La gran barbarie

Una alta funcionaria internacional, la número 2 de la ONU en el caótico Irak de la postguerra, Jacqueline Badcock, ha alertado en una video- conferencia organizada en Ginebra ante una fatwa lanzada en el ámbito del llamado “Estado Islámico” que ordena la mutilación genital –es decir, la ablación del clítorix o la infibulación– de todas las mujeres iraquíes comprendidas entre los 11 y los 46 años de edad. Badcock no sabe el número de hembras a las que afectaría (¡afectará!) esta medida salvaje pero, apoyándose en los datos que posee el Fondo de las Naciones Unidas para la Población, estima que no ha de afectar a menos de cuatro millones entre niñas y mujeres adultas, y ello en un país en el que, según todas las informaciones, semejantes mutilaciones no se practicaban hasta ahora sino en zonas marginales. Dos preguntas se yerguen ante nosotros al conocer noticias como la comentada. Una, dónde colocar el límite de la licitud en esta perspectiva multicultural que, de hecho, se está imponiendo no sólo en los países de tradición islámica sino incluso en el seno de nuestro civilizado Occidente, en el que, todo hay que decirlo, no faltan voces “civilizadas” que apuestan por ese multiculturalismo insensato. Y dos, para qué sirvieron las dos guerras de Irak si, eliminado el tirano, su escindida sociedad está demostrando su incapacidad para vivir en paz, al tiempo que extrema el arcaísmo religioso hasta un punto intolerable para cualquier mentalidad medianamente evolucionada. No es ningún secreto que, lo mismo en Francia que en España, estos rigores rituales se multiplican a pesar de las prohibiciones vigentes. Lo nuevo es un proyecto global, como el iraquí, de imponer la ignominia a toda la población femenina.

A los multiculturalistas, que son legión o poco menos, hay que plantearles la pregunta de cómo es posible compatibilizar esa visión brutalmente primitiva de la vida con una pauta siquiera mínima de dignidad de la mujer, aparte de cómo es posible, en pleno siglo XXI, sostener la idea de una organización social unisexista en la que la hembra queda reducida a mero instrumento del placer del macho y, por descontado, excluida de todo papel social aparte de la reproducción. Y a la ONU misma, por el momento con mayoría civilizada, si existe aún alguna posibilidad de contener la barbarie o habremos de asumir, de una vez por todas, el fracaso del progreso humano. Por allá parece que no, pero ¿y aquí, entre nosotros?

Más sobre Ubú

No sé por qué me riñen algunos amigos catalanistas por mi prudente columna sobre Pujol, la titulada “Ubú en Lepe”. Si me riñen a mí no sé qué podrán decirle a Arcadi Espada cuya clarividencia ha puesto sobre las íes de la infamia, me parece a mí, el remate al debatido tema al debelar con una simple expresión todo el montaje pujolista en el que ve “una mentira devastadora”. Desde Barcelona me llama Gregorio Morán para decirme que el clima en Cataluña es de desolación ante el descubrimiento de lo que, por otra parte, no era más que un secreto a voces. Lógico. Una confesión de culpa como la de quien ha sido hasta ahora el “padre de la patria” para unos y el nacionalista “moderado” para otros más ingenuos, no podría producir otro efecto que ése. “¡Manga ‘e ladrones!”, como diría el presidente uruguayo. Pero como mis críticos me afean sobre todo mi “acomplejada defensa” (sic) del andaluz y su tierra, cúmpleme romper la baraja y, lejos ya de la frase despectiva que yo reproducía, entrar a saco en el racismo nacionalista tal como lo enunciaba el propio Pujol ya en 1976 en su libro “La inmigración, problema y esperanza de Cataluña” –Nova Terra, Barcelona, 1976–, sacado a relucir en su día por Ciutadans y hoy casi ubicuo en Internet. Miren lo que piensa Pujol, que yo ni quito ni pongo: “El andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico, es un hombre destruido, es generalmente un hombre poco hecho, que hace cientos de años que pasa hambre y que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual, un hombre desarraigado que (aunque) a menudo dé pruebas de una excelente madera humana (estaría pensando quizá en Góngora, Lorca, Picasso, Aleixandre, Juan Ramón…) constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España…”.Yo guardo ese libro como oro en paño como guardo el de Sabino Arana. Cuando se habla de nacionalismos “moderados” hay que tentarse la ropa.

La política se ha convertido en un negocio sucio, lamentablemente bajo todas las siglas. Por eso quizá ni pían ante este desastre mayúsculo esos grandes partidos –los dos– que han sido sus socios, es decir, sus cómplices. Y es que tal vez no podría ser de otra forma teniendo como tiene cada cual su cadáver en el armario. Pujol es hoy un hombre destruido, una de las muestras, en efecto, de menor valor social y político de España –pero no sólo él– en medio de tanta “miseria cultural, mental y espiritual”.

Decenios judiciales

Una más que llevadera sentencia a caído, ¡tras doce años! de ir y venir procesal, sobre los filoterroristas que obedeciendo órdenes de ETA, organizaron el negocio de las herrikotabernas. Veinte sentencias después, nuestros contradictorios jueces han decidido bendecir la barbaridad del hotel construido en El Algarrobico, el atentado ecológico más llamativo perpetrado en Andalucía. ¿Es Justicia la que se contradice de este modo y demora años y años sus decisiones, manteniendo en suspenso los derechos de los ciudadanos y decretando un día en blanco y al siguiente en negro? La inmensa mole de ese hotel es todo un monumento al desconcierto judicial y un emblema del disparate urbanístico que aquí se ha consentido también durante decenios.

