La otra Inquisición

Con estos trajines de la secularización que, desde Weber a Berger, vienen anunciando los sabios, la verdad es que los laicistas (no los laicos, que son otra cosa) se están poniendo muy pesados, sobre todo en la vida pública. Miren la que traen entre manos algunos de nuestros biempagados diputados del pueblo disconformes con que la felicitación de Navidad del Congreso incluya, ya ven, un motivo religioso. No hace tanto que en Sevilla un solitario concejal comunista, que creyó descubrir la pólvora, exigía mudar el nombre de la Navidad por el de Solsticio de Invierno, singular exhibición de cultura, y para qué hablar de los frecuentes brotes laicistas empeñados en desterrar no ya los crucifijos de las aulas y despachos, sino en prohibir que en la escuela se montara el tradicional “nacimiento” navideño que, al parecer, podría resultar devastador para la conciencia de los peques. La secularización es un proceso (ver, además más de los citados, a Merton o a Luckman) probablemente imparable en las sociedades urbano-industriales, pero un proceso esponténao, es decir, derivado de las condiciones naturales que el progreso material ofrece e impone a las masas, y no consecuencia de la acción (o reacción) de esos militantes de la Nada que, según parece, no tienen mejor cosa en que ocuparse que en perseguir belenes y eliminar crucifijos. Nada más antiguo que estas fobias ateístas ni más elocuente en cuanto al autoritarismo de ese sector de una clase política capaz de convivir con la mangancia universal y hasta con el terrorismo de Estado, pero tan susceptible tocante a los símbolos religiosos. Y lo que llama la atención es su actitud inquisitorial, su talante intolerante, su absoluta desconexión con el sentir popular y su oportunismo. Porque con Franco, una vez que un descerebrado arrojó un crucifijo por una ventana de su Facultad, parecía que estábamos en plena “Semana Trágica” mientras que hoy hasta puede que esos savonarolas cobren dietas.

Hará bien el presidente Posada en no hacer ni caso al pequeño motín. Y en cuanto a los que defienden la decoración con el Árbol, habrá que recordarles la leyenda alemana de que fue Lutero quien lo inventó e instaló en la puerta de su casa una noche de Adviento y en pleno nevazo. ¡Un pico y una pala para esos vigías de la nueva ortodoxia! Tiene narices que cobren una fortuna por ejercer de anticlericales mientras casi seis millones de parados se disponen a festejar la Navidad compartiendo su miseria.

Zafios modales

No se le pueden pedir peras al olmo, evidentemente, ni que utilice un discurso ilustrado a gente como el portavoz de IU que es muy posible que no alcance a ello. Pero si cabe exigir a los políticos que, aunque su verba sea pobre, al menos no sea zafia ni plebeya. Hay quien confunde el radicalismo con la violencia verbal y la dialéctica con la grosería, y entre ellos destaca ese portavoz de IU, un tal Castro, que parece empeñado en reconvertir el ámbito parlamentario en una taberna bufa. Y como no cabe esperar de sus mandos que lo corrijan, lo suyo sería que el Presidente del Parlamento, aunque fuera por mantener una apariencia de dignidad, no consienta que en la Cámara que representa a los andaluces se rebaje la corrección hasta estos extremos abyectos.

El camino de Damasco

¿Se imaginan a Pablo de Tarso, ese teólogo visionario, sometido a la regla de que sus epístolas no podrían pasar de los 140 caracteres? ¿Es posible imaginar esa teología tartamuda, sincopada, por fuerza escrita en mensajitos micro de Twitter para llegar a las comunidades lejanas y desentrañar la formidable madeja de la nueva fe sin poder pasarse ni una letra de la regla establecida? No sé, por supuesto, como se las van a arreglar el Pontífice y sus edecanes para acuñar esos twitts y embutirles dentro tan complejos contenidos como reclama la fe actual, que es la de siempre pero no es la misma, no sé si me explico. Uno de esos ayudantes, Carlos M. Celli, aclaró que la Iglesia debía llevar el compás de la modernidad sin no quería acabar infringiendo “el sentido de la culpabilidad ante Dios”, ahí es nada, por no poner a disposición de su servicio ecuménico el nutrido repertorio de novedades tecnológicas que se van produciendo en esta novedosa era, con el fin específico de “anunciar el evangelio”. Eso sí, en 140 caracteres cada vez, comprimiendo las ideas como una boa constrictor si fuera preciso para posibilitar que la “buena nueva” llegue a gente muy lejana, no ya en la epístola esplendorosa sino en esa miniatura filológica que han inventado los tiempos. “Si el lenguaje de ahora es éste, vamos a por él”, declara el responsable de la evangelización cibernética, por más que no explique cómo aviárselas para lograr ese nanomensaje que parece que es el último tren del sermonario. Se nos recuerda que Pío XI, en 1931, envió un mensaje en Morse a través de Radio Vaticana, pero al menos a él no le impusieron un límite tan rígido como el que gasta twitter. Ya veremos qué ocurre cuando se trate de twitear el misterio de la Trinidad o la parábola del hijo pródigo.

