Belmonte

Se comprende el regusto y hasta la emoción (confesada) del ex-delegado provincial de Empleo, Antonio Rivas, al conocer la noticia de que el Tribunal Supremo lo ha absuelto de aquello por lo que lo habían condenado la Audiencia de Sevilla y el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía: reclamar comisiones ilegales. Bastante menos puede entenderse que plantee su reingreso en el PSOE teniendo en cuenta que nadie ha desmentido de momento la inclusión de dos de sus cuñados en los ERE fraudulentos ni la colocación de su nuera en la trama. Tampoco es cosa de venirse arriba en su situación. Y menos en la del PSOE.

La muñeca rusa

Así como en broma hay por ahí rodando un argumento antisecesionista consistente en preguntar si, tras la independencia de Cataluña, pongamos por caso, el proceso se cerraría o, por el contrario quedaría abierto a la posibilidad de que otras entidades catalanas –las provincias, por ejemplo, el Valle de Arán, yo que sé, incluso Palafrugell—pidieran y, eventualmente, llegaran a obtener a su vez la codiciada libertad. Pero leyendo (traducida) la prensa rusa, me encuentro con que en la flamante península de Crimea independiente, reclama ahora también su independencia la minoría tártara –aquella que hace setenta años fue deportada pos orden de Stalin a lejanos parajes centroasiáticos de los que no se les permitió volver a casa hasta el año 90–, con la posibilidad de que lo propio acabara ocurriendo con las veinte nacionalidades que el “padrecito” deportó igualmente acusadas todas de alta traición. Es la lógica de la “matrioska”, la muñeca que esconde en su entraña otra de menor tamaño, la cual contiene otra menor aún, a su vez, y así sucesivamente, una lógica difícil de objetar, ciertamente, en cuanto unos centenares o miles de personas se agencien unas banderas y reclamen su extraviado derecho a vivir cerradas sobre sí mismas en lugar de reunidas en un ámbito común. El propio Putin, acaso previendo la complejidad del asunto, se ha apresurado a recibir a los representantes de esa minoría tártara no sin declarar que lo que no puede permitir es que el pueblo tártaro se convierta en moneda de cambio en el ámbito de las discusiones entre Rusia y Ucrania. Ni que decir tiene que los nuevos sátrapas de Crimea no comparten para nada el criterio del nuevo jefe.

Aquí tenemos experiencia histórica sobrada como para disuadirnos de aventuras semejantes, no sólo desde que el ensayo federalista de la Iª República acabara como el rosario de la aurora, sino en relación con nuestro cuestionado Título VIII de la vigente Constitución. Blas Infante, actual Padre de la Patria andaluza, describió en su momento a Andalucía como “el anfictionado de los nueves Estados provinciales soberanos andaluces incluyendo a Marruecos”, o sea que háganse cargo. No existe unidad histórica sin tensiones ni matrioska independentista que no incluya íntimamente unidades decrecientes. No hay nación que carezca por completo de su Quebec, su Gales o su Bretaña. En una tan reciente y mínima como Crimea ya ven que caben hasta veinte taifas.

Ocasión calva

La presidenta Díaz le ha escrito al papa Francisco a propósito de la denuncia que el Pontífice hizo sobre el paro juvenil andaluz. La Presidenta le aclara que paro hay en todas partes (aunque en ninguna como aquí…) y, ya de paso, le ha sugerido que la reciba en audiencia para “explicarle” cuestión. A Díaz se le puede negar lo que sea pero no su genio oportunista que le ha hecho agarrarse a la ocasión para convertir el tremendo varapalo en una ocasión impagable de publicidad, como si Francisco se chupara el dedo. ¿Y si lo consiguiera, le explicaría también los saqueos que tan de cerca conoce y el fracaso resumen de tantos trienios en el Poder? Seguro que la diplomacia vaticana tiene arte de sobra para contestarle, trasteando por bajo, a vuelta de correo.

