El mundanal ruido

La aldea cuenta tan sólo con cinco habitantes –cinco supervivientes—y está situada en un callejón sin salida, justo donde al mundo se acaba, allí donde puede leerse el letrero con su críptico topónimo, Monón, en pleno concejo asturiano de Allande. Frente a la casa, allá en la solana –¿o era en la umbría?– se ven, cuando la bruma levanta, dos aldeas parejas y polícromas, Muriellos y Bendón, doble arcoíris en medio del castañar, con su era labrantía por delante, como un “hall” laborioso, y la montaña cruda, acaso un árbol eremita asomado a la cresta desde la que se descuelgan como flechas voraces los halcones en busca de pitanza. Qué descansada vida… –decía el gran fraile–, qué soledad sonora en la senda escondida, oh monte, oh fuente, oh río que serpenteas rumoroso allá abajo, lamiendo el pliegue de dos montes bordeado de juncias, qué regalo secreto y qué silencio roto apenas por el balandrón del cencerro, allá en el “prao” en el que hasta la tarde pastarán las vacas rumiando libres sus paces y fortunas. Corren los días olvidados del tiempo, como liebres trabadas a la espera de que cuajen las flores y el castaño asome sus erizos, ya orvalle o rompa el día este sol esquivo que hace crecer los toxos amarillos y eriza la abulaga, el ritmo de la vida latiendo reposado, el saúco y el madroño sombreando el rincón más sereno.

Vuelvo cada año a Monón, no pasa el tiempo por la vida de Elías ni flaquea Laura, aunque la aldea reviva poco a poco, hoy aquel pajar viejo, mañana la ruina del hórreo abandonado en el que todavía campean los trisqueles del celta, la viuda con su hijo sordomudo pastoreando sus vacas, el hombre solitario que nos sonríe al pasar, azacán de lo suyo, edén sucinto roto sólo en el hito dominguero, y siempre el conciertillo de la pajarería invisible como fondo de esta vida esencial, recuperada como un vivo tizón de la vieja candela. Despiértenme las aves con su cantar sabroso, no aprendido, lejos de la ciudad, ese espejismo, vivir quiero conmigo un año más, a solas, sin testigo, la lluvia fina empapando el silencio, Elías allá en el monte, cada cual en lo suyo, el alma en el almario, paces de amanecer, malva de ocasos y el poema inolvidable en la memoria. A la sombra tendido, de hiedra y lauro eterno coronado, viendo a Daniel de su inocencia orlado, el jilguero escondido, la oropéndola oculta en su cuidado. Un año más –o menos–, Dios nos guarde. Monón y este misterio de la vida.

La obsesión ateísta

No voy a discutir que la actividad religiosa puede resultar abrumadora. No me gusta el adoctrinamiento de los niños que en su día denunció Richard Dawkins como si el religioso fuera el único adoctrinamiento con que se injuria a la inocencia infantil. Me llama la atención, sin embargo, el empeño casi terco de algunos pensadores que han hecho profesión del ateísmo, alguno, como mi amigo Puente Ojea, desde la más limpia intención. En USA, por ejemplo, el ateísmo es casi un pecado, algo muy mal visto socialmente –ha dicho alguien que “casi tan mal como el comunismo”–, una auténtica provocación paralela a la que se traen entre manos los creacionistas y, desde luego, no sólo ellos. ¿Por qué tanto empeño en “demostrar” lo indemostrable o, al menos, lo tan indemostrable en última instancia como como las tesis inmanentistas, qué puede obsesionar a un científico tan brillante, como Dawkins mismo, para dedicar su tiempo a cruzadas urbanas contra la fe religiosa? Entiendo el argumento de quienes se oponen a la alienación que la fe supone, también en última instancia, pero me sorprende que mentes tan agudas no contemplen la alienación que, a su vez, implica el racionalismo extremado. De USA precisamente nos llega el eco de la bronca surgida con motivo de la aparición de una tele ateísta, la Atheist TV, dedicada de momento a emitir durante veinticuatro horas los préstamos que le hace el Institut Dawkins, ya que carece de programación propia, otra provocación a la que han respondido los diversos fundamentalismos americanos en un país en el que, no hay que olvidar esta circunstancia, apenas un dos por ciento de los encuestados se declaran ateos.

En ese mismo debate tropiezo con reacciones como la del australiano Kem Ham, empeñado en cifrar la edad de la Tierra, contra toda evidencia arqueológica, en tan sólo seis mil años, al tiempo que reclama el silencio de los ateos, y no sería difícil añadir a su caso muchos otros bien conocidos, lo que demuestra que ambos bandos en liza –esas dos fratrías inmemoriales—exigen como legítimo lo que le prohíben al adversario, haciendo buena la antigua advertencia de Gustave Lebon de que si el ateísmo llegara a propagarse, acabaría por convertirse en una religión tan intolerante como las antiguas. Unos y otros olvidan tal vez que la vieja férula soviética debe de tener no poco que ver con el auge actual de los ortodoxos rusos, del mismo modo que las persecuciones potenciaron al cristianismo perseguido.

