¡Anda y púdrete!

En Baleares ha muerto un inmigrante tuberculoso. No por accidente, desde luego, sino desahuciado de los derechos elementales de todo ser humano por los poderes públicos. Alpha Pam, un senegalés del submundo mantero, no tenía “papeles”, es decir, era un “ilegal” y, en consecuencia no tenía derecho a ser asistido por nuestros médicos, a tenor de lo dispuesto en el famoso decreto de exclusión del Gobierno para frenar la oleada migratoria, es decir, que si quería ser asistido –eso le dijeron en el hospital correspondiente, el de Inca—debería pagar antes su tratamiento. ¿Qué no tenía donde caerse muerto? ¿Y qué le cuenta un tuberculoso de 26 años a la autoridad si ya se sabe que sin “papeles” no hay caridad que valga? Desde luego, tiene cojones dejar morirse a chorros a un tío en la flor de la vida con tal de no dar a torcer el brazo normativo, mientras hacemos la vista gorda con los turistas europeos que vienen a nuestros paraísos para tostarse un poco y, ya de paso, operarse de cataratas o de próstata. Pero ¡qué digo con los turistas pudiendo decir con los mangantes de la vida pública en general! Miren, con lo que le han largado a cada uno de los imputados en los ERE fraudulentos –incluso a uno solo—podría medicarse una legión de tísicos y sobraba para una buena valla con cuchillas, pero aquí parece decidida la prioridad de la calderilla sobre las grandes fortunas en fuga. Sin salir de Mallorca mismo, ¿se imaginan la de negritos enfermos que se podrían sanar en nuestros hospitales recuperando aunque fuera una miseria del enorme mangazo dado por los políticos locales en los últimos años?

Dicen que han hecho una película sobre esa tragedia, pero a mí me parece que lo imprescindible en este caso no es tanto una buena película como una causa –“general” si hiciera falta—a todos los poderosos responsables, que no son sólo los de Madrid ni los de Palma, sino los de Bruselas y Estrasburgo, culpables todos, por acción u omisión, de incumplir una obligación tan elemental. No pasará nada, sin embargo, va lo que quieran a que la noticia de Alpha Pam, el pobre, no llega al equinoccio de verano. ¡Anda y púdrete! ¡Pues no nos faltaba más que acoger en nuestras consultas atestadas a esa patulea, con tanta frecuencia enferma a causa del hambre, del éxodo y del hacinamiento! Europa es una implacable madrastra. Y nosotros su vanguardia avizor. Los saltos desesperados de la valla ya no interesan ni al telediario.

Maniqueísmo andaluz

La presidenta Díaz ha cancelado la entrevista que tenía apalabrada con un grupo de parados andaluces. La causa, haberse reunido antes con el Presidente del PP andaluz, gravísimo delito, como pueden imaginar, desde la óptica de estos maniqueos radicales que nos (des)gobiernan. Estás conmigo o estás contra mí, ya saben, todo ello dicho entre sonrisas dentífricas y vagas promesas. Ver a doña Susana ahí arriba es ya motivo sobrado de estupor, pero contemplarla exigiendo la exclusiva es, realmente, un escándalo. Ni ella podría haber soñado con llegar a tanto, ni los andaluces podrían haber temido con llegar a menos.

Pasión del fútbol

Comento con Amando de Miguel y Paco Rosell las grandes evidencias que, una vez más el Mundial está revelando. La condición de “koiné” pasional del fútbol, ese lenguaje universal capaz de atraer audiencias inimaginables para cualquiera. El silencio vergonzante con que la España –como otros países principales– trata de olvidar la catástrofe de Maracaná y el hecho de que ese fracaso haya ampliado el margen a los discrepantes, en especial a los que justifican su falta de afición como consecuencia natural de su cultura. Y casi al mismo tiempo tropiezo en la prensa alemana, junto al lamento nacional por la debacle de la selección argelina, con la foto de Camus arrodillado ante el fotógrafo y con el balón en la mano, aquel Camus joven que un día confesó a un amigo que si hubiera podido elegir entre literatura y fútbol, hubiera elegido el segundo. Amando, que hace una sociología demótica, pegada al terreno, nos pregunta retóricamente qué religión en el mundo sería capaz de atrapar en sus redes a masas como las que siguen enloquecidas al fútbol, esas muchedumbres alucinadas que nos dejan ver en sus “travellings” las retransmisiones televisivas, semblantes “entusiasmados” en el sentido griego del concepto, esto es, presos de la divinidad. Y yo le recuerdo que Camus llegó a decir, para escándalo de cultos y biempensantes, que todo lo que sabía de moral lo había aprendido en el fútbol, como destilado de esa ordalía que es el partido. Dicen que el hombre es un animal mítico y no hay más que ver esos primeros planos desaforados para convencerse.

Hasta Obama posó como hincha para apoyar a su equipo y había que ver su cara desconcertada tras la derrota, ahora que el “soccer” empieza a conquistar masas en su país, y parece que quien más quien menos, la mayoría de nuestros responsables públicos, han estado discretamente atentos al campeonato, aparte de que en Rusia el fiasco de la selección haya llegado a la Duma, al Parlamento, a petición de un grupo de diputados forofos. ¿Qué partido sería capaz hoy de reunir esa hinchada? ¿A qué dirigente “divinizaría” el gentío como los argentinos a Maradona? Quedamos conformes en que ese deporte/negocio es hoy un asunto de Estado y, si nos apuran, un culto nuevo, una teología menor de la paganidad irracional y pujante. Dijo Malraux que el siglo XXI sería religioso o no sería. Todo este berenjenal indica que no le faltaba buena parte de razón.

