Ahorrar en farmacia

Corren aires de fronda entre los boticarios y la Junta, porque dicen aquellos que el sistema de subastas empleado por la ésta a pesar del Gobierno, provoca frecuente desabastecimientos de fármacos recetados como consecuencia de la escasa “capacidad de producción” de los laboratorios agraciados. Pero, además, y eso es ya peor, aumenta la desconfianza en esos “genéricos” fabricados con gran frecuencia en “países de Asia y del Este de Europa”. ¿Una medicina para pobres y otra para acomodados? La autoridad debe salir al paso de esta gravísima sospecha sobre la calidad de los “genéricos” que cuenta ya con el apoyo de no pocos farmacéuticos e incluso de médicos.

Vamos a peor

Nos llega desde la OCDE la noticia de que la media de estancia en la universidad de los españoles para conseguir un título es de nueve años y, encima, la aseveración de que su nivel medio es también muy bajo respecto del nivel europeo. Son indicios inquietantes que, por agarrarme a algo, pongo en relación con el hallazgo de unos investigadores que me encuentro en la revista “Intelligence”, según el cual no son exclusivamente los españoles sino los occidentales en general quienes andarían achicando su pesquis comparados, pongamos por caso, con sus predecesores de la época victoriana. Vaya por delante que no me cuento entre los más crédulos ante la psicología contemporánea, en especial ante la americana, ésa ciencia invasiva que clasifica a los hombres según unos índices de capacidad intelectual que ella sabe medir por el sencillo procedimiento de controlar los milisegundos que cada uno de ellos tarda en “reaccionar”. Los yanquis son fanáticos de esa creencia –la del C.I., el “ei kiu” de los enterados, ya saben—que marca como reses a los niños nada más poner el pié en la escuela y los califica de por vida. Pero mi caso no es quizá del todo válido pues respiro por una herida post-adolescente: la que me produjo en cierta ocasión un gurú al determinar, tras repetir incrédulo un test de inteligencia, que mi cacumen, a mis veinte años escasos, andaba más o menos por los siete. Estoy convencido de que muchas veces nuestras actitudes frente a la Ciencia tienen que ver más que nada con nuestra satisfacción narcisista.

Dicen esos sabios, en resumen, que, a razón de 1’23 puntos por década, desde los amenes del XIX acá habríamos perdido nada menos que catorce puntos, algo que confirma el éxito arrollador de la mediocridad ambiente pero que no deja de ser cuestionado por el vertiginoso avance del conocimiento que traducen sin pausa las nuevas tecnologías. Eso sí, he de reconocer que esta vez los sabios esgrimen una sugestiva razón: la de que tal decadencia, semejante embrutecimiento de la especie, puede que se deba a la selección genética que ha supuesto la reticencia ante la maternidad de las mujeres más inteligentes y mejor educadas de la tribu. La torpeza creciente sería el tributo a pagar por una sociedad menos patriarcal en la que, frente al macho eclipsado, las hembras no se resignen ya en el papel de meras reproductoras. Justo, después de todo, por más que el dato incomode al varón domado.

La Santa Inercia

Tomo prestado el título a un centón ilegible de Fraga a la vista de la situación en que andamos metidos. En Andalucía, por ejemplo, no se aplicará la LONCE, faltaría más, como en su día se anunció que no se aplicaría la ley educativa de Aznar, y no se aplicará a pesar de haber perdido la Junta el recurso elevado al Tribunal Supremo, y de que su consejero no se ve las manos para despejar los “pelotazos” de la corrupción, lo que no le deja resquicio para atender a los problemas del que es probablemente el sistema educativo más fracasado de la nación. La inercia es el mejor aliado de los políticos. Si por ella no fuera, mañana cerraban las aulas a cal y canto para prolongar las vacaciones.

Culpa y perdón

El ex-presidente González acaba de absolver “de levi” al ex–Honorable Pujol, cuya honestidad se empecina en defender y al que apenas achaca la responsabilidad de afanar para sus hijos la fortuna que él mismo, forzado por la evidencia, ha acabado por confesar. Esto de la culpa es siempre algo muy jodido y tengo entre manos la idea de que es el cristianismo tardío el factor que la introduce en nuestra civilización pues el inicial, pudiéramos decir, el genuino, no contemplaba como “confesables” –en un sentido muy diferente al que luego empleará el papa Alejandro VI—sino las faltas públicas, nunca las privadas. Hoy sabemos que la penitencia, como tal sacramento no se introduce en la práctica hasta que, ya en el siglo VI y tras las huellas de san Patricio, la imponen los monjes irlandeses de san Columbano, auténticos inventores de la confesión auricular. De hecho, el sentimiento de culpa, lejos ya del temor a lo Superior –recuérdese la odisea del pobre Caín–, es reducido por Freud, como sabemos, a puro temor al Super Yo, al que no es posible –ver “El malestar de la Cultura”– ocultar los malos deseos y menos las malas acciones. ¿Por qué atormentarnos inútilmente con el recuerdo de la culpa que los monjes mentados, llamados por eso “tarifarios”, liquidaban con un simple trueque de la pena por la penitencia, en la línea que acabaría imponiéndose históricamente? Pues para nada, definitiva: ya ven como González, a pesar de la confesión pública de Pujol, sigue recetándole las tres Ave María que limpian el fallo venial. ¿Hoy por ti mañana por mí? Eso ya, francamente, no me atrevo yo a decidirlo.

