La mordaza rusa

Otro vendrá que bueno te hará, dice el adagio. No diría yo tanto, de momento, pero a fuer de atento seguidor de la evolución rusa no dejo de temer que, en efecto, las cosas se endurezcan en ese país que no por haber adoptado la democracia formal ha dejado de ser autocrático. El último episodio inquietante ha sido la campaña de acoso y derribo emprendida por los sectores más conservadores del régimen con un viejo rockero famoso en todo el ámbito de la antigua URSS, Andreï Makarevich, al que se le ha ocurrido ofrecer un concierto benéfico en territorio ucraniano, gesto que ha sido fulminantemente descalificado como propio de un traidor a la patria y que ha dado lugar a que se le reclamen desde el Poder sus títulos honoríficos. En Rusia hay mucho miedo al miedo, un evidente recelo a que se acaben reproduciendo en toda su dureza los antiguos estándares de la represión, aprensiones que han tomado vuelo en hechos como la drástica reducción de las adopciones de huérfanos por parte de extranjeros, el rechazo oficial a los voluntarios que han colaborado en los comicios para denunciar el fraude, el simple anuncio de medicamentos fabricados en el exterior aunque desconocidos en Rusia, o la simple preocupación, hoy generalizada en toda Europa, por el futuro de las pensiones, que le ha costado el cargo al viceministro Sergueï Beliakov. Sería ingenuo, en todo caso, esperar otra cosa de una situación encabezada por un personaje sinuoso como el superespía Putin, por fuerza portador de muchos de los reflejos autoritarios del montaje soviético en el que él jugó un papel clave.

La censura, el tapabocas, son propiedad de todos los regímenes no libres, incluidos aquellos que, como Rusia o Venezuela, juegan con la adhesión a la democracia formal por exigencia de la convivencia internacional. No se admite la disidencia, ni siquiera la discrepancia, porque el Poder, todo Poder, tiende a la infalibilidad o, en última instancia, al absolutismo, de tal manera que al ciudadano no le queda margen alguno para disentir ni lo ampara el menor derecho de denunciar, lo que no quiere decir que no ocurra tres cuartos de lo mismo en las democracias más sólidas. Al rockero Makarevich le han endosado la misma etiqueta que nos endosaron aquí a los que anunciábamos a tiempo la crisis –la de “antipatriotas”—y el mismo insulto: el de “colaborador de los fascistas”. Dicho sea sin ánimo de equiparar ambos argumentarios, por supuesto, pero también sin renunciar a la memoria.

Secreto a voces

Que la difusión universal del teléfono, esa socialización galopante de la intimidad, conlleva riesgos cruciales acaba de revelarlo The Washington Post al informar de que los artífices de sistemas de vigilancia andan ofreciendo a los Estados del mundo entero, así como a las mafias blancas o negras, servicios que permiten el seguimiento de cualquier usuario no importa en qué parte del mundo se refugie. Ya no serán sólo las grandes agencias de espionaje las que amenacen nuestra intimidad, por tanto, sino que cualquiera que sepa proveerse de esos servicios mantendrá abierta sobre cada uno de nosotros una ventana indiscreta valiéndose de la colaboración de las empresas privadas poseedoras de la información de sus propios usuarios. ¿Habrá ejemplo más ilustrativo de lo que cuesta el desarrollo, es decir, de lo que pudiéramos llamar los efectos secundarios de esa bendita fiebre que es el progreso tecnológico? La ilusión de una supina libertad de comunicación ha tardado poco en venirse abajo aunque, muy probablemente, aún tardará en fraguar la conciencia del peligro entre esa muchedumbre dependiente que ve en el móvil un instrumento incondicional de libertad sin sospechar siquiera el secuestro de su privacidad. No serán necesarios, en adelante, ni el permiso del juez ni la industria policiaca para que quien quiera y pueda esté al cabo de la calle de nuestras confidencias, convertidas de golpe y porrazo en simple mercancía a disposición de cualquiera en el puerto franco de la postmodernidad. Nunca fuimos tan libres, jamás estuvimos más sometidos.
Alguna voz discrepante se ha levantado, sin embargo, desde el propio ámbito de esa industria avisándonos de que cualquier dictador de tres al cuarto dispone ya desde hace años esas tecnologías que hasta se anuncian en los grandes periódicos y del riesgo de que el bandidaje se esté aprovechando igualmente de la canallesca prodigalidad de los grandes operadores que pronto tendrán también bajo su lupa nuestros contactos cibernéticos almacenados en sus bases de datos, capaces de albergar, ya de paso, los relativos a nuestra localización geográfica precisa. Admira imaginar ese inmenso guirigay planetario en el que caben, junto a los secretos de Estado, las confidencias de los amantes, los planes de la garduña y los saldos bancarios, hasta aniquilar al individuo, esa ilusión “renacentista” destruida por la nueva “ilustración”. El progreso es impresionante, qué duda cabe, pero se está volviendo prohibitivo.

