Vivir en relativo

Pocos escritores de la “generación de la Guerra Civil” –así se calificaba él frente a quienes lo encuadraban en la generación del 27—como Antonio Espina, uno de esos españoles cuya vida truncó el conflicto fratricida y hubo de vivir no sólo la cárcel sino un exilio en el que nunca pudo acomodarse inquieto por su nostalgia. Espina vivió como pudo de la literatura, escribió espléndidas biografías (desde la de Luis Candelas a la de de Chopin pasando por las de Shakespeare o Voltaire), ensayos y numerosos artículos aparecidos en la prensa hispanoamericana y española, en especial en la Revista de Occidente –su primer refugio al salir de la cárcel—y este propio diario. Sobre cualquier caracterización que se pretenda hacer de Espina, creo yo que planea la del fino humorista al que la crítica consideró heredero de Quevedo, Larra o Goya y del que dijo Juan Ramón Jiménez que poseía “ese humor misterioso, desenfadado, agudo que corre por la venas de la gran hoja de nervios rojos de España”. Una fría mañana de los primeros 70 le acompañamos hasta su última morada en el Cementerio Civil de Madrid, conmovidos ante aquella vida ejemplar, españolísima, que hasta hubo de soportar la humillación de presentarse ante el ominoso Tribunal de Orden Público de la Dictadura denunciado por un embajador español mecido entre el celo y la ruindad.

En “Triunfo” firmé yo mismo – a petición de Víctor Márquez Reviriego– un recuerdo de su extensa obra narrativa y ensayística en el que lo reflejaba como escritor “de muy variados registros y artífice de un estilismo natural e instintivo realmente poco común” considerándolo escritor de grandes vuelos, autor de “una vasta, culta, inigualable de pergeño que apenas le dio para comer”. España trata así, con gran frecuencia, a sus hijos preclaros, a los que luego deja alejarse arrastrado por el olvido (ha tenido que estallar Internet para que sus libros reaparezcan en el mercado), pero Juan Ramón –que no era pluma fácil al halago—lo dejó consagrado como dueño de “un costumbrismo de cinco pies, tomadura de pelo del chocolate del loro; ese salirse del comedor burgués por la chimenea, la gatera, el ojo de llave, la cafetera rusa, por donde sea imposible…”. Amorós me recuerda que Ayala lo retrataba en la anécdota de un españolismo de exiliado que le hacía maldecir al país que lo acogió cuando se cortaba al afeitarse. “Escribir en España es llorar” cuentan que dijo Larra. Una tarde del 73 coincidíamos en ello jóvenes y mayores en el homenaje que tributó a Espina, en su sede de la madrileña calle de Miguel Ángel, la Asociación Española de Mujeres Universitarias: fue unánime esa queja entre ponentes tan diversos como Soledad Ortega, Valentín Andrés Álvarez, Mauricio D’Ors, Gonzalo Torrente o al joven Andrés Amorós que representaba a Ayala. Espina habían escrito: “El arte viste de luto/ por el contraste aflictivo/ de vivir en pensar en absoluto/ y vivir en relativo”. No se me ocurre mejor epitafio para él mismo.

Los “concertados”

Si antier fue el sindicato, la centenaria UGT, ayer le tocó el turno en los Juzgados a la patronal, a la CEA de nuestros pecados. Los “concertados” de la Junta, los garantes de la paz social a cambio de tantísimos millones, los representantes del capital y los del trabajo, han acabado en la picota acusados de presunta (y a veces evidente) mala gestión y tremendo mangoneo. Veremos lo que dice la Fiscalía pero, de momento, un informe de los Administradores judiciales acusa a la cúpula de la CEA de desastrosa gestión –y no sabemos aún si de algo más– en el enredo de la promoción de viviendas VPO que tanto nos dio que hablar en tiempos. Pero verán como la Junta sigue posando para la foto con los justiciables. ¿Quién respeta o teme aquí a la Justicia?

Son como niños

Se pelean como niños nuestros bienpagados políticos reclamando el mérito de la comprometida rebaja del impuesto de sucesiones que los herederos andaluces siguen pagando cuando en casi toda España esa gabela pasó ya a la historia. Son como niños y van a lo suyo porque, en el fondo, les dan tres pitos del interés general y del ciudadano cuando su apoyo no es imprescindible. Desapecerá ese agravio, pues, pero ahora viene la disputa por el mérito, como si lo suyo no hubiera sido liberar al contribuyente de entrada de esta doble imposición, como hizo ya en la práctica la totalidad de las autonomías. Nos van a aliviar el gasto para garantizarse ellos la nómina, incapaces de entender la dedicacion política cómo un servicio público. Los que ya pagaron injustamente se sentirán, con razón, burlados por sus representantes.

