La Santa Inercia

Tomo prestado el título a un centón ilegible de Fraga a la vista de la situación en que andamos metidos. En Andalucía, por ejemplo, no se aplicará la LONCE, faltaría más, como en su día se anunció que no se aplicaría la ley educativa de Aznar, y no se aplicará a pesar de haber perdido la Junta el recurso elevado al Tribunal Supremo, y de que su consejero no se ve las manos para despejar los “pelotazos” de la corrupción, lo que no le deja resquicio para atender a los problemas del que es probablemente el sistema educativo más fracasado de la nación. La inercia es el mejor aliado de los políticos. Si por ella no fuera, mañana cerraban las aulas a cal y canto para prolongar las vacaciones.

Culpa y perdón

El ex-presidente González acaba de absolver “de levi” al ex–Honorable Pujol, cuya honestidad se empecina en defender y al que apenas achaca la responsabilidad de afanar para sus hijos la fortuna que él mismo, forzado por la evidencia, ha acabado por confesar. Esto de la culpa es siempre algo muy jodido y tengo entre manos la idea de que es el cristianismo tardío el factor que la introduce en nuestra civilización pues el inicial, pudiéramos decir, el genuino, no contemplaba como “confesables” –en un sentido muy diferente al que luego empleará el papa Alejandro VI—sino las faltas públicas, nunca las privadas. Hoy sabemos que la penitencia, como tal sacramento no se introduce en la práctica hasta que, ya en el siglo VI y tras las huellas de san Patricio, la imponen los monjes irlandeses de san Columbano, auténticos inventores de la confesión auricular. De hecho, el sentimiento de culpa, lejos ya del temor a lo Superior –recuérdese la odisea del pobre Caín–, es reducido por Freud, como sabemos, a puro temor al Super Yo, al que no es posible –ver “El malestar de la Cultura”– ocultar los malos deseos y menos las malas acciones. ¿Por qué atormentarnos inútilmente con el recuerdo de la culpa que los monjes mentados, llamados por eso “tarifarios”, liquidaban con un simple trueque de la pena por la penitencia, en la línea que acabaría imponiéndose históricamente? Pues para nada, definitiva: ya ven como González, a pesar de la confesión pública de Pujol, sigue recetándole las tres Ave María que limpian el fallo venial. ¿Hoy por ti mañana por mí? Eso ya, francamente, no me atrevo yo a decidirlo.

¿Y qué querían que hiciera González, acaso que le echara en lo alto el anatema como si él mismo no tuviera nada que ver con las filesas de este mundo y con todo lo que luego vino? ¿Iba a condenar a un colega que fue socio de Gobierno quien consintió, quebrantando al menos, su responsabilidad “in vigilandi”, las atrocidades de los GAL o los manguis que han conducido al festival golfo que estamos viviendo en nuestros días? ¡Pues claro que no, hombre! Culpas, las precisas, y ni una más, aunque la Justicia deba arrastrarse como puta por rastrojo detrás de los presuntos e incluso de los confesos, como aquellos “tarifarios” que vinieron en su día a civilizar a los bárbaros. Pelillos a la mar. González sabe bien lo que es salir indemne como Houdini de la sentina política. En cuanto a Pujol, sobre todo a estas alturas, échenle un galgo.

Banderín al viento

Vuelvo de una estancia en el Norte y me doy de bruces con un evocador artículo de Borbolla en el que, en recuerdo de una escena de la que fui testigo en Lille (en 1985, no en el 87 como mal recuerda mi ex-Presidente), protagonizada por Pujol en la primera Asamblea de Regiones Europeas a la que asistió en plan “petit Roi” asistido por un gabinete itinerante en el que figuraban algunos que luego hemos visto esposados y entre dos guardias civiles. Nosotros habíamos ido a Dusseldorf y luego a Bonn para asistir al congreso del SPD dirigido entonces por el luego fracasado candidato a canciller Johannes Rau, pero Borbolla dejó en Bonn a Griñán y a Braulio Medel de manera que a Lille fuimos solos él y un servidor. Y en efecto, allí estaba el temible Edgar Faure, ya casi octogenario, calvo y malhumorado, del que –como Borbolla recuerda– nos salvó a ambos un entrañable Pierre Mauroy, ex-primer ministro de la República y por entonces alcalde de la ciudad, con quien, en un reservado de la “Mairie”, casi dimos cuenta de una botella de Calvados y con quien hablamos largamente sobre Rabelais a quien él veía con las anteojeras de Lucien Febvre y yo –cosas de la edad– con las de Mijáil Bajtin. ¿Se imaginan ese nivel por aquí? Personalmente no oculto mi profunda y justificada envidia. Luego Borbolla le cogió las vueltas a Macià Alavedra –¡ejem!– y consiguió la vicepresidencia a la que aspiraba el reyezuelo dejando visiblemente desolada a la delega catalana que, a regañadientes, tuvo que conformarse con una vocalía mientras que al Presidente andaluz le proporcionó luego una larga ovación con salida al tercio en el Congreso del SPD. En Lille anduvimos por librerías de viejo y recuerdo que yo me arruiné, de lo que no me arrepiento, comprando una preciosa edición de Duby y ciertas memorias políticas para Borbolla. Mauroy ya nos había dedicado a ambos su espléndido “À gauche”.

