La “pieza política”

Más de seis años ha tardado en fraguar procesalmente en el “caso ERE” la llamada “pieza política” –¡menuda pieza!–, abierta por la juez Alaya en 2011 y rematada por el juez Martín en 2016. ¡Despacito y buena letra! Ahora sólo queda esperar a que se determine la fecha de celebración del juicio en cuyo banquillo se sentarán, junto a dos ex-Presidentes, nada menos que seis ex–consejeros, varios vice-consejeros y directores generales además de un Interventor. El llamado “procedimiento específico” que permitió el saqueo famoso llega, al fin, ante el Tribunal, a pesar de las lenitivas cataplasmas aplicadas por la jueza sucesora. ¿Qué ocurrirá? No es justo ni razonable condenar por anticipado ni lo contrario, pero si ello ocurriera habrá que recordar, junto al tiempo transcurrido, la tarea de Penélope.

Un parón lógico

Por si fuera poco el parón que la la Audiencia sevillana –oyendo los argumentos de la Fiscalía Anticorrupción y los del PP frente a los de la Junta, esa convidada de piedra en la instrucción–  ha dado a la juez sustituta al cerrar el paso a nuevos archivos en el “caso ERE”, van los abogados y se confabulan contra el fiscal-consejero Llera reclamando para Sevilla la nueva sede del TSJA. Es verdad que esto es amargarle la Feria a los “oficialistas” pero también lo es que la derrota que llevaba la causa desde que la nueva magistrada cogió el timón y Llera las cartas de marear, había despertado ya una vasta inquietud entre la ciudadanía atenta que, tras cada archivo, veía venir el “aquí no ha pasado nada”. ¡Que no cunda el pánico! Ya vendrá el Rocío.

Inspector de alcantarillas

Se ha insistido no poco en la calidad de los escritores fascistas anteriores y posteriores a la guerra. Ahí están los estudios de Tuñón y Mainer, de Vicente Marrero o Gaspar Gómez de la Serna como testimonio. No puedo olvidar el arte de Eugenio Montes, de Sánchez Mazas, de José María Pemán, de Juan Aparicio o Samuel Ros y, en especial, el de un singularísimo Ernesto Giménez Caballero, a quien los jóvenes iconoclastas de mediados de los sesenta conocimos de cerca en la tertulia que Manolo Arroyo Turner tenía en su librería-editorial de la calle Génova, creo que los martes.
Don Ernesto, que es como respetuosamente lo llamábamos todos, era un madrileño castizo, espigado como una alabarda a pesar de los años, hombre extrovertido y vehemente que conservó con celo, incluso ya en plena decadencia del sistema, el raigón inextinguible de su fascismo profundo. Era don Ernesto hombre de anécdotas -y las había vivido de todos los colores en su larga trayectoria vital y política- que disfrutaba contándonos, en cierto tono desafiante, sus mejores y peores lances. Franquista hasta la médula a pesar de que Franco jamás se fio de él hasta el punto de vetarle el acceso a la División Azul y compensarlo luego con la mísera embajada de Asunción en Paraguay (país al que él llamaba “los cojones de América”) ante el trágico fantoche de Stroessner, pero quien le enviaba cada fin de año la carroza oficial para acercarlo a El Pardo a brindar con champán con el caudillo. ¡Hay amores que matan!
Junto a él pasamos mañanas inolvidables José Antonio Gabriel y Galán, el propio Manolo Turner, Pepe Esteban, Alonso de los Ríos, entre otros, y con alguna frecuencia también un don José Luis Sampedro absorto ante el rifirrafe. Amistoso o sulfúreo, según los debates, entre los que a mí me salvó durante años el elogio que publiqué de su “Yo, inspector de alcantarillas” (rescatado, por cierto, de un morral divisionario), aunque jamás me absolvió por haber publicado la evidencia de que su alevosa edición barojiana “Comunistas, judíos y demás ralea” no era más que un tejemaneje suyo. (Me contestó aquí, en ABC, en una Tercera titulada “Baroja y su ralea”). Nada rencoroso sigo en mis trece de que Giménez Caballero fue un brillante surrealista y uno de los pocos hombres ideológicamente inflexibles de su generación. He ahí una buena razón por mi parte para incluirlo entre los próceres de aquel tiempo, a pesar del abismo ideológico que siempre nos separó.

Divide y perderás

Fueron los griegos clásicos –los de Pericles, no los de Tsipras– quienes vieron en la división interna la garantía de la derrota. Pero pasan los siglos y casi nadie se aprende la lección. Ahí  tienen el bastinazo francés de los partidos tradicionales (el PSE va ya por un 6 por ciento…), aunque más cerca tenemos nuestro propio ejemplo en la noticia perplejizante de que el PP andaluz alcanza, ¡por fin!,un pacto banderizo y se dispone a elegir un jefe común. ¡Pero si no ganan juntos cómo iban a ganar separados! Qué verdad es que al “régimen” del PSOE le suele hacer el trabajo sucio su propio adversario. Si no fuera porque aquel tambén tiene sus Judas, estos conservadores duraban tres telediarios, ni uno más.

¡Perdonen, por Dios!

El portavoz de la Junta -¡la Andalucía imparable!- no conocía ayer, ay, la tremenda encuesta sobre la pobreza confeccionada por el Instituto Nacional de Estadística. ¡Mecachis! Si la hubiera conocido sabría que los pobres andaluces se multiplican a ritmo rápido y se agarran firmemente a la cola del país, lo que supone ya que un 35,4 por ciento de la población está en “riesgo de pobreza”. Somos el país alegre y confiado, alargamos nuestra Feria, dilapidamos el dinero público y crece la corrupción, mientras los ciudadanos recorren hacia abajo la escalilla de la movilidad social. ¡Ay, si no fuera por Cáritas y otros cuatro como Cáritas! Mientras, nuestros políticos cobran dietas de viaje y manutención incluso con la oficina cerrada. No seré yo quien saque conclusiones esta vez. Háganlo ustedes mismos.

La cabeza del pescado

Dice el refrán que el pescado comienza a pudrirse por la cabeza y, ciertamente, por desgracia, nuestro régimen político constitucional parece empeñado en confirmar el adagio. Fíjense -a propósito de la forzada huida de Esperanza Aguirre- cómo va el ranking del régimen de las autonomías: ha habido y hay en él que registrar, más allá de la absolución de Demetrio Madrid, cuatro casos de Presidentes autonómicos encarcelados (Navarra, Baleares, Madrid y Aragón) y sentados o por sentar en los banquillos todo el clan de Pujol, dos Presidentes andaluces (Chaves y Griñán), uno valenciano (Camps) y el reciente de Murcia. ¿No son demasiados Presidentes judiciables para diecisiete autonomías? Parece inaplazable plantear a fondo esta grave situación agiotista que, como se ve, no se sabe si empieza o termina por la cabeza.