Guerras aéreas

Para Pepa

Mi amigo el doctor López Guilarte ha mandado podar la alta palmera que preside su casa aljarafeña. Yo mismo, me temo, he podido contribuir a su decisión sugiriéndole de vez en cuando la oportunidad de cortarle las barbas a ese árbol señero, solitario, de esbelto fuste erguido, en cuya copa, el verano pasado, se organizaba oculta la apretada república de los gorriones con la incesante algarabía de los pollos –no por casualidad esa casa se llama “Babel”—y el ir y venir de los padres nutricios que llegaban de lejos con su pan en el pico, se posaban un instante, y enseguida se sumergían inescrutables en la fronda misteriosa que, con el tiempo, llegó a ser el alto copete. Tras el afeitado, la palmera parece un hito melancólico, un punto de admiración –¿o de protesta?—coronado por sus palmas mondas y lirondas, sin rastro ya del reservado asentamiento en que nacieron generaciones de crías, un árbol descifrado, sin el secreto supino de aquella cúpula que dejaba entreoír el eco constante de la comuna, con sus riñas y fraternidades, y hasta sus peleas de ocasión, hasta forzar la ilusión de la ciudad secreta indiferente al bamboleo de los vientos y a la ruina de los chaparrones. Miro esa palmera hoy, sin pájaros ni vida, y me parece reconocer en ella el paisaje devastado de las ciudades mártires, como ésas que nos muestra el periódico cada mañana, imagen residual y borrosa del escenario abolido.
Y ha sido fácil. Ha llegado el operario con su alta escala, armado con su podadera, y ha echado por tierra, limpiamente, tajo a tajo, con la indiferencia del experto, todo aquel mundo agitado que por las mañanas nos deleitaba hasta el aturdimiento con sus píos y repíos, con los ecos inciertos provocados por el revoloteo de las alas en la pelea invisible pero constante librada en el mínimo territorio de palmas y racimos que albergaba la vida y la muerte, la convivencia y la agresión –la vida misma– como si con él no fuera el seísmo provocado por la brisa o por los vientos que, a veces, lo inclinaban peligrosamente para devolverlo sin demora a la vertical. Cerca, la tórtola turca llega y se yergue en la cúspide de la araucaria, paredaña con el jardín, con su arrullo bronco que espanta a los mirlos de pico amarillo, sus antiguos dueños. Gaza, Homs, Mostar, mi palmera, la lucha por la vida, el incierto destino del pájaro azacán que trama los nidos y acarrea el condumio, hasta que un día el hombre decide acabar con el sueño.

El sueño de la paz

Uno de estos días, el pasado 31 de julio, al tiempo que nos abrumaban las malas noticias de la barbarie y, en especial, las de las guerras de Gaza y Ucrania, se cumplía el centenario del asesinato de Jean Jaurès, una de las figura señeras de la historia de la izquierda europea razonable y humanista, y protomártir del pacifismo de primeros de siglo. A Jaurès lo mató a tiros un estudiante nacionalista (dijeron que loco, pero vaya usted a saber) por oponerse a la Guerra Mundial que hacía dos días que había estallado tras el atentado de Sarajevo, después de muchos años de lucha para evitarla e incluso de su proyecto, a la suiza, de sustituir el ejército nacional –que él llamaba “armée de casserne”, ejército de cuartel—por una “defensa nacional” a cargo de toda la ciudadanía adecuadamente instruida y armada. Hoy, si uno hojea la prensa francesa –incluso L’Humanité” que él fundó—lo que encuentra es esa estatua petrificada bajo una catarata retórica que es lo habitual en estos casos. Desde el PSF como del lado comunista no se elogia hoy a Jaurès más que desde la derecha, sobre todo desde que Sarkozy reclamara su figura para el proyecto conservador, de la misma manera que Aznar reclamó aquí la de Azaña. El hombre del proceso Dreyfuss, el luchador que logró reunir en un solo haz –la Sectión Française de l’Intenationale Ouvrière, la famosa SFIA—una izquierda aún reconocible aunque a duras penas, es ahora reclamado por todos y, en consecuencia, por nadie. A Jaurès, un pensador sereno y flexible, lo eliminó el fanatismo nacionalista que apostaba por aquella guerra suicida que engendraría la siguiente pero sus palabras siguen resonando hoy en medio del estruendo de estas guerras canallas.
Si Sarko hizo de Jaurès un leiv-motiv de sus discursos electorales en los que reivindicaba, de paso, a Leon Blum, la propia extrema derecha, no perdió la ocasión de recordar, por boca de su actual líder, Marine Le Pen, la conclusión de Jaurès de que “la patria es un solo bien” no susceptible de apropiación por parte de ningún grupo exclusivo. Es el destino, acaso, de los espíritus abiertos, con el tiempo aceptados por sus herederos pero más bien a título de inventario y, curiosamente, reivindicados por los mismos que en vida le pusieron, y le volverían a poner hoy, la proa de su oposición. Personalmente pienso que hoy Jaurès no encajaría en ninguna de las opciones, incluidas las que lo reivindican, algo que la vida me ha enseñado a valorar como es debido.

