La primera línea

Un histórico del PSOE huelvano, Isaías Pérez Saldaña, ha decidido poner fin a su provechosa carrera política, y su partido ha divulgado la noticia enfatizando la condición de “servicio” de esa carrera profesional de quien, según dicen, ha permanecido en “la primera línea” 42 años consecutivos. Carajo, ¿y qué cuentas son ésas que a mí no me salen, considerando que en el año 70 la oposición andaba todavía apretujada en el famoso taxi? Hombre, una cosa es presumir retóricamente de oposición y otra muy distinta el calendario. Saldaña ha sido un político con suerte y ha vivido toda la vida “de” la política y no “para” la política, por muy “todoterreno” (sic) que sea y por muy sociata “por los cuatro costaos” (sic) que lo proclamen. En el 70, en esa “primera línea” había cuatro gatos, dicho sea a favor de esa “memoria histórica” que tanto reclaman algunos.

Remedios fatales

Durante una breve licencia en la patria, un misionero me cuenta y no acaba de las misiones, de sus grandezas y sus miserias. Pieza fundamental de su relato es la creencia bárbara, según él vigente aún en un muchos países del África profunda, de que el SIDA sólo se cura si el contagiado yace con una virgen, costumbre que, como es natural, ha funcionado como un activo multiplicador de la abominable epidemia, y frente a la cual poco han podido los civilizados razonamientos del misionero frente a los consejos del chamán. Le he contado, a cambio, el caso de Luis VIII, marido de Blanca de Castilla y padre del rey san Luis, que reinó en Francia, a quien, aquejado de una grave enfermedad –probablemente disentería o fiebre palúdica—los médicos aconsejaron, a la vista del fracaso de los remedios convencionales, yacer con una virgen que tuvieron la osadía de meterle en el tálamo y a la que el rey, al despertar, obligó a apearse de él pronunciando una frase que ha quedado emparejada con los deliquios de Abelardo: “Estoy enamorado de mi mujer”. Es larga la tradición médica que establece relación entre abstinencia y la enfermedad –Luis VIII la guardaba por estar en campaña contra los cátaros–, y en ella se inscriben esos matasanos que quisieron curar al breve y fiel monarca alegrándole la pajarilla. La batalla entre médicos y moralistas se ha prologado a través de los siglos, en un caso considerando al sexo como origen del mal, y en otro, al revés, esto es, achacándole la enfermedad a la continencia del enfermo, un empeño que no desdeñaron ni hipocráticos ni galénicos. El sexo se empareja con el Mal en muchas culturas por más que no haya ninguna que lo desdeñe, y el caso que me refiere mi amigo misionero no iba a ser una excepción.

No me pidan que ponga en pie la cita, pero por ahí tengo arrumbada una inolvidable opinión, que más o menos venía a decir que, en cuestión de sexo, los simples son demasiado simples y los inteligentes no lo son en medida suficiente. Gran verdad. Mi misionero tal vez ignora que las temibles estadísticas africanas del SIDA se andan por ahí por ahí con las registradas en las universidades rusas y probablemente por debajo que lo anduvieron respecto a las californianas, pero tampoco he querido enredarle aún más la madeja. El problema del sexo es que hay demasiada gente, incluyendo a los médicos, que lo lleva, no en la entrepierna, sino en plena duramadre o acaso en el cerebro reptiliano.

Rojos y rosas

Dicen que la militancia comunista más fiel a sus principios anda reclamando a Valderas y los valderitas que abandonen la Junta y rompan el pacto de gobierno porque unos Presupuestos como los aprobados –dicen—chocan de frente con el programa de IU. Así lo ha exigido, por ejemplo, la XVIII Asamblea sevillana, a la que no importa tanto, como puede verse, el hecho de la connivencia de IU con el PSOE para tapar bajo la manta el saqueo de los ERE. Cada cual tiene sus prioridades, no hay duda, y la extrema izquierda superviviente cifra las suyas, por lo que se ve, en el más que discutible asunto de los forzosas “recortes” cerrando los ojos ente la abierta complicidad con la corrupción que no es más que el precio de las sinecuras concedidas por el PSOE. Valderas sabe que éste es su último tren. Griñán, también.

