Decenios judiciales

Una más que llevadera sentencia a caído, ¡tras doce años! de ir y venir procesal, sobre los filoterroristas que obedeciendo órdenes de ETA, organizaron el negocio de las herrikotabernas. Veinte sentencias después, nuestros contradictorios jueces han decidido bendecir la barbaridad del hotel construido en El Algarrobico, el atentado ecológico más llamativo perpetrado en Andalucía. ¿Es Justicia la que se contradice de este modo y demora años y años sus decisiones, manteniendo en suspenso los derechos de los ciudadanos y decretando un día en blanco y al siguiente en negro? La inmensa mole de ese hotel es todo un monumento al desconcierto judicial y un emblema del disparate urbanístico que aquí se ha consentido también durante decenios.

La risa prohibida

Mucha resonancia ha tenido la estólida afirmación del viceprimer ministro turco, Bülent Arinç, de que las mujeres no deben reír alto. La historia de la risa, que está por hacer, demuestra que su destino ha sido muy diferente según las épocas, pero Mijail Baijtin resumió hace mucho una evolución que incluye desde la más alta estima hasta el desprecio absoluto, o lo que es lo mismo, desde considerarla un don divino, como hará un Ronsard en pleno Renacimiento, hasta ser degradada como “una cosa inferior” por la severidad de los barrocos y, más tarde, de los propios ilustrados. La idea de que la risa es un don divino concedido en exclusiva al hombre entre todos los animales está ya en Aristóteles, quien sostuvo que el niño se hacía propiamente humano cuando, a los cuarenta días de su existencia, reía por vez primera, pero la influencia del cristianismo antiguo, tan taciturno, supuso un serio parón en estas consideraciones. San Juan Crisóstomo o Tertuliano suponen que la risa no procede de Dios sino del diablo y aspiran a que el cristiano viva instalado en una seriedad permanente, dura norma que, naturalmente, la propia Edad Media hallaría la manera de burlar al menos en el ámbito popular. La Europa “moderna” no ríe con libertad hasta que estallan de modo casi simultáneo la carcajada coral del trío formado por Rabalais, Cervantes y Shakespeare, aunque a no tardar llegará, como va dicho, la continencia contrarreformista que estima que sólo el tono serio es riguroso y que, en consecuencia, cuanto trasciende a humor es un producto despreciable de la animalidad subyacente, tal y como todavía concibe el asunto el monje ciego –clara alusión a Borges—que Umberto Eco crea en “El nombre de la rosa”. Nunca desaparecen del todo en nuestra cultura estas tensiones que, a la vista está, residen igualmente en otras ideologías de origen religioso. El Poder nunca se llevó bien con el humor.
Alguna vez he leído a algún neurofisiólogo que el hombre rio antes de hablar sin perjuicio de que la risa, como todo lenguaje, sea un fenómeno necesariamente social y, además, algo muy antiguo en el desarrollo humano, pues según mi amigo el profesor José Luis Delgado, que se conoce el cerebro como la palma de la mano, el centro de la risa anda ubicado por el área motora suplementaria, muy próxima a la del lenguaje. No digo yo que no, pero a ver quién tiene lo que hay que tener para explicarle todo esto a un viceprimer ministro turco.

Mínima política

Parece que la Junta se distancia de la dirección del “sindicato hermano”, la UGT, a causa de la conversa granada a la secretaria general Carmen Castilla en la que despotricaba de Susana Díaz –“¡con lo fea que es!”, llegaba a decir—al oído del ex-secretario Fernández Sevilla. Son como niños, después de todo, y reducen su estilo político a ese niñateo personalista, mientras lo que se debate es nada menos que la responsabilidad penal del sindicato por haber malversado una millonada a base de facturas falsas y otros trucos trileros. De esta crisis –no me refiero a la económica, sino a la provocada por la corrupción general—tendrá que salir un sentido político nuevo que, por los síntomas, no parece probable siquiera hoy por hoy. La pelea sorda entre la ugetista y la Presidenta parecen confirmarlo.

El hombre mono

Ya va siendo un hábito en los estadios de fútbol abuchear a los deportistas negros con la emision masiva de una especie de rugido –“¡uh, uh, uh!””– que trata de sugerir la condición simiesca del hombre negro como si, a diferencia de él, el blanco descendiera de la pata del Cid. Estadios enteros rugen cada vez que interviene un jugador de color hasta organizar un acoso oral que, en ocasiones, ha provocado el abandono de la cancha por parte del jugador acosado. Un tribunal francés acaba de enviar a la cárcel a una candidata del Front National lepenista por haber expresado en la tele su opinión de que la única ministra negra del Gobierno de Hollande –la guayanesa Christiane Taubira, responsable de Justicia– “estaría mejor enganchada en las ramas de un árbol que en el Ministerio”, estúpido insulto que prolonga la tradición racista (en su caso antisemita) inaugurada por el propio Jean-Marie Le Pen. Naturalmente, el racismo se defiende con el argumento de que llamar mono a un negro no es un delito sino una broma, incluso si, como en el caso comentado, se subraya la condición de “sauvage” de la persona insultada, intento fracasado frente a una Justicia poco dispuesta a tragar con la tesis de que las víctimas son los racistas: llamar “salvaje” a una ministra de Justicia, por ejemplo, no debería ser delito sino,todo lo más, una broma, una de esas “blagues” intrascendentes que carecen de sentido e intención insertas en el discurso coloquial.