Casi treinta años después me quedo con el dictado moral de Borbolla –Pujol “ha tenido como objetivo básico dejarle a sus hijos una herencia”—antes que con la absolución que acaba de administrarle González: “Ca uno es ca uno”, solía decir aquel en broma, y el tiempo se ha encargado de demostrarlo. En cuanto a mí, confieso que la escena de la comitiva pujolista, con al banderín ondeante, me recordaba ya entonces las hazañas y desventuras del “pequeño Rey” que inventó para La Codorniz el ingenio de Enrique Herrero.

Industria de muerte

No es justa la broma sobre Suiza que sostiene que, tras siglos de pacifismo y serenidad, el bello país no halló mejores logros que el chocolate y el reloj de cuco. Lo sabemos de sobra, sobre todo desde que casi nadie ignora el papel jugado en la prosperidad suiza por una actividad bancaria que estos años (¡y estos días!) no se pierde un telediario. Suiza es un país aparte, eso sí, un país neutral más o menos imaginario, que le ha sacado a esa neutralidad una renta excelente, y un país ejemplar donde nadie roba el periódico ni la botella de leche al vecino pero en el que los ríos de la fortuna del crimen, entre otros negocios, confluyen caudalosos. En la universidad de Zúrich un equipo de expertos ha observado el crecimiento acelerado de la industria de la muerte, es decir, del negocio de la eutanasia o muerte asistida que, a pesar de no ser allí del todo legal, funciona tan estupendamente que, sólo en cuatro años, entre 2008 y 2012 registró prácticamente dos muertes al día sobre una clientela de diversos países europeos –los más desarrollados, por cierto—y en la que las mujeres fueron mayoría. ¿Por qué tanto suicidio, por qué tanto desprecio por la vida en el mundo mejor dotado en contraste con los países pobres en los que, puede que se produzcan catástrofes genocidas, pero apenas se conoce el suicidio?

Se me viene a la memoria el aluvión de suicidas egregios, la delicada carta de Virginia Woolf a su compañero, el amargo silencio de Primo Levi, el disparo narcisista de Larra o los estruendosos de Hemingway o Van Gogh, el final casi inevitable de Pavese o el decidido de Mishima, sobre todos los cuales, por razones de proximidad e inmediatez sitúo la brava confesión de mi querido Félix Grande y su verso caliente, aquel “caeré diciendo que la vida era bella” que bien supo confirmar. Hay razones, no lo ignoro, sobran motivos en este perro mundo, para que el hombre huya voluntario perseguido por la fatalidad o, como hubiera querido Freud, acaso también por esa “desgracia exterior permanente” que es el sentimiento de culpa. Se precisa recio esqueleto y fuerte musculatura moral para resistir impávido en medio de esta vida maravillosa y, al tiempo, terrible, y esa afluencia del turismo suizo demuestra que no vivimos precisamente los mejores tiempos. Tiemblo ante el retrato de Zweig y su esposa abrazados de cuerpo presente o ante la noticia de esa niña que se colgaba en Huelva hace bien poco. Vivir es un hermoso milagro cada día más gravoso.