La risa prohibida

Mucha resonancia ha tenido la estólida afirmación del viceprimer ministro turco, Bülent Arinç, de que las mujeres no deben reír alto. La historia de la risa, que está por hacer, demuestra que su destino ha sido muy diferente según las épocas, pero Mijail Baijtin resumió hace mucho una evolución que incluye desde la más alta estima hasta el desprecio absoluto, o lo que es lo mismo, desde considerarla un don divino, como hará un Ronsard en pleno Renacimiento, hasta ser degradada como “una cosa inferior” por la severidad de los barrocos y, más tarde, de los propios ilustrados. La idea de que la risa es un don divino concedido en exclusiva al hombre entre todos los animales está ya en Aristóteles, quien sostuvo que el niño se hacía propiamente humano cuando, a los cuarenta días de su existencia, reía por vez primera, pero la influencia del cristianismo antiguo, tan taciturno, supuso un serio parón en estas consideraciones. San Juan Crisóstomo o Tertuliano suponen que la risa no procede de Dios sino del diablo y aspiran a que el cristiano viva instalado en una seriedad permanente, dura norma que, naturalmente, la propia Edad Media hallaría la manera de burlar al menos en el ámbito popular. La Europa “moderna” no ríe con libertad hasta que estallan de modo casi simultáneo la carcajada coral del trío formado por Rabalais, Cervantes y Shakespeare, aunque a no tardar llegará, como va dicho, la continencia contrarreformista que estima que sólo el tono serio es riguroso y que, en consecuencia, cuanto trasciende a humor es un producto despreciable de la animalidad subyacente, tal y como todavía concibe el asunto el monje ciego –clara alusión a Borges—que Umberto Eco crea en “El nombre de la rosa”. Nunca desaparecen del todo en nuestra cultura estas tensiones que, a la vista está, residen igualmente en otras ideologías de origen religioso. El Poder nunca se llevó bien con el humor.
Alguna vez he leído a algún neurofisiólogo que el hombre rio antes de hablar sin perjuicio de que la risa, como todo lenguaje, sea un fenómeno necesariamente social y, además, algo muy antiguo en el desarrollo humano, pues según mi amigo el profesor José Luis Delgado, que se conoce el cerebro como la palma de la mano, el centro de la risa anda ubicado por el área motora suplementaria, muy próxima a la del lenguaje. No digo yo que no, pero a ver quién tiene lo que hay que tener para explicarle todo esto a un viceprimer ministro turco.

Mínima política

Parece que la Junta se distancia de la dirección del “sindicato hermano”, la UGT, a causa de la conversa granada a la secretaria general Carmen Castilla en la que despotricaba de Susana Díaz –“¡con lo fea que es!”, llegaba a decir—al oído del ex-secretario Fernández Sevilla. Son como niños, después de todo, y reducen su estilo político a ese niñateo personalista, mientras lo que se debate es nada menos que la responsabilidad penal del sindicato por haber malversado una millonada a base de facturas falsas y otros trucos trileros. De esta crisis –no me refiero a la económica, sino a la provocada por la corrupción general—tendrá que salir un sentido político nuevo que, por los síntomas, no parece probable siquiera hoy por hoy. La pelea sorda entre la ugetista y la Presidenta parecen confirmarlo.

El hombre mono

Ya va siendo un hábito en los estadios de fútbol abuchear a los deportistas negros con la emision masiva de una especie de rugido –“¡uh, uh, uh!””– que trata de sugerir la condición simiesca del hombre negro como si, a diferencia de él, el blanco descendiera de la pata del Cid. Estadios enteros rugen cada vez que interviene un jugador de color hasta organizar un acoso oral que, en ocasiones, ha provocado el abandono de la cancha por parte del jugador acosado. Un tribunal francés acaba de enviar a la cárcel a una candidata del Front National lepenista por haber expresado en la tele su opinión de que la única ministra negra del Gobierno de Hollande –la guayanesa Christiane Taubira, responsable de Justicia– “estaría mejor enganchada en las ramas de un árbol que en el Ministerio”, estúpido insulto que prolonga la tradición racista (en su caso antisemita) inaugurada por el propio Jean-Marie Le Pen. Naturalmente, el racismo se defiende con el argumento de que llamar mono a un negro no es un delito sino una broma, incluso si, como en el caso comentado, se subraya la condición de “sauvage” de la persona insultada, intento fracasado frente a una Justicia poco dispuesta a tragar con la tesis de que las víctimas son los racistas: llamar “salvaje” a una ministra de Justicia, por ejemplo, no debería ser delito sino,todo lo más, una broma, una de esas “blagues” intrascendentes que carecen de sentido e intención insertas en el discurso coloquial.

Las raíces del racismo europeo son, desde luego, profundas. Un pensador tan severo como Renan sostuvo muy seriamente que cada color humano tiene una virtud característica, de manera que si el chino se distinguía por una maravillosa destreza de mano, el negro estaría dotado –¡y destinado, claro!- a la tierra, mientras que la raza “europea” (?) sería una estirpe de “maestros y soldados” y, en consecuencia, una humanidad superior. ¿Qué importancia puede tener tildar de mona salvaje a una ministra de Justicia si ya los grandes maestros estaban convencidos más o menos de cosas semejantes? Renan no quería ni pensar en la eventualidad de que la evolución histórica hubiera hubiera impuesto universalmente al negro y con él nos hubiera sumido en a “mediocridad general”. Lo malo es que esa candidata insultante lo es de un partido que es ya la tercera fuerza política de Francia y que, seguramente, expresa una opinión generalizada entre los suyos. Verla entre rejas supone una pequeña esperanza frente a la creciente irracionalidad.