El negocio y la salud

La prensa internacional ha dado un relieve sin precedentes al caso de la enfermera española contagiada de Ébola. Sólo una noticia como ésa o el triunfo en el Mundial de fútbol nos hace merecer la atención de esos observadores, sobre todo desde que España, como país, se deslizó desde el escalón al que se había encaramado. Eso sí, si hablan de España ahora no es más que por el hecho de ser nuestro país el puente obligado por el que la pandemia pudiera alcanzarlos a ellos, tal es la mala fama que tenemos que incluso hoy día se sigue hablando sin fundamento de la “gripe española”. Los comentaristas explican que no hay remedios para el Ébola porque a la farmaindustria no le interesa invertir ni distraerse investigando un remedio que aquellas poblaciones pobres no podrían pagar o, lo que viene a ser lo mismo, que si la enfermedad hubiera roto en nuestro Primer Mundo otro gallo hubiera cantado. ¿Será posible que ni las grandes potencias amenazadas hayan logrado imponer ese esfuerzo, no sería cosa de ir pensando en la estatalización de esa rama industrial basada exclusivamente en el beneficio y atenta sólo a su cuenta de resultados? Miren por qué retorcidos caminos puede que el miedo a la epidemia acabe ganándole el pulso al credo ultraliberal.

Un contagio en suelo europeo ha levantado más polvareda que las miles de muertes registradas o por registrar en el infierno africano, y un par de ellos en Norteamérica ha convulsionado el Poder y parece ser que también el presupuesto de investigación, pero todo indica que mientras el virus no salte al mundo desarrollado poco pueden esperar sus lejanas víctimas. Algo por el estilo ocurrió ya cuando apareció el Sida, hasta el punto de que, años después de disponerse de la vacuna, aún se resistían los laboratorios a amoldar el precio al bolsillo de los pobres. Habrá que esperar a que una catástrofe sanitaria real convenza al Poder de la necesidad de intervenir en un sector productivo cuyo cliente es el enfermo, rico o pobre, y en cuya lógica negocial la noción sanitaria apenas pesa lo que una pluma. Y mientras tanto, la epidemia se desplaza libre sobre el mapa africano, sin que la alcance siquiera la ayuda imprescindible de los que poseen los recursos. Oigo estremecido en la radio el clamor de un experto: “Ojalá el Ébola hubiera estallado en Occidente, porque otro gallo nos cantaría”. Un escándalo, más que una pena. Y no sé hasta qué punto también un delito de lesa Humanidad.

Estos sindicatos

El detalle y la dureza del escrito de la Fiscalía Anticorrupción en el que le pide al juez que impute a los dos anteriores secretarios generales de UGT – Pastrana y Fernández Sevilla– no creo que sorprenda a casi nadie a estas alturas porque los tres grandes “agentes sociales” –la propia UGT, CCOO y la CEA—hace tiempo que navegan bajo el lastre de la más pesada imagen. La función sindical es imprescindible pero lo que aquí está sucediendo inhabilita a las actuales organizaciones, convertidas en un argumento para la reacción derechista y en una vergüenza para el progresismo de izquierdas. Un sindicato no puede ser una bicoca ni un negocio. Y el fiscal dice que estos son ambas cosas.

Black cards

Un tema recurrente de la conversa española es el de calcular hasta dónde puede llegar la corrupción. Hemos pasado de la artesanía pseudoinstitucional de Juan Guerra o los ingenios financieros de Naseiro o Filesa, de los dieciocho millones de los “convolutos” del primer AVE a los 50 de Ojeda, de los trinques de la mismísima cúpula policial y las joyitas de Corcuera a las fortunas exiliadas de los Bárcenas y los Pujol, y lo hemos hecho casi sin percatarnos deslizándonos sobre el pellejo lubricado de una moral ruinosa. Políticos, empresarios, sindicalistas y conseguidores de tres al cuarto han dilapidado una ingente fortuna a costa del contribuyente siguiendo una deriva a la que cuesta ya imaginar un fin, una tragedia ética y política de la que, contra el argumento frecuente de la “mayoría inocente”, hay que decir de una vez que apenas hay quien se salve en nuestra vida pública. ¿Cómo imaginar a Esperanza Aguirre invocando la inocencia de los ladrones consumados que han esquilmado Caja Madrid con las famosas “tarjetas negras” sin fondo ni control, que han permitido a sus numerosos usuarios agigantar ese agujero negro incluso cuando la Caja estaba siendo salvada a costa de los españoles, cómo aceptar que esa tropa mangante –en la que figuraban desde síndicos demagogos a personajes con categoría de jefe de Estado—haya sido capaz de llevarse semejante fortuna y hasta de ¡sacar una millonada de los cajeros automáticos!? Allá en tiempos de González hubo quien sostuvo que la política más aconsejable al Estado sería la de construir prisiones y, tantos años después, tentado se ve uno de darle la razón.

