en un ERE intermediado por el presidente Chaves. Cerco judicial al entramado del consejero Ojeda. La Fiscalía del Tribunal Supremo pide elevar a 6 años de prisión la condena al ex-alcalde Pedro Pacheco y acusa de nuevos delitos a la ex-alcaldesa Pilar Sánchez. Imputados de IU denuncian en Granada su “persecución”. Nuevos cargos contra el ex-consejero Antonio Fernández.

Test inquietante

La prueba del ADN ha pasado de ser un recurso en manos del criminólogo y del marido celoso a convertirse en un instrumento crucial de la antropología funeraria. Les contaba yo aquí mismo hace poco cómo unos sabios de ese campo habían logrado recuperar con certeza los restos de Ramiro el Monje distinguiéndolos de otros que en su tumba había acumulados, y estos días se está viviendo en Madrid, entre los muros de un convento trinitario, una apasionante búsqueda de los de don Miguel de Cervantes que, si no ando muy equivocado, tenía alguna hermana enterrada creo que era en Alcalá, y por tanto tal vez pudiera ser objeto de alguna pesquisa científica en este sentido. Pero, por si fuera poco, coinciden estos acontecimientos con la recuperación del libro de José María Zavala “Bastardos y Borbones” en los que el autor da noticia de un documento conservado, al parecer, en el ministerio de Justicia: la confesión de la reina María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV, de que ninguno de sus hijos vivos (tuvo veinticuatro embarazos en total durante su matrimonio) era de estirpe real, bombazo confiado “in articulo mortis” a su confesor fray Juan de Almaraz, al que Fernando VII, sorprendido por el documento y las pretensiones del fraile, encerró aislado en el castillo de Peñíscola. No se trata ya, pues, del caso de la descendencia de Isabel II –a don Alfonso XII se le conoció en su tiempo como el “Puigmoltejo” en alusión a su probable padre, el joven Puig Moltó—pues, en definitiva aquí es la reina la que trasmitía la herencia como eslabón de su estirpe, dado que María Luisa, aquel adefesio desdentado que Goya clavó inmisericorde en sus rasgos ruines, nada podía trasmitir como mera consorte. ¡Mira que si nos liamos a identificar regios “adeenes” –ahí está el Panteón Real de El Escorial—hasta llegar a la conclusión de que la herencia monárquica no es más que una ficción y, a veces, un secreto a voces!

Sí, el derecho hereditario de la Corona no es más que un simulacro simbólico, como el de muchas, incontables familias del común, pero no se puede negar que cumple su función estabilizadora –todo lo cuestionable que se quiera—lo mismo con bastardos que con legítimos. Veremos si los sabios encuentran ahora a Cervantes pero lo que está claro es que el homenaje le llega demasiado tarde al genio que murió en la miseria. Somos así, qué le vamos a hacer. Nuestro máximo genio lo sabía de sobra y por experiencia propia.

La estrella se apaga

Mal han quedado los “barones” del PSOE posicionados a favor de la presidenta Díaz en su aspiración evidente a dar el salto a la secretaría general de Madrid. Y mal debe de andar el PSOE cuando la retirada de una candidata sobrevenida y con la hoja de servicios y méritos por completo en blanco lo pone en ese brete. Mal momento, pues, para este bípode partitocrático, en el que ya hasta los más ambiciosos renuncian a capitanear el barco. ¿Qué la decisión es buena para Andalucía? Asumir eso en serio es probar que ni Díaz podría haber llegado a más, ni Andalucía a menos.

En nombre del padre

La audacia del papa Francisco, devociones aparte, está desbordando hasta las previsiones más optimistas. Vean la foto del pontífice entre el los jefes de Israel y Palestina, convocados en los jardines vaticanos para “orar juntos” por la paz, un plano inimaginable que viene a romper el emblema tradicional de la diplomacia papal, mostrando hasta qué punto es posible extender la influencia cuando se cuenta con un prestigio acrisolado y creciente. Cualquiera puede aventurar que un conflicto como el de Oriente Medio, tan antiguo como complejo, no va a resolverse ni mucho menos en términos simbólicos, pero el gesto del papa tiene la virtud de dejar en evidencia la componente religiosa que subyace a tantos otros motivos ciertamente materiales, al tiempo que devuelve el primer plano a un recurso tan desacreditado como es la piedad. ¿Rezar juntos en vez de empuñar las metralletas, reconocer implícitamente la identidad de la Trascendencia, confundidas por los hombres en una diversidad generadora de rivalidades inmemoriales? Conseguir esa foto supone mucho más que una anécdota por muy alejada que, rehén de tantos fanatismos, la paz entre esos pueblos pueda quedar aún, por frágil que resulte el gesto pacífico comparado con el estruendoso clamor de las batallas y por utópica que suene la súplica papal a los jefes políticos de que derriben los muros de la enemistad. Sobre el posado de esos tres orantes cobra realidad, por una vez, el mito de las “tres culturas” inervadas por las tres religiones.

Haría falta un Ranke imaginativo para situar adecuadamente al papa Francisco en la nómina, no siempre edificante, de la estirpe de Pedro, y no sólo por lo que lleva hecho sino por la que parece ineluctable deriva de un pontificado reformador en pleno proceso de secularización universal, y cuando, además, ese relativismo contra el que tanto se clama encuentra su mejor aliado en la actitud inmovilista que, en el fondo y más allá de las estrategias publicitarias, han caracterizado la era postconciliar. ¿Quién podría pensar en la oración como punto de partida de la paz, quién hubiera sido capaz de imaginar a Simon Peres y a Abu Mazen flanqueando al papa de Roma y enfrentados, siquiera de manera momentánea, a un solo Dios protector? Reconforta contemplar ese rezo que cuestiona, aunque sea por un momento, esta última guerra de religión que subyace como un polvorín bajo los cimientos del nuevo siglo.