Las raíces del racismo europeo son, desde luego, profundas. Un pensador tan severo como Renan sostuvo muy seriamente que cada color humano tiene una virtud característica, de manera que si el chino se distinguía por una maravillosa destreza de mano, el negro estaría dotado –¡y destinado, claro!- a la tierra, mientras que la raza “europea” (?) sería una estirpe de “maestros y soldados” y, en consecuencia, una humanidad superior. ¿Qué importancia puede tener tildar de mona salvaje a una ministra de Justicia si ya los grandes maestros estaban convencidos más o menos de cosas semejantes? Renan no quería ni pensar en la eventualidad de que la evolución histórica hubiera hubiera impuesto universalmente al negro y con él nos hubiera sumido en a “mediocridad general”. Lo malo es que esa candidata insultante lo es de un partido que es ya la tercera fuerza política de Francia y que, seguramente, expresa una opinión generalizada entre los suyos. Verla entre rejas supone una pequeña esperanza frente a la creciente irracionalidad.

El gran caso

Doctores tiene la Iglesia (y la curia) pero permítasenos a los legos opinar sobre la propuesta de la Fiscalía Anticorrupción de dividir la instrucción de la juez Alaya en tantas piezas como ayudas presuntamente malversadas. No es difícil entender las dificultades que supondría un macrojuicio de más de doscientos imputados, pero la propuesta de desgranarlo en en una constelación de vistas orales no parece, evidentemente, menos complicada, aparte de que privaría a la Justicia de la oportunidad de ofrecer una instantánea de conjunto de la inmensa trama organizada y/o permitida por la Junta. ¿Tendrán nuestros ropones capacidad para rematar la ímproba instrucción de una jueza sola y acosada? Uno cree que del “caso ERE” depende el represtigio de la Justicia o su definitivo fiasco.

Ubú en Lepe

Hace ya bastantes años, Pujol dijo rotundamente que si existen regiones prósperas, como Cataluña, y atrasadas, como Andalucía, es sencillamente porque cada pueblo tiene lo que se merece. Fue más o menos cuando el apogeo de la emigración andaluza a Cataluña, y aquel insulto quedó sin réplica, por supuesto, pero tal vez latía aún en el subconsciente de González cuando un delegado de su Gobierno, el pobre Tomás Azorín, dejó caer en una comida con periodistas que ese Gobierno se disponía a encarcelar a Jordi Pujol por sus manguis en Banca Catalana, imprudencia que, como era de esperar, le costó el puesto al delegata y ni que decir tiene que contribuyó decisivamente a la marcha atrás que indultó al “Molt Honorable”. Luego Pujol ha venido otras veces por Andalucía –incluso con doña Ferrusola– como cuando en el 96 visitó Lepe y dijo que tanto ese laborioso pueblo como Cartaya o El Egido constituían la respuesta positiva de España y Andalucía al reto del desarrollo y de la creación. Pujol paseó entonces por las calles de aquel pueblo señero y dejó tan deslumbrado al entonces alcalde, Pepe Oria, que éste declaró a los cuatro vientos que los empresarios leperos habían quedado con la boca abierta ante tan “gran altura política y humana”, y que forzoso resultaba reconocer que Pujol era “uno de los personajes más importantes de la vida política española”. Por mi parte, confieso que nunca conseguí librarme de la imagen de Pujol que mi amigo Albert Boadella y “Els Jotglars” dieron de él en su parodia sobre el “Ubú rey” de Alfred Jarry, en la que Ramón Fonseré encarnaba –literalmente– a un “Excels” calcado hasta en sus últimos guiños y morisquetas.

Bien, ya no hay margen siquiera para la duda: Pujol en persona ha confesado y solicitado perdón por las trapacerías que, a su sombra, ha perpetrado su sagrada Familia durante un “régimen” que ha durado veinte años y durante el que no ha habido institución regional que se haya librado de que la empresa jardinera de doña Marta le facturara un jardín. No sé qué habrá sido de Pepe Oria –es lo que ocurre en política cuando se encumbra a cualquiera– pero, conociendo la retranca de los leperos, dudo que estos días haya salido a la calle ni para comprar el periódico. ¡Ay, que catetos somos! Pujol se venía a Lepe como quien se baja al Moro y aquí lo agasajaban a porfía. Recelo que aún hoy día, con un pie en el banquillo, conserve algún fans tan entusiasta como aquel alcalde de Lepe.