La breva madura

Cuando el barómetro del CIS ha estallado con la mala nueva de que si la Derecha se hunde lo hará uncida a la Izquierda clásica, y cuando nadie en su sano juicio duda que la causa primera de esta debacle no es otra que la corrupción endémica y generalizada, sale un arúspice del PP –el mismo que ya dijo que Podemos no era más que un episodio friqui— negando que ésa sea la causa de su previsto hundimiento. Por su parte, desde Izquierda Unida, un carota sin parangón posible se desmontera en el tercio para brindar al respetable la singular teoría de que de sobra sabe la coalición fundada por Anguita que el PSOE es un partido corrupto, pero que “no le quedó otro remedio” que formar gobierno con él en Andalucía y que, además, “están satisfechos” de haber perpetrado semejante trapacería. ¿Ven como la crisis del Sistema no tiene otra causa que la indigencia moral y política de sus trujimanes? Tan difícil es imaginar hoy, a pesar de todo, el desplome del templo, como fácil aceptar que nunca los aventureros tuvieron ocasión tan clara de quedarse en exclusiva con esta cooperativa logrera en que se ha convertido la vida pública española: no es que Podemos pudiera ganar unas elecciones sino que los partidos de horma tradicional van a perderlas muy probablemente. Lo mismo le ocurrió a Gil en Marbella o a Carlos Andrés Pérez en Venezuela que es donde esta nueva guardia roja sacó consecuencias y aprendió la lección.
¿Qué se puede esperar de unos partidos que reconocen su alianza con los corruptos o que mantienen esa alianza con quienes los agravian de tal modo? Creo que más bien poco, entre otras cosas porque estamos en pleno relevo de una generación que ha conseguido el fracaso de un éxito histórico como el que ella obtuvo, hasta instilar en la estimativa pública el convencimiento de que la política es una actividad irremediablemente inmoral, gran sofisma que, sin embargo, argumentan, como se ve, sus mismos protagonistas. O puede que de lo que se trate sea de la inadecuación del diseño democrático liberal a unas circunstancias por completo diferentes a las tradicionales, como viene señalando la sociología política desde los años 60. Quizá por eso ha conseguido un movimiento arcaizante como Podemos presentarse como una novedad en un país abrumado por rapiña al que ha convencido de que Venezuela o Cuba son nuestros únicos modelos de salvación. No falla: siempre hay un peronismo acechando bajo la higuera a que caiga la breva madura.

Ocaso negro

El presidente Obama, “la esperanza negra” según los ironistas yanquis, ha quebrado con todo su equipo en la madrugada del miércoles. Los republicanos, más divididos que nunca pero decididos a liquidar el mito rival, se han hecho con el Senado reforzando de paso su mayoría en el Congreso, recogiendo la cosecha del desencanto generalizado que vive la opinión tras las crisis internacionales recientes (el ébola y el disparate islamista), y a pesar, como se ha señalado de la mejoría registrada en la situación financiera, de la caída del paro hasta alcanzar la tasa más baja del último quinquenio y de los millones de americanos que ahora se benefician de la asistencia sanitaria pública. Todo eso no ha bastado para disipar el descontento de una mayoría más o menos silenciosa que finalmente ha reaccionado frente a la incapacidad resolutiva de los dos grandes partidos del sistema, el demócrata y el republicano, incumplidor el primero de sus muchas promesas electorales, obstruccionista el segundo a lo largo de toda la legislatura. No ha perdido sólo Obama, ha perdido el tinglado de esa antigua farsa, descubierta en Estados Unidos como en otros países casi al mismo tiempo que en nuestro propio país: nadie sabe qué será lo que viene pero la mayoría no quiere que siga lo que hay. Como aquí, como en Italia, como en Grecia. La crisis de la democracia liberal, anunciada por Bourdieu hace décadas, se abate definitivamente sobre Occidente atraída con fuerza por el pararrayos del fracaso demoliberal y socialdemócrata. Lo que no saben ni siquiera sus protagonistas es qué ídolos se levantarán ahora sobre la peana vacante.

Pocas dudas caben sobre el resquebrajamiento del mito de Obama, aquel negro que tenía el alma tan blanca que mereció el Nobel de la Paz con un pie aún en el estribo. Pero su crisis no es personal, como decimos, sino, más allá y por encima de la carcundia republicana, probablemente sistémica. Se multiplican los ejemplos de países amenazados por movimientos sentimentales más que ideológicos, por “reacciones”, en efecto, cualquiera que sea el color con que lleguen teñidas, por deslizamientos imparables de la estimativa ética sobre el plano lubricado por el desencanto. El cambio por el cambio, en pocas palabras: lo decisivo es reventar el Sistema tradicional al que la última crisis socioeconómica ha segado la yerba bajo los pies. Ni se han enterado de que lo que nos jugamos es la libertad.

Dura como el cemento

Hay que tener la cara dura como el cemento para decir, como ha dicho el portavoz de IU, camarada Castro, que sí, que el PSOE es un partido corrupto (igual que el PP, según él), que no es “ni hermano ni primo, sino el PSOE de toda la vida”, y que si ellos, tan honrados y rojos, han pactado con él es “porque no nos quedó otro remedio y estamos satisfecho”. Si en el PSOE quedara dignidad suficiente harían trizas ese pacto “dictado por los andaluces”. IU se declara, al fin, cómplice consciente de la corrupción, ahora que parece que tiene ya un pie en la UVI electoral. Luego no quieren que el ciudadano medio los ponga a parir y ensaye fórmulas tan extravagantes como peligrosas.

