Víctor

Con frecuencia me eternizo al teléfono con Víctor Márquez — Márquez Reviriego me refiero–, esa memoria enciclopédica armada sobre tan soberbio esqueleto cultural, que es uno de los periodistas más insólitos de nuestra época. Un día Víctor envió su biblioteca a su pueblo, Villanueva de los Castillejos, reservándose sólo, sabiamente, unas decenas de libros de esos que nunca se dejan de leer, pero ni falta que le hacen a él tenerlos a mano porque los lleva ordenados en la cabeza. Hablamos de todo, a todo contesta, “refiere” siempre –que es lo bueno—nuestras vivencias generacionales, éxitos y derrotas que vivimos cuando la progresía española incluía en su indumenta un ejemplar de “Triunfo” y la vida, tan dura, nos parecía llevadera como es propio de los pocos años. ¿Qué fue de la generación, qué de nuestros amigos (y enemigos), ganamos alguna batalla o perdimos del todo una guerra que aún grava a nuestros hijos, se escribía mejor entonces, bajo las antiparras del censor, o ahora que todo el monte es orgasmo, o eso dicen, ¿recuerdas a Fernando González a quien Ansón mandó de corresponsal al Canadá para que se curara el cáncer, a Haro Tecglen enredado en sus inquisiciones, a los comisarios del PC expulsando a Eduardo Rico, a Cándido, tan fino y tan cándido, en efecto, trajinado por éste y por el otro…? No, no lo recuerdo, o no lo quiero recordar, pero él sí, y rememora la crónica parlamentaria sin olvidar una tilde, los años inciertos de Suárez, el entusiasmo y luego la decepción socialdemócrata, el soponcio del golpe de Estado en aquella tribunilla de prensa del Congreso en la que nos aplastaba la humanidad de Josep Meliá?
Y Pepe Esteban, y César Alonso, y Nico Sartorius, la izquierda bullente, y la derecha escolástica de los Herrero de Miñón y los Alzaga, por no hablar de los polivalentes, siempre con dobles parejas, como Fernández Ordóñez “e tutti quanti!”. Sus “auténticas entrevistas falsas” resultan, al cabo de los años, la casi única historia fiable, su diagnóstico sobre el fracaso socialdemócrata o aquel hallazgo de que la derecha española hacía de dulce lo difícil –abolir la mili, encontrar a Ortega Lara, conseguir la colaboración de Francia…– pero jamás lo fácil, tanto que acuñó el adagio “Ardua fert, a facilibus victus”, luego recordado por Burgos, que tanto hubiera gustado a nuestro maestro Díez del Corral, el que nos desbrozó a Maquiavelo y nos reveló a Tocqueville… Se me va la cobertura. Lo dejo, pues, para otro día.

La guerra rodada

Tras un periodo notable de descenso de los accidentes mortales en carretera –varios años–, los encargados del tema avisan de que, a partir de la pasada Semana Santa, se está registrando un aumento considerable de la siniestralidad. Nos hemos acostumbrado a la tragedia, al hecho tremendo de que una guerra cualquiera arroje un número de bajas similar al que se registra en las carreteras españolas que, en esta primera mitad del año en curso, suma ya medio millar. ¿No habíamos quedado en que las medidas gubernativas, tales como el sistema de retirada de puntos y reducción de la velocidad, habían conseguido frenar la sangría? Pues algo ha debido fallar en la apreciación aunque el sociólogo Amando de Miguel esté convencido de que ese incremento de siniestros no es más que otro indicador, ciertamente macabro, de la mejora económica y la salida de la crisis: se mata más gente porque hay más tráfico, una hipótesis que viene a apuntalar el aumento de la demanda de vehículos registrado también es estos últimos meses. Es aterradora la idea de que cada fin de semana se cobrará una cuota letal semejante a la de un conflicto armado, pues sólo en esta primera mitad del año ya se han superado con mucho el medio millar de siniestros mortales. De ser cierta la idea de Amando tendríamos que convenir en que, curiosamente, la crisis habría limitado las tragedias que la bonanza incipiente se está encargando de agravar de nuevo. El progreso y el bienestar tienen su cara oscura, por lo visto, lo que no deja de constituir una sarcástica paradoja.
No está de más repetir lo que tanta veces se ha dicho, a saber, que todo desarrollo tiene sus costes negativos y que, en consecuencia, el progreso, cualquier progreso, es trilita en manos del mono loco, incapaz de administrar con cordura las ventajas relativas que le van cayendo en las manos. ¿Cómo asumir que cada año hemos de pagar en víctimas del tráfico rodado el equivalente a las pérdidas de vida que registraría una guerra convencional o una grave epidemia? Le digo a Amando que el salto tecnológico que perfecciona los vehículos no es compensado con un aumento de la prudencia en el conductor y que de ese desfase depende acaso la fatalidad de la tragedia, pero él insiste en endosarle las culpas a la recuperación económica, convencido de la realidad de ese determinismo económico. La imaginación sociológica suele sorprendernos con evidencias aplastantes que la burocracia no es capaz ni de sospechar.

