Mondo cane

No sé ustedes pero uno recibe, prácticamente todos los días, llamadas urgentes a esa suerte de caridad laica que llamamos solidaridad. ¿Sabían que cada tres minutos mueren un niño de hambre en el mundo, que casi la mitad de la población tiene graves problemas para abastecerse de agua potable, que muchedumbres de refugiados políticos viven pendientes de la insegura ayuda internacional sin que apenas un diez por ciento de ellos consiga alcanzar esos abastos? Seguramente sí, y seguramente también que ustedes como un servidor contemplamos impotentes esa realidad ante la que la propia FAO ensaya anualmente su cuidado mimo. Pues bien, miren lo son las cosas: han bastado unas pocas horas para recaudar vía Internet 850.000 libras, es decir, libra arriba libra abajo, un millón de euros contantes y sonantes, enviados por sensibles propietarios de mascotas que han respondido sin pensárselo al SOS lanzado por los animalistas en las redes sociales. ¿Alguien imagina una reacción semejante si la petición se hace en nombre de los perseguidos de Oriente Medio, de los afligidos por el Ébola o de los hambrientos del África profunda? Lo dudo, pero el hecho prueba que la influencia de esas redes sociales puede afectar hasta los estratos más profundos de la sensibilidad humana. Ni se ha inmutado este “mondo cane” ante la barbarie de ese califato imaginario que fusila en masa y sumariamente o que degüella ante las cámaras a víctimas inocentes, pero, ay, la mera noticia de que en una perrera habían sucumbido al fuego medio centenar de perrillos le ha puesto la piel de gallina a una multitud de generosos donantes. Alicia sigue haciendo de las suyas en la otra cara del espejo.

Cuenta The Independent que los donantes en cuestión han enviados sus donativos junto a los “selfies” en que aparecen ellos mismos junto a sus privilegiados animales, preciosa escena, en todo caso, en la que preciso es detectar una íntima vibración cordial, pero que contrasta con la resignación o indiferencia con que esos mismos generosos logran aislarse de la necesidad humana. Acaso vivimos una mutación moral profunda que ha puesto patas arriba la tradicional (y lógica) escala de valores, un código cooperativo en el que el ser humano ha cedido su prioridad a los demás animales, en especial a los de compañía. Una suerte de humanismo zoofílico, ya ven qué curiosidad. En este perro mundo vale más un perro que un hombre. Los mecanismos de la sensibilidad son insondables.

Mangas verdes

En el acto de exaltación dedicado a Susana Díaz se han oído piropos que hubieran ruborizado a los lacayos del padrecito Stalin. Pero ninguno de ellos puede competir con la promesa de la propia homenajeada de establecer “todos los controles de que dispone la Junta” para atajar la corrupción. ¿Quiere decir que ni Chaves ni Griñán contaron siquiera con esos controles, acaso ella misma –que lleva en el Gobierno mucho tiempo y firmó alguna que otra subvención—no advirtió hasta ahora esa ignominia que era un secreto a voces y que ha arruinado a Andalucía? El ingenuo personalismo de Díaz va a romper la “omertà” solidaria que hasta ahora libró al “régimen” de su propio soponcio.

Toros en Macondo

La polémica animalista en torno a la abolición de las corridas de toros ni es novedad ni es exclusiva de España, donde en alguna ocasión, por influencia de una reina sensible impresionada por una trágica corrida, llegó a prohibirse el toreo. En Argentina se vetaron esos festejos hace bastante más de un siglo, en 1899, y en Uruguay en 1912, pero no en otros países hispanoamericanos en los que la “fiesta brava” sigue siendo la expresión común a ambas orillas. En Colombia fue, a su vez, prohibida en 2012 por el alcalde de Bogotá, un raro izquierdista y ex-guerrillero del M-19, Gustavo Petro, tan garciamarquista como para apodarse “Aureliano” en la clandestinidad pero no tanto como para aceptar la afición taurina del maestro. Hace unos días, sin embargo, Petro ha debido devolver su fuero al toreo por decisión del Tribunal Constitucional y tras una sonora protesta de la que fue imagen sobresaliente la foto de un grupo de catorce novilleros en huelga de hambre que ahora reclaman a ese alcalde cumplir con su promesa de dimitir si alguna vez volvían las corridas. Petro, que tiene una larga biografía política –militó en cuatro partidos, además de afiliarse al citado movimiento terrorista—no creo que ceda a esta pretensión pues él se ha visto en otras mucho más gordas como cuando se le condenó por homicidio y otros delitos tras la toma terrorista del Palacio de Justicia en la que participó y que costó, entre otras cosas, casi cien vidas. Raro izquierdismo que se emociona ante un toro ensangrentado pero admite sin inmutarse la sangre humana derramada, los secuestros y la toma de rehenes.

En Colombia hay varios cientos de plazas de toros y se dan en ella unas trescientas corridas al año, algunas en ferias prestigiosísimas, por lo que no creo que la “fiesta” corra realmente peligro frente a un alcalde de tan ajetreada vida pública, varias veces destituido y comprometido en odiseas mucho menos admisibles que los horrores taurinos denunciados por el animalismo, que por supuesto, no va a dimitir ahora para hacer honor a un simple compromiso. El ex-presidente Andrés Pastrana me dijo alguna vez, en el transcurso de una sobremesa en la casa sanluqueña de Carlos Herrera, que los toros eran una de las pocas instituciones estables de la realidad colombiana. Me gusta recordarlo hoy, cuando me llega la nueva de que los ropones colombianos han forzado a ese alcalde-guerrillero a devolverle al alguacilillo las llaves del coso.