¿Y qué querían que hiciera González, acaso que le echara en lo alto el anatema como si él mismo no tuviera nada que ver con las filesas de este mundo y con todo lo que luego vino? ¿Iba a condenar a un colega que fue socio de Gobierno quien consintió, quebrantando al menos, su responsabilidad “in vigilandi”, las atrocidades de los GAL o los manguis que han conducido al festival golfo que estamos viviendo en nuestros días? ¡Pues claro que no, hombre! Culpas, las precisas, y ni una más, aunque la Justicia deba arrastrarse como puta por rastrojo detrás de los presuntos e incluso de los confesos, como aquellos “tarifarios” que vinieron en su día a civilizar a los bárbaros. Pelillos a la mar. González sabe bien lo que es salir indemne como Houdini de la sentina política. En cuanto a Pujol, sobre todo a estas alturas, échenle un galgo.

Banderín al viento

Vuelvo de una estancia en el Norte y me doy de bruces con un evocador artículo de Borbolla en el que, en recuerdo de una escena de la que fui testigo en Lille (en 1985, no en el 87 como mal recuerda mi ex-Presidente), protagonizada por Pujol en la primera Asamblea de Regiones Europeas a la que asistió en plan “petit Roi” asistido por un gabinete itinerante en el que figuraban algunos que luego hemos visto esposados y entre dos guardias civiles. Nosotros habíamos ido a Dusseldorf y luego a Bonn para asistir al congreso del SPD dirigido entonces por el luego fracasado candidato a canciller Johannes Rau, pero Borbolla dejó en Bonn a Griñán y a Braulio Medel de manera que a Lille fuimos solos él y un servidor. Y en efecto, allí estaba el temible Edgar Faure, ya casi octogenario, calvo y malhumorado, del que –como Borbolla recuerda– nos salvó a ambos un entrañable Pierre Mauroy, ex-primer ministro de la República y por entonces alcalde de la ciudad, con quien, en un reservado de la “Mairie”, casi dimos cuenta de una botella de Calvados y con quien hablamos largamente sobre Rabelais a quien él veía con las anteojeras de Lucien Febvre y yo –cosas de la edad– con las de Mijáil Bajtin. ¿Se imaginan ese nivel por aquí? Personalmente no oculto mi profunda y justificada envidia. Luego Borbolla le cogió las vueltas a Macià Alavedra –¡ejem!– y consiguió la vicepresidencia a la que aspiraba el reyezuelo dejando visiblemente desolada a la delega catalana que, a regañadientes, tuvo que conformarse con una vocalía mientras que al Presidente andaluz le proporcionó luego una larga ovación con salida al tercio en el Congreso del SPD. En Lille anduvimos por librerías de viejo y recuerdo que yo me arruiné, de lo que no me arrepiento, comprando una preciosa edición de Duby y ciertas memorias políticas para Borbolla. Mauroy ya nos había dedicado a ambos su espléndido “À gauche”.

Casi treinta años después me quedo con el dictado moral de Borbolla –Pujol “ha tenido como objetivo básico dejarle a sus hijos una herencia”—antes que con la absolución que acaba de administrarle González: “Ca uno es ca uno”, solía decir aquel en broma, y el tiempo se ha encargado de demostrarlo. En cuanto a mí, confieso que la escena de la comitiva pujolista, con al banderín ondeante, me recordaba ya entonces las hazañas y desventuras del “pequeño Rey” que inventó para La Codorniz el ingenio de Enrique Herrero.

Industria de muerte

No es justa la broma sobre Suiza que sostiene que, tras siglos de pacifismo y serenidad, el bello país no halló mejores logros que el chocolate y el reloj de cuco. Lo sabemos de sobra, sobre todo desde que casi nadie ignora el papel jugado en la prosperidad suiza por una actividad bancaria que estos años (¡y estos días!) no se pierde un telediario. Suiza es un país aparte, eso sí, un país neutral más o menos imaginario, que le ha sacado a esa neutralidad una renta excelente, y un país ejemplar donde nadie roba el periódico ni la botella de leche al vecino pero en el que los ríos de la fortuna del crimen, entre otros negocios, confluyen caudalosos. En la universidad de Zúrich un equipo de expertos ha observado el crecimiento acelerado de la industria de la muerte, es decir, del negocio de la eutanasia o muerte asistida que, a pesar de no ser allí del todo legal, funciona tan estupendamente que, sólo en cuatro años, entre 2008 y 2012 registró prácticamente dos muertes al día sobre una clientela de diversos países europeos –los más desarrollados, por cierto—y en la que las mujeres fueron mayoría. ¿Por qué tanto suicidio, por qué tanto desprecio por la vida en el mundo mejor dotado en contraste con los países pobres en los que, puede que se produzcan catástrofes genocidas, pero apenas se conoce el suicidio?

Se me viene a la memoria el aluvión de suicidas egregios, la delicada carta de Virginia Woolf a su compañero, el amargo silencio de Primo Levi, el disparo narcisista de Larra o los estruendosos de Hemingway o Van Gogh, el final casi inevitable de Pavese o el decidido de Mishima, sobre todos los cuales, por razones de proximidad e inmediatez sitúo la brava confesión de mi querido Félix Grande y su verso caliente, aquel “caeré diciendo que la vida era bella” que bien supo confirmar. Hay razones, no lo ignoro, sobran motivos en este perro mundo, para que el hombre huya voluntario perseguido por la fatalidad o, como hubiera querido Freud, acaso también por esa “desgracia exterior permanente” que es el sentimiento de culpa. Se precisa recio esqueleto y fuerte musculatura moral para resistir impávido en medio de esta vida maravillosa y, al tiempo, terrible, y esa afluencia del turismo suizo demuestra que no vivimos precisamente los mejores tiempos. Tiemblo ante el retrato de Zweig y su esposa abrazados de cuerpo presente o ante la noticia de esa niña que se colgaba en Huelva hace bien poco. Vivir es un hermoso milagro cada día más gravoso.