Porvenir del pirata

Una de las características claves de la sociedad cibernética es la edad del experto. Siempre se ha dicho que un físico tenía tan sólo hasta los 30 años para concebir alguna teoría importante, pero lo que ahora se descubre en muchos países es que la edad del genio informático no debe sobrepasar los 20 años, por lo general, aunque los reclutadores parecen convencidos de que la edad debería situarse por debajo de los 18, es decir, entre la juventud y la adolescencia, incluso –a juicio de uno de esos responsables—antes de haberse “contaminado” intelectualmente en el aprendizaje convencional. Hay países como China, EEUU, India, Israel o Irán que llevan años rebuscando en sus escuelas e institutos jóvenes de probada destreza a los que emplean luego como “hackers”, extraoficialmente, en destinos tan graves como la ciberdefensa de sus sistemas sensibles, incluyendo desde las redes bancarias a las que controlan el tráfico y, por descontado, a las militares más secretas. Un “comando” indio logró, al parecer penetrar los núcleos más seguros de Pakistán mientras otros colegas lograban descifrar la información de las agencias espaciales o hacer explotar oleoductos, y parece que sólo en última instancia logró Israel neutralizar un sabotaje masivo en su telefonía móvil provocado por Hamas. Corea del Norte no sólo lanza habitualmente sus jóvenes piratas contra las defensas cibernéticas yanquis, sino que parece que se ha forrado penetrando en los más recónditos escondrijos casineros en los que habría ganado millones de dólares. ¡Para que digan que esta juventud no tiene futuro!

Hay ya políticos del ramo que hablan de un “hacking ético”, a saber, el que practicarían “sus” piratas sólo y exclusivamente en defensa propia, sin intención de dañar a terceros y –aunque bien pagados, por supuesto– motivados antes que nada por un patriotismo que habría que inculcarles en la escuela o el liceo para evitar la tentación, hasta ahora irresistible, de venderse al mejor postor. Vean como en la “sociedad-red” de que habló Manuel Castell, la vanguardia ha de acoger sin remedio a una primera edad que ha hecho un oficio de su afición demostrando hasta dónde puede llegar la larga mano del “homo ludens”. En India mismo, los 30.000 hackers actuales habrán de convertirse en 400.000 según los planes del Gobierno. Desde que me enteré de esta historia no he vuelto a tratar de impedir que mi nieto se deje en la “nintendo” las pestañas de su futuro.

Hoy por mí…

Mientras los responsables de eso que tan pomposa como impropiamente seguimos llamando Occidente se pasan unos a otros la patata caliente de la amenaza que supone el terrorismo islamista, el arzobispo caldeo de Mosul –ese infierno de los cristianos iraquíes–, monseñor Amel Shamon Nona, ha lanzado a los países “civilizados” la advertencia, no poco sensata, de que, en caso de que no reaccionen tomando “decisiones fuertes y valientes” frente a los locos de los nuevos “califatos”, el sufrimiento que hoy padece su grey alcanzará a no tardar a los países dubitativos. En una entrevista que encuentro en el Corriere della Sera, monseñor augura a Occidente que los sufrimientos que hoy abruman a su país, “también los sufrirán en un futuro no lejano los europeos y cristianos occidentales”, tan expuestos en principio al fanatismo yihadista como lo están hoy no sólo los fieles cristianos, sino también los yazidíes y los propios musulmanes chiítas, algunos de los cuales han sido bárbaramente crucificados. La tesis de monseñor Nona consiste en que las ideas políticas de Occidente –es decir, la axiología democrática en su conjunto—fracasa inexorablemente en aquella región dado que –dice el arzobispo—“los principios liberales y democráticos no valen nada aquí”. No dudo de que muchos lectores encontrarán razonable esa dura hipótesis que llega a proponer, no poco temerariamente, un cambio de actitud de los países occidentales aunque sea “a costa de contradecir sus principios”.

Desde luego, esa propuesta no es aceptable en términos éticos ni morales, pero hay que entender a ese pastor que ve diezmado a sangre y fuego su rebaño cuando advierte a los civilizados de que el innegociable principio de que todos los hombres son iguales implica una debilidad lamentable frente a una realidad como el extremismo islamista para el cual esa igualdad no existe, ya que “los valores de ustedes no son los valores de ellos”, sostiene monseñor antes de exponer su conclusión tremenda dirigida a los países que soportan una alta inmigración: “Si ustedes no entienden esto lo suficientemente pronto, se convertirán en víctimas del enemigo que han recibido en su casa”. No es posible asumir semejante criterio, pero sería demasiado fácil, desde luego, despachar la dura actitud de ese prelado sin detenerse siquiera por un momento en los extremos de una desesperación que no le arrebata por completo su lógica por inaceptable que, a primera vista, nos resulte.