Hijos a la carta

Gran polémica de nuevo en torno a eso que se llama inseminación heteróloga, para entendernos, a la reproducción asistida. Las iglesias –y no sólo la católica, sino también las reformadas—discuten si la donación de gametos fuera del matrimonio es o no es de recibo, cosa que se discute desde el Levítico y que ha producido mucha doctrina en los últimos pontificados. Poca gente se opone a la libertad de los esposos estériles a recurrir a la técnica y, consecuentemente, también al concurso de un tercero, una experiencia hoy extendida incluso a las parejas homosexuales, pero la unanimidad se quiebra cuando lo que se plantea es si ese derecho incluye la elección de los caracteres del hijo encargado, o sea, el color de la piel o de los ojos, pongamos por caso, lo que, en última instancia, implica la elección del donante. Esta vez el debate ha surgido en Italia con motivo de la ley reguladora que prepara el Gobierno, y en él se han multiplicado las voces que exigen que esas peticiones se hagan a ciegas ya que lo contrario podría producir actitudes racistas. Uno tiene la sensación de que este proceso no hay ya quien lo pare pero también de que las resistencias más o menos fundamentalistas –un cura gallego llegó a negarle el bautismo a una niña nacida por inseminación artificial—han de presentar todavía mucha batalla en línea con la idea vaticana de que ese tipo de reproducción constituye “un adulterio de probeta”, aserto suave comparado con otros provenientes de otras “iglesias”.

Pero ¿debe una pareja exponerse, por poner el caso que ahora se discute más en el país citado, a recibir un hijo de raza diferente? ¿Y es o no es racismo exigir que el hijo encargado sea de una raza determinada lo que, entre otras cosas, supondría violar el anonimato del donante? Los defensores más arriscados del proyecto italiano insisten en el argumento del déficit demográfico, del hecho incontrovertible de que los países desarrollados están viendo reducirse sus poblaciones, pero en lo que vacila el criterio es, precisamente, en el hecho de que la aceptación a ciegas incluya la diferencia racial del hijo respecto a la de los padres para evitar la cual sería forzoso romper el velo del anonimato, así como en la evidencia de que de la donación de un mismo individuo podría derivarse una vasta parentela desconocida. Le reproducción asistida incumbe por eso no sólo a la moral sino también a la ética de una Humanidad desbordada por el progreso tecnológico

El hombre blanco

El hombre blanco esclavizó primero a África, luego la colonizó (es decir, expolió) durante siglos y, finalmente, le dejó abandonada en manos de las oligarquías locales, tantas veces más feroces y avaras que él mismo. Es una historia oscura que Conrad iluminó en las páginas tremendas de “El corazón de la tiniebla”, una historia, además, falseada, en la que, entre otras cosas, se nos adoctrinó con el argumento de que las misiones religiosas habían actuado como avanzadillas de la colonización, preparando el terreno al hombre del salacot, una idea que sigue funcionando en el imaginario del radicalismo indígena. La realidad, sin embargo, es otra, rara vez conocida y, en cualquier caso, mucho menos publicitada que las ONG solidarias, profesionalizadas o no, que cumplen también, sin duda, un papel decisivo en aquellos infiernos. Poca gente sabe los números reales, menos imagina –ahora que el perfil beatífico del padre Pajares campea en las portadas—que España tiene destacados en ese mundo mísero nada menos que 25.000 misioneros, la mayoría en Hispanoamérica, unos 2.500 en África, 1.500 en el Extremo Oriente, unos 50 en las islas olvidadas de las mismísimas antípodas: casi 800 leproserías, unos 5.500 hospitales, más de 8.000 orfanatos, 15.000 dispensarios. Y un dato escalofriante e ignorado: en el último siglo sufrieron el martirio unos 3.000 misioneros. No hay datos sobre los que dieron su vida como el padre Pajares o sus monjas.

Con ocasión de un homenaje organizado por “Protagonistas” de Luis del Olmo a las monjas supervivientes de una de las matanzas africanas recientes, pudimos oírlas relatar los detalles de una sangría atroz –de la que nuestros medios apenas habían avanzado un panorama de conjunto—con la serenidad de quien relata su quehacer cotidiano y hasta con un sorprendente desdén de su heroísmo, y me parece estar viendo los ojos de Tip, enramados por una emoción con la que no pudo, por una vez, su genial distanciamiento surrealista. Es probable que no haya hazaña más íntima y secreta que ésta de los misioneros, como lo es que tampoco, probablemente, la haya menos valorada. El hombre blanco no siempre va en esos mundos de depredador sino que –en compañía hoy de sus hermanos negros—ejerce calladamente en ellos de cocinero, de maestro o de médico y, llegado el caso, de víctima seguramente ignorada. No era verdad lo que nos contaron de las misiones. Como de tantas otras cosas, nos hemos enterado demasiado tarde.