Jóvenes viejos

Curioso: la generación que ahora anda bajándose del tren profesó primero la fe revolucionaria y luego la enterró. Más curioso todavía: los maniquís de serie de la penúltima Izquierda –fíjense en lo que se parecen todos: Iglesias, Garzón o Sánchez—proponen ahora, en cambio, exhumarla. Siempre hemos tenido en España una “revolución pendiente”, pero ahora quienes la reclaman no son los ropavejeros de la derecha extremada, sino los que viven de la rebusca en el basural democrático que ha producido la crisis, con un ojo puesto en Venezuela y el otro en el papel cuché. Ni en la peor pesadilla hubiéramos podido imaginar que nuestros jóvenes sucesores serían tan antiguos. Ni tan peligrosos.

El juicio paralelo

He leído con atención el auto del juez Castro sobre (contra) la Infanta Cristina así como la incontinente respuesta que le ha dado el fiscal Horrach. En el primero no puede dejar de llamar la atención la terquedad del instructor a la hora de imputar un delito fiscal a quien la propia Hacienda se lo niega. En el segundo, me ha sorprendido el tono de la arremetida, dado que el fiscal tenía en su mano, de tener pruebas de lo que acusa al juez, interponer contra él una querella por prevaricación. Me dicen algunos juristas e incluso un par de jueces que tampoco es para tanto, toda vez que ese lenguaje no deja de ser un uso forense, admitido en la práctica en los tribunales, una razón que no se me alcanza puesto que si se afirma que el juez actúa de mala fe para perjudicar a la Infanta se le está llamando prevaricador aunque sea implícitamente. Pero lo malo, por una vez, no es ya lo que se cuece entre los ropones, sino lo que anda guisando la voz del pueblo –que de voz del cielo tiene poco—en términos de los que resulta que si, al final, la Infanta no fuera imputada quedaría la sensación generalizada de que la Justicia actúa mediatizada por otros poderes e influencias, y si, en cambio lo fuera, habría de verse en ello una prueba de su discreción y rectitud. Entre todos los desafíos que tiene pendientes la Justicia, ninguno tan complejo y maniqueo como éste en cuyo haber puede incluirse, al menos a título de hipótesis razonable, la reciente abdicación del Rey.

Nadie duda de la responsabilidad de Urdangarín y poca gente de una inocencia de la propia Familia Real que, de resultar cierta, sería más bien inopia. Y es obvio que la sanción de la Infanta sería saludada como una prueba de independencia judicial por una mayoría que, por supuesto, desconoce los pormenores de la historia. Pero eso, que es inevitable según la imagen shakespeariana de la cabeza podrida del pez, no tiene por qué ser justo en una sociedad gravemente afectada por la corrupción y en la que las corruptelas –que son cosa diferente—afectan a tan vastos sectores ciudadanos. Flaco favor le ha hecho el fiscal al pleito arremetiendo en esos términos contra un juez instructor acaso más severo de lo preciso. Porque me temo que la opinión haya quedado partida por gala en dos, en beneficio de otros pleitos públicos que se avecinan. Al fin y al cabo, el “caso Noos” ha tenido la virtud de poner en la picota un asunto que hasta antier, hubiera sido, tal vez, impensable.

El “Terror” francés

La detención de Sarkozy ha desencadenado, como era lógico, el debatillo sobre el rigor de la Justicia francesa comparado con el de la nuestra. Tres Presidentes de la República –Mitterrand, Chirac y ahora Sarkozy, sin contar a Strauss-Kahn que, al fin y al cabo, tenía rango de jefe de Estado—han acabado ante los ropones para ser sometido a la Ley, igual para todos, y de ello ha querido alguien sacar la conclusión de que quizá no se trate de que la Justicia franca sea más expeditiva y corajuda que la nuestra, sino de que la corrupción española, aunque sentida más intensamente por nuestra estimativa pública, no debe de ser tan grande o, en todo caso, no mayor que la que reina en el país vecino. ¿Y no será que aquella Justicia funciona con mayor independencia en el marco del Estado, es decir, que la nuestra soporta el peso de una dependencia política que dificulta su tarea a la hora de enfrentarse a los otros poderes del Estado? Que la juez Alaya se haya convertido en un referente nacional por el simple hecho de aplicar la Ley sin distinciones ante hechos realmente inauditos o que el Consejo General del Poder Judicial, órgano supremo de gobierno de los jueces, se tiente la ropa para mediar en el rifirrafe entre el juez que imputa a una Infanta y el fiscal que se permite por ello acusarlo prácticamente de prevaricación, demuestra que nuestro sistema judicial arrastra aún penosas taras entre las que no es la menor la desconfianza de los ciudadanos. Lo que ocurre en Francia es, simplemente, que las cosas son “normales”, quiero decir atenidas a norma, y poco o nada dependientes de los influjos políticos. Un Presidente en un banquillo puede ser considerado como un desdoro, pero también, qué duda cabe, como una prueba incontrovertible de la vigencia del Estado de Derecho.

La teoría del “estigma” con que se protegió González en su día no pasa de ser un injusto absurdo y la incapacidad de Garzón para despejar la equis de los GAL la rotunda evidencia de que aquí todavía hay jueces que firman sus sentencias con las manos atadas. En Francia –como en Grecia, como en Italia–, no parece que se mantengan esas ligaduras ni resulta concebible que algún osado se atreviera a anunciar la muerte de Montesquieu, lo que no supone “terror” alguno sino mera normalidad. Aquí, en cambio, ver a un Rey desaforado ha provocado un terremoto y forzado unas ridículas prisas gubernamentales. Y en cuanto a Sarko, ya verán como la sangre no llega al río.