Modelo de extorsión

En el juicio de Mercasevilla –el caso denunciado por unos empresarios a los que, en nombre de la Junta, le propusieron dos directivos del PSOE “dejar olvidado un maletín” con 300.000 euros como condición para ser subvencionados–, es otro indignante ejemplo de lo que hemos vivido en Andalucía bajo el “régimen” vigente. Vuelve la imagen de los maletines, inaugurada hace años en el “caso Ollero”, pero esta vez no ya como tragedia sino como farsa, en ese alarde peliculero del maletín olvidado. Los ERE, Invercaria y el maletinazo de Mercasevilla van a pesar demasiado incluso para esos maestros del agio que suelen enterarse de los “casos” por la prensa.

El color del cristal

Ha sorprendido a medio mundo la sentencia del juez Pedraz que pone en libertad a los organizadores de la acción “Ocupemos el Congreso” por no apreciar delito en esa pretensión. Aquí el Parlamento no es un lugar sagrado como en Grecia, ni como en los países de nuestros entorno, incluyéndonos nosotros, en cuyas normativas están prohibidas, no ya las demostraciones agresivas como la que acabó a palos el otro día,
sino las de cualquier tipo en un territorio exento alrededor de la sede de la institución porque cualquier presión sobre los electos se considera impropia y, en consecuencia, ilegal. A ese juez narcisista y con aspiraciones astrales no le parece inquietante que una manifestación –agresiva hasta el punto que pudo comprobarse—reclame la disolución de la Cámara, la convocatoria de nuevas elecciones o la exigencia de dimisión de las más altas magistraturas del Estado, ni le repugnan las escenas de extrema violencia por parte de los más arriscados manifestantes que todos hemos podido ver en el telediario, porque la libertad de expresión, ese bálsamo de Fierabrás, todo lo atenúa y excusa. ¿Siempre? Hombre, siempre no, eso depende de quiénes sean los manifestantes, pues resulta obvio que si la manifestación de marras hubiera sido convocada por el extrema derecha, habría sido prohibida de entrada y reprobada luego entre opinadores y jueces, como ha defendido con razón Pilar Cernuda. La democracia es un sistema un poco precario en el sentido de que ni tiene clara su propia defensa, y lo que faltaba era que los jueces legitimen a los descontentos permitiéndoles hasta la violencia y agresividad contra las fuerzas del orden. En este Holliwood de pacotilla cada cabreado aspira a la fama y algunos jueces al estrellato. Que la clase política –en la partitocracia—haya contribuido mucho al abuso, no cambia la cuestión.

Estos días los alumnos universitarios andan reventando los actos, los trabajadores en paro acosan a los gerifaltes, los manifestantes se enzarzan a palos o patean a la policía, y encima sale un juez hambriento de celebridad y legitima esas agresiones al orden democrático que, ciertamente, no puede ser del gusto de todos. Pilar lleva razón: aquí las cesiones se toman según el color de las banderas que pretenden manifestarse y eso constituye un trato manifiestamente parcial. Me parece que la sugerencia del fiscal general de corregir la norma vigente no sólo es legítima sino que nos hace falta como el comer.

La Cámara de Cuentos

La Cámara de Cuentas –que no sé qué pinta en las autonomías teniendo, como tenemos, un Tribunal de Cuentas del Reino—tal vez debería tomarse un respiro para auditarse a sí misma y a sus miembros, de cuya honorabilidad y recto proceder no desconfío en principio, aunque sólo sea por darle a la opinión una respuesta a los repetidos casos dudosos (y hasta alguno comprobado) de abusos económicos. Aunque lo suyo sería, tal como están las bolsas, suprimir un órgano que apenas sirve para algo, que suele llegar tarde y que, al carecer de capacidad sancionadora, hasta debe soportar portazos de los auditables. El “café para todos” lo han convertido , al menos aquí, en un buffet libre de cinco estrellas.

