Memoria climática

La hipótesis de quienes defienden el cambio climático ha alcanzado este verano, ciertamente atípico, sus cotas más altas. Se quejan los veraneantes de este incierto estiaje, más llevadero que otros años, sobre todo en esas playas en las que el personal renuncia al baño protestando contra la frialdad del mar o el impropio refresco de un viento foreño que ha obligado hasta ahora a las veraneantes, salvo excepciones, a mantener la rebeca a mano. Hay quien dice que una raya trazada por encima del Bajo Aragón demostraría que no ha habido en toda Europa más de dos días despejados en lo que va de estación y quien, ya en plan apocalíptico, relaciona estas benignidades con las alarmantes noticias que a diario nos hablan del deshielo ártico y aun de las postrimerías del Antártico, con su inevitable cortejo de cambios etológicos que justifican las mudanzas migratorias de las aves, hoy sedentarizadas en muchos casos al tener comida larga en los vertederos urbanos y garantizada la templanza climática. Sólo el voluntarismo veraneante mantendría en vilo la vieja costumbre pero en las playas, al parecer, hay ya más oferta disponible que nunca. Cualquiera sabe, pues.

Antes de llegar el verano, una temerosa predicción climatológica auguró un verano tórrido, aunque es cierto que los expertos franceses negaron la mayor prediciendo justamente esta incierta estación que estamos viviendo, contradicción que, una vez más, contribuye a cuestionar –injustamente a mi parecer—una ciencia del clima en la que un sabio como Le Roi Ladurie supo encontrar algunas claves determinantes de la evolución humana después del año 1000. Y es que lo que falla es la memoria climática colectiva, capaz rara vez de evocar con exactitud razonable qué ocurrió en las estaciones pasadas de hace simplemente dos o tres años. No recordamos –salvo excepciones, claro– cómo de extremado fue el verano del 2010 o como de riguroso fue el invierno anteanterior, como no guardamos memoria firme de si hace tres años llovió más o menos en primavera que en la otoñada. Aparte de que ya las cigüeñas no llegan puntuales por San Blas, como asegura el refranero, ni podemos estar seguros de que por abril las aguas serán mil, como dice otro clásico adagio, por más que los arúspices predigan años húmedos o secos, helados o tórridos, incluso a años vista. Al labriego le queda seguir mirando con inquietud al cielo como al turismo mantener la jaculatoria, siempre con un ojo en el cerco de la luna.

Bibliocleptomanía

Todos los datos que conocemos apuntan a que el español lee poco. Poco o casi nada, aparte de titulares de periódico y algún que otro “betseller” pertenecientes, por lo general, a eso que la sociología americana llamaba “mass cult”. A tal punto ha llegado la pereza lectiva que los editores, al amparo de las facilidades que les ofrece la nueva tecnología, han optado en muchas ocasiones por editar los libros “a demanda”, para entendernos, de doscientos en doscientos o así, en evitación de los clásicos almacenajes de libros inútiles. Allá en el primer tercio del siglo XX, Aníbal González trató de combatir esa lacra incluyendo en su diseño de la Plaza de España sevillana unas hornacinas entre los sillones de azulejos cuya base había de servir de anaquel donde, al aire libre de un tiempo que él imaginaba nuevo, a una atractiva biblioteca de uso público, la misma que ahora, inopinadamente, han decidido restituir unos generosos editores al colocar en ellos y al alcance de la mano, nada menos que mil quinientos libros. Pero ¿es posible intentar algo semejante en esta Vandalucía nuestra tan poco respetuosa con la propiedad ajena? Los pesimistas hemos ganado esa ingrata apuesta al comprobar que, en efecto, el robo de libros ha sido masivo e inmediato, algo que no debe sorprendernos en una tierra en la que el fraude es noticia diaria y cuyos altos “responsables” andan enrocados en la defensa mutua y sin la menor intención de acabar con la gran delincuencia. ¿Cómo esperar que un pueblo sometido a ese mal y testigo de tanta impunidad respete una tentación tan provocadora sin echarle mano a lo ajeno?

No debe de ser fácil extirpar de la mentalidad la idea de que un bien sin vigilancia es de suyo una “res nullius”, una cosa que a nadie pertenece y que queda, en consecuencia, al alcance legítimo de cualquiera. Ahora bien, ¿cómo explicar tanta diligencia, semejante bibliocleptomanía, si me permiten la aglutinación, allí donde el desinterés por la lectura es proverbial, sobre todo en los altos niveles de la vida pública? ¿Vamos a esperar civismo en este puerto de Arrebatacapas que Castillo Solórzano puso en la picota, ya a mediados del XVII, en “La garduña sevillana”? Creo que los mismos esforzados editores se proponen reponer la dotación libresca con nuevas aportaciones de ejemplares. Dios se lo pague, por poco verosímil que resulte el éxito de la empresa que soñó en su día aquel docto iluminado que fue Aníbal González.