Creer o no creer

Las previsiones de los sociólogos funcionalistas que estudiaron el proceso de secularización de la religión en las sociedades avanzadas no han resultado tan simples y lineales como tal vez esperaron aquellos. Hay un marco general de “desacralización” del mundo, es cierto, y ello produce un declive de la fe en general pero no poco desigual entre unas religiones y otras, sin contar con la crecida inquietante de la islámica –hoy la más numerosa del planeta–, y el declive es muy diferente entre unas zonas y otras, aunque pueda decirse que es el catolicismo la más castigada entre todas. Ha dado datos cruciales hace poco Manuel Castell quien, por cierto, entiende que esta crisis de confianza en la Iglesia constituye un factor de desamparo agravante de la crisis en la medida en que priva a la sociedad de ciertas “redes de solidaridad y esperanza” que sostengan la convivencia. Curiosamente, sin embargo, la proporción de creyentes ha aumentado en términos globales –hasta un 6 por ciento en los últimos 30 años—con una excepción: la de la Iglesia católica que ha registrado pérdidas sensibles en el mismo periodo, a pesar de que otras confesiones cristianas, en particular las evangélicas, también hayan crecido. ¿Y en España? Pues en España, donde no hay seria competencia con otras religiones, no ha habido descenso expreso pero sí un decremento de la práctica religiosa que se estima el mayor del mundo. Hace muchos años yo mismo tuve ocasión en la Universidad de dirigir varias tesinas en las que la medición del índice de frecuentación sacramental probaba que, coincidiendo con los “planes de desarrollo”, la curva caía sin remedio año tras año. Algo ha funcionado especialmente mal entre nosotros cuando el laicismo –políticas aparte—ganó terreno de esa manera.

Tras su análisis de la cuestión, Castell subraya la importancia del cambio iniciado por el nuevo papa, en el que ve una fuerza renovadora que deriva su importancia sobre todo del anuncio de esa austeridad –“austeridad solidaria” llamaba a la pobreza evangélica Juan Mateos—que, de hecho tanto está contribuyendo aquí y en muchas partes a paliar los efectos de la crisis. Y a mí se me ha quedado grabado el colofón del sociólogo que, previendo el posible fracaso de estas regeneraciones, mantiene su esperanza en que “siempre nos quedará Dios, que no depende de burocracias”. Viniendo de quien viene, a Berger y a Luckmann los hubiera desconcertado esta lúcida conclusión.

Ahorrar en farmacia

Corren aires de fronda entre los boticarios y la Junta, porque dicen aquellos que el sistema de subastas empleado por la ésta a pesar del Gobierno, provoca frecuente desabastecimientos de fármacos recetados como consecuencia de la escasa “capacidad de producción” de los laboratorios agraciados. Pero, además, y eso es ya peor, aumenta la desconfianza en esos “genéricos” fabricados con gran frecuencia en “países de Asia y del Este de Europa”. ¿Una medicina para pobres y otra para acomodados? La autoridad debe salir al paso de esta gravísima sospecha sobre la calidad de los “genéricos” que cuenta ya con el apoyo de no pocos farmacéuticos e incluso de médicos.

Vamos a peor

Nos llega desde la OCDE la noticia de que la media de estancia en la universidad de los españoles para conseguir un título es de nueve años y, encima, la aseveración de que su nivel medio es también muy bajo respecto del nivel europeo. Son indicios inquietantes que, por agarrarme a algo, pongo en relación con el hallazgo de unos investigadores que me encuentro en la revista “Intelligence”, según el cual no son exclusivamente los españoles sino los occidentales en general quienes andarían achicando su pesquis comparados, pongamos por caso, con sus predecesores de la época victoriana. Vaya por delante que no me cuento entre los más crédulos ante la psicología contemporánea, en especial ante la americana, ésa ciencia invasiva que clasifica a los hombres según unos índices de capacidad intelectual que ella sabe medir por el sencillo procedimiento de controlar los milisegundos que cada uno de ellos tarda en “reaccionar”. Los yanquis son fanáticos de esa creencia –la del C.I., el “ei kiu” de los enterados, ya saben—que marca como reses a los niños nada más poner el pié en la escuela y los califica de por vida. Pero mi caso no es quizá del todo válido pues respiro por una herida post-adolescente: la que me produjo en cierta ocasión un gurú al determinar, tras repetir incrédulo un test de inteligencia, que mi cacumen, a mis veinte años escasos, andaba más o menos por los siete. Estoy convencido de que muchas veces nuestras actitudes frente a la Ciencia tienen que ver más que nada con nuestra satisfacción narcisista.

Dicen esos sabios, en resumen, que, a razón de 1’23 puntos por década, desde los amenes del XIX acá habríamos perdido nada menos que catorce puntos, algo que confirma el éxito arrollador de la mediocridad ambiente pero que no deja de ser cuestionado por el vertiginoso avance del conocimiento que traducen sin pausa las nuevas tecnologías. Eso sí, he de reconocer que esta vez los sabios esgrimen una sugestiva razón: la de que tal decadencia, semejante embrutecimiento de la especie, puede que se deba a la selección genética que ha supuesto la reticencia ante la maternidad de las mujeres más inteligentes y mejor educadas de la tribu. La torpeza creciente sería el tributo a pagar por una sociedad menos patriarcal en la que, frente al macho eclipsado, las hembras no se resignen ya en el papel de meras reproductoras. Justo, después de todo, por más que el dato incomode al varón domado.