La enfermedad infantil

Dice desde su rincón radical Sánchez Gordillo que ya ha tragado muchas ruedas de molino y que no está dispuesto a tragar ni una más, y lo dice como ensayando la pose para saltar de IU a Podemos, es decir, desde la izquierda de la izquierda de la izquierda hasta la izquierdísima que viene a caer ya por el limbo venezolano de la censura y las cartillas de racionamiento. Por eso la CUT, el SOC o como quieran llamarlo, anda pensándose dejar a una IU a la que consideran cómplice de un PSOE pequeño-burgués. De Palestina a Venezuela, el mito de la extrema izquierda viaja a sabiendas de que va a desmoronar a IU además de sacudir al PSOE. Cuando Lenin habló de la “enfermedad infantil” sabía lo que decía.

Lo que faltaba

La psicosis colectiva, en tan buena medida provocada por la politización de la tragedia del Ébola, va a contribuir a desvelar no pocos aspectos farisaicamente preservados de la mentalidad blanca. De momento ya hay taxistas en no pocas ciudades que consta que se han negado a detenerse ante un cliente negro y parece que también hay hoteles por ahí que han tenido sus más y sus menos a la hora de admitir a clientes de esa raza. En los aeropuertos internacionales se han reforzado razonablemente las medidas de seguridad sobre los viajeros procedentes de las zonas infectadas y ha habido “vacíos” algunas escuelas de Madrid en torno a los niños de Alcorcón. Como en la fábula de Beni de Cádiz, en la que atribuía el origen del Sida “a los negros”, el ciudadano desinformado, ahora como entonces, de la auténtica realidad de la epidemia, ha encontrado una razón para apuntalar su racismo latente a base de imponer un “apartheid” indiscriminado a esa raza en su conjunto que, mucho me temo que se apriete y refuerce como no hallemos pronto una solución que resuelva la amenaza. Algo parecido ocurrió con la raza llamada “amarilla” cuando el soponcio provocado de la peste aviar que nunca existió (al menos como tal pandemia) y que dio no pocos quebraderos de cabeza, durante una buena temporada, a los manijeros de los “tour operators” y a las compañías aéreas. Tendremos que acostumbrarnos a estas reacciones masivas por completo lógicas en el marco global en que, para bien y para mal, nos movemos y en el que a duras penas encaja el humanismo clásico.

Nadie quiere hablar del tema, pero es evidente que la explosión del Ébola va a enrarecer las relaciones del mundo desarrollado con la raza negra y, muy en especial, en el ámbito de la política migratoria. Porque la realidad es que el taxista que pasa de largo ante el negro que requiere sus servicios o el hotelero que le cierra la puerta en las narices no son más que epifenómenos de una mentalidad general que, sin duda, “entiende” y comparte la razón de esas negativas porque asocia de modo mecánico el riesgo sanitario a la raza diferente: el Ébola sería un mal negro, una enfermedad racial, ante el que resulta preciso blindarse por razones meramente profilácticas. Cada día encuentro más justificado la idea de Gérard de Nerval de que cada uno de nosotros vive “en” su raza, así como nuestra raza vive en nosotros. El racismo es una de las vísceras más entrañadas de nuestra cultura liberal.

Pólvora ajena

Hay dinero para lo que hay, valga la tautología. Un ejemplo: la Junta de Andalucía no se atreve siquiera a confesar el número de tarjetas de crédito que manejan sus altos cargos y, ya de paso, anda redactando un decreto que permitirá elevar las “indemnizaciones” de esos privilegiados en concepto de vivienda o transporte, tengan o no tenga –ojo—domicilio en Sevilla, su lugar de trabajo. Hay que recortar sin misericordia en Sanidad, en Educación o en asistencia social, se puede pelar al cero a los funcionarios, pero sobra pasta para retribuir a los magníficos que, elegidos por el partido del “régimen”, figuran en la nómina pública. No hay quien se resista a tirar con pólvora ajena y menos una Junta que está acostumbrada a tirar “en salva”.

