¿Y ahora qué?

Vaya por delante que, frente al criterio de muchos colegas, he mantenido en todo momento mi confianza en el Fiscal General. El personal suele ser impaciente y, tocante a pleitos sonados, resulta siempre partidario de la fórmula alfonsina que se empleaba antiguamente como remedio contra los bandoleros, aquella que ordenaba liquidarlos “sin estrepitu ni figura de juyzio, vale decir, aquí te pillo, aquí te mato. Pero la Justicia no sólo puede sino que debe tomarse su tiempo y andar como si pisara huevos cuando se trata restablecer el imperio de la Ley. ¿Que qué va a ocurrir ahora, que si una querella y una pena supondrían un tifostio de impredecibles consecuencias? No lo sé, ni siquiera tras leer con atención suma el espléndido libro del profesor Muñoz Machado sobre el conflicto catalán del que entresaco, casi al azar, unas líneas elocuentes: “Si una situación meramente fáctica se estabiliza y mantiene, podrá darse por existente el nuevo Estado”, o sea, como diría Umbral. Tanto desde la Fiscalía catalana como desde el PSOE –y nada digo de la caverna secesionista—se ha escuchado el argumento de que una querella y, más aún ¡una sanción! podrían contribuir a ahondar aún más el divorcio actual. ¿Y qué proponen, cerrar los ojos y permitir clamorosamente el incumplimiento de la Ley? Porque lo ocurrido el 9-N en Cataluña es, incluso a ojos vista, un soberano quebranto de la legalidad, un sartenazo desconsiderado al Estado de Derecho por parte quienes tenían mayor obligación de defenderlo, que han actuado fuera del mandato constitucional como quien maneja un cantón.

Querellarse era lo menos que podía hacer el Estado, ausente por completo en aquella autonomía el día de autos. Lo de menos son los tiempos, los plazos, como han demostrado la Fiscalía y también el Gobierno, aunque éste un poco por los pelos. ¿Y ahora qué? Pues ahora lo suyo, o sea aplicarle la Ley a los transgresores y caiga quien caiga, a pesar de que, según la máxima autoridad judicial, hemos de habérnosla con una normativa pensada para robagallinas. ¿O es que ya no nos acordamos de los Fiscales Generales que aquí hemos soportado durante decenios? El actual acaba de probar que la independencia de la Fiscalía –y, por tanto, del Poder Judicial—no es un fósil jurídico sino una imperiosa realidad. Caiga quien caiga, insisto. Porque parece que hasta ahora no nos hubiéramos percatado siquiera de la quiebra del Estado de Derecho que esta querella viene a recomponer.

Ya empezamos

Lo del enchufe del secretario de Política de “Podemos”, Íñigo Errejón, no es que sea el archiescándalo en este reino del absentismo. Pero tiene su importancia porque es la prueba de que ni los agitadores más extremistas y más críticos con la “casta” de que habló Unamuno, son inmunes al amiguismo y, en consecuencia, a cierto género de corrupción. Errejón no es –de momento—no el Bigotes ni Juan Lanza, así como “Podemos” no es –todavía—ni Génova ni Ferraz. Sólo que ya empezamos, como digo, y todo se andará tal vez. En lo que sí es coherente ese nuevo movimiento es en su fidelidad al modelo venezolano, “Aló, Presidente”, “Confísquese”, etcétera, aunque por ahora no haya pasado del “enchúfese”.

El oriente medio

Al tiempo en que las fuerzas políticas españolas se ponían de acuerdo, contra la vehemente protesta israelí, en votar en nuestras Cortes el reconocimiento unilateral de un Estado Palestino, unos descontrolados se han cepillado en una sinagoga a cuatro rabinos israelíes que habían acudido a orar. ¿Qué vendrá ahora? Seguramente una reacción violenta, muy posiblemente desproporcionada como suele, por parte de las fuerzas israelíes, reacción en la que pagarán justos por pecadores en ese ancho marco conceptual que se conoce como “daños colaterales”. Inmediatamente, eso sí, desde el Gobierno israelí se ha advertido al español que ese reconocimiento vale tanto como enviarles a los palestinos el mensaje de que maldita la necesidad que tienen de dialogar con el enemigo real –Israel—ni de pararse a considerar las exigencias de seguridad que éste tiene planteadas hace mucho y que el atentado de antier, como quien dice, viene a corroborar. En ese “creciente fértil”, como han dado en llamar a la región los grafómanos americanos, no ha habido paz desde que hay memoria, antes incluso de que David tuviera que apedrear a Goliat con su honda para espantar a los filisteos, pero sí que ha habido largos siglos de letargo en que han convivido las razas diferentes hasta que Occidente apostó por una de ellas. Lo que vino luego fue una guerra crónica y temible en la que, como en todas las guerras, quien ha pagado el pato han sido los respectivos pueblos. No estoy seguro de que tomar partido por uno de los dos bandos resulte más necesario que apostar por una medida colectiva. Europea, por ejemplo.