El mundanal ruido

La aldea cuenta tan sólo con cinco habitantes –cinco supervivientes—y está situada en un callejón sin salida, justo donde al mundo se acaba, allí donde puede leerse el letrero con su críptico topónimo, Monón, en pleno concejo asturiano de Allande. Frente a la casa, allá en la solana –¿o era en la umbría?– se ven, cuando la bruma levanta, dos aldeas parejas y polícromas, Muriellos y Bendón, doble arcoíris en medio del castañar, con su era labrantía por delante, como un “hall” laborioso, y la montaña cruda, acaso un árbol eremita asomado a la cresta desde la que se descuelgan como flechas voraces los halcones en busca de pitanza. Qué descansada vida… –decía el gran fraile–, qué soledad sonora en la senda escondida, oh monte, oh fuente, oh río que serpenteas rumoroso allá abajo, lamiendo el pliegue de dos montes bordeado de juncias, qué regalo secreto y qué silencio roto apenas por el balandrón del cencerro, allá en el “prao” en el que hasta la tarde pastarán las vacas rumiando libres sus paces y fortunas. Corren los días olvidados del tiempo, como liebres trabadas a la espera de que cuajen las flores y el castaño asome sus erizos, ya orvalle o rompa el día este sol esquivo que hace crecer los toxos amarillos y eriza la abulaga, el ritmo de la vida latiendo reposado, el saúco y el madroño sombreando el rincón más sereno.

Vuelvo cada año a Monón, no pasa el tiempo por la vida de Elías ni flaquea Laura, aunque la aldea reviva poco a poco, hoy aquel pajar viejo, mañana la ruina del hórreo abandonado en el que todavía campean los trisqueles del celta, la viuda con su hijo sordomudo pastoreando sus vacas, el hombre solitario que nos sonríe al pasar, azacán de lo suyo, edén sucinto roto sólo en el hito dominguero, y siempre el conciertillo de la pajarería invisible como fondo de esta vida esencial, recuperada como un vivo tizón de la vieja candela. Despiértenme las aves con su cantar sabroso, no aprendido, lejos de la ciudad, ese espejismo, vivir quiero conmigo un año más, a solas, sin testigo, la lluvia fina empapando el silencio, Elías allá en el monte, cada cual en lo suyo, el alma en el almario, paces de amanecer, malva de ocasos y el poema inolvidable en la memoria. A la sombra tendido, de hiedra y lauro eterno coronado, viendo a Daniel de su inocencia orlado, el jilguero escondido, la oropéndola oculta en su cuidado. Un año más –o menos–, Dios nos guarde. Monón y este misterio de la vida.

La obsesión ateísta

No voy a discutir que la actividad religiosa puede resultar abrumadora. No me gusta el adoctrinamiento de los niños que en su día denunció Richard Dawkins como si el religioso fuera el único adoctrinamiento con que se injuria a la inocencia infantil. Me llama la atención, sin embargo, el empeño casi terco de algunos pensadores que han hecho profesión del ateísmo, alguno, como mi amigo Puente Ojea, desde la más limpia intención. En USA, por ejemplo, el ateísmo es casi un pecado, algo muy mal visto socialmente –ha dicho alguien que “casi tan mal como el comunismo”–, una auténtica provocación paralela a la que se traen entre manos los creacionistas y, desde luego, no sólo ellos. ¿Por qué tanto empeño en “demostrar” lo indemostrable o, al menos, lo tan indemostrable en última instancia como como las tesis inmanentistas, qué puede obsesionar a un científico tan brillante, como Dawkins mismo, para dedicar su tiempo a cruzadas urbanas contra la fe religiosa? Entiendo el argumento de quienes se oponen a la alienación que la fe supone, también en última instancia, pero me sorprende que mentes tan agudas no contemplen la alienación que, a su vez, implica el racionalismo extremado. De USA precisamente nos llega el eco de la bronca surgida con motivo de la aparición de una tele ateísta, la Atheist TV, dedicada de momento a emitir durante veinticuatro horas los préstamos que le hace el Institut Dawkins, ya que carece de programación propia, otra provocación a la que han respondido los diversos fundamentalismos americanos en un país en el que, no hay que olvidar esta circunstancia, apenas un dos por ciento de los encuestados se declaran ateos.

En ese mismo debate tropiezo con reacciones como la del australiano Kem Ham, empeñado en cifrar la edad de la Tierra, contra toda evidencia arqueológica, en tan sólo seis mil años, al tiempo que reclama el silencio de los ateos, y no sería difícil añadir a su caso muchos otros bien conocidos, lo que demuestra que ambos bandos en liza –esas dos fratrías inmemoriales—exigen como legítimo lo que le prohíben al adversario, haciendo buena la antigua advertencia de Gustave Lebon de que si el ateísmo llegara a propagarse, acabaría por convertirse en una religión tan intolerante como las antiguas. Unos y otros olvidan tal vez que la vieja férula soviética debe de tener no poco que ver con el auge actual de los ortodoxos rusos, del mismo modo que las persecuciones potenciaron al cristianismo perseguido.

