Más nubarrones

El patio está para llorar, como diría el Rey, con lo que se va sabiendo de las corrupciones y, en especial, en lo que se refiere al “caso ERE”, al que ese juez suplente no poco benigno acaba de situar bajo techado decretando el secreto del sumario, porque cree ver en los expedientes de que dispone indicios de asociación ilícita, cohecho y blanqueo de dinero. ¡Y la juez Alaya de baja! Se pongan como se pongan, lo que empezó por un cohecho a un empresario se ha convertido en un terremoto de intensidad imprevisible que –al margen del paripé del Parlamento—ha dejado en el alero y agarrados a la brocha desde los Presidentes de la autonomía hasta, al parecer del juez sustituto, algún funcionario asociado a la gran estafa.

Uno de los nuestros

Vaya por delante que soy partidario de Obama. Sé que ha hecho o dejado de hacer cosas importantes y, lo que es peor, prometidas, por ejemplo dejar funcionando el campito de concentración de Guantánamo, andarse por las ramas a la hora de extender un sistema público de salud, no extirpar la discriminación racial –que aún subsiste, vaya si subsiste—poniendo a los blancos y a los negros, a los hispanos y a los chinos en un mismo plano de igualdad, que hubiera sido lo lógico en un Presidente negro. Pero sigo pensando que si arrancó como una suerte de alucinación colectiva, lo cierto es que ha sabido conservar la dignidad, y si es verdad que le dieron el Nobel de la Paz nada más tomar tierra y que se lo han conservado tras mantener varias guerras, oigan, la culpa al maestro armero. Por lo demás, no me fío del oponente porque no es conveniente fiar de quien comienza definiéndose por su credo religioso y menos aún si añade a ese credo, como mérito adicional, su condición de millonario con éxito. ¿O no es preferible un negro simpático a un mormón milloneti? Hay gustos para todos, faltaría más, pero ver a la señora Palin acudir en ayuda de Romney y al Tea Party haciéndole los coros, qué quieren que les diga: que se me ponen los pelos de punta. Para Tocqueville la religión constituía un factor clave a la hora de hacer realidad la democracia pero, ay, bien entendido que fuera del poder de los Gobiernos y siempre en un modelo laico, nunca laicista. No me fío, en política, de la persona (laica, se entiende) que al presentarse echa su credo por delante, como no me fío ni coincido con las que se presentan como laicistas activos. Y el oponente de Obama era uno de aquellos. Cada cosa en su sitio y Dios en la de todos, ¿no creen?

Aquí en España sabemos de qué hablamos desde los mismos tiempos de la Dictadura y algo tuve yo que ver en el acierto de mi añorado Luis Carandell cuando reprodujo en “Triunfo” un cartel del edificio de la Presidencia del Gobierno en tiempos de Carrero y López Rodó, que rezaba, con acierto siquiera anfibológico, este lapsus freudiano: “Prohibida la entrada a toda persona ajena a la obra”. Carandell le puso una mayúscula a la última palabra y acabó con la bisemia: aquello era un retrato político con todas las de la ley. Uno no sabe exactamente de qué secta es Obama pero eso es bueno en sí mismo. Por eso digo que, de haber podido, mi voto hubiera sido para el Presidente negro.

El sexo débil

Haya hecho lo que fuere, me da no sé qué ver como corren las lágrimas de Pantoja mientras lucen muy formales y derechos los políticos/as entrillados por la Justicia escoltados, en ocasiones, por abogados de lujo, y empestillados, en todo caso, en el silencio o la negación de los hechos perpetrados. Y no me parece nada bien que a una “abuela” famosa se la retrate al día siguiente en todos los medios mediáticos de la tribu como si fuera la única en este universo de mangantes y aprovechados, que, por lo general, vivaquea a la sombra del Poder o, incluso, actúa instalado en él. Hay que ver y escuchar las “defensas” de estos últimos o de sus portavoces para compararlas con las de otros –tan presuntos culpables como se quiera—pero que no disponen de aquella sombre protectora.

