Dos actitudes

La secretaria general del PP andaluz, Loles López, ha decidido dejar su alto puesto orgánico para dedicarse a su compromiso con su pueblo de Valverde del Camino del que es alcaldesa. Es la primera vez, que yo recuerde, que un político renuncia a la capital –a Sevilla o a Madrid—para quedarse a pie de obra. Ahora bien, no se explica por qué el PP se amilana con la acusación de autócrata y no saca con su mayoría absoluta la modificación legal que permitiría ya en las próximas municipales gobernar a lista más votada, es decir, la hegemonía municipal del PP en toda España. El PP le ha dado ingenuamente la vuelta al embudo mientras a su adversario no le ha temblado el pulso para sostenerlo.

La talla humana

Que la raza humana aumenta su estatura está ya fuera de discusión. La nuestra, la española, según sostienen los demógrafos, supera en más de diez centímetros a la generación de los padres y a ese progreso se ha incorporado la mujer, al menos desde los años 60, modificando el dimorfismo sexual que nuestros abuelos pudieron creer característico de la especie. La verdad es que se ignora la causa, pero se admite que el crecimiento es prácticamente universal y no sólo, como pudo creerse en un principio, por la mejora registrada en la nutrición. En Argentina han decidido pasar por el escáner tridimensional a la población en peso con objeto de facilitar el proceso industrial tanto como de optimizar la salud pública, dada la ventaja que supondrá para diversos sectores de actividad la previsión de las tallas medias, en especial a aquellas especializadas en la fabricación de la indumentaria, pero también a las preocupadas por la evolución ergonómica o en la producción de prótesis. Crece el hombre, al menos en estatura, al tiempo que la Humanidad en su conjunto parece obcecada en la idea de la inevitabilidad de su deterioro psíquico y moral, como muestran –en ocasiones hasta el horror—las sobrecogedoras imágenes que se producen hoy por doquier, sugiriendo la idea de una degeneración fatal de la vida colectiva. Desconcierta pensar que unas generaciones físicamente mejor logradas hayan de enfrentarse a un mundo progresivamente peligroso en el que naufragan los valores más allá del progreso corporal.

A los “ilustrados” los tentó mucho el tema y problema de la estatura en el que, siempre en claves irónicas, supieron descubrir antropologías bien profundas. Recuerden a los liliputienses y gigantes que hubo de sufrir “Gulliver” en manos de un ironista supremo como Swift o, si lo prefieren, la estupenda fábula voltairiana de “Micromegas”, aparecida años después, en la que, o mucho me equivoco, o se encierra una honda y compleja reflexión sobre la naturaleza humana y el poder. O la estremecedora obra de Matheson sobre el increíble “hombre menguante” en la que, bajo la anécdota narrativa, se trata, a mi modo de ver, de la condición identitaria de la estatura que no sería otra cosa, en ese contexto sobrecogedor, que un prerrequisito de la personalidad. Hoy crecemos, sin saber bien por qué, en un mundo de tallas grades y espíritu también menguante aunque el fenómeno no interese ya más que por razones utilitarias.

La mentira política

Los políticos mienten, por lo general, cada vez que lo precisan. Ahí tienen a Chaves, quien ahora sabemos que mintió doblemente al Congreso de los Diputados con tal de salvar su responsabilidad en el mangazo milmillonario de la multinacional Matsa. González diría –como ya ha dicho refiriéndose a Pujol—que el “bueno de Manolo” no ha hecho otra cosa que proteger a sus hijos (y de paso a sus hermanos), pero cualquiera percibe que en ese engaño tan cualificado sobran razones para excluirlo de la política. A Nixon lo echaron por una única trola. Los nuestros sobreviven a las que hagan falta porque la corrupción, a pesar de la fiebre protestona, es una enfermedad colectiva.

La tercera edad

Pocas cosas tan fariseas como el prurito respetuoso con la vejez que muestra la opinión correcta. No creo para nada en la profecía de Rostand de que mientras más envejezca la Humanidad más necesidad tendrá de sus viejos. Cuentos. Un viejo es un estorbo incluso si es heredable, no se hagan ilusiones, y en las condiciones materiales de la actual sociedad urbana parece evidente que su único refugio –la familia extensa—no tiene ya cabida. Los viejos son una carga, auténticas víctimas de la soledad en infinidad de casos, seres cuyas vida se da por amortizada y quedan como condenados a vivir (¿) y, a veces, a morir solos. Fíjense en el dato que encuentro en un periódico argelino, Le Quotidien de Orán: sólo en los dos últimos meses han sido descubiertos en esa capital diez cadáveres olvidados en sus respectivos cubículos y, por cierto, de personas relativamente jóvenes dada la actual esperanza de vida. Curiosamente en Argelia existe desde hace unos años una ley que establece duras sanciones para los familiares abandonistas y también para los descendientes que trataren von violencia a sus mayores, pero eso es algo que poco o nada nos dice a los españoles que estamos viendo morir a muchos viejos antes de conseguir que se les arrime la cicatera pero imprescindible muleta impuesta por la ley de Dependencia, uno de los pocos preceptos aprobados por unanimidad en esta democracia. Hay sociedades –recuerden el Dersú Uzalá de Arseniev que inmortalizó en su espléndida película, hace ya lo menos cuarenta años, el maestro Kurosawa: hay tribus en la taiga siberiana en las que el anciano se retira voluntariamente dispuesto a esperar la muerte con paciencia bajo un abedul. Nosotros los civilizados o los a medio civilizar disponemos de métodos más sencillos y expeditivos.