Cómo nos ven

No confío en que la memoria de los lectores recuerden la crítica bromista que, en el marco de una imaginaria conversa con Ignacio Camacho, dediqué al New York Times, hace bien poco, con motivo de la impresentable crónica de la incívica “ocupación” por parte de las mesnadas del diputado Gordillo de una finca aristocrática distinguida por la Administración como “bien cultural”. En todo caso, desde aquella columna mía, el NYT ha ofrecido singulares y repetidas desinformaciones de España hasta el punto de que he reconocido en más de una crítica posterior el eco de mi pionera protesta, y ahora parece que, por fin, nuestros “medios” se rebelan contra la leyenda de ese periódico señero que ha tenido la ocurrencia de pisotear la imagen colectiva de España como un país de pordioseros que necesita rebuscar en las basuras para sobrevivir, como si en Nueva York o en Londres no hubiéramos visto esa denigrante imagen en tantas ocasiones. ¡Ay, la hidalguía española, tan celosa de nuestro excelso imaginario! Hay que decir, en todo caso, que si España se ha convertido para gran parte del extranjero en el prototipo del país mal gobernado y corrupto no ha sido por culpa del ciudadano peatón, sino por la mala gobernanza y la corrupción generalizada que corroe como un cáncer el cuerpo social, aunque no sea cierto que en España se viva del basural ni que el bandolerismo light de ese sindicato itinerante o el insurreccionismo banal de los “indignados” pasen de ser meros epifenómenos que no marcan el ritmo de nuestra vida. El juez Pedraz, ese maniquí ambicioso y narcisista, lleva razón cuando denuncia, sin corresponderle, por supuesto, la “decadencia” de la clase política; no la lleva en cuanto omite o calla que igual o peor anda el estamento judicial. El NYT no es la Biblia, aunque venda millones de ejemplares al día, pero la verdad es que si nos ven como nos ven es por culpas que no hay que buscar en la “Nueva Babilonia” sino aquí en el propio andurrial.

Aquí andan implicados en penosos asuntos desde la Casa Real a un ex-ministro y varios presidentes autónomos, y alguno, que incluso ha pasado por la trena, proliferan los casos de saqueo público y privado, aparecen inexplicables y súbitas fortunas, y son los propios políticos los que se acusan entre sí de corrupción. Lo digo en descargo y atenuante del NYT y también para poner en su sitio nuestras miserias. Pretender que nos vean como un país serio es una ingenuidad.

Remedios tardíos

No es probable esperar a que el pueblo de los EEUU permita a corto plazo prescindir de la pena de muerte. Dominan la opinión contrarían a la abolición ideas como la del ejemplo supremo que supone el suplicio, idea negada por muchos sociólogos pero que sigue vigente todavía en anchos sectores sociales. Ahora bien, el empleo sistemático del ADN del acusado está resquebrajando esa postura que incluye, vergonzantemente, el espectáculo de la ejecución que tan actuales vuelve los versos de Valle-Inclán en “La pipa de Kif”, aquellos que rezaban “Apicarada pelambre/ en torno al garrote vil…”. Un caso reciente, el de la exoneración de un preso que llevaba quince años en régimen de aislamiento en el “corredor de la muerte”, Damon A. Thibodeaux, condenado como autor de la violación y muerte de una prima suya que ha sido descartada por el análisis genético, ha vuelto a avivar la polémica con el argumento de la irreversibilidad de esa pena y del hecho de que, al menos en 141 casos se ha debido anular esa pena de muerte. Se acumulan las pruebas de la falibilidad de la Justicia y de la ligereza con que algunos tribunales sentencian a la pena capital sin tener en cuenta circunstancias elementales (hasta han sido ejecutados menores retrasados), lo que hace presumir a la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) y a muchos ciudadanos que lo probable es que bastantes inocentes hayan sido liquidados por las bravas, en no pocas ocasiones como consecuencia de las estrategias políticas de jueces y fiscales elegibles. Thibodeaux ha salido a respirar, por fin, tras su prolongado calvario. Convénzanse: el sentimiento vindicativo de los partidarios del cadalso no va a ceder por mucho que en su entorno pese la razón. Por encima de la “democracia ideal” de Tocqueville, sobre ese gran país involucrado en tantas guerras en defensa de los derechos humanos, planea la sombra siniestra de la justicia que aplicaron los pioneros de la caravana.

Con Thibodeaux son ya trescientos los exonerados tras la demostración del ADN y ya dijimos que 141 de ellos eran condenados a muerte. ¿Qué hace falta para convencer a un pueblo civilizado de que un sistema tan falible debe empezar por anular la pena irreparable? ¿Cómo exigir a China y a otros verdugos que renuncien a lo que en casa no se ha renunciado? La salvación de Thibodeaux es una buena noticia pero, sobre todo, es una triste lección.

Las cosas de IU

El pacto entre PSOE e IU para perpetuar el “régimen” en Andalucía, está mostrando sus debilidades. Tras la absurda propuesta del copresidente Valdera de excluir de las ayudas públicas a los pueblos que conserven símbolos franquistas, llega ahora su petición de se investigue al socio por el feo caso Invercaria, obviamente porque IU, que ya tiene el mando y el viático con los que soñaba, quiere ahora salvar la leyenda de su integridad frente a la corrupción. Pero ¿se puede ser socia de un partido acosado por tantos casos de agio sin comprometer la responsabilidad propia? A Griñán le vas a doler la cabeza con estos trampantojos de Valderas y hasta puede que rompa la baraja antes de tiempo. En cuanto a IU, hay que recordarle que el premio a la virtud, como todos, sólo se otorga al final. Eso de “sí pero no” es un truco demasiado viejo.