Memoria climática

La hipótesis de quienes defienden el cambio climático ha alcanzado este verano, ciertamente atípico, sus cotas más altas. Se quejan los veraneantes de este incierto estiaje, más llevadero que otros años, sobre todo en esas playas en las que el personal renuncia al baño protestando contra la frialdad del mar o el impropio refresco de un viento foreño que ha obligado hasta ahora a las veraneantes, salvo excepciones, a mantener la rebeca a mano. Hay quien dice que una raya trazada por encima del Bajo Aragón demostraría que no ha habido en toda Europa más de dos días despejados en lo que va de estación y quien, ya en plan apocalíptico, relaciona estas benignidades con las alarmantes noticias que a diario nos hablan del deshielo ártico y aun de las postrimerías del Antártico, con su inevitable cortejo de cambios etológicos que justifican las mudanzas migratorias de las aves, hoy sedentarizadas en muchos casos al tener comida larga en los vertederos urbanos y garantizada la templanza climática. Sólo el voluntarismo veraneante mantendría en vilo la vieja costumbre pero en las playas, al parecer, hay ya más oferta disponible que nunca. Cualquiera sabe, pues.

Antes de llegar el verano, una temerosa predicción climatológica auguró un verano tórrido, aunque es cierto que los expertos franceses negaron la mayor prediciendo justamente esta incierta estación que estamos viviendo, contradicción que, una vez más, contribuye a cuestionar –injustamente a mi parecer—una ciencia del clima en la que un sabio como Le Roi Ladurie supo encontrar algunas claves determinantes de la evolución humana después del año 1000. Y es que lo que falla es la memoria climática colectiva, capaz rara vez de evocar con exactitud razonable qué ocurrió en las estaciones pasadas de hace simplemente dos o tres años. No recordamos –salvo excepciones, claro– cómo de extremado fue el verano del 2010 o como de riguroso fue el invierno anteanterior, como no guardamos memoria firme de si hace tres años llovió más o menos en primavera que en la otoñada. Aparte de que ya las cigüeñas no llegan puntuales por San Blas, como asegura el refranero, ni podemos estar seguros de que por abril las aguas serán mil, como dice otro clásico adagio, por más que los arúspices predigan años húmedos o secos, helados o tórridos, incluso a años vista. Al labriego le queda seguir mirando con inquietud al cielo como al turismo mantener la jaculatoria, siempre con un ojo en el cerco de la luna.

Bibliocleptomanía

Todos los datos que conocemos apuntan a que el español lee poco. Poco o casi nada, aparte de titulares de periódico y algún que otro “betseller” pertenecientes, por lo general, a eso que la sociología americana llamaba “mass cult”. A tal punto ha llegado la pereza lectiva que los editores, al amparo de las facilidades que les ofrece la nueva tecnología, han optado en muchas ocasiones por editar los libros “a demanda”, para entendernos, de doscientos en doscientos o así, en evitación de los clásicos almacenajes de libros inútiles. Allá en el primer tercio del siglo XX, Aníbal González trató de combatir esa lacra incluyendo en su diseño de la Plaza de España sevillana unas hornacinas entre los sillones de azulejos cuya base había de servir de anaquel donde, al aire libre de un tiempo que él imaginaba nuevo, a una atractiva biblioteca de uso público, la misma que ahora, inopinadamente, han decidido restituir unos generosos editores al colocar en ellos y al alcance de la mano, nada menos que mil quinientos libros. Pero ¿es posible intentar algo semejante en esta Vandalucía nuestra tan poco respetuosa con la propiedad ajena? Los pesimistas hemos ganado esa ingrata apuesta al comprobar que, en efecto, el robo de libros ha sido masivo e inmediato, algo que no debe sorprendernos en una tierra en la que el fraude es noticia diaria y cuyos altos “responsables” andan enrocados en la defensa mutua y sin la menor intención de acabar con la gran delincuencia. ¿Cómo esperar que un pueblo sometido a ese mal y testigo de tanta impunidad respete una tentación tan provocadora sin echarle mano a lo ajeno?

No debe de ser fácil extirpar de la mentalidad la idea de que un bien sin vigilancia es de suyo una “res nullius”, una cosa que a nadie pertenece y que queda, en consecuencia, al alcance legítimo de cualquiera. Ahora bien, ¿cómo explicar tanta diligencia, semejante bibliocleptomanía, si me permiten la aglutinación, allí donde el desinterés por la lectura es proverbial, sobre todo en los altos niveles de la vida pública? ¿Vamos a esperar civismo en este puerto de Arrebatacapas que Castillo Solórzano puso en la picota, ya a mediados del XVII, en “La garduña sevillana”? Creo que los mismos esforzados editores se proponen reponer la dotación libresca con nuevas aportaciones de ejemplares. Dios se lo pague, por poco verosímil que resulte el éxito de la empresa que soñó en su día aquel docto iluminado que fue Aníbal González.

