El perro muerto

Sobre el solsticio de verano se conmemora el recuerdo de un personaje singular, Simeón el Loco, controvertida personalidad que inventó y practicó una de las vías ascéticas más memorables de la hagiografía a pesar de su extravagancia. Pensaba este sirio bizantino, ciertamente extremado, que la dura vida del anacoreta aún no saldaba alguna cuenta peligrosa, acaso la más peligrosa de todas, a saber el orgullo al que está expuesto el santo público, razón por la cual decidió dejar su cueva en el páramo y encajarse en la ciudad, en Emesa (luego en Homs, hoy día de triste actualidad), en la que entró, como heraldo de su propia locura, arrastrando un perro muerto que halló en un basural. Nada dicen de Simeón ni “La leyenda áurea” de Jacobo de la Vorágine ni el colosal catálogo de Louis Réau pero sí que dan cuenta de sus hazañas el Martiriologio Romano, una biografía suya escrita por el obispo Leoncio, y algo más que una leyenda que conserva la imagen de su extravagancia. Simeón murió solo y apaleado, víctima voluntaria de su inevitable martirio dejando tras de sí, sin embargo, el espectro de esa figura espiritual que eligió como vía purgativa el propio desprestigio. Más de un espiritual ha sospechado del riesgo de ese orgullo humano, demasiado humano, cuya evitación exigía, según nuestro santo loco, además de la virtud, el sacrificio de vivir cómicamente la propia y humillante caricatura.

He visto en la escena de la recepción de los nuevos reyes por el papa Francisco un gesto que, cuenta habida del ceremonial vaticano y salvadas todas las distancias, algo conserva de la imagen del perro muerto que arrastró Simeón, una escena sencilla, casi insignificante, pero cargada de esa forma suprema de intención que es la naturalidad: la escena del pontífice dirigiéndose en persona a un armario para recoger el amistoso presente que nadie había previsto para el fotógrafo de la comitiva. Nada de edecanes, nada de cogecosas: el papa asume su humanidad elemental por encima y más allá de todo protocolo en el que seguramente es el gesto más revulsivo registrado desde que se produjo la renuncia a la silla gestatoria. Es la “alta sabiduría” de que habla el Martiriologio, el fasto de una sencillez hace siglos olvidada. Era la vigilia de Simeón el Loco, quién sabe si algo más que una coincidencia litúrgica, acaso una conjunción carismática. En las caras cortesanas se reflejaba palpable el desconcierto más elocuente.

Todos mangando

Hay noticias que confirman como realidad cumplida lo que, en principio, parece una frase coloquial e hiperbólica: “todos mangando”. Sin embargo, a medida que pasan “casos”, la frase en cuestión va demostrando su virtualidad. Miren lo ocurrido en Fuente Palmera –un pueblo de diez mil habitantes—en el que, según el Tribunal Supremo, tanto el alcalde (PSOE), como el interventor y la concejal de Hacienda se llevaron a casa el dinero de la caja. La sentencia incluye la nota humorística al decir que los tres imputados deberán devolver el dinero sustraído a las arcas municipales. Si eso llegara a cumplirse habría que levantar un monumento en ese pueblo saqueado.

La Gran Guerra

Se cumple este mes el centenario de la Primera Guerra Mundial, la llamada, tan ingenuamente, Gran Guerra, cierre radical de una larga era europea y umbral de un periodo de incertidumbre que acabaría en otra tragedia aún mayor. Van a abrumarnos desde la tv digital con las terribles imágenes de aquella guerra de nuestros abuelos en la que debutaron las nuevas armas derivadas de las tecnologías más recientes –el tanque, la ametralladora, los gases asfixiantes, la aviación o el alambre de espino–, un nuevo concepto de la barbarie bélica que costó nada menos que nueve millones de vidas y el derrumbe de todo un mundo. Jünger, el favorito de Goebbels, hubo de reescribir prácticamente sus “Tempestades de acero” para quitarles hierro, mientras Remarque, perseguido bajo el nazismo, mantuvo siempre la crónica desoladora de “Sin novedad en el frente”. Hay un cine sombrío sobre el conflicto y los primeros reportajes de guerra que inmortalizaron las tristes trincheras que, junto a las novelas, nos deja la imagen de una guerra inútil y de una crueldad nunca vista, un cine en el que destaca, a mi juicio, la lección moral sobre la esencial sinrazón de la guerra que es “Senderos de Gloria”, obra maestra de Stanley Kubrick. Y hay —siempre a mi juicio– dos libros esenciales para entender las demoledoras consecuencias geoestratégicas del conflicto, “El mundo de ayer que escribió Stephan Zweig poco antes de su suicidio, y “La marcha de Radetzky” de Joseph Roth, la más lúcida impresión del fracaso de la vieja Europa y la disolución de sus Imperios. La que iba a ser la última de las guerras abrió, sin duda por su cierre fallido, un futuro sobrecogedor que, en especial tras los ataques atómicos, prueba la demencia de la especie.