Luz, más luz

No sabemos a ciencia cierta si son auténticas o espurias las palabras que el doctor Vogel, el médico que atendió a Goethe en Weimar, afirma que fueron las últimas del genio:”Luz, más luz”. Digo que no me lo creo del todo porque parece probado que Vogel no estaba presente en la escena cuando Goethe murió y, en consecuencia, estamos ante uno de tantos casos (recuérdese el del médico de Pío XII, un tal Gaspanini) del facultativo que especula con las circunstancias del difunto notable. Pero no era ése mi tema, sino el anuncio oficial de que es probable que, durante el próximo invierno, la red eléctrica de Europa sufra las consecuencias de la precariedad de esa industria que, cuando la ola de frío de febrero pasado dijo aquí estoy yo, dio lugar a que, incluso una potencia exportadora de electricidad por tradición, como es Francia, se viera en la necesidad de importar nada menos que nueve mil megawatios. En Bélgica, por ejemplo, andan a punto de volver al brasero de cisco dado que sus técnicos dan por seguro que el suministro será insuficiente este invierno, en especial si se acumulan los riesgos de varios países, incluida Alemania que, con su gran industria, ya se las vio y deseó el invierno pasado para atender a su gran demanda. Una noticia pésima que, seguramente, inquietará a quienes recuerden el estropicio que se acaba de organizar en USA al paso del huracán “Sandy”. Es evidente que vivimos sobre un castillo de naipes en cuya solidez creemos a pies juntilla desde un optimismo que no se compadece con la realidad. Y si eso ocurre en los EEUU, calculen la que se nos puede venir encima, ante un factor semejante, aquí en la tierra de María Santísima y del poderoso looby energético.

No damos valor a lo que tenemos, por el hecho de tenerlo, y sólo cuando por lo que fuere nos vemos privados de uno de esos bienes fundamentales nos mesamos las barbas o elevamos rogativas. En Rusia sabemos que la autoridad hace la vista gorda en plena campaña contra el alcoholismo porque sabe que dentro hace más frío que en la calle, y tres cuartos de lo mismo ocurre en gran parte de ese mundo dependiente del wodka de garrafa. En España sabemos que en cuanto la costa se abarrota en verano los cortes se producen con frecuencia para que hasta los poderosos se cuezan en sus hornos de lujo. Esta increíble civilización siente que tiene los pies de barro en cuanto el termómetro sube o baja más de lo esperado.

La parte ofendida

Una madre de dos niños asesinados en USA ha pedido clemencia para el doble asesino con el argumento de que más sangre derramada no borrará la anterior. En cambio, el primer ministro de Turquía, Erdogan, (el aliado de ZP en el rollo de la “alianza de civilizaciones”), ha dicho en un mitin de su partido que hay que replantear la abolición del suplicio conseguida en 2002, basándose en que, en última instancia, el perdón del asesino no está en manos del Poder sino de la parte ofendida. Hace años que no había tropezado con una declaración tan típicamente medieval dado que la reserva del derecho penal es justamente la condición que convierte a la primitiva asociación pre-nacional en un Estado con todas las de la ley. No se trata de que la calle fuera de Fraga ni de nadie, sino de la evidencia de que, al margen del monopolio estatal de ese derecho, la violencia es un billete de vuelta a la barbarie, y a Erdogan –sobre todo a causa del conflicto que mantiene con los rebeldes kurdos—parece importarle eso menos que el presunto efecto disuasorio de la pena de muerte. ¿Cómo es posible que en Texas no bajen los niveles de delincuencia a pesar de que, en los diez últimos años, se han perpetrado allí nada menos que 337 ejecuciones, o que lo mismo ocurra en California a pesar de que en ese mismo plazo se han pronunciado en sus tribunales 354 sentencias capitales? La idea de que la amenaza de la pena de muerte sirve para disuadir a los delincuentes ha sido tan cuestionada como admitida, pero tengo para mí que el factor que propicia ese convencimiento, sobre todo en este ambiente de ambigüedad, radica en la lógica simplista del “ojo por ojo” que ya se explicita en el Éxodo y, desde luego, en textos anteriores de diferentes culturas. EEUU, China y Rusia destacan entre los partidarios del cadalso. La voz de esa madre con tanto sentido común no parece que alcance a tan altos oídos.

Ninguna razón puede sostener la pretensión de que la vida de un hombre pueda ser arrebatada por otro, dado que, en un medio civilizado, la pena no puede consistir en una venganza ciega aunque contenga, por supuesto, una función reparadora, y aparte de que el creciente número de condenas erróneas comprobadas por los tribunales debería bastar para no aplicar la pena capital por su condición irreversible. La opinión ha estado siempre más cerca del tirano que del marqués de Beccaria.

Más de cuatro golfos

Chaves va a llevar razón, por una vez, proponiendo que en la corrupción pululan piquetes de “cuatro golfos”. De cuatro y de cuatrocientos, como muestra esa fotografía ideal de los dos piquetes que el día de la huelga general se pusieron ciegos en un restaurante granadino y se fueron sin pagar dejando esta nota: “Simpatizamos con su negocio, pero más con la huelga general”. ¡Toma, así cualquiera! Pero el caso no debe reducirse a anécdota porque apunta –como el de esos otros golfos que cobraban a los necesitados los productos del Banco de Alimentos—a la confirmación de que las corrupciones se han generalizado de arriba abajo. El pescado se pudrirá por la cabeza pero acaba corrompido hasta la cola.