Deberes en casa

El antiguo debate sobre los deberes escolares del niño no tiene trazas de acabar superado nunca. Hay quien sostiene que abrumar al iniciando con tareas caseras equivale a privarle del tiempo libre que su imaginación y su legítimo bienestar requieren, y hay quien, por el contrario, mantiene el tradicional sistema que reserva para el aula la iniciación pero sin dejar de fomentar la voluntad del educando. El hasta ahora desafortunado Hollande ha proclamado el otro día en plena Sorbona su propósito de liberar a los chiquillos de esa carga vespertina so pretexto de igualar las oportunidades, dado que siempre habrá colegiales cuyo hogar aliente y ayude en la tarea de estudiar, y colegiales que no encontrarán en el suyo condiciones propicias. Eximir al alumno de deberes caseros sería, según Hollande, un modo de igualar las oportunidades y, en consecuencia, nada menos que aplicar a rajatabla el lema de la República, pues desde ese momento, es decir, en un régimen de trabajo intraescolar se abolirían las ventajas que ofrece un hogar desahogado y, en última instancia, una enseñanza complementaria pagada por papá. La imagen del escolar cargado con su mochila que, tras la merienda, debe reemprender la tarea es, desde luego, conmovedora, pero a pesar de todo tres cuartas partes de la población sondeada se muestra contraria a esta providencia, argumentando que incluso en el “país de la igualdad”, el Estado no debe extremar una estrategia de igualación que alcance el ámbito privado. Hay muchos caminos que conducen a la igualdad y que el Estado tiene en su mano explorar antes de promover medidas que posiblemente acabarían debilitando el esfuerzo estudiantil de la infancia.

La verdad es que entre las ilusiones persuasivas de Pestalozzi, la escuela sin puertas de Ivan Illich y la máxima bárbara y ancestral de que “la letra, con sangre entra”, no acabamos de dar con la clave que haga posible una educación primaria. Pero sobre todo ello planea el señuelo de una docencia blanda, en la que la disciplina desaparezca o se reduzca al mínimo, cuyos resultados están a la vista. Hollande podría buscar la igualdad reforzando una fiscalidad sin trampas antes que aventurarse en esas aulas que no son el único ni el gran factor que fomenta la desigualdad en un país que ha hecho del elitismo docente una institución proverbial.

La voz de su amo

No quiero dejar sin comentario la dura y ofensiva descalificación que hizo hace poco el portavoz del PSOE, un tal Mario Jiménez, contra el ex-Presidente Borbolla y contra José Bono, entre otras cosas porque el hecho de que Griñán –que fue viceconsejero y consejero de Borbolla—ni le haya reñido siquiera al bocazas sugiere que el insulto contaba con su anuencia. Pero la verdad es que ese portavoz que habla de sus “históricos” con tanto desdén, lleva ocupando un cargo público más años que lo ocupó el propio Borbolla, a pesar de carecer, como tal “nini”, de estudios o trabajos que lo justifiquen. Quizá por eso, el ex–Presidente ni ha comentado un varapalo del que, con toda seguridad, ese “nini” no es más que un recadero.

“Vulgus pecum”

La catástrofe festera de Madrid no sólo concierne a la política. Hay que reflexionar entre todos sobre el hecho mismo de la masificación –macro, mega, ‘rave’—que se ha convertido en santo y seña de la juventud. La tendencia del hombre a lo gregario es “natural” y lo gregario –lo propio de la grey—se manifiesta con el júbilo y se expresa en la fiesta, en esa circunstancia que, estimulada artificialmente, permite la indisciplina e incluso la anomia. No es preciso recurrir al aristocratismo de Ortega –aunque no esté de más—para explicar que lo gregario es lo opuesto a lo individual pero, ojo, distinto de lo solidario, porque, al fin y al cabo, ese fenómeno responde a la imposición del reflejo dionisiaco y consiguiente anulación del apolíneo, que también viaja en la conciencia humana. En cierto modo, esa pulsión que arrastra hacia la masa no deja de ser romántica, en la medida en que exige la renuncia a la Razón a favor de la Pasión: la masa es la bestia elemental –explicó André Suarès– en la que el instinto se manifiesta por doquier y la razón no aparece por ninguna parte. Horacio veía en ella el “rebaño servil” –“servus pecum”; lo de “vulgum pecus”, tan frecuente, es una errata que ha hecho fortuna– y ya desde una perspectiva sociológica estricta, David Riesman contempla la desconcertante imagen de la “muchedumbre solitaria”, el espectáculo de los seres humanos apretados en una masa que los supera, en el sentido de Durkheim, y se apropia de su voluntad. Nunca más solo el hombre que anulado, tal vez gozosamente, en el mogollón que lo lleva y lo trae como las olas al ahogado.
La juventud de esta postmodernidad se amontona peligrosamente en el opio del tumulto hasta anular por completo al individuo, que se disuelve voluntariamente en el colectivo que le es, a un tiempo, propio y ajeno. La sociedad de masas culmina en la fiesta gregaria en la que se abisma, valga el oxímoron, en busca del placebo de la soledad compartida. El individuo se disuelve para reencontrarse narcotizado vagamente en la masa, una vez arrumbada su singularidad. La porfía administrativa (y la política) poco tienen que ver con el fondo del enorme problema de una masa que, aunque quizá más grave que nunca, es el resultado de un modelo social y de sus consecuencias. Lo que urge es comprender que el fracaso de la personalidad y el éxito de la masificación tienen su origen en ese modelo que, ciertamente, no ha inventado la juventud.