Sería interesante que nos ilustraran de paso sobre los beneficios que la neutralidad reportaron a la España de Alfonso XIII –convertida en abastecedor de los países beligerantes– y, claro está, de las consecuencias políticas este hecho acarrearía a nuestro siglo XX. No hay manual tan útil sobre este aspecto como la tesis compartida por Santiago Roldán, José Luis García Delgado y Juan Roldán en sus obras, ni desmitificación más arrasadora que la ironía de Georges Brassens sobre la visión honorable de las guerras y los remilgos de la guerra caballeresca. Hoy las guerras locales sustituyen a la aventura de la conflagración mundial, virtualmente imposible. El enigma de Heráclito tiene en este hecho su respuesta más flamante.

Primarias con forceps

Cuesta creer en la aparición, a plazo forzado, del antagonista que el coordinador de IU, Antonio Maíllo, necesitaba como el agua para dar credibilidad al invento de las “primarias”. Ya es difícil pensar en el propio Maíllo como candidato a la presidencia de la Junta –y no porque falten modelos flojos con los que comparar–, pero tragarse la parusía de don Laureano Seco es demasiado para el cuerpo. “Esto no es un paripé” se desgañitan desde dentro los actores. No cabría mejor prueba en contrario que esa misma protesta.

Física indígena

El indigenismo sudamericano ha alcanzado su cota máxima en Bolivia con la decisión del Gobierno de invertir el sentido de las agujas del reloj, de manera que, en adelante, marquen el tiempo de derecha a izquierda y no, como es tradicional, en el sentido contrario, justo ahora que tanta gente discute ese “efecto Coriolis” que haría girar el agua del lavabo, en el hemisferio sur, en la dirección contraria a la que sigue en el hemisferio norte. Quiere distinguirse Bolivia del resto del mundo imponiendo su “reloj del Sur” hasta el punto de que el Senado del país ha solicitado a quien corresponda una aplicación que permita el uso de relojes invertidos en los teléfonos móviles, en cierto modo como una especie de mensaje a la especie humana en favor de una dudosa tecnología propia que, en cualquier caso, no afectaría en absoluto al transcurso del tiempo. ¿Se puede llevar más lejos la ingenuidad lugareña y el terco afán de singularidad que de modo tan profundo marca a ciertos movimientos indigenistas? De momento, en plena fachada de la Asamblea Nacional, ya ha sido instalado un reloj cuyas manecillas recorren el círculo al revés, es decir, de derecha a izquierda, como si se pretendiera enfrentar tercamente la realidad sureña a la vieja civilización del Norte pero sin otro resultado que la singularidad misma, y doscientos relojes de esa naturaleza han sido distribuidos entre los miembros del G-7 reunidos en Santa Cruz este mismo mes de junio.

No habrá en toda la teoría del devenir, probablemente, nada tan bizarro como esta ocurrencia que nada tiene que ver con la misteriosa índole de esa dimensión humana que es el tiempo, tan escondida, tan huidiza, de la que san Agustín decía que mientras nadie le preguntara por su significado él sabía a ciencia cierta en qué consistía, pero que dejaba de saberlo en cuanto alguien se lo preguntara, más o menos lo mismo que Rousseau cifró en dos versículos famosos en los que llamó al tiempo “imagen móvil de la eternidad inmóvil”. Pocas ingenuidades como la creer que existe alguna diferencia entre el tiempo contado al derecho y el contado al revés que viene a ser como mudar de orilla para contemplar la corriente del río, que es siempre la misma con independencia del espectador. Nunca se vio, eso sí, un reto tan inútil ni una ficción tan grave como ese intento de engañarse a sí mismo invirtiendo un circuito sobre el que, como desde el origen del mundo, el tráfico seguirá discurriendo indiferente.

El Parlamento caro

Ahora resulta que, además de inútil bajo la férula del “régimen”, el Parlamento de Andalucía es uno de los más caros de España. Pagamos lo que tenemos sólo por oír lejanamente el rumor de una Cámara que, por su propia constitución y desde que nació, no controla al Gobierno sino que lo apoya, es decir, por mantener en pie un mero aunque prohibitivo simulacro de autogobierno democrático. Se comprende el distanciamiento de la opinión y hasta el rechazo de una política que, mientras no cambie el paso y el reglamento, seguirá siendo tan cara como prescindible.