Males lejanos

La epidemia del mal de Évola está, según Médicos sin Frontera, “fuera de control”. Se dan todas las circunstancias precisas para que este brote “sin precedente” sobrepase el triángulo Liberia, Guinea, Sierra Leona, para alcanzar Dios sabe hasta dónde, pero esa catástrofe no parece inmutar a las potencias del Primer Mundo que dicen, como han hecho Gran Bretaña y Francia, que sus países están preparados para la eventualidad de que el virus se colara de rondón en sus territorios. Total, la catástrofe afecta a esos países fantasmales en los que la estadística de la muerte se lleva de aquella manera y, desde luego, no inquieta ni mucho ni poco a las potencias desarrolladas. ¿Qué ocurriría si algo similar apareciera en nuestra área, en Grecia o en Suecia, no resulta evidente que la “comunidad internacional”, tan sensible como sabemos, se movilizaría sin demora sin regatear medios ni costes? Personalmente asisto a este macabro espectáculo cada día más convencido de que la mentalidad postcolonial nunca se ha quitado el salacot y, en definitiva, por qué no decirlo con rotundidad, que al Occidente rico le importa muy poco, en el fondo, lo que pueda ocurrir en el África profunda. Sólo un puñado de héroes se mantiene a pie firme entre los apestados viendo como el mal no respeta ni sus extremadas precauciones, en plan san Roque, pero sin el poder sobrenatural de curar con sólo trazar la cruz sobre ellos, sino dependiente de la insolidaridad más absoluta. Tal vez haya que esperar a que el Évola amenace de cerca al hombre blanco para que quien puede se decida a hacerle frente.

Insisto, ¿sería diferente la situación si la temible epidemia se plantara entre nosotros los occidentales en lugar de cebarse solamente en la pobrea de la negritud? Sólo la pregunta resulta ya insultante, por más que haya que reconocer su procedencia, siquiera sea en sufragio de las víctimas y en homenaje a los generosos profesionales que se juegan la vida entre los afectados. Desde siempre las pestes han puesto en evidencia la insolidaridad general y la magnanimidad de unos pocos, pero la diferencia con la actual reside en que, quizá por vez primera, el mundo rico posee los medios para combatir con éxito una amenaza que ni siquiera se ha tomado hasta ahora la molestia de investigar a fondo. El postcolonialismo tiene la piel de elefante. Ni siquiera niega con sus hechos la condición discriminatoria de una medicina que tendría que ser de todos.

La gran barbarie

Una alta funcionaria internacional, la número 2 de la ONU en el caótico Irak de la postguerra, Jacqueline Badcock, ha alertado en una video- conferencia organizada en Ginebra ante una fatwa lanzada en el ámbito del llamado “Estado Islámico” que ordena la mutilación genital –es decir, la ablación del clítorix o la infibulación– de todas las mujeres iraquíes comprendidas entre los 11 y los 46 años de edad. Badcock no sabe el número de hembras a las que afectaría (¡afectará!) esta medida salvaje pero, apoyándose en los datos que posee el Fondo de las Naciones Unidas para la Población, estima que no ha de afectar a menos de cuatro millones entre niñas y mujeres adultas, y ello en un país en el que, según todas las informaciones, semejantes mutilaciones no se practicaban hasta ahora sino en zonas marginales. Dos preguntas se yerguen ante nosotros al conocer noticias como la comentada. Una, dónde colocar el límite de la licitud en esta perspectiva multicultural que, de hecho, se está imponiendo no sólo en los países de tradición islámica sino incluso en el seno de nuestro civilizado Occidente, en el que, todo hay que decirlo, no faltan voces “civilizadas” que apuestan por ese multiculturalismo insensato. Y dos, para qué sirvieron las dos guerras de Irak si, eliminado el tirano, su escindida sociedad está demostrando su incapacidad para vivir en paz, al tiempo que extrema el arcaísmo religioso hasta un punto intolerable para cualquier mentalidad medianamente evolucionada. No es ningún secreto que, lo mismo en Francia que en España, estos rigores rituales se multiplican a pesar de las prohibiciones vigentes. Lo nuevo es un proyecto global, como el iraquí, de imponer la ignominia a toda la población femenina.

