Una vida, una historia

Hace años que vengo siguiendo de cerca la obra ímproba a la que el historiador Antonio Herrera ha consagrado los ocios de su vida. No es frecuente entre nosotros, salvo excepciones, toparnos con historias locales concebidas desde el alto ángulo de la Historia general y menos aún, por supuesto, capaces de compaginar una investigación archivística profunda con la imprescindible capacidad de síntesis sin la cual –solía decirme don Julio Caro Baroja, entusiasta máximo del género—su valor no suele sobrepasar el nivel de la leyenda. Herrera, un aljarafeño de cuerpo entero, ha elegido la historia de su comarca, el Aljarafe sevillano, como una unidad por encima de sus variantes lugareñas, hasta cerrar de hecho el tema no sólo con sus estudios sobre el Aljarafe mismo o sobre el condado de Olivares –del que sir John Elliot me hizo alguna vez un elogio rotundo—sino con la paciente colecta documental realizada a lo largo de los años y que desde ahora queda a disposición de los investigadores en un impresionante centón (unas 550 páginas) que presumo que agota el tema. La historiografía de Herrera es sencillamente positivista, quiero decir que prescinde de todo elemento cuya documentación no conste, lo que no supone que no disponga su trabajo de manera que facilite la labor lo mismo al especialista de historia política que al que busque en los hechos una historia social de las mentalidades, pues en su catálogo exhaustivo se codean los papeles cortesanos con los eclesiásticos y los que tratan de trajines privados con los que apuntan a graves cambios colectivos. No creo que sobre el Aljarafe quede mucho por decir fuera de este libro hercúleo en cuya minúscula caligrafía el lector avezado descubrirá el cálido y espléndido espectáculo que constituye, en definitiva, esa aventura que es la sucesión de las generaciones.
¿Microhistoria acaso? No lo podrá aceptar el lector de este tomo tras pasar sobre herencias y pleitos, señoríos y mandas, exacciones y donadíos, capitulares de alto copete y letra chica de la vida cotidiana, esto es, la vida misma en su radical espontaneidad. Antonio Herrera ha trabajado en silencio, minucioso y estricto, hasta dejarnos –el breve prólogo bastaría ya para ello—la crónica completa de todos esos pueblos a través de la corriente ininterrumpida del tiempo. Una vida, casi una pasión, y la voluntad de sentar las bases de una historia comarcal sin la que nunca entenderíamos nuestra aventura conjunta.

Fronda en la Junta

Un colectivo de funcionarios, la Asociación Defiendo mi Derecho y la Función Pública, que ya había recurrido la chapuza juntera de transferir a la Agencia Andaluza de la Energía, mediante un cambio estatutario, competencias claves, y que prepara otro recurso, por el mismo motivo, frente a la Agencia IDEA, está recurriendo incluso a la colecta entre los compañeros para poder pleitear ante el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA). Dicen que, como “servidores públicos” no están dispuestos a asistir impávidos a estos traspasos de competencias con los que la Junta busca dotar a la “Administración paralela” de una pértiga legal para saltarse los controles legales. Un caso raro, no hay duda, que da una idea de por dónde va ya la vera.

El músculo mental

Hace años escuché a Vicente Verdú en una de nuestra Charlas una denodada defensa del manejo precoz de los juegos. Verdú veía en esa pasión de nuestras cohortes más jóvenes la garantía de una destreza futura que tendría sobre la inteligencia colectiva y, en consecuencia, sobre la Cultura, un fuerte y positivo impacto, y confieso que anoté su sugerencia no sin desconfianza al suponer que ese ejercicio lúdico tendría que reducir, sin remedio, el tiempo útil para el aprendizaje convencional. Desde entonces acá, las cosas han variado mucho, en especial tras la generalización del uso de los smartphones y las llamadas tabletas, convertidos hoy ya en auténticas prótesis en manos de jóvenes y adultos. Por dar un dato confirmado que me parece elocuente, consideren lo que supone que un país civilizado y culto como la Gran Bretaña cuente con más de treinta millones de “gamers” (jugadores), cifra que representa casi un setenta por ciento de su población. Los expertos no dudan en señalar que esa realidad entrañe cierto riesgo de banalización, pero tampoco niegan que semejante ejercicio contribuya y mucho a la agilización del entendimiento, robusteciendo, para empezar, la capacidad de reflejos, pero a su vez desarrollando lo que alguno de ellos ha llamado el “músculo mental”: el cerebro —valga la metáfora—se desarrollaría de la misma manera que cualquier otro órgano al verse tan tenazmente activado.