La India profunda

A Nerendra Modi, primer ministro de la India, no le gusta la situación de su país. Ve que, en efecto, sobre todo la juventud, crece y se supera, en especial en torno a la informática, sin embargo de lo cual el país vive inmerso y como anestesiado en pleno Neolítico. Un ejemplo, el de la falta de aseos: en un país de 1.200 millones de almas, al menos la mitad de ellas carece de sanitarios y debe recurrir a los excusados del campo abierto para satisfacer sus necesidades más elementales. ¡Ni un hogar sin baño!, ha dicho Modi, como cuando en la España de los 30 resonaba aquello de “¡Ni un hogar sin lumbre!”. Se queja el ministro de que, aún en pleno siglo XXI, las mujeres (no sé por qué no incluye a los hombres) “han de esperar a que caiga la noche” para atender a aquellas urgencias, una circunstancia agravada por la presencia de merodeadores libidinosos que con frecuencia llegan a violarlas. ¿Se puede mantener semejante situación indigna? El “premier” cree que no y, en consecuencia, parece que anda elaborando un plan para, en defensa de la mínima dignidad humana, dotar de sanitarios a todos los hogares sin excepción. También disgusta a Modi la frecuencia del suicidio que, a su entender, se debe en la mayoría de los casos a la presión que los matatías usureros ejercen sobre los endeudados campesinos pobres, razón por la que ha prometido ya de paso un programa que permita a todos los indios, incluidos los “intocables”, el acceso a una cuenta bancaria en la que podrá disponer libremente hasta las 100.000 rupias, el equivalente a 1.200 euros, sin que por el momento haya revelado cual será el mecanismo milagroso que haga posible esta multiplicación crediticia de panes y peces. ¿No dicen que querer es poder? Pues eso, ya lo tienen ahí.

Asombra esta realidad abrumadora que aflige a los países llamados “emergentes” –la propia China, México, Brasil e India, sobre todo—y, por supuesto, a todos los “sumergidos” sin aparente remisión, sobre todo porque, dada la velocidad y la relativa transparencia de la vida, ya no resulta posible mantener ocultas esas vergüenzas que, probablemente, en un par de generaciones dejarán de ser tolerables. Países que avanzan a un ritmo trepidante siguen malviviendo analfabetos, sin baño doméstico y con la luz “enganchada”. Modi sueña con “una India digital” inminente pero que, de momento, sobrevive menesterosa en plena indignidad. El capitalismo tiene esas contradicciones, incluso allí donde funciona

Cabezas cercenadas

Estamos asistiendo este verano a la bárbara réplica de Israel a la infame provocación de los islamistas de Hamas. Pocos acontecimientos dividen tanto la opinión como este doble crimen porque, por lo general, el debate sobre lo que allí está ocurriendo se reduce a la tesis de la defensa propia por parte del sionismo despiadado, y a la de la injusta ocupación de su territorio por el lado palestino. Incluso el obispo y premio Nobel Desmond Tutu, viejo líder en la lucha contra el “apartheid” sudafricano, tras alegar que “Dios no interfiere en los asuntos de la gente”, ha publicado en el principal periódico de Israel una llamada al diálogo partiendo de la aceptación del carácter salvaje de la respuesta israelita aunque sin dejar de reconocer, en tono mucho más bajo, la provocación de Hamas que, a su juicio, “añade fuego a las llamas del odio”. En Nueva York, en París, en Nueva Delhi, en Londres, en Sidney o en Ciudad del Cabo se ha producido una manifestación antiisraelita que, según el ilustre purpurado, puede que sea “la mayor de la historia de la Humanidad”. Pero, ay, al mismo tiempo, Youtube ha colgado en la Red la escena, discretamente censurada, de la degollación de un periodista yanqui, James Foley, a manos de un aterrador sicario que, por cierto, se expresaba en su alegato en un inglés al parecer londonense. En esta hora funeral no sabe uno ya hacia dónde volver la mirada para no ver.

El conflicto de Oriente Medio no es más que un caso particular de una descerebrada convivencia ecuménica en la que no hay más remedio que reconocer, sin que ello signifique en absoluto apoyar la brutalidad israelita, el signo de un problema de época, el que plantea la imposible coexistencia de la civilización occidental –es decir, la única, de la que derivan todas las demás—con un imaginario teocrático declaradamente dispuesto a acabar con todos los demás. Es urgente sentar en la mesa, a la fuerza si es preciso, a los dos bandos enfrentados en Gaza, pero también, quién puede dudarlo, enfrentarse unidos a la amenaza cruenta de los yihadistas que aplican su terrible charia que incluye a todo el planeta, provoca al dragón, mutila sexualmente a la mujer, cuelga a los “diferentes”, lapida a las adúlteras o decapita a los inocentes. La cabeza cercenada en manos de ese verdugo resulta tan incontestable como las matanzas perpetradas en Gaza. Lo demás, es pura ideología o, quién sabe,… puro negocio.