Es posible que haya que aceptar la tesis de quienes ven en la corrupción un fenómeno –acaso un prerrequisito—característicos e imprescindible del capitalismo avanzado, paradójicamente incluso en regímenes de origen comunista o comunistas de pleno derecho como China. Pero el español medio, más allá de análisis y cábalas, de lo que se queja es de una impunidad que favorecen cooperativamente el trampantojo partidista y la lentitud judicial, convirtiendo en excepciones los casos en que sobre los mangantes ha recaído inclemente la sanción efectiva. ¿Quién se extraña del auge de los agitadores antisistema ante esta España podrida por los cuatro costados? Nunca, probablemente, ha vivido este país una debacle moral comparable y nunca se ha visto tan clara la paradoja de los de abajo enriqueciendo con su sacrificio a los delincuentes de arriba.

Dos actitudes

La secretaria general del PP andaluz, Loles López, ha decidido dejar su alto puesto orgánico para dedicarse a su compromiso con su pueblo de Valverde del Camino del que es alcaldesa. Es la primera vez, que yo recuerde, que un político renuncia a la capital –a Sevilla o a Madrid—para quedarse a pie de obra. Ahora bien, no se explica por qué el PP se amilana con la acusación de autócrata y no saca con su mayoría absoluta la modificación legal que permitiría ya en las próximas municipales gobernar a lista más votada, es decir, la hegemonía municipal del PP en toda España. El PP le ha dado ingenuamente la vuelta al embudo mientras a su adversario no le ha temblado el pulso para sostenerlo.

La talla humana

Que la raza humana aumenta su estatura está ya fuera de discusión. La nuestra, la española, según sostienen los demógrafos, supera en más de diez centímetros a la generación de los padres y a ese progreso se ha incorporado la mujer, al menos desde los años 60, modificando el dimorfismo sexual que nuestros abuelos pudieron creer característico de la especie. La verdad es que se ignora la causa, pero se admite que el crecimiento es prácticamente universal y no sólo, como pudo creerse en un principio, por la mejora registrada en la nutrición. En Argentina han decidido pasar por el escáner tridimensional a la población en peso con objeto de facilitar el proceso industrial tanto como de optimizar la salud pública, dada la ventaja que supondrá para diversos sectores de actividad la previsión de las tallas medias, en especial a aquellas especializadas en la fabricación de la indumentaria, pero también a las preocupadas por la evolución ergonómica o en la producción de prótesis. Crece el hombre, al menos en estatura, al tiempo que la Humanidad en su conjunto parece obcecada en la idea de la inevitabilidad de su deterioro psíquico y moral, como muestran –en ocasiones hasta el horror—las sobrecogedoras imágenes que se producen hoy por doquier, sugiriendo la idea de una degeneración fatal de la vida colectiva. Desconcierta pensar que unas generaciones físicamente mejor logradas hayan de enfrentarse a un mundo progresivamente peligroso en el que naufragan los valores más allá del progreso corporal.

A los “ilustrados” los tentó mucho el tema y problema de la estatura en el que, siempre en claves irónicas, supieron descubrir antropologías bien profundas. Recuerden a los liliputienses y gigantes que hubo de sufrir “Gulliver” en manos de un ironista supremo como Swift o, si lo prefieren, la estupenda fábula voltairiana de “Micromegas”, aparecida años después, en la que, o mucho me equivoco, o se encierra una honda y compleja reflexión sobre la naturaleza humana y el poder. O la estremecedora obra de Matheson sobre el increíble “hombre menguante” en la que, bajo la anécdota narrativa, se trata, a mi modo de ver, de la condición identitaria de la estatura que no sería otra cosa, en ese contexto sobrecogedor, que un prerrequisito de la personalidad. Hoy crecemos, sin saber bien por qué, en un mundo de tallas grades y espíritu también menguante aunque el fenómeno no interese ya más que por razones utilitarias.

La mentira política

Los políticos mienten, por lo general, cada vez que lo precisan. Ahí tienen a Chaves, quien ahora sabemos que mintió doblemente al Congreso de los Diputados con tal de salvar su responsabilidad en el mangazo milmillonario de la multinacional Matsa. González diría –como ya ha dicho refiriéndose a Pujol—que el “bueno de Manolo” no ha hecho otra cosa que proteger a sus hijos (y de paso a sus hermanos), pero cualquiera percibe que en ese engaño tan cualificado sobran razones para excluirlo de la política. A Nixon lo echaron por una única trola. Los nuestros sobreviven a las que hagan falta porque la corrupción, a pesar de la fiebre protestona, es una enfermedad colectiva.