Nuestros bonzos

Como aquellos monjes del misticismo oriental que, en los años 60, se quemaban en público, ahí están ya también nuestros primeros bonzos inmolándose desesperados por la crisis. Ante esa imagen escandaliza la porfía sobre el significado de la caída del paro en diciembre, ese rifirrafe político que utiliza la desgracia del desempleo como ariete contra el rival de turno. Una bajada como ésta no garantiza una inversión de la curva de la caída del empleo pero no cabe duda de que supone un alivio y un indicio nada despreciables. ¿O hubiera sido igual menos 60.000 que más 60.000? El interés político suele ser ciego pero la doliente realidad le exige en estos momentos aparcar los intereses espurios. Lo que ha ocurrido en diciembre ha sido bueno y significativo por muchas revueltas que aún nos aguarden en el camino.

Desnudos benéficos

No hay quien pare ya la boga del desnudo colectivo como reclamo benéfico o reivindicativo. Amas de casa, bomberos, policías locales, ferroviarios o feministas han decidido que la exhibición insólita del cuerpo desnudo (de la sólita no hay ni que hablar) puede conseguir, bien la atención sobre algún problema grave, bien la simple colecta para sufragar los gastos del grupo exhibicionista. Al contrario del mundo clásico, en el que los desnudos eran tan naturales como los vestidos, nuestra civilización ha desarrollado el tabú del cuerpo hasta tal extremo que exhibirlo se ha convertido en un instrumento dialéctico o en un buen recurso recaudador. ¿Por qué cree una dotación de bomberos que mostrar sus traseros a la autoridad constituye un instrumento rentable para sus reivindicaciones; por qué la severa ama de casa está convencida de que la exhibición de sus interioridades, no necesariamente admirables, ha de convencer al prójimo para comprar su imagen en un calendario; es que acaso prejuzgan “voyeurs” o sátiros secretos a sus convecinos? Yo no lo entiendo, sobre todo desde que he tenido la experiencia de que entre nudistas, toda rijosidad declina, lo que tal vez sugiera que son la reserva o el secreto lo que dispara la concupiscencia del prójimo. Un ama de casa inadvertida se convierte en oscuro objeto del deseo retratada semidesnuda en un calendario, con expresa autorización del cónyuge que, en otras circunstancias, hubiera desenterrado el hacha de guerra. Hemos hecho del desnudo un “activo” y en ese ejercicio de destape general hemos dilapidado, sin percatarnos siquiera, el capital oculto bajo nuestras ropas.

No es fácil decidir si este procedimiento –pienso sobre todo en colectivos habitualmente más conservadores—implicará una decidida desalienación o una doble moral, pero la recuperación misma del desnudo plantea la cuestión de si la pudicia habitual no será más que una máscara añeja bajo la que late vehemente una cierta pulsión exhibicionista. Sólo el pecado –en nuestra tradición occidental—cuetionó en términos morales la exhibición del cuerpo que los paganos, en cambio, aceptaban con toda normalidad. Los atletas olímpicos competían desnudos, las modelos posaban en cueros vivos, hasta que una estrecha conjetura moral, procedente del cristianismo, nubló el panorama. Hoy el cuerpo se ha convertido en un inexplicable reclamo de un derecho que no poseíamos desde los tiempos idílicos del edén terrenal.

En torno al pesebre

La mera sugerencia de suprimir las costosas mancomunidades –auténticos refugios para la clientela política de cada partido—ha merecido que el PSOE califique que el proyecto de “expropiación de la democracia”. Se comprende, sobre todo en Andalucía, comunidad en la que, si no existieran esos pesebres, el “régimen” se sentiría mucho menos seguro, sin contar con que el PP tendría mayoría en la codiciada Federación Andaluza de Municipios y Provincias (FAMP). Ni esos refugios ni las Diputaciones tienen sentido en un Estado de las Autonomías y menos en un momento (lo de “momento” es un decir) tan crítico como el presente. La política se ha convertido en un inmenso pesebre y nadie entre los convertidores parece dispuesto a darle a la moviola.

