Fin de fiesta

Mal año el que ahora se acaba. Al “régimen” constitucional se le ha gripado el motor y al autonómico –al nuestro– lo han sentado en el banquillo; no va mal del todo España, pero Andalucía sigue tal como estaba: impávida y en la cola del tren nacional, con el PIB bajo y el paro alto, las corrupciones, endémicas, y los antisistema reconvirtiendo nuestra vida pública en el circo de tres pistas de la “media memoria histórica”, el pasacalle del pacifismo heráldico –¡hasta quieren quitarle la espada a san Fernando!— y la murga de una paridad aritmética que no puede con la vesania machista. Y nos aguarda otro de aúpa, aquí con el “juicio del siglo” y allá proponiendo la investidura virtual de un candidato fugado de la Justicia. Menos mal que la esperanza es lo último que se pierde.

Truco consumado

No podrá quejarse la Junta si sus funcionarios tratan de tangarla alguna vez tal como ella acaba de tangar al Tribunal Constitucional trucando a ojos vista la ejecución de su sentencia sobre la jornada laboral de 35 horas. Es verdad que la Administración autónoma viene funcionando desde su nacimiento a base de trucos, pero nunca como en esta ocasión había osado uno tan peligroso como el de acortar la jornada a base de “trabajo no presencial”, es decir, legalizando la simulación de la tarea, un trampantojo consumado que la deslegitimará sin remedio frente a la eventual indisciplina de sus propios trabajadores. Pero no nos confundamos, porque este pleito y este desenlace –como tantos otros– lo que revelan es la progresiva ruina de un Estado de las Autonomías que ha envejecido tanto que se atreve ya incluso a cuestionar la unidad nacional.

Noche de paz

Antier, durante la noche de Navidad, los servicios de salvamento españoles estuvieron luchando en alta mar para rescatar a unas decenas de desdichados perdidos y a la deriva en una patera. ¡Noche de paz! Mientras en nuestro deseado paraíso (¡), se celebraba el festín navideño invocando, por si fuera poco y no poco cínicamente, el paradigma mítico de la pobreza, aquellos desheredados apostaban contra la muerte en un piélago, como el Mediterráneo, que se ha tragado en el año saliente nada menos que la vida de ¡3.000 criaturas! Y el silencio: ni una voz, fuera del prescindible titular, ni un solo gesto del Poder imperturbable para solucionar la gran tragedia del siglo. El “primer mundo” vive de espaldas al “tercero”. Todo hace prever que en el nuevo año seguirá contemplando imperturbable este genocidio tolerado.

Andalucía varada

No despega Andalucía, no hay manera de que crezca y reduzca distancias con el resto de una España en cuya cola estadística figura por sistema. Ni siquiera con un crecimiento considerable –un 3’1 por ciento– nuestro PIB logra acercarse a las demás Españas, de cuyas rentas permanece distante cuando no se aleja aún más. Y eso, tras tantos decenios de “régimen”, no quiere decir otra cosa sino que su sistema político no funciona. ¿Por qué un ciudadano andaluz ha de tener una renta muy por debajo de la media nacional? ¿Cómo explicar que otros españoles prosperen mientras nosotros permanecemos inmóviles como el don Tancredo o admitir diferencias tan enormes, e irreductibles al parecer, como las que nos separan de las regiones afortunadas? Ya no cabe margen para la retórica: los profesionales que nos gobiernan no deben seguir confundiendo su chollo con la penuria general.

Un jueves negro

El drama, casi tragedia, ocurrido el jueves en Cataluña requiere para ser comprendido de alguna reflexión sobre sus antecedentes. Sobre el hecho estupendo de que, tras tantos años de protestas, sigamos con una ley Electoral visiblemente injusta si no tramposa, que engorda a las cabezas de ratón en perjuicio de la cola del león, de manera que es posible –a la vista está— que con menos votos un partido obtenga más escaños y los menos acaben ganando a los más. O también sobre el fracaso de los dos grandes partidos nacionales, el PP y el PSOE, que han vendido –el uno y el otro—sus lealtades electorales por un plato de “mongetes con butifarra” cada vez que no les cuadraban las cuentas electorales. ¿Qué habría sido de Cataluña y de España, en efecto, si González, con tal de mantenerse en el Poder, llega a meter en la cárcel –propósito que llegó a anunciar públicamente un delegado del Gobierno en Andalucía— cuando se destapó el “caso” de Banca Catalana en lugar de pactar sus paces tramposas con él? ¿Y si Aznar no llega a plegarse, con idéntico propósito, ante el ex-Honorable y ya presunto delincuente, en el mísero “pacto del Majestic” que, incluía el sacrificio cruento de Alexis Vidal-Quadras, el político de mayor fuste de la Derecha regional? Cierto que nada comparable al temerario compromiso de ZP cuando –para pagar a Maragall el apoyo que le prestó en su elección—volcó el inestable puchero catalán abriendo de par en par las puertas del separatismo, pero ya ven que ni uno se salva de esta previsible quema.

Era ingenua la creencia en que unas elecciones podrían suturar la profunda quiebra social provocada por la secesión. No lo es temer que el desastre histórico que vivimos precisará de un par de generaciones, en el mejor de los casos, para recomponer el maltratado mapa. Porque ¿qué hacer ahora teniendo en cuenta que los principales electos son presuntos sediciosos y/o rebeldes, cómo restablecer la normalidad con un plantel de dirigentes a los que, por sus delitos, amenazan tan graves penas de cárcel? Habrá que ver en qué queda el soponcio inicial de la Bolsa y el euro, pero no cabe dudar de que acabamos de entrar en un periodo en el que el crac empresarial catalán podría tocar fondo. ¿O tal vez será ese riesgo cierto — la ruina– el único factor capaz de meter en razón a esos “indepes” descerebrados?

De momento hay menos catalanes insurgentes que españolistas (cuenten los votos), pero eso puede cambiar, mientras España asiste impotente a la crisis definitiva del viejo bipartidismo que, con su miopía egoísta, ha logrado hacer un pan como unas tortas. Ya ven que, después de todo, no era tan difícil como creía Bismarck arruinar una historia milenaria. Lo ha conseguido, por cierto, la más lamentable cohorte de oportunistas fanáticos de que haya memoria.

Trinque parlamentario

De nuevo el trinque, que sus Señorías tienen anchas espaldas para la crítica incluso cuando ésta resulta aplastante. Ahí las tienen, trincando sueldo y complementos –¡hasta las dietas inexplicables!— durante el casi mes y medio que permanecerán en reposo y con la puerta del Parlamento atrancada. En eso sí, en eso de trincar siempre habrá acuerdo unánime por parte de nuestros irreconciliables representantes políticos que ahora cobrarán sin dar palo al agua hasta que llegue febrero. ¿Qué pensará el resto de nuestros trabajadores contemplando este ejercicio de cinismo? Pues que piense lo que quiera, porque esto es lo que hay. Hay cosas en esta descarada y abusiva vida política que no son sólo una vergüenza sino un escándalo. En una Andalucía en la que uno de cada tres ciudadanos no tiene siquiera lo suficiente para vivir, este cuento no deja de ser explosivo.