Una vida notable

Al divulgado senequismo que segura que la felicidad se aleja más cuanto más buscada es por el hombre, se opone la evidencia de la propia estimativa humana, tan capaz de conciliar la disforia que le producen estas condiciones de vida con un optimismo patológico que le hace calificar de buena o de pasable una existencia cada día más dura. Existe hasta un “Día de la Felicidad” que aprovechan cada año los estadísticos de la UE para informarnos de cómo ven la vida los europeos, pero algo no debe funcionar es esa prospectiva cuando los resultados de su encuesta recogen casi por sistema una extraña conformidad de la gente con su vida, incluso en las peores circunstancias. Este año, por ejemplo, los españoles –para qué ir más lejos—han calificado con un notable su satisfacción, lo que no deja de ser llamativo en un país con cinco millones de parados y una creciente legión de pobres, visibles o vergonzantes. ¿De qué, por qué están tan conformes con sus vidas esos españoles que luego, en la barra del bar, confiesan su cabreo universal, su ruptura con la política, su indignación con las corrupciones o su malestar con la cultura, como diría Ortega, cómo es posible que califiquen con un notable una vida cada día más precaria según la propia óptica de masas? La felicidad no es siquiera una utopía sino una metáfora a la que cada cual le pone su significante, un concepto mítico en el que nadie cree pero al que todos aspiran. El hombre –el español, en este caso—resulta un ser extraño al que su caudalosa conformidad le permite superar su agudo pesimismo.

Todo ser humano quiere ser feliz, pensaba el sabio Agustín, pero no puede llamarse tal con propiedad a quien carece de lo que en realidad desea, razón por la cual felicidad y desdicha no caben en un mismo zurrón. No lo sé. En pocos años, no más de cinco, he leído tres obras dedicadas al tema pero no me han enseñado más de lo que ya sabía: que para unos el bienestar reside en un cielo atestado de huríes, para otros en una colección de goles, para éste en una cuenta secreta o para el de más allá un veguero habano en un fumadero climatizado. Sólo un generalizado espíritu pequeño-burgués, unas anteojeras minimalistas, pueden explicarnos este contento que tanto propicia la integración social. “Tengo mi buena “mujé”/ a mi “chiquiyo” y mi “mare”/ y a mi “hermaniyo” también”, se conformaba el fandango. Un fandango en el que cabe holgadamente, como puede verse, la opinión pública en sus momentos plácidos.

Pelillos a la mar

Se comprende el embarazo de la Junta a la hora de sancionar al “sindicato hermano”, UGT, a causa de los dineros públicos afanados por medio de facturas falsas, tanto como su visible decisión de darle largas al negocio hasta ver si la opinión se olvida. Hay que tener en cuenta también que en esos juegos malabares la Junta ha tenido su tanto de culpa al repartir las subvenciones poco menos que sin papeles (alguna incluso sin haber sido solicitada) cuando se trataba de “amigos políticos”. ¡Pelillos a la mar! Tampoco es cosa de exigirle a la presidenta Díaz que arremeta contra esos molinos constando su firma al pie de uno de ellos. Una vez dijo Guerra aquello de “el pueblo nos ha condonado” y no faltaba su buena parte de razón.

Horas de relevo

Una suerte de urgencia nacional anda desatada en España exigiendo el relevo generacional. Todo anda tan mal que no es raro que la gente haya pensado en tirar de banquillo y sustituir a los viejos protagonistas por otros desconocidos pero prometedores, que ésa es una ventaja inherente a la novedad que no necesita pruebas. En la Corona se ha creído llegado el momento de relevar a un titular, ciertamente desgastado por la vida y sus consecuencias, justo el mismo día en que en el país entero cundía el clamor de la necesidad de renovar la Selección de fútbol ante el fracaso inverosímil de los mismos que hasta ahora han venido ejerciendo de héroes sin parangón, y coincidiendo también con la zapatiesta interna provocada en el interior del PSOE por quienes aspirar a liquidar de una vez a la “vieja guardia” que cortó el nudo gordiano de la Transición y sustituirla por la gente nueva impaciente ya en los pasillos del partido. ¿Qué extraño virus es éste que pretende no dejar títere con cabeza por encima de los cincuenta años para entronizar a unas cohortes que ven como se les escapa el tiempo como la arena entre los dedos? Es verdad que en la mayoría de las culturas prevaleció el criterio gerontocrático, la idea de que la experiencia es la única garantía de buen gobierno, pero también lo es que hubo en la Historia acontecimientos mayúsculos cuyos protagonistas no llegaron ni al “mezzo del cammin” de sus vidas respectivas: Alejandro y Cristo (citados sean cronológicamente), no pasaron de los 33 años y lograron en ese breve espacio que es la primera juventud poner el mundo del revés. Ni la madurez ni la juventud garantizan por sí mismas la ciencia ni la discreción.

Una cultura tan efébica como la griega recurrió siempre, sin embargo, a ese término medio que personifica el tutor, freno y maestro del novicio impetuoso, como elemento imprescindible del buen sentido. Quirón tuvo en su escolanía, junto a Asclepio y a Heracles, a héroes como Jasón y Teseo, y no se puede decir que le fuera mal en su tarea, así como los pieles rojas o los habitantes de la tundra se las han aviado siempre sometiendo sus vidas a consejos de ancianos. Aquí parece que se ha impuesto súbitamente el mito juvenil que inevitablemente comporta el descrédito de lo maduro. La ambición y la ingratitud gobiernan la vida. Un par de partidos perdidos y te echan a los leones esos mismos para los que construiste el circo.