A los multiculturalistas, que son legión o poco menos, hay que plantearles la pregunta de cómo es posible compatibilizar esa visión brutalmente primitiva de la vida con una pauta siquiera mínima de dignidad de la mujer, aparte de cómo es posible, en pleno siglo XXI, sostener la idea de una organización social unisexista en la que la hembra queda reducida a mero instrumento del placer del macho y, por descontado, excluida de todo papel social aparte de la reproducción. Y a la ONU misma, por el momento con mayoría civilizada, si existe aún alguna posibilidad de contener la barbarie o habremos de asumir, de una vez por todas, el fracaso del progreso humano. Por allá parece que no, pero ¿y aquí, entre nosotros?

Más sobre Ubú

No sé por qué me riñen algunos amigos catalanistas por mi prudente columna sobre Pujol, la titulada “Ubú en Lepe”. Si me riñen a mí no sé qué podrán decirle a Arcadi Espada cuya clarividencia ha puesto sobre las íes de la infamia, me parece a mí, el remate al debatido tema al debelar con una simple expresión todo el montaje pujolista en el que ve “una mentira devastadora”. Desde Barcelona me llama Gregorio Morán para decirme que el clima en Cataluña es de desolación ante el descubrimiento de lo que, por otra parte, no era más que un secreto a voces. Lógico. Una confesión de culpa como la de quien ha sido hasta ahora el “padre de la patria” para unos y el nacionalista “moderado” para otros más ingenuos, no podría producir otro efecto que ése. “¡Manga ‘e ladrones!”, como diría el presidente uruguayo. Pero como mis críticos me afean sobre todo mi “acomplejada defensa” (sic) del andaluz y su tierra, cúmpleme romper la baraja y, lejos ya de la frase despectiva que yo reproducía, entrar a saco en el racismo nacionalista tal como lo enunciaba el propio Pujol ya en 1976 en su libro “La inmigración, problema y esperanza de Cataluña” –Nova Terra, Barcelona, 1976–, sacado a relucir en su día por Ciutadans y hoy casi ubicuo en Internet. Miren lo que piensa Pujol, que yo ni quito ni pongo: “El andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico, es un hombre destruido, es generalmente un hombre poco hecho, que hace cientos de años que pasa hambre y que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual, un hombre desarraigado que (aunque) a menudo dé pruebas de una excelente madera humana (estaría pensando quizá en Góngora, Lorca, Picasso, Aleixandre, Juan Ramón…) constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España…”.Yo guardo ese libro como oro en paño como guardo el de Sabino Arana. Cuando se habla de nacionalismos “moderados” hay que tentarse la ropa.

La política se ha convertido en un negocio sucio, lamentablemente bajo todas las siglas. Por eso quizá ni pían ante este desastre mayúsculo esos grandes partidos –los dos– que han sido sus socios, es decir, sus cómplices. Y es que tal vez no podría ser de otra forma teniendo como tiene cada cual su cadáver en el armario. Pujol es hoy un hombre destruido, una de las muestras, en efecto, de menor valor social y político de España –pero no sólo él– en medio de tanta “miseria cultural, mental y espiritual”.

Decenios judiciales

Una más que llevadera sentencia a caído, ¡tras doce años! de ir y venir procesal, sobre los filoterroristas que obedeciendo órdenes de ETA, organizaron el negocio de las herrikotabernas. Veinte sentencias después, nuestros contradictorios jueces han decidido bendecir la barbaridad del hotel construido en El Algarrobico, el atentado ecológico más llamativo perpetrado en Andalucía. ¿Es Justicia la que se contradice de este modo y demora años y años sus decisiones, manteniendo en suspenso los derechos de los ciudadanos y decretando un día en blanco y al siguiente en negro? La inmensa mole de ese hotel es todo un monumento al desconcierto judicial y un emblema del disparate urbanístico que aquí se ha consentido también durante decenios.