De puntillas

Le recordaba el otro día en la radio la vieja idea de Ernst Mandel de que ni los grupos sociales ni los individuos suelen percibir con claridad ni las razones ni los efectos de las calamidades que traen las crisis. Y a ese propósito, un lector me recuerda que el mismo fenómeno podría aplicársele al hecho trascendental –no del todo ajeno a la crisis misma—de que los actuales avances tecnológicos no sean advertidos en todo su alcance por un personal que va por la vida como deslumbrado por saturación, ya que la velocidad de esas novedades dificultan el reconocimiento de sus efectos. Acabo de leer, por ejemplo, que Steve Jobs, ese magnate visionario, traía entre manos el proyecto de crear el reloj-teléfono, un invento que de haberse logrado no cabe duda de que habría provocado un nuevo tornado no sólo en el mercado sino en la propia mentalidad de esta multitud abismada ya en ese limbo expansivo de la tecnología. No se es consciente, en efecto, de esta revolución vertiginosa que nos ha llevado, en tan poco tiempo, desde el embrión informático o el pesado teléfono “celular” a una situación en la que esos ingenios han evolucionado exponencialmente hasta convertirse en auténticas prótesis del usuario, agravando en enorme medida la inconsciente dependencia del individuo respecto de los continuos logros técnicos. Incluso comienza a funcionar por ahí una rama de la psicología médica dedicada a velar por la recuperación de las adicciones tecnológicas que conducen sin remedio a la paradoja del aislamiento de la persona precisamente a causa de su excesiva conexión externa. Las grandes revoluciones técnicas, al contrario de las políticas, se apoderan inadvertidamente del ciudadano.

Los amenes del siglo XX y este inicio del XIX serán vistos cuando lo permita la perspectiva como la etapa fundante de otra modernidad, tal vez de alcance hoy imprevisible, sin que el sujeto social se dé cuenta cabal de ello. La globalización real, por ejemplo, será vista en su día como una suerte de nuevo Neolítico, como un hecho complejo pero singular que sirve de marca entre dos eras sustancialmente distintas, idea que sugiera que también que la propia especie, el hombre mismo, exigirá una nueva antropología. Y todo sin ruido, de puntillas, como el bíblico ladrón que se acerca en la noche. Los cambios de era fueron siempre una sorpresa, pero quizá ninguna más cautelosa que ésta que nos está cambiando la vida sin dejarse ver.

Demasiado fácil

Con el robo perpetrado en la Aduana onubense la noche de fin de año –mil kilos de hachis decomisado, una fortuna—se colma el vaso de paciencia. Tres robos gravísimos de droga en dependencias oficiales o, en todo caso, en depósitos institucionales que se suponen vigilados, son demasiados robos como para que no prospere la hipótesis de que semejante desafío criminal no sería posible sin alguna connivencia interna costeada por el enorme beneficio que produce. Es imprescindible una investigación a fondo que despeje las dudas sobre las propias policías y nadie más interesado que ellas mismas en llevar a cabo esa pesquisa para que no acaben pagando justos por pecadores. Si la Delegación del Gobierno no lo hace la sospecha fraguará en evidencia y todos saldremos perdiendo menos los narcos.

Pulso al rico

Tan democrático es defender que la carga fiscal debe repartirse progresivamente de manera que quien más gana (y tiene) pague más que los que perciben menos, como demagógica y, lo que es peor, ingenua, es la fórmula que forzar la carga contributiva sobre el rico por el hecho de serlo. Lo acaba de comprobar Hollade al ver rechazado su pulso a los grandes capitales por el propio Tribunal Constitucional y cómo, en los pocos días transcurridos desde que se anunció la medida, más de cuarenta mil millones de euros se han fugado a Suiza y a Bélgica, valga el dato como muestra de lo que podría haber ocurrido en el país vecino si ese impuestazo sigue adelante. Hace años que Ingmar Bergman se exiló de su país, Suecia, rebelde contra una fiscalidad que consideraba desmesurada, y la vicepresidenta económica de ZP, Elena Salgado, ya explicó su reticencia a la hora de vérselas con el gran dinero con el argumento de que una medida semejante provocaría una desbandada financiera. Eso de querer dar fuste a un sistema neoliberal a base de adornarlo con un desafío a los ricos, constituye un error aparte de un recurso demagógico, al menos mientras no se tenga en mente subvertir el Sistema en su totalidad. Hollande o Rubalcaba saben de sobra que esa amenaza al rico es un brindis al sol y poco más, entre otras razones porque la racionalidad de ese Sistema exige el mantenimiento de una sociedad desigual que, en su nivel superior, suele tener tanto o más poder que el Gobierno. Los republicanos yanquis han puesto en el alero a aquel gran país –y con él a medio mundo—exigiendo elevar el listón de los impuestos graves hasta los 400.000 dólares anuales. Aquí, en “provincias”, la cosa es incluso más elemental porque el rico es un elemento básico del modelo social.

En la lógica de un mundo que ha apostado con rotundidad por la economía libre de mercado no cabe mantener el tópico revolucionario heredado del siglo XIX. Los ricos, “the big money”, son quienes hacen funcionar esta pesada máquina que engendra a un tiempo bienestar y desigualdad a base de percibir, como explicaron irrebatiblemente los marxianos, las “plusvalías” que el trabajo genera. Otra cosa es proponer sustituir esa maquinaria por una más equitativa, pero ese concepto sería ya revolucionario, y la revolución ni está ni se la espera. Si alguna vez cambian las tornas, hablaremos. Mientras se mantenga lo que hay, cuestionar la estratificación social no tiene pies ni cabeza.