Guerras aéreas

Para Pepa

Mi amigo el doctor López Guilarte ha mandado podar la alta palmera que preside su casa aljarafeña. Yo mismo, me temo, he podido contribuir a su decisión sugiriéndole de vez en cuando la oportunidad de cortarle las barbas a ese árbol señero, solitario, de esbelto fuste erguido, en cuya copa, el verano pasado, se organizaba oculta la apretada república de los gorriones con la incesante algarabía de los pollos –no por casualidad esa casa se llama “Babel”—y el ir y venir de los padres nutricios que llegaban de lejos con su pan en el pico, se posaban un instante, y enseguida se sumergían inescrutables en la fronda misteriosa que, con el tiempo, llegó a ser el alto copete. Tras el afeitado, la palmera parece un hito melancólico, un punto de admiración –¿o de protesta?—coronado por sus palmas mondas y lirondas, sin rastro ya del reservado asentamiento en que nacieron generaciones de crías, un árbol descifrado, sin el secreto supino de aquella cúpula que dejaba entreoír el eco constante de la comuna, con sus riñas y fraternidades, y hasta sus peleas de ocasión, hasta forzar la ilusión de la ciudad secreta indiferente al bamboleo de los vientos y a la ruina de los chaparrones. Miro esa palmera hoy, sin pájaros ni vida, y me parece reconocer en ella el paisaje devastado de las ciudades mártires, como ésas que nos muestra el periódico cada mañana, imagen residual y borrosa del escenario abolido.
Y ha sido fácil. Ha llegado el operario con su alta escala, armado con su podadera, y ha echado por tierra, limpiamente, tajo a tajo, con la indiferencia del experto, todo aquel mundo agitado que por las mañanas nos deleitaba hasta el aturdimiento con sus píos y repíos, con los ecos inciertos provocados por el revoloteo de las alas en la pelea invisible pero constante librada en el mínimo territorio de palmas y racimos que albergaba la vida y la muerte, la convivencia y la agresión –la vida misma– como si con él no fuera el seísmo provocado por la brisa o por los vientos que, a veces, lo inclinaban peligrosamente para devolverlo sin demora a la vertical. Cerca, la tórtola turca llega y se yergue en la cúspide de la araucaria, paredaña con el jardín, con su arrullo bronco que espanta a los mirlos de pico amarillo, sus antiguos dueños. Gaza, Homs, Mostar, mi palmera, la lucha por la vida, el incierto destino del pájaro azacán que trama los nidos y acarrea el condumio, hasta que un día el hombre decide acabar con el sueño.

El sueño de la paz

Uno de estos días, el pasado 31 de julio, al tiempo que nos abrumaban las malas noticias de la barbarie y, en especial, las de las guerras de Gaza y Ucrania, se cumplía el centenario del asesinato de Jean Jaurès, una de las figura señeras de la historia de la izquierda europea razonable y humanista, y protomártir del pacifismo de primeros de siglo. A Jaurès lo mató a tiros un estudiante nacionalista (dijeron que loco, pero vaya usted a saber) por oponerse a la Guerra Mundial que hacía dos días que había estallado tras el atentado de Sarajevo, después de muchos años de lucha para evitarla e incluso de su proyecto, a la suiza, de sustituir el ejército nacional –que él llamaba “armée de casserne”, ejército de cuartel—por una “defensa nacional” a cargo de toda la ciudadanía adecuadamente instruida y armada. Hoy, si uno hojea la prensa francesa –incluso L’Humanité” que él fundó—lo que encuentra es esa estatua petrificada bajo una catarata retórica que es lo habitual en estos casos. Desde el PSF como del lado comunista no se elogia hoy a Jaurès más que desde la derecha, sobre todo desde que Sarkozy reclamara su figura para el proyecto conservador, de la misma manera que Aznar reclamó aquí la de Azaña. El hombre del proceso Dreyfuss, el luchador que logró reunir en un solo haz –la Sectión Française de l’Intenationale Ouvrière, la famosa SFIA—una izquierda aún reconocible aunque a duras penas, es ahora reclamado por todos y, en consecuencia, por nadie. A Jaurès, un pensador sereno y flexible, lo eliminó el fanatismo nacionalista que apostaba por aquella guerra suicida que engendraría la siguiente pero sus palabras siguen resonando hoy en medio del estruendo de estas guerras canallas.
Si Sarko hizo de Jaurès un leiv-motiv de sus discursos electorales en los que reivindicaba, de paso, a Leon Blum, la propia extrema derecha, no perdió la ocasión de recordar, por boca de su actual líder, Marine Le Pen, la conclusión de Jaurès de que “la patria es un solo bien” no susceptible de apropiación por parte de ningún grupo exclusivo. Es el destino, acaso, de los espíritus abiertos, con el tiempo aceptados por sus herederos pero más bien a título de inventario y, curiosamente, reivindicados por los mismos que en vida le pusieron, y le volverían a poner hoy, la proa de su oposición. Personalmente pienso que hoy Jaurès no encajaría en ninguna de las opciones, incluidas las que lo reivindican, algo que la vida me ha enseñado a valorar como es debido.