Aquel verano

Escribo de memoria, quizá sin el rigor que exigiría una evocación tan decisiva. Aquel verano del 89 nos sorprendió una foto que dio la vuelta al mundo: los ministros de Exteriores de Hungría y de Austria abriendo con sus cortafríos un agujero en la erizada red de la frontera que separaba a los dos países, en un gesto de evidente connivencia política que ya había sido anunciado a cencerros tapados unos meses antes por el propio Partido Comunista húngaro con su acuerdo de retirar las alambradas. ¿Se abriría al fin el “hortus conclusus” explotado por los soviéticos, era posible entrever un mundo sin fronteras en el que los ciudadanos pudieran ejercer el derecho elemental de transitar con libertad y decidir su residencia? Entiendo que el soponcio que echó abajo el llamado por Churchill “telón de acero” –¡qué alivio comprobar que nuestros hijos no saben ya de que hablamos cuando aludimos a él!—no ha sido bien estudiado aún. ¿Por qué tan repentinamente se desvencijó la rígida estructura, qué era lo que estaba debilitando hasta ese punto de impotencia la disciplina soviética, tan débil era la barrera que durante decenios pareció casi inexpugnable? Recuerdo que en el pueblecillo fronterizo de Sopron se organizó un falso “pic nic” al que acudieron en masa los fugitivos con destino soñado a la localidad vecina de Einsenstadt y la sorpresa que nos llevamos el 19 de agosto cuando se difundió la noticia de la fuga generalizada. Un “telón” que había costado tantas vidas y acarreado tanto sufrimiento, resulta que no era más que un fielato fósil para derribar el cual bastaba apenas un decidido empellón. Y luego, el dominó, la caída en cadena de los “países soviéticos” sorprendentemente colapsados, el airón de la libertad que nos sacó de la pesadilla. Toynbee dice en alguna parte que a todo monumento histórico lo acecha un vendaval inesperado.

Recordamos entonces el comentario de Rudolf Bahro –testigos Daniel Lacalle, Mery…– unos años antes, poco después de publicar “La alternativa”, su rotundo análisis del laberinto, su idea de que nada es lo suficientemente sólido como para descartar su fracaso, en definitiva su mensaje pesimista del fin de una utopía cuyas causas supo descifrar mejor que nadie. Hablo de aquel verano y parece que fue ayer, pero ha pasado sin tregua un cuarto de siglo y a Europa no la reconoce ni la madre que la parió. No hay fortaleza que garantice su perennidad. Ni utopía que no reclame un nuevo sueño.

Norte y sur

Un reputado economista citado por el Financial Times, el profesor Christian Schulz, ha rematado la tarta de la insólita inversión de los papeles jugados por los países europeos –crece España, se estancan Francia e Italia, decrece Alemania—, señalando en esa anomalía insólita, no tanto los caprichos de la realidad, como la inextricable razón de esta inversión de roles. Es una de las más expresivas reacciones a la noticia confirmada de que el Norte –para qué vamos a engañarnos, la Europa en que piensa el cerebro europeo desde, pongamos, Erasmo hasta los padres de Roma—haya perdido la iniciativa, siquiera temporalmente, mientras toma el relevo un país hasta antier descartado como España. Dice, en efecto, ese sabio que la causa del extraño no es otra que el efecto negativo provocado por la crisis ucraniana –siempre hay un clavo al que agarrase, ¿no?—y prevé que Alemania tendrá forzosamente que retomar la batuta entre los primeros países “aunque para ello deba competir con España”, ese convidado de piedra que, por una vez, echa abajo el apócrifo atribuido a Dumas de que África comienza en los Pirineos. Pues bien, crecemos, crece España y se contrae Alemania por vez primera desde hace dos años, mientras los otros grandes países nos contemplan perplejos desde su estancamiento. Entristece pensar que este motivo de ánimo para la nación haya caído como una mota incómoda en el ojo de la oposición. Así de desleal puede llegar a ser la democracia incluso manteniendo las formas.

Buen varapalo para el economicismo rutinario ése que compite con la sociología, como avisara Durkheim, en demostrar obviedades empíricamente. Por mi parte he recurrido al viejo ensayo de Pierre Vilar, “Crecimiento y desarrollo”, que me regalara un día Gonzalo Anes, para encontrar sin esfuerzo su tesis de que resulta imprescindible para el observador cierta sensibilidad para calcular el efecto tiempo en la historia económica, sobre todo a la hora de percibir y valorar la desigualdad de los desarrollos sin perder de vista –ojo– sus influencias recíprocas. ¿Cuánto puede durar esta inversión de papeles, será capaz la perceptiva europea de contemplar sin perder los nervios este mapa colgado del revés? No lo sé, naturalmente, pero sería deseable que la aceptación y el reconocimiento se produjeran aquí dentro, en España, antes que por ahí fuera. No existe un determinismo que sobreordene el Sur al Norte. Al menos disponemos de un trimestre para soñar este milagro.