La sopa boba

No le faltan argumentos al papa Francisco para lanzar la afirmación de que el sistema capitalista ya no es viable por la razón elemental de que “es injusto y mata” en el marco de un capitalismo global en el que la libertad de mercado le parece al pontífice la gran causante de tantos males. Le dan la razón las estadísticas del propio Sistema, incapaces de ocultar la evidencia de que la organización política no es capaz de garantizar un mínimo de subsistencia a una masa creciente de ciudadanos excluidos de la sociedad. Bastarían las cuentas de Cáritas Española –que no es la única ONG que ofrece ayuda a los indigentes—y, en especial, el hecho constatado del crecimiento de la pobreza incluso en las sociedades del “primer mundo”, para reivindicar la eficacia de la vieja virtud de la caridad sobre el manido concepto laico de solidaridad, incapaz hasta ahora de conseguir siquiera una renta básica para los excluidos, entre los que hay que contar, en el caso de España, a esos dos millones de familias que sobreviven a pesar de tener todos sus miembros en paro. Y en ese panorama destaca la imagen de los comedores públicos que se ofrecen al hambriento tanto en las grandes ciudades como en las comunidades más reducidas, un recurso que ha visto evolucionar el perfil de sus usuarios desde la mendicidad manifiesta a la pobreza vergonzante provocada por la crisis económica, ciertamente, pero también anterior a ésta. Los “recortes” forzados por el imperativo neoliberal –con el que coinciden, de hecho, no sólo los socialdemócratas, sino hasta ciertas formaciones comunistas que comparten el poder—han provocado que un padre de familia haya de mendigar diariamente la sopa boba, reclamar ayuda para enjugar deudas tan elementales como la hipoteca o incluso conseguir las vacunas imprescindibles para sus hijos. No cabe duda de que la pregonada solidaridad ha fracasado sin excusas.

No sabemos hasta qué punto este último recurso del ciudadano “excluido” funciona como un lubricante que evita la eventual explosión de la convivencia. Está claro, sin embargo, que el Sistema no es capaz de atender las necesidades básicas de la gente de tal manera que la paz social bien pudiera deberse a la contribución gratuita de esos particulares. Una ministra “socialista”, Matilde Fernández, le retiró la ayuda a Cáritas cuando ésta hizo público que en España malvivía un millón de pobres. Desde entonces, y bajo Gobiernos de ambos signos, esa legión se ha doblado.

Una nueva era

Una nueva era ha prometido el nuevo Rey a los españoles. Falta hace en muchos sentidos, desde luego, aunque es posible que semejante proyecto encuentre mayores dificultades en Andalucía que en ninguna parte, dadas la resistencia que sin duda le opondrán la consistencia de un “régimen” con tan atraillada clientela y la propia rutina de una Administración que no ha sido capaz siquiera de reconocer la excepcionalidad de sus corrupciones. Aquí no habrá nueva era que valga si no viene de un enérgico cambio de humor político de la ciudadanía. Sobre todo en esta hora en que la Junta parece dedicada en exclusiva a liderar la salvación de su partido. Andalucía puede esperar, como viene esperando desde hace bastante más de treinta años.

Los otros niños

Los conflictos bélicos actualmente en marcha están suponiendo, como tragedia añadida, un inmenso sacrificio para los niños afectados. En más de un millón se cifran los huidos de la guerra siria y, según las organizaciones internacionales, en muchos miles los asesinados, un aspecto escalofriante que ahora acaba de reproducirse en Irak a manos de los yihadistas sunníes. Ni se sabe cuántos son los menores perdidos desde hace unos años en las diversas guerras africanas y apenas si pueden calcularse los palestinos que han debido asilarse en el Líbano. Los informes de Acnur y Unicef son tan demoledores como inútiles a la hora de revolver la conciencia internacional frente al auténtico genocidio que supone la hambruna permanente o la catástrofe de unas guerras en las que con frecuencia esos niños son involucrados como combatientes. Entre tanta calamidad, sin embargo, nada tan estupefaciente como la decisión del gobierno de las Maldivas de suspender, en nombre de la implacable sharia islámica, la moratoria sobre la aplicación de la pena capital y el acuerdo inconcebible de incluir entre los ejecutables a unos menores cuya edad penal está fijada ¡en los 10 años! y aún rebajada a siete en los casos de robo, relaciones sexuales, consumo de alcohol y apostasía, aunque en estos casos inimaginables, la norma establece que las ejecuciones no podrán ser ejecutadas hasta que el menor condenado alcance aquella edad. Vean lo que puede ocultar un paraíso como ese archipiélago al que las guías turísticas promocionan con la promesa de que una tierra exenta en la que “todo es sueño y placer”.

Falta mucho por hacer en el terreno de la justicia aplicable a los menores, brutal en tantos casos como inconsecuente en los supuestos de lenidad que implican leyes como la nuestra, sin ir más lejos, manifiestamente disfuncionales como lo prueba un número lamentable de casos. Pero esa tarea pendiente no será factible sin un acuerdo general previo sobre los derechos elementales de la infancia y la adolescencia que evite el actual escándalo de los niños hambrientos, abandonados o delincuentes. La tragedia de los menores es un fracaso de los adultos que los convierte en víctimas, sin perjuicio de una responsabilidad penal que exige, en todo caso, una atención especialísima. Nuestros hijos, decía De Maistre, cargarán con nuestras propias culpas. Nuestro padres –añadía—los habrán vengado de antemano.