La vejez, privilegio en las sociedades primordiales, se ha convertido en un fardo en el ámbito urbano que, justo es reconocerlo, da pocas facilidades para otra cosa. En EEUU fracasó el proyecto postkennediano de “salvar” a los ancianos construyéndoles fastuosas ciudades residenciales mucho antes de que se disparara el envejecimiento de la población hoy generalizado, aunque no más que entre nosotros está fracasando algo tan elemental como subvencionar siquiera al mínimo el cuidado de los mayores. Terencio decía que la vejez es una enfermedad. Ante este espectáculo de impiedad no seré yo quien se lo discuta.

Donde caerse muerto

Nadie se pone de acuerdo sobre el número de ciudadanos del mundo que andan por ahí a la deriva, una mano detrás y otra delante, con la prole siguiéndolos para recoger las eventuales migajas. Nos piden ayuda desde muchas instituciones –¡desde la propia ONU!—como si ese problema, consecuencia directa de las estrategias seguidas por nuestras potencias, lo fuéramos a revolver nosotros, pobres diablos, echando en la hucha nuestro óbolo. Las cifras son, en todo caso, mareantes. Sólo del infierno sirio han huido con lo puesto se supone que unos tres millones de criaturas, y unos cientos de miles de iraquíes se amontonan sin orden ni concierto en los –145.000 sólo en las últimas semanas—en la frontera turca. Los escapados de Gaza se apiñan a su vez en los nueve campos de refugiados (llámenles como quieran) que soportan los países colindantes y ya me dirán para qué volver a sus casas destruidas por las bombas. Menos se habla de Sudán, ese infierno crónico, en el que se han visto desplazados de acá para allá, según las operaciones bélico-terroristas, no menos de un millón trescientas mil personas. Los organismos internacionales, como ACNUR, prevén que la demanda de asilo en los países desarrollados alcanzará pronto la cifra de setecientos mil. Y en Uganda o en Afganistán…, pero mejor dejamos la estadística invocando sólo la imagen: esa turba desdichada que se arrastra por los caminos rechazada por doquier. Para varias generaciones, la historia de esta Humanidad queda abolida, sin contar con la posibilidad (o probabilidad, mejor) de que el asunto vaya a peor.

Conocemos esas miserias desde el “Éxodo”, el vagar a ciegas –cuarenta años, el número sagrado, para llegar de Egipto a Israel–, el hambre canina entretenida con el maná, la travesía milagrosa del mar, el milagro contra las serpientes, la explicable rebelión contra Jahvé que impediría a toda una generación entrar en la Tierra Prometida. Sólo que hoy no la leemos en el mito sino que la contemplamos en el telediario mientras devoramos el solomillo. Entre las imágenes terribles del nuevo Milenio está ésta, heredada del anterior, de las muchedumbres errantes, de las mujeres mártires y de la infancia hambrienta coronada de moscas, o bien de las acampadas en las afueras de la ciudad murada acechando el descuido del centinela. “…Y al pobre se le quitará hasta lo que tiene”: han tomado a Mateo (13,12) al pie de la letra y no queda imagen más devastadora de la conciencia.

Varas de medir

El nuevo gerifalte del PSOE, el compañero Sánchez, se ha comprometido, al parecer, a expulsar del partido, en caso de probarse su culpa, a los acusados en el mangazo de Caja Madrid. No ha hecho nada parecido, por el momento, la presidenta Díaz, aunque preciso es reconocer que la papeleta que a ésta se le presenta en Andalucía es incomparablemente mayor y más espinosa que la que a Sánchez le ha caído en la capital del reino. Y no se espera que lo haga, al menos mientras no estén a buen recaudo los dos Presidentes imputados en el “caso ERE”. Hay que comprender que hay casos y casos, aparte de no olvidar lo cerca que ella viajó largamente con aquellos dos, como contramaestre, en el puente de mando.