Restitución

Mucha gente anda desconcertada ante las cifras malversadas en la vida pública. Especial impacto ha tenido la estimación del ministerio de Interior que calcula en 1.600 millones de euros lo afanado por el clan Pujol, pero la verdad es que esa traca final no puede eclipsar sino muy pasajeramente los demás saqueos perpetrados desde el Poder. Nadie espera, por supuesto, que de esas fortunas robadas se restituyan, no ya la totalidad sino ni siquiera una parte significativa, escepticismo que tiene base sobrada en tantos casos como llevamos vistos y en los que el proverbial garantismo de nuestra normativa ha ayudado eficazmente a los defraudadores. Muchos miles de millones andan danzando en los procedimientos abiertos con motivo de los ERE fraudulentos de la Junta de Andalucía, de las ayudas de Invercaria o de las dilapidadas con los fondos de formación y, por descontado, con los conseguidos por la trama Gürtel y la que ha desvalijado las arcas en Baleares, lo que fuerza la pregunta de qué podría suponer para la situación económica española la recuperación de esas fortunas arrebatadas que la opinión pública considera, por tantas razones, como irrecuperables. ¿Qué explica que ese capital desaparecido no pueda ser recuperado por una Justicia que hace bueno el antiguo adagio de Solón sobre la resistencia de la tela de araña que viene a ser la Ley? ¿Y qué podría suponer para el país en crisis la recuperación de tantos miles de millones como han apañado los corruptos desde los diversos partidos políticos?
No se entiende por qué un Estado, tan vigoroso y rígido con los débiles, no es capaz de forzar a tanto ladrón de guante blanco a devolver esa ingente fortuna que, al parecer, la Justicia tiene incluso localizada en los diversos paraísos fiscales. Los propios partidos, los sindicatos (de clase), los altos cargos demostradamente rapaces, los falsos jubilados y los vividores de las facturas falsas gozan, según parece, de una protección de la que carecen el pequeño delincuente o el contribuyente distraído. ¿Qué impide recobrar los 1.600 millones de euros que el propio Gobierno asegura que los Pujol guardan a buen recaudo, o los del saqueo andaluz, el valenciano o el balear, incluyendo el perpetrado por el duque de Palma? Nadie menos motivado para cumplir con sus deberes fiscales que un ciudadano como el español que comprueba la vigencia de que en este país se puede robar un monte pero no se puede robar un pan.

Víctor

Con frecuencia me eternizo al teléfono con Víctor Márquez — Márquez Reviriego me refiero–, esa memoria enciclopédica armada sobre tan soberbio esqueleto cultural, que es uno de los periodistas más insólitos de nuestra época. Un día Víctor envió su biblioteca a su pueblo, Villanueva de los Castillejos, reservándose sólo, sabiamente, unas decenas de libros de esos que nunca se dejan de leer, pero ni falta que le hacen a él tenerlos a mano porque los lleva ordenados en la cabeza. Hablamos de todo, a todo contesta, “refiere” siempre –que es lo bueno—nuestras vivencias generacionales, éxitos y derrotas que vivimos cuando la progresía española incluía en su indumenta un ejemplar de “Triunfo” y la vida, tan dura, nos parecía llevadera como es propio de los pocos años. ¿Qué fue de la generación, qué de nuestros amigos (y enemigos), ganamos alguna batalla o perdimos del todo una guerra que aún grava a nuestros hijos, se escribía mejor entonces, bajo las antiparras del censor, o ahora que todo el monte es orgasmo, o eso dicen, ¿recuerdas a Fernando González a quien Ansón mandó de corresponsal al Canadá para que se curara el cáncer, a Haro Tecglen enredado en sus inquisiciones, a los comisarios del PC expulsando a Eduardo Rico, a Cándido, tan fino y tan cándido, en efecto, trajinado por éste y por el otro…? No, no lo recuerdo, o no lo quiero recordar, pero él sí, y rememora la crónica parlamentaria sin olvidar una tilde, los años inciertos de Suárez, el entusiasmo y luego la decepción socialdemócrata, el soponcio del golpe de Estado en aquella tribunilla de prensa del Congreso en la que nos aplastaba la humanidad de Josep Meliá?
Y Pepe Esteban, y César Alonso, y Nico Sartorius, la izquierda bullente, y la derecha escolástica de los Herrero de Miñón y los Alzaga, por no hablar de los polivalentes, siempre con dobles parejas, como Fernández Ordóñez “e tutti quanti!”. Sus “auténticas entrevistas falsas” resultan, al cabo de los años, la casi única historia fiable, su diagnóstico sobre el fracaso socialdemócrata o aquel hallazgo de que la derecha española hacía de dulce lo difícil –abolir la mili, encontrar a Ortega Lara, conseguir la colaboración de Francia…– pero jamás lo fácil, tanto que acuñó el adagio “Ardua fert, a facilibus victus”, luego recordado por Burgos, que tanto hubiera gustado a nuestro maestro Díez del Corral, el que nos desbrozó a Maquiavelo y nos reveló a Tocqueville… Se me va la cobertura. Lo dejo, pues, para otro día.