Indignos e indignados

El pensamiento débil puede dar de sí resultados bien fuertes, como ha demostrado la creciente anomia provocada por el panfleto de Hessel. La demagogia tiene indudables ventajas sobre la democracia a la hora del proselitismo por la razón elemental de que es incomparablemente más fácil. Miren el caso de Sevilla. En poco menos de un mes, un ministro del Gobierno ha sido impedido de expresarse en público por un grupo agitador convocado a ciegas en las llamadas “redes sociales”, y un ex-presidente del Gobierno se ha visto forzado a cancelar la presentación de sus memorias ante la amenaza que suponía la simple convocatoria a los reventadores. Hemos visto encabezar a esa horda al responsable de unas juventudes políticas y oído defender la causa de los agitadores a personas con cargos relevantes en el partido en el Poder. Es verdad que el Poder mismo no las tiene todas consigo en cuanto se aleja una legua de su palacio, cierto que el Presidente de la Junta y no pocos consejeros han sido abucheados en sus respectivas visitas por elementos disconformes con sus políticas o, simplemente, reivindicadores de soluciones para sus problemas propios. Pero eso, bien mirado, es la política pura, ese oficio que debe saber que el envés de sus privilegios es el haz de la protesta. Lo otro es distinto, porque impedir a organizaciones civiles abrir sus tribunas a quien sea –político o no—es, simplemente, un acto de imposición inmoral y, por supuesto, ilegal, por más que la debilitada autoridad no sea capaz de hacerle frente, dicho sea sin que se me oculte que la primera pretensión de los alborotadores sería siempre su publicitaria represión. La pregunta es si podemos llamar democracia a un régimen que no garantiza la libre expresión frente a unas minorías camorristas. Alfonso Lazo ha recordado hace bien poco que Tocqueville sabía ya que la democracia puede ser totalitaria.

La protesta hodierna carece de instrucción, obedece a resortes instintivos accionados por retazos de teoría antisistema, no piensa, evidentemente, si no advierte que imponerse a un auditorio y a un orador es igual o peor que sería imponerle a ella el silencio por la fuerza legítima. Pero funciona, funciona en un país desmoralizado que es incapaz ya, a su vez, de distinguir entre la protesta legítima y la arbitraria provocación. Hessel debería haber pensado mejor ese concepto de “dignidad” que se viene maltraduciendo por algo equiparable a la tiranía de unos pocos.

La túnica sagrada

El presidente del TSJA no ha rifado la túnica hasta ahora inconsútil sino que la ha demediado para entregar por mitades el legado de la juez Alaya –es decir, del Juzgado de Instrucción número 6 de Sevilla—a la juez Ana Rosa Curra y al juez Rogelio Reyes. No está mal, desde luego, porque seis meses de parálisis son demasiados meses para un asunto tan grave como el de los ERE fraudulentos y las prejubilaciones falsas que, en adelante llevará la juez Ana Rosa Curra, reservando para el juez Reyes –que encima es gran bético– el “caso Lopera”. De momento, se acabó el fantasma de Alaya y ello explica el alivio con que en la Junta ha sido acogida la providencia que debió ser tomada mucho antes, más que como se ha hecho, proporcionando a Alaya los jueces de apoyo que exigía el sentido común. En fin, ya veremos, aunque sepamos de sobre que aquí no se da puntada sin hilo.

La suegra del juez

La suegra del juez Miguel Pasquau (muy Señora mía) le ha llamado por teléfono para cantarle las cuarenta al conocer la psicodélica ocurrencia de su yerno de absolver a las mesnadas de Gordillo de sus asaltos y saqueos a supermercados, por considerar que, si bien se mira, esos desmanes “forman parte del derecho de huelga”. Lo sabemos porque él mismo, el juez, aunque parezca insólito, lo ha confirmado en Twitter en un tono distendido, al tiempo que aseguraba –¡como si hiciera falta, conociendo quién lo ha puesto a él ahí!—que no se ha “vuelto loco” ni se ha “envuelto en la bandera del SOC, ni profesa la fe en su líder Gordillo”. Menos mal, no sabe el juez el peso que nos quita de encima, no solamente a su señora suegra sino a la muchedumbre perpleja que acaba de enterarse de que entrar a saco en su súper, por cojones como si dijéramos, y llevarse de camino sus carros cargados hasta las trancas de mercancías, no constituye figura alguna de delito, criterio que comparte, por más que desde una base jurídica que hay que suponer más endeble, el copresidente Valderas quien ha añadido que el derecho a la huelga asiste “a todos los ciudadanos, especialmente a los trabajadores (sic)”, idea adverbial que hace temer que en un futuro imprevisible pudiera extenderse ese derecho a los niños de pecho y militares sin graduación. Hace poco otro juez creo recordar que fue sancionado por la superioridad con motivo de haber redactado en verso una sentencia pero a Pasquau no le han dicho ni esta boca es mía, como no se lo dijeron cuando instruyó con las del beri el sumario del juez Serrano que acabaría con la carrera de este honrado jurista. Si este país fuera un país normal no tengo la menor duda de que la chanza informática de ese magistrado sería “trending topic” hace ya tiempo.

No debemos quejarnos cuando se nos previene de que, paralelamente al descrédito de los políticos, se está desarrollando también un movimiento de rechazo y desdén hacia la Justicia, basado en la convicción del gentío de que esa estatua no es ciega ni mucho menos sino que no da puntada sin hilo cuando la política se mete por medio. Y lo que nos faltaba es ver a nuestros ropones, no demotizando su quehacer, que eso sería muy estupendo, sino entreteniéndose en las “redes sociales” ya sin toga ni puñetas. Con todo y ser muy de los jueces, confieso que en esta ocasión no estoy con el magistrado sino con la suegra, muy señora mía.