El fuego y la ley

Pide con ingenuidad el consejero de Medio Ambiente “un esfuerzo especial” a los ciudadanos para luchar contra los pirómanos que arrasan nuestros campos. ¡Un esfuerzo ciudadano! Miren, a un guarda forestal canario le han caído 8 años de cárcel por provocar un incendio (¡) que liquidó ¡20.000 hectáreas!, y ¿saben por qué? Pues porque la ley vigente pone en ese punto el listón penal, o sea, que al bárbaro que quema una hectárea le cae lo mismo que si abrasa cien mil, ya que el juez ha de atenerse a lo establecido en la Ley. No le dé vueltas, consejero, mientras no exista una ley disuasoria los incendios seguirán abrasándonos. Lo demás son tópicos que ayudan al político de turno a salir del paso mientras desaparece nuestro paisaje.

Punto en boca

No es la primera vez ni será, probablemente, la última en que la Junta autónoma represalia al funcionario que osa ejercer su inalienable deber de independencia. Ahí tienen al “testigo protegido” (¿) que denunció la presunta merienda de los fondos de educación por parte de sindicatos y empresarios, soportando el “apartheid” –ejemplarizante a más de vengativo– al que le ha sometido la jerarquía del “régimen”. ¡A quién se le ocurre denunciar el mangazo y la orgía administrativa de la Junta como si la libertad estuviera garantizada en la Función Pública! Presidente hubo que dijo en el Parlamento que el funcionario estaba ahí para obedecer al partido gobernante, ¿lo recuerdan? Y está claro que sus sucesores no han cambiado ese criterio caciquista sino todo lo contrario.

Blimunda no se rinde

Cuando el Nobel cayó sobre Saramago hubo, junto a las voces de júbilo de muchos que siempre lo creímos uno de los grandes narradores del siglo XX, otras que públicamente maltrataron su mérito. Hay gustos para todo. El mío fue ferviente desde que, a mediado de los 80, leí “El año de la muerte de Ricardo Reis”, al que acudí –lo confieso— atraído por el heterónimo de Pessoa y también por la insistencia entusiasta de Félix Grande. No cabía duda de que el autor poseía un talento fuera de lo común y un poderoso instinto para la intriga literaria, algo que enseguida confirmé ante su “Memorial del convento”, escrita anteriormente y que, todavía no traducida al español, hube de procurarme aún en la versión portuguesa de la editorial Caminho. Entre ambas me sumergieron en dos mundo distintos provocándome el propósito de conocer a fondo el conjunto de una obra que el propio autor, con su exquisita y generosa cortesía, me dejó en mi hotel lisboeta. El eco de las viejas voces portuguesas –Eça de Queiroz, Coelho, y finalmente el propio Pessoa—resonaba diáfano en la prosa inteligente del nuevo maestro que nos llegaba casi al tiempo que Lobo Antunes, Cardoso Pires y otros autores que nos impresionaron, no me pregunten por qué, menos que Saramago.

¿No temes que un éxito tan fulgurante se te suba a la cabeza?, le pregunto en un recoleto mesón de la Madragoa, en el Bairro Alto, y José me contesta que no, que lo protege su edad y su experiencia. ¿Cómo he de entender tu coherencia casi pertinaz, tu fidelidad a tus ideas? Y sin inmutarse –esta vez en un mitin también en Lisboa– me argumenta que si el mundo no ha cambiado y sigue sumido en la injusticia, ¿por qué iba a cambiar él sus ideas colectivistas? Blimunda, aquella heroína fantástica del “Memorial”, no se rinde. Todo lo contrario: se encarniza con la pluma, su sumerge cada vez a mayor profundidad en la condición humana, se asoma al cine, incluso estrena óperas.

Con el reconocimiento general, recibe también sus pullas. Sobre todo tras publicar su versión del Evangelio que, incluso quienes discrepamos de su letra y de su música, no podemos aceptar que recibiera tan encarnizada reacción. Recuerdo la noticia –porque aquello no era un obituario ni mucho menos— que dio a su muerte la prensa vaticana, tan innecesariamente vitriólica, tan rencorosa… Si “La balsa de piedra” resulta tan actual, después de todo, o la etopeya “Levantado do chao” sigue conmoviéndonos, sus últimas obras –de tan hilados tonos sabatianos— constituyen una auténtica aproximación antropológica al enigma humano, al misterio de la vida. “Yo no tengo tiempo ya para vanidades”, me decía alguna vez en mi casa. Para mí un hombre de su complexión moral y su vigor intelectual no lo habría tenido nunca.