Rito y contagio

Hay iglesias en el África del ébola en las que, por justificado temor al contagio, se ha suprimido el saludo de la paz y en las que la comunión se administra siempre en la mano. En Benin, en Sierra Leona o en Senegal han enmudecido los hechiceros mientras la gente de la misión trabaja de sol a sol cuando no se contagia e incluso muere de pie entre los suyos. Como en Liberia o Guinea Conakry, como en el Congo, donde una cepa mutante se ha llevado por delante, visto y no visto, a cientos de enfermos. No puedo imaginar la movida mediática si una de esas víctimas, en lugar de un héroe o un santo anónimo fuera alguien habitual del papel cuché o acaso un político relevante contagiado por azar en el transcurso de una visita, pero ya ven lo sencilla que resulta la muerte de un misionero, de uno cualquiera de los mil seiscientos misioneros españoles que exponen sus vidas en África. La última, la del médico García Viejo, Hermano de san Juan de Dios, un veterano de quien consta –como parece que también constaba en el padre Pajares, el primer caído– que reducía su apostolado a su propio ejemplo, es decir, que jamás trató de convertir a nadie con palabras o presiones. Insisto, ¿imaginan la que se organizaría si se contagiara –¡nada digo de si llegara a morir!– alguna de las estrellas millonarias que de vez en cuando hacen bolos por tierras de misión?

Unos amigos de Justicia y Paz que acuden periódicamente a uno de los países mencionados me contaron cómo era preciso vigilar en las maternidades hospitalarias pare evitar que los nativos estrellaran contra un árbol al recién nacido que mostrara alguna deformidad. Y los familiares de García Viejo atestiguan que, en sus visitas veraniegas, renunciaba a incluir en su equipaje de vuelta cualquier cosa que no fueran los medicamentos, a veces elementales, que no llegan a aquellos infiernos. ¿Le dirá algo esta heroica renuncia a la Congregación para la Causa de los Santos, veremos alguna vez a estos mártires voluntarios encaramados en la peana de la memoria eclesiástica? Ni lo sé ni es eso –seguro—lo que hubiera aceptado la inmensa mayoría de ellos, gente entregada sin condiciones al prójimo en un compromiso que incluye su propia muerte, lo mismo que la legión de laicos que han encontrado en el concepto de “solidaridad” una suerte de “caridad” reciclada. No todo hombre es un lobo para el hombre, como quería Plauto, pero hay algunos que, como dijera Séneca, lo consideran sagrado.

Eco aplastante

Decía nuestro Santiago González ayer que cualquiera con entendederas normales entiende el gesto de la presidenta Díaz de exigir a la empresa representada por la hija de Chaves, Matsa, que devuelva la pasta que éste le regaló –1’7 millones de euros más intereses—cambiando la Ley contra el criterio de su propio Gobierno. Y añadía: “Lo que ya no se entiende es que Susana Díaz no ponga una querella para reclamar ese dinero a Chaves y solidariamente a los miembros del Gobierno que presidía”. ¡Pues, claro, lo que no sé es cómo no habíamos caído en ello! Sobre todo, cómo no había caído en ello el PP…

Fort Apache

Tras escuchar el análisis impecable de Antonio Elorza sobre la entidad del movimiento Podemos, el previsible diálogo contribuyó a confirmar las alarmas sugeridas por el analista. Una chica joven, visiblemente adoctrinada, intervino, chuleta en mano, para rebatir las críticas del ponente a los líderes de esa aventura y, en concreto, para neutralizar el comentario de Elorza sobre la famosa declaración del “conducator” Iglesias a una televisión iraní en la que hizo el elogio de la guillotina por ver en ella nada menos que el fundamento de la democracia en sus orígenes franceses. La chica no apreciaba nada inquietante en ello, sin embargo, y con crueldad fanática “explicó” y defendió el uso de aquel macabro artefacto recordando un adagio –“el refranero es sabio”, dijo ingenuamente—que heló la sangre al auditorio: “Muerto el perro, se acabó la rabia…”. Un momento antes, en su presentación del acto, Francisco Rosell, había confirmado la penúltima degollación filmada por la canalla del terrorismo islámico, provocando en el auditorio un escalofrío que, como se ve, no afecta lo más mínimo a algunos de nuestros jóvenes antisistema, aunque en gran parte del mundo libre, incluidos por una vez varios países sunitas, cunda la convicción de que urge liquidar esa barbarie con el concurso de todos los países civilizados. Los líderes de Podemos han mostrado públicamente su reconocimiento de la legitimidad de la violencia siempre, bien entendido, que no vaya dirigida contra ellos, ya que, en su opinión, hay una violencia reprobable y otra benéfica. La suya, naturalmente.

Encoge el ánimo el espectáculo de estos novísimos que han visto en las defensas del sistema democrático fallas que, al menos de momento, facilitan su penetración, que no ven problema alguno en el recurso a la violencia para relevar a la generación en el poder y que muestran su cinismo cuando dicen, por boca de su líder, que “se folla desnudo pero se liga vestido”. ¡Como para comprarles la burra! Elorza dice que él –que los conoce al dedillo—“no se fía ni un pelo” de su proyecto. La chica de nuestro debate, por el contrario, apostó por éste el resto sin excluir ni al verdugo. Todavía encogidos ante la imagen de la cabeza cercenada, pensamos en lo cerca que, después de todo, nos cae Argelia. Todo vale contras los “enemigos” de la revolución. Lo dicen los mismos que hablan de “el pobre Marat…”.