El Estado fallido

Lo que más me ha sorprendido de la violación de las seis chicas españolas en un hotel de Acapulco es que no se tratara de turistas extranjeras sino de españolas que, con sus parejas, residen en México. ¿Es que no leen los periódicos ni ven la tele esos desdichados? Los datos sobre la criminalidad en México aturden hasta el extremo de que las agencias de consultores de seguridad no están disgustadas ante la regresión que está experimentando el crimen, aunque esa regresión arroje todavía números espeluznantes: 674 “ejecuciones” durante la última quincena de 2012, 435 en la primera quincena de enero. Sólo en Acapulco, ciudad en la que la balacera retrocedió entre diciembre y enero en un 18 por ciento, hubo que levantar 49 cadáveres “ejecutados” por los carteles, las bandas y demás organizaciones mafiosas, a pesar de la “intensa” vigilancia policial que protege a este paraíso turístico que hizo célebre Agustín Lara. Ha llegado a un punto este estado de violencia nacional que al nuevo Presidente, Peña Nieto, le reprochan los observadores que le haya “bajado el perfil” al tema para realzar los de otros sectores muy importantes, con todo y haber logrado el mandatario en su breve presidencia aquel retroceso estadístico. La pregunta es si un Estado merece ese nombre en tanto se mantenga en una guerra abierta contra la delincuencia que arroja un saldo tan temeroso como el descrito, es decir, si es posible seguir confiando en él mientras conviva con la presencia de montajes criminales como La Mano con Ojos, La Familia Michoacana, los Caballeros Templarios o los Zetas, capaces de hacer frente al propio ejército y no digamos a una policía proverbialmente corrupta. México lindo es hoy una aldea “western” con sus bandas invasoras y sus “sheriffs” apalancados en el “saloon”.

La defección del Estado parece incompatible, al menos a primera vista, con unas economías, como las actuales, tan fuertemente dependientes del sector turístico, incluso en países emergentes como México cuyo potencial crece día tras día. Y es que, en cierto modo, hay que preguntarse qué está pasando en nuestra sociedad en general –en México o en Rusia, en Venezuela o en Argentina—cuando hemos llegado a aceptar como inevitables o poco menos esas cifras atroces. Mucho me temo que esta anomia no sea sino el efecto fatal de una sociedad medial que ha conseguido hacer del morbo una baratija en su batalla subliminal y renunciado al monopolio de la violencia.

Belmonte

Se cierra en falso el “caso Marta del Castillo”, se declara judicialmente que asaltar un supermercado es legítimo, la instrucción de los ERE lleva medio año estancada sin que se tome una medida proporcionada a su gravedad… La Justicia es un cachondeo (Pedro Pacheco), la Justicia está muerta (dice la madre de Marta) y los jueces preparan su huelga para el próximo día 20, no para reclamar gollerías sino para llamar la atención sobre su atadura de manos. ¿Sabía usted que el Código Penal ha sufrido 27 modificaciones en 17 años? Me pregunto si, “in extremis”, asaltar el TSJA en un día de huelga le parecería normal a sus miembros. Lo dudo, pero eso es lo que hay.

Prendas políticas

El cuestionable Parlamento bolivariano está escenificando esta semana el drama de la división nacional a base de encasquetarse gorras en las cabezas diputadas. Rompió el fuego el sucesor “in pectore” de Chaves y actual vicepresidente, Nicolás Maduro, al presentarse en el hemiciclo con una gorra tricolor – azul, amarilla y roja—con la inscripción “4-F” que recordaba la fecha del golpe de Estado de su jefe de fila, y culminó con la respuesta de la oposición que se presento al día siguiente con la misma gorra pero sin fecha, tal como la que exhibió durante la última campaña el fracasado candidato de la oposición , Nicolás Caprile. Ahí tienen ya, mientras se mantiene el tabú de la agonía Chávez, la guerra de las gorras, para probar una vez más el valor del recurso indumentario en los enfrentamientos políticos y sobre todo el truco de apropiarse del símbolo nacional –esa bandera tricolor es la oficial de Venezuela—como se hizo en Francia con las escarapelas tras la Liberación. En Europa esas contiendas se han cifrado más bien en torno a las camisas, rojas en la Italia de Garibaldi o en la Rusia revolucionaria, azules o rojas en la España suicida, negras en la Italia mussoliniana y pardas en la dictadura nazi. En un color cabe toda una ideología, valdría decir que toda una concepción del mundo y de la vida, y, lo que es peor e infinitamente más peligroso, todo un polvorín de energías fratricidas como, por desgracia, hemos comprobado tantas veces. De hecho, bien saben los primatólogos que no hay nada más eficaz en el aprendizaje del simio que el uso combinado de colores. El color es el emblema minimalista de la competencia y, por descontado, también de la ferocidad, cosa que refleja el propio leguaje cuando alude a los bandos en liza por el tinte de sus prendas.

En esto evidencia el hombre su condición más primaria, su naturaleza animal, pues sabemos que, en la vida de las especies, los colores, lo mismo los propios que los ajenos, juegan un papel esencial. Todos somos, al fin y al cabo, monos eligiendo el taco verde, tordos eligiendo la aceituna enverada, abejas localizando la atractiva anémona, toros embistiendo ciegamente a la muleta diestra del rival. Las ideas, para ser eficaces, han de ser simples, instintivas y no racionales. Estamos comprobando estos días en Caraca un drama que, allá y en todas partes, hoy como en todo tiempo, la inmensa mayoría olvida que nos sabíamos de memoria.