Hoy, ya digo, el debate no está por completo cerrado, pero al menos tenemos ya conciencia de que, en efecto, el ejercicio mental aumenta objetivamente las capacidades del aprendiz. Rellenar asiduamente “sodokus” resulta, según parece, altamente benéfico para la conservación y aumento de la memoria y no son pocos los pedagogos que –como en Israel, por ejemplo—aconsejan cultivar la memoria “creativa” frente a la tradicional memoria “mecánica”: aprender la lista de los reyes godos fortalece ese “músculo” bastante menos que los ejercicios en los que, por fuerza, ha de intervenir la imaginación. Verdú adivinaba con no poca antelación el cuadro que en la actualidad está ya casi rematado, aunque me temo que la apuesta por el juego educador conlleve también sus pérdidas. Es tan peligroso dejar el aula en manos de “homo ludens” como dar la espalda a las divertidas nuevas tecnologías. El juego puede ser un aliado de la docencia tanto como un serio obstáculo para la formación si no controlamos ese “músculo” imaginario que prospera a medida que jugamos.

Cifras inimaginables

Las investigaciones que continúa llevando a cabo la instructora de los ERE, la juez Mercedes Alaya, sugieren que, en el mejor de los casos (para los implicados en el fraude), las sanciones habrán de ser graves. Convenir una ley del silencio para no declarar, como están haciendo no pocos altos cargos de la Junta, serán pan de hoy y hambre para mañana, y si no consideren el enorme volumen de las fianzas exigidas por la magistrada a los presuntos. Aquí se habla ya de miles de millones de euros como si se hablara de calderilla. En su día veremos que hemos padecido el mayor fraude de la Administración española de todos los tiempos.

La generación espontánea

El ateísmo militante acaba de ganarse un valedor excepcional en el astrofísico Stephen Hawking que en este mismo diario ha revelado en exclusiva la conclusión más desconcertante de cuantas puede invocar el pensador contra la exigencia lógica del Primer Principio. Ha dicho Hawking, en efecto, que la mente humana no sólo es capaz sino que está a punto (¿) de descifrar el misterio de la creación, avanzando por su cuenta, encima, que nada se opone al postulado de que la materia puede originarse por generación espontánea. Ni falta que le hace Dios al bosón famoso, puesto que su existencia no requiere causa alguna: el ser surge de la Nada y santas pascuas, como creían los biólogos que surgían los gusanos hasta que Redi y, sobre todo, Pasteur, los sacaron de su error. Pedro Cuartango le ha objetado ingeniosamente a pie de página que una aseveración de esa naturaleza resulta, en definitiva, tan metafísica como las Cinco Vías de santo Tomás, y que podremos descorrer muchos velos del misterio sin que por ello lleguemos a estar en condiciones de negar la existencia de Dios que, sin duda, es harina de otro costal epistemológico. Recuerdo el encargo que me hizo Tierno de repensar “L’ Homme Machine” de La Mettrie, tan valioso para el materialismo marxista pero al que Voltaire propinó un imponente zurriagazo lógico. Tierno, que se definía como “prudentemente agnóstico”, nos precavió un día frente a la ilusión ateísta con esta ingeniosa imagen: “Tengan cuidado con ir levantando una a una las capas de la cebolla porque lo más probable es que bajo la última se queden ustedes sin capas… y sin cebolla”.
Nunca entenderé la obsesión negacionista de gente tan alumbrada como Dawkins o el propio Hawking, y menos que deriven hacia la metafísica energías que no habrían de sobrarles en sus campos de investigación genuinos. Pero dar el triple mortal que supone la tesis de la generación espontánea de la materia es algo tan excesivo que no se le hubiera ocurrido ni al Demócrito más empecinado. ¿Qué se opone a indagar sin límites la Naturaleza y la Vida sin dejar de reconocer la impenetrabilidad de ese “mysterium fascinans” que no tiene pinta de dejarse penetrar y menos de facilitar atajos para su comprensión? No hay sabio razonable mientras no acepte que al fondo de toda construcción intelectual resiste inmutable el misterio. Dentro y fuera del hombre hay preguntas que serán siempre sencillamente imposibles.

Rara sentencia

Hay que darle la razón a Francisco Rosell cuando sostiene que si a Pedro Pacheco lo condenan a cinco años y medio de cárcel, a los megamangantes de los ERE, de Invercaria o de los fondos para la formación habría que levantarles un patíbulo. Pacheco ha circulado en política reclamando la multa –tiene aún la tira de procedimientos pendientes—y pertenece a esa clase de políticos profesionales idénticos al cacique que lo mismo rompe su propio partido que sostiene que “la Justicia es un cachondeo”. Ahora bien, cinco años y medio de cárcel por “colocar” ilegalmente a dos “clientes” resulta casi un absurdo teniendo en cuenta cómo funciona la contratación en nuestras Administraciones. La Justicia tendrá que hacer encajes de bolillo cuando tenga que condenar a los grandes delincuentes de nuestra vida pública.