El milagro federal

Reflexiones de Antonio Garrigues en el programa de Herrera. Habla del federalismo de marras que reclaman quienes no entienden que ya lo tenemos instaurado y reconociendo que ciertas singularidades podrían aconsejar un cierto gradualismo a la hora –“dies certus an incertus quandum”– de pactar la Federación. Dice Garrigues sin ambages que los partidos políticos consideran tonto al ciudadano (sic) y censura extrañado que, a estas alturas –no vamos a estar toda la vida hablando de la “joven” democracia española–, no hayamos llegado aún –ni por la derecha ni por la izquierda– a un acuerdo de base sobre nuestras prioridades políticas; entender, por ejemplo, que el yihadismo es hoy nuestro principal problema; que el sistema de libre mercado, que como liberal defiende, ha de tender para sobrevivirse hacia un “capitalismo corporativo”; que vivimos sin percatarnos en un mundo al que han vuelto problemas que creíamos históricamente superados; que hay que confiar, en fin, en la comunidad ciudadana, más prestigiosa hoy, en cualquier caso, que el estamento político. ¿Ven cómo hablando se entiende la gente? Incluso mediado por el “tertulianés”, como le llama mi querido Antonio Burgos, los males y fortunas de la patria se despejan entre la niebla pseudodialéctica en que yacen aherrojados.

No entiendo el tópico insistente que opone al desafió oportunista de Mas una presunta pasividad de Rajoy que, estableciendo un falso paralelismo, sostiene que éste último debería “hacer política” y buscar “soluciones”. Pero ¿qué política y qué soluciones caben ante un plante inconstitucional que reclama lo que es jurídica y políticamente imposible, qué puede hacer el Gobierno legítimo de la nación (también de Cataluña, claro) si lo que se le propone parte por el eje la Carta Magna? Una cosa es reconocer que si hemos llegado aquí ha sido por culpa del oportunismo los dos grandes partidos y otra exigirle ahora a uno de ellos que retrotraiga las cosas como si dispusiera de una moviola. Decía Garrigues también que el nacionalismo –uno de esos zombies que han vuelto del pasado—no se acaba nunca y es verdad. La única ventaja reservada a la Razón es la propia irrealidad de su distopía, la imposibilidad práctica de realizar el fantasioso proyecto, como lo prueba que vivimos de hecho en una “federación” y ni nos hemos enterado. Si Pi y Margall anduviera por esta feria, aviado iban los Mas y los Junqueras.

IU, del bracete

IU se pasó la vida denunciando la venalidad de sus rivales del PSOE, su enemigo histórico. Pero en cuanto tuvo posibilidad se subió al carro denunciado para convertirse en “jarrillo lata” del partido del “régimen” al que ahora sirve de adarga para frenar el choque de la crítica. No le basta a IU con la vergüenza diaria de los casos de podredumbre que van siendo descubiertos: lo que a ella le basta es su parcela de poder. Lo cual la convierte en un cómplice declarado de la corrupción que ella misma denunciaba. Todas las propuestas de abrir en el Parlamento comisiones han sido impedidas hasta ahora por el socio comunista con el mísero argumento de que hay que cerrar el camino a la Derecha. Los críticos feroces han acabado de palanganeros, total, por unas propinas.

Una vida, una historia

Hace años que vengo siguiendo de cerca la obra ímproba a la que el historiador Antonio Herrera ha consagrado los ocios de su vida. No es frecuente entre nosotros, salvo excepciones, toparnos con historias locales concebidas desde el alto ángulo de la Historia general y menos aún, por supuesto, capaces de compaginar una investigación archivística profunda con la imprescindible capacidad de síntesis sin la cual –solía decirme don Julio Caro Baroja, entusiasta máximo del género—su valor no suele sobrepasar el nivel de la leyenda. Herrera, un aljarafeño de cuerpo entero, ha elegido la historia de su comarca, el Aljarafe sevillano, como una unidad por encima de sus variantes lugareñas, hasta cerrar de hecho el tema no sólo con sus estudios sobre el Aljarafe mismo o sobre el condado de Olivares –del que sir John Elliot me hizo alguna vez un elogio rotundo—sino con la paciente colecta documental realizada a lo largo de los años y que desde ahora queda a disposición de los investigadores en un impresionante centón (unas 550 páginas) que presumo que agota el tema. La historiografía de Herrera es sencillamente positivista, quiero decir que prescinde de todo elemento cuya documentación no conste, lo que no supone que no disponga su trabajo de manera que facilite la labor lo mismo al especialista de historia política que al que busque en los hechos una historia social de las mentalidades, pues en su catálogo exhaustivo se codean los papeles cortesanos con los eclesiásticos y los que tratan de trajines privados con los que apuntan a graves cambios colectivos. No creo que sobre el Aljarafe quede mucho por decir fuera de este libro hercúleo en cuya minúscula caligrafía el lector avezado descubrirá el cálido y espléndido espectáculo que constituye, en definitiva, esa aventura que es la sucesión de las generaciones.
¿Microhistoria acaso? No lo podrá aceptar el lector de este tomo tras pasar sobre herencias y pleitos, señoríos y mandas, exacciones y donadíos, capitulares de alto copete y letra chica de la vida cotidiana, esto es, la vida misma en su radical espontaneidad. Antonio Herrera ha trabajado en silencio, minucioso y estricto, hasta dejarnos –el breve prólogo bastaría ya para ello—la crónica completa de todos esos pueblos a través de la corriente ininterrumpida del tiempo. Una vida, casi una pasión, y la voluntad de sentar las bases de una historia comarcal sin la que nunca entenderíamos nuestra aventura conjunta.