La India profunda

A Nerendra Modi, primer ministro de la India, no le gusta la situación de su país. Ve que, en efecto, sobre todo la juventud, crece y se supera, en especial en torno a la informática, sin embargo de lo cual el país vive inmerso y como anestesiado en pleno Neolítico. Un ejemplo, el de la falta de aseos: en un país de 1.200 millones de almas, al menos la mitad de ellas carece de sanitarios y debe recurrir a los excusados del campo abierto para satisfacer sus necesidades más elementales. ¡Ni un hogar sin baño!, ha dicho Modi, como cuando en la España de los 30 resonaba aquello de “¡Ni un hogar sin lumbre!”. Se queja el ministro de que, aún en pleno siglo XXI, las mujeres (no sé por qué no incluye a los hombres) “han de esperar a que caiga la noche” para atender a aquellas urgencias, una circunstancia agravada por la presencia de merodeadores libidinosos que con frecuencia llegan a violarlas. ¿Se puede mantener semejante situación indigna? El “premier” cree que no y, en consecuencia, parece que anda elaborando un plan para, en defensa de la mínima dignidad humana, dotar de sanitarios a todos los hogares sin excepción. También disgusta a Modi la frecuencia del suicidio que, a su entender, se debe en la mayoría de los casos a la presión que los matatías usureros ejercen sobre los endeudados campesinos pobres, razón por la que ha prometido ya de paso un programa que permita a todos los indios, incluidos los “intocables”, el acceso a una cuenta bancaria en la que podrá disponer libremente hasta las 100.000 rupias, el equivalente a 1.200 euros, sin que por el momento haya revelado cual será el mecanismo milagroso que haga posible esta multiplicación crediticia de panes y peces. ¿No dicen que querer es poder? Pues eso, ya lo tienen ahí.

Asombra esta realidad abrumadora que aflige a los países llamados “emergentes” –la propia China, México, Brasil e India, sobre todo—y, por supuesto, a todos los “sumergidos” sin aparente remisión, sobre todo porque, dada la velocidad y la relativa transparencia de la vida, ya no resulta posible mantener ocultas esas vergüenzas que, probablemente, en un par de generaciones dejarán de ser tolerables. Países que avanzan a un ritmo trepidante siguen malviviendo analfabetos, sin baño doméstico y con la luz “enganchada”. Modi sueña con “una India digital” inminente pero que, de momento, sobrevive menesterosa en plena indignidad. El capitalismo tiene esas contradicciones, incluso allí donde funciona

Cabezas cercenadas

Estamos asistiendo este verano a la bárbara réplica de Israel a la infame provocación de los islamistas de Hamas. Pocos acontecimientos dividen tanto la opinión como este doble crimen porque, por lo general, el debate sobre lo que allí está ocurriendo se reduce a la tesis de la defensa propia por parte del sionismo despiadado, y a la de la injusta ocupación de su territorio por el lado palestino. Incluso el obispo y premio Nobel Desmond Tutu, viejo líder en la lucha contra el “apartheid” sudafricano, tras alegar que “Dios no interfiere en los asuntos de la gente”, ha publicado en el principal periódico de Israel una llamada al diálogo partiendo de la aceptación del carácter salvaje de la respuesta israelita aunque sin dejar de reconocer, en tono mucho más bajo, la provocación de Hamas que, a su juicio, “añade fuego a las llamas del odio”. En Nueva York, en París, en Nueva Delhi, en Londres, en Sidney o en Ciudad del Cabo se ha producido una manifestación antiisraelita que, según el ilustre purpurado, puede que sea “la mayor de la historia de la Humanidad”. Pero, ay, al mismo tiempo, Youtube ha colgado en la Red la escena, discretamente censurada, de la degollación de un periodista yanqui, James Foley, a manos de un aterrador sicario que, por cierto, se expresaba en su alegato en un inglés al parecer londonense. En esta hora funeral no sabe uno ya hacia dónde volver la mirada para no ver.

El conflicto de Oriente Medio no es más que un caso particular de una descerebrada convivencia ecuménica en la que no hay más remedio que reconocer, sin que ello signifique en absoluto apoyar la brutalidad israelita, el signo de un problema de época, el que plantea la imposible coexistencia de la civilización occidental –es decir, la única, de la que derivan todas las demás—con un imaginario teocrático declaradamente dispuesto a acabar con todos los demás. Es urgente sentar en la mesa, a la fuerza si es preciso, a los dos bandos enfrentados en Gaza, pero también, quién puede dudarlo, enfrentarse unidos a la amenaza cruenta de los yihadistas que aplican su terrible charia que incluye a todo el planeta, provoca al dragón, mutila sexualmente a la mujer, cuelga a los “diferentes”, lapida a las adúlteras o decapita a los inocentes. La cabeza cercenada en manos de ese verdugo resulta tan incontestable como las matanzas perpetradas en Gaza. Lo demás, es pura ideología o, quién sabe,… puro negocio.