Muertes de perro

En medio del desconcierto provocado por la infección de nuestra enfermera, la decisión de sacrificar al perro “Excálibur”, que había convivido con la infectada, ha provocado en las llamadas “redes sociales” efectos más que elocuentes. Por ejemplo, sepan que los comentarios sobre la infausta suerte preventiva del can superaron los 400.000, mientras que los que se referían a la muy comprometida de la pobre contagiada y a las muchedumbres expuestas al virus venían a ser como diez veces menores, y sepan también que, visto y no visto, 300.000 personas firmaron una petición para evitar el sacrificio. Un académico de la Real Española ha llegado a proponer en Twitter indultar al perro y sacrificar a la ministra del ramo, exabrupto despreciable que acaso merecería alguna sanción por su deshumanizada desmesura, pero que da una imagen bastante fiel de esta España trastornada que da incesantes muestras de haber perdido el rumbo. Hay medios que han apostado por conservar al perro con propósitos científicos, es cierto, pero de lo que no hay duda es de que la sensibilidad colectiva del país se muestra hoy por hoy más preocupada por la suerte de una desdichada mascota que por la de su dueña y por la de esa doliente multitud expuesta al contagio que sobrevive en África sin saber siquiera a qué atenerse. Muy lejos de las reacciones por la muerte de nuestros repatriados fallecidos, el “hahstag” Salvemos a Excalibur ha sido “trending topic” mundial: eso es lo que hay. Todo indica que el animalismo se está convirtiendo en una fase superior del humanismo.

Conozco y comparto el sentimiento con que nosotros los civilizados somos capaces de distinguir a nuestros animales domésticos, pero no acabo de asimilar esta bulla frente al silencio generalizado que envuelve a esos cuatro mil huérfanos que, por el momento, vagan ya por aquellos países africanos con una mano detrás y otra delante, o al hecho aterrador de que un mundo que ha sido capaz de colgar una estación en el espacio o de descubrir el “bosón de Dios”, no lo haya sido en tantos años de prever un remedio contra este mal, y ni lo sea ahora que el virus, envalentonado, parece dispuesto a saltar a nuestro paraíso. Y, en fin, ahí está la infame frase de ese académico para probar el fracaso de una axiología a la que las redes sociales están haciendo añicos. Algo no marcha en nuestro sistema de valores cuando la muerte de un perro hace más ruido que una tragedia humana de alcance impredecible.

Regate corto

Le digo al presidente extremeño José Antonio Monago y a Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente del PP andaluz, que, en juego corto, en el regate, el PSOE le daba y le sigue dando al PP sopas con honda. Y les pongo de ejemplo el trágala de Griñán que ahora acaba de echar del Parlamento a los alcaldes, mientras que el proyecto –que garantizaría al PP la hegemonía municipal—de reformar la ley Electoral para que gobierne en los Ayuntamientos la lista más votada, yace en un cajón aguardando a que Rajoy termine de deshojar la margarita. Nada me contestan, claro, pero sospecho que están de acuerdo conmigo.

Justicia blanca

Es una vergüenza, elocuente desde luego, el hecho de que los EEUU no hayan reconocido aún al Tribunal Penal de La Haya. Nadie acude voluntario a esa corte internacional para someter su actuación política al escrutinio de una Justicia imparcial, y a los que han comparecido hubo que llevarlos a rastras tratándose siempre, por supuesto, de vencidos. Estos días ha estallado un caso sorprendente, no obstante, protagonizado por un jefe de Estado que, voluntariamente, ha decidido comparecer para defenderse o explicar la circunstancia atroz vivida por su país, Kenia, durante la crisis postelectoral de finales de 2007 y comienzo de 2008, un gesto realmente notable no sólo por la audacia que implica sino porque supera la razonable objeción que los políticos africanos han alegado siempre, a saber, su pregunta de por qué habría de ser la Justicia del hombre blanco la que decidiera en sus sangrientos pleitos locales. Uhuru (“Libertad”) Kenyata –nieto del legendario fundador de la independencia– ha dejado el poder, en efecto, en manos de un sustituto y se ha embarcado para La Haya decidido a abrir una nueva era en los comportamientos políticos de su castigado continente en el que hasta ahora cada genocidio borraba al anterior cuando no quedaba sepultado en el olvido. Hay que reconocer que el gesto no tiene precedente ni es probable que tenga consecuentes, al margen del convencimiento general de que las matanzas perpetradas en el país –incluyendo la colonial—no tienen reparación posible. A Ururu se le acusa de crímenes contra la Humanidad y, en concreto, de homicidios, deportaciones y violaciones que el tiempo transcurrido, ciertamente, ha podido contribuir a deformar cuando no a borrar, pero no puede negarse que su respuesta es en sí misma insólita. Ahora la pelota está en el tejado del TIP.

No sé si la extraña osadía del Presidente rima con la actitud del personaje de Molière que aspiraba al placer de perder su pleito o si se trata de una estratagema de la defensa que sabe bien que el tribunal carece de pruebas incontestables para condenarlo, pero hay que reconocer una diferencia importante entre la decisión del jefe keniata y el blindaje estadounidense para evitar, por ejemplo, el juicio de Kissinger. ¿No dicen los iniciados que un proceso se sabe siempre cómo comienza pero nunca como acaba? Veremos en que termina ahora esta Justicia blanca ante la que comparece sin quitarse los galones el prócer de un torturado país.