Supongo que, como tanta gente normal, apuesto sin pensármelo dos veces por el reconocimiento de un Estado Palestino, pero también tengo que sostener en conciencia mi convicción de que ningún reconocimiento externo será útil en tanto el mundo palestino no acepte la necesidad de negociar pacíficamente con Israel, tener en cuenta sus razones tanto como las propias, aceptar que la idea de “arrojarlos al mar” alguna vez enunciada por el extremismo (por el iraní, valga el caso) ni sería buena ni iba a ser posible. Cuatro fieles muertos a hachazos y tiros en una sinagoga por dos terroristas suicidas justo el día en que algún país occidental va a reconocer a un bando para acercar a los dos. Sigfried Hermann mostró en su historia cómo en la de Israel la paz no fue posible en tiempos del Antiguo Testamento. Asombra comprobar que esa fatalidad sigue viva tantos siglos después.

Belmonte

No parece que la estrategia de la presidenta Díaz de interponer entre la Junta y la Justicia, y con rango de consejero, a un fiscal experto, le haya dado grandes resultados. Han caído en el vacío de la evidencia las pullas de ese fiscal sobre la magistrada, no ha conseguido apartarla de los “casos” candentes que traen achicharrada la autonomía y antier mismo decía otro magistrado –el que ayuda a la juez Alaya a sostener su pesada carga—que su Juzgado ha tenido que soportar “innumerables y continuos obstáculos por parte de la Delegación de Justicia”, es decir, de la larga mano del consejero. Maldita la falta que hacían esas clamorosas alforjas para este viaje.

Memorias de guerra

Los memoriosos españoles empeñados en resucitar el espanto de la guerra civil podrían aprender y no poco de los ejercicios recordatorios que se están prodigando tanto en Francia como en Alemania en el centenario de la Gran Guerra, la del 14-18, aquella que decía “preferir” Brassens ante la incomprensión de los fanáticos incapaces de entender la ironía. En mi Escuela Francesa los alumnos teníamos que pasar cada día ante una lápida en la que podía leerse “Oublier c’est trahir”, olvidar es traicionar, traducción literal de la latina “Oblitus est se prodere”, piadosa exigencia exenta por completo de ánimo de revancha. Esta temporada es curioso seguir en la prensa europea la conmemoración de aquella carnicería y observar diferencias tan sutiles como la que separa el argumento del patriotismo utilizado por los franceses frente al del europeísmo del que echan mano los alemanes. Pero ni siquiera todo son salvas de honor y discursos tardíos, sino que descubrimos también homenajes populares a la paz que no muestran héroes a la carga sino padres atribulados y huérfanos simbólicos con rótulos tan rotundos como “Maudite soit la guerre” o el viejo lema corintio que va desde Tucídides a George Washington –“Si vis pacem para bellum”– reescrito con mano humanista: “Si vis pacem para pacem”, si quieres paz prepara la paz. Una memoria estremecida por los horrores de la guerra, otra enrocada en el rencor, explicable desde luego, pero sin duda peligrosa como lo es siempre hurgar en la herida.

Un soldado rompiendo su arma, unos padres llorando sin consuelo, un niño petrificado en el gesto triste de la orfandad homenajean pacíficamente a los suyos en Francia tras las huellas de Jaurès, mientras en Alemania, a ver, prefieren hablar de Europa, borrar con el proyecto generoso las trazas de la infamia, como si dijéramos mirar al futuro como prenda de orteguiana conllevanza. La memoria es siempre buena, pero la convivencia en paz exige tratarla con mano delicada, porque otra cosa es prolongar el conflicto aunque sea en términos simbólicos. A Brassens lo crucificaron los justicialistas incapaces de entender la profunda vara que su protesta cantada le colocaba en todo lo alto al morlaco belicista. En otras partes los fosores siguen en sus trece, como un eco que persiste cuando ya se ha extinguido la última vibración del sonido, como en la imagen de Samuel Butler. “Si quieres paz prepara la paz”. A veces nos va la propia vida en una sola palabra.

Dilema sin sentido

Me da el pálpito de que la presidenta Díaz y el profeta Sánchez se han puesto de acuerdo a hurtadillas en el tema de quién paga la defensa de Chaves y Griñán: “Yo digo que sí y tú que no”, de manera que el dilema permanezca en el aire. Pero los ciudadanos pueden proponer una cuestión más elemental; ¿“Quién me paga a mí, peatón, mi defensa, en caso de vérmelas con la Justicia, el presupuesto de todos?” Pues no, sencillamente el que la hace la paga. Ya digo que estoy en que la polémica es ficticia, pero me parecería indignante, en todo caso, que, por exigencias partidistas, la defensa de dos próceres llegara a pagarse con los impuestos del común.