La polémica entre antiguos y modernos es una constante en nuestra Historia (Maravall escribió un soberbio libro sobre la cuestión) y no hay momento en ella en que los “novatores” no acaben soltando chispas contra el pedernal de la tradición. Pablo era un “novador”, por supuesto, cuando se levantó ciego en el camino de Damasco, pero los modernistas de hogaño no son más que seguidores de una innovación cuyas reglas de hierro difícilmente permitirán los juegos trascendentales. Dice el acólito que el papa debe usar su twitter sobre todo para escuchar. ¡Aaaah!, eso ya es otra cosa. Seguro que los católicos a machamartillo habrán respirado al oírlo.

Leyendas y cuentos

Antier comenzaron los paros parciales y manifestaciones de trabajadores del sindicato Comisiones Obreras a los que se les ha aplicado con todo su rigor la nefanda Reforma Laboral del PP. O sea, que no era una “leyenda urbana”, como dijo hace poco el secretario regional Francisco Carbonero, sino una realidad como una casa el rumor de que los “sindicatos de clase” andan aprovechando –a nadie le amarga un dulce—las facilidades que ofrece la desregularizadora ley de la Derecha para desahogar la caja. Un cartel de los despedidos y “rebajados” me ha llamado la atención, el que decía: “Para defender el futuro… en nuestra casa también”. Cuando estas publicidades prosperen se le tendría que caer la cara de vergüenza a más de uno y, por supuesto, a más de dos.

La hora de todos

Acaba de morir en París, no poco olvidado, Michel Slitinsky, el probado patriota judeofrancés que logró, tras una minuciosa reconstrucción de los hechos y circunstancias de la represión nazi, establecer la grave colaboración con los genocidas de uno de los personajes más camaleónicos del siglo, Maurice Papon, mano de hierro durante la persecución racista, gaullista luego y ministro con Raymond Barre, prefecto de Argelia en los momentos cruciales y responsable de la matanza policial de argelinos en el París de 1961. Guardo varios de los libros de Slitinsky –abundantes en los puestos de libros del Sena durante años—en los que puede admirarse la tenaz tarea debeladora llevada a cabo por él, y no sólo en los archivos, hasta lograr aquella famosa documentación incriminatoria que puso en circulación con enorme éxito “Le canard enchainé” y fue el hilo del que tiraron luego los tribunales hasta confirmar la infamia de Papon y la complicidad evidente de los mandatarios que lo sostuvieron. Hace un par de años decía Slitinsky que su única gratificación consistía en haber sobrevivido a aquella bestia mutante que, sin embargo, viviría más años que él, aunque debiera pasar los postreros encarcelado como responsable de aquellos “crímenes contra la Humanidad” que fueron una constante en su larga vida de político connivente. Pero Slitinsky no dejó de comprobar la doblez moral de la política cuando vio de qué manera el “caso Papon” alarmaba a la opinión de su país y cómo los responsables políticos se las aviaron para enterrar una memoria histórica que incluía en su nómina de reprobables demasiados altos dignatario. Artur London nos hablaba de él con respeto por el luchador y deploraba su fracaso frente a la “omertá” de ciertos políticos profesionales, empezando por De Gaulle.

Creo que todas les “memorias históricas” están condenadas a la parcialidad o al fracaso dada la complejidad del entramado de responsabilidades, sobre todo en tiempos críticos. Slitinsky luchó, a pesar de todo, por alumbrar hasta donde alcanzaran sus fuerzas, convencido de que, tanto en los momentos convulsos como en la paz de las democracias, no hay gran culpable que no mantenga útiles y comprometedoras conexiones con el Poder. Artur London, que sabía de lo que hablaba, nos decía que no se podía convivir con la obsesión de la revancha aparte de que solía resultar inútil. Slitinsky dedicó su vida a probar lo contrario.

Valderas y el “picudo”

Carta de un bollullero (de Bollullos Par del Condado): “…y hay que ver el arte de este Valderas que de “rojo” tiene lo que yo me sé y de “verde” menos aún”. Motivo: que Valderas posee en su finca de Bollullos una palmera infectada por el “picudo rojo” y, a pesar de las reiteradas advertencias municipales, ni se inmuta. Sigue mi corresponsal: “Si apoya la política neoliberal en economía y se inhibe en medio ambiente ¿qué es lo que tiene este hombre de diferente a la hora de votar?”. Como no creo que este negocio del “picudo” sea el peor cargo político que se le pueda imputar a Valderas, le he contestado a remitente que, al fin y al cabo, Maquiavelo ya supo que el triunfo en política no sólo lo da la “virtù” sino, y sobre todo, la “fortuna”.