Viejos amigos

Nos vemos hace un par de años por el barrio, incluso nos hemos saludado alguna vez, con cierta intriga por mi parte: no reconozco a este hombre amable que camina despacio por la collación como respirando para empaparse el aire de estos altos donde estuviera ya la Sevilla pre-romana, ajeno a toda prisa y siempre amable. Un día nos detenemos y hasta nos sentamos a tomar una copa, tentado por la cordialidad del personaje, y ya en un momento más confuso de la charla pongo pie en pared y le pregunto su nombre. “Ah, bueno, yo creía –me contesta– que no querías reconocerme… Esta profesión es tan jodida que…”. Es Miguel Veyrat sólo que treinta años después y, aunque no más cambiado que yo mismo, pero lejano ya del viejo camarada con el que compartimos el pan de los malos tiempos, él todavía enredado en la Junta Democrática y, algo más tarde, en la ingenua tarea de la revista “Argumentos”, con la que creíamos que íbamos a cambiar el mundo o poco menos. Lo que ustedes recuerden de la “Marcha Verde” de Hassan o de la película de las Malvinas procede muy probablemente de las crónicas que por entonces nos enviaba Veyrat, aquel joven poeta de aspecto encrespado, casi leonino, que veíamos en el telediario, y hasta puede que hayan tropezado alguna vez con sus versos –yo creo que lleva lanzados al menos una veintena de libros–, sin sospechar siquiera que eran la lírica botella lanzada al mar por un náufrago más de la generación. “Busco un lugar inocente/ donde este lobo que me habita/ no abrigue sombras de miedo/ sobre la tierra desnuda…”, un remanso donde anclar el alma nómada y darle tiempo y ocasión al verso. Ni Veyrat ni yo somos ya los mismos en medio de una generación diezmada por el tiempo en la que todavía tuvo sentido apostar generosamente el resto en la partida de una timba en la que no reconocimos a los fulleros. El reencuentro conlleva siempre el riesgo de la amargura.

Lo que me asombra de mis correligionarios es la serenidad ante el fracaso, la juiciosa asunción de nuestra pérdida, la ausencia de rencor. Veo a Miguel alejarse cuando nos separamos, tranquilo, sin perder el compás, enredado ya –seguro—en alguna metáfora buida que mañana será quizá poema confiado a la corriente que podría llevarla a alguna incierta playa. Y reconozco en él a tantos otros que amamos y creímos cuando aún era posible (y forzoso) apostar a ciegas, abrir de par en par las manos sin contar las monedas, darnos sin más. Lo veo alejarse, digo, más cerca que nunca.

Y dos huevos duros

Lo de Podemos es realmente un fenómeno atractivo como lo suelen ser las novedades imprevistas (no imprevisibles). A la eurodiputada gaditana del grupo, nuestro corresponsal José Contreras le ha sacado una soberana declaración de intenciones –“No voy a abandonar las barricadas por haber llegado al Europarlamento”– que habla por sí sola y que no deja de ser preocupante en la medida en que siempre resulta serlo la política en las barricadas o las barricadas en la política. No me parece razonable liquidar esta explosión del polvorín nacional con el manguerazo dialéctico que supone calificar de “friquis” a los votados y a los votantes de esa nueva fuerza, cuyo programa, aunque sea visto por encima, constituye una amalgama entre stalinista y joseantoniana de utopías no renovables: salario mínimo universal, tope a los salarios altos, incumplimiento del déficit y una serie de nacionalizaciones como las que abrieron la puerta, con Mitterrand, a la decadencia del socialismo francés. Está claro que la ventaja del aventurero en política es grave por la sencilla razón de que, tirando con pólvora del rey, los fuegos artificiales están garantizados, pero cuando se observa con atención una madeja como ésta se acaba descubriendo el cabo stalinista que aterraría a sus propios votantes en el caso de haberlo valorado como es debido. Es más que probable que esta aventura tenga corto recorrido entre otras cosas porque el horno de Estrasburgo no está hoy por hoy para bollería fina, lo que sugiere que la debacle bipartidista no es más que un episodio incidental surgido en un ambiente generalizado de cabreo ciudadano contra ese estamento, la “casta”, en el que acaban de ingresar, sin percatarse siquiera, estos maximalistas.

Lo de la “casta”, por cierto, es un hallazgo unamuniano reutilizado por Valle-Inclán y se usó mucho cuando la primera Dictadura. Ahora es tarde para utilizarlo porque bien sabemos que ese estamento acaba fagocitando a todos en la vida pública, y si no ya verán cómo chirrían estos aguerridos pujos en cuanto se topen con la burocracia comunitaria. Vale, dación en pago, aborto libre y gratuito, eutanasia libre, supresión de las Diputaciones, cierre de los paraísos fiscales, lo que gusten reclamar en el desierto desde el otro lado de la barricada, pero ya verán cómo se estrellan a no tardar. La política real no es una tertulia y no quiero ni imaginarme la posibilidad de un gobierno de rebeldes jugando con las cosas de comer.

Belmonte

“Virtù” y “fortuna” decía Maquievalo que resultan imprescindibles al éxito político, aunque a veces, yo diría que con excesiva frecuencia, la segunda importe más que la primera. Ahí tienen a Susana Díaz, la nueva estrella rutilante del paisaje político de la izquierda centrada–de la otra, mejor no hablar–, reconvertida de la noche a la mañana, de la Nada en Presidenta y ahora, quién sabe, si llamada a mayores y más altos destinos. Y todo sin dar un palo al agua fuera de los pasillos del partido, “appáratchik” pura, es decir, modelo de esa política menor que es el politiqueo. Poco de estudios, poca experiencia de gestión… Más vale caer en gracia que ser gracioso.