Las dos manos

Leo en la portada de nuestro periódico un titular tremendo: “Los empresarios suspenden a los políticos por la corrupción”. Me quedo algo perplejo pero cuando salgo se me viene a la cabeza la vieja imagen de las dos manos, la que da y la que coge, imprescindibles ambas para que se produzca el intercambio. Si uno no quiere, dos no riñen, dice el refrán, y puede añadirse el apotegma griego “Dádivas quebrantan peñas”, sobre el que el profesor Juan Jiménez Fernández ha puesto hace poco un incisivo acento. ¡Vamos, hombre! La “clase política” está hecha unos zorros, más allá o más acá de que muchos de sus miembros conserven la honestidad intacta pero, ay, comprenderán ustedes que la estimativa pública acabe por romper la baraja del comedimiento cuando sobre ella cae a plomo esta tormenta de “casos”. Ahora bien, ¿qué me cuentan de la clase empresarial? ¿Acaso existiría corrupción entre los políticos si los empresarios no cedieran (o incluso fomentaran) el indigno trato? No señor, no existiría, y lo digo consciente de que me muevo en el plano de la política ficción: que para que un político se convierta en un mangante es indispensable la colaboración de un empresario medrador, su justa media naranja, es cosa conocida de antiguo y ahí está ese adagio griego para probarlo. Dinero y Poder siempre caminaron juntos y en muchas ocasiones revueltos por la propia naturaleza de las cosas. César, Olivares o Yeltsin constituyen tres ejemplos señeros. A ver por qué creen que el amigo del alma de González no es ya el Lebrijano sino Carlos Slim.

¿Con qué cara recriminan los bancos (¡y las Cajas!), las constructoras o las eléctricas, pongamos por caso, a los mismos con los que ellos han cerrado tratos tantas veces para repartirse la manteca? ¿Cómo quejarse de que un AVE acabara costando el doble de lo presupuestado si sabemos lo que ocurrió con el “convoluto”? ¿No hablaba Sainte- Beuve, incluso de “une certaine corruption agréable”? Suspenso para los políticos, vale, pero también para quienes con ellos sostienen a pulso el tinglado del agio: los empresarios. Y habría que reservar alguna sanción moral para el mismísimo pueblo soberano, tan protestón pero tan connivente y “comprensivo” en el fondo con la sepsia de los de arriba, como lo prueba la frecuente reelección de políticos condenados. Bastante tienen los políticos con su cruz y su cara. No les carguemos encima con las responsabilidades ajenas.

Pobres andaluces

Demoledor informe de Cáritas sobre la situación de los necesitados en nuestra comunidad. Un millón de ciudadanos –más de trescientos mil hogares—acampan ya en la exclusión social y casi el triple corre el riesgo de caer en ella a medida que se tambalea por no dar más de sí la solidaridad familiar. ¿La crisis? Recuerda el informe que había mucho andaluz excluido antes de que ésta estallara por lo que apunta a que el hecho es consecuencia de las políticas mantenidas durante varios decenios. Tanto hablar de la economía sumergida y va a resultar que sin ella el tinglado se habría venido abajo hace tiempo.

Manos sucias

El gran asunto que se airea en la campaña para las elecciones generales que se celebrarán en Rumania el 2 y el 16 de este mes no es otro que la corrupción. También allí, como entre nosotros, la Dirección Nacional Anticorrupción, fundada por una de las candidatas, Monica Macovei, ha removido el fango hasta dar con una amplia trama de corruptos perteneciente en su mayoría al entorno del primer ministro Victor Ponta, que sigue siendo, a pesar de todo, el gran favorito para esos comicios. También allí, en fin, han acabado en el trullo altos barones locales y alcaldes distinguidos junto con otros altos cargos de la vida pública, clavo al que se aferra Macovei, para postularse como la única opción honesta que se ofrece al electorado. “Iremos a votar –dice la propaganda de Macovei— porque no queremos seguir siendo gobernados por ladrones, y porque esta terrible enfermedad nacional, esta metástasis, debe ser extirpada”. Tal cual, idéntico al mensaje que aquí resuena y trae por la calle de la Amargura al sistema bipartidista, los mismos términos y razones, más o menos, que estamos oyendo aquí constantemente. Una escritora destacada en el país, Daniela Ratiu, clama en su blog: “¿Cómo ha podido usted (señor primer ministro) convivir con el cáncer de la corrupción, por el amor de Dios?”. Pues ha podido, eso es todo, y además, no hay respuesta a esa impertinente pregunta. Tal cual, ya digo, aunque esté feo el comparar, ahora que los “presuntos” no caben ya en los calabozos de nuestras comisarías.

He dicho “presuntos” por más que un jurista como Joaquín Moekel me tenga dicho y repetido que no abuse de esa prudencia ya que el derecho español no presume culpabilidades sino, exclusivamente, la inocencia, que es otra forma de aducir el argumento empleado por el PP en sus recientes determinaciones de separar a los acusados por la Justicia sin esperar a que, con el tiempo y una caña, se resuelvan sus respectivos pleitos, mueran sus actores claves o prescriban las acciones, que de todo eso hubo y hay en la viña del señor. Contra el escepticismo de “Juan Español” hay que insistir en que ya va habiendo mucho importante en nuestras celdas y, con toda verosimilitud, que muchos más va a haber cuando la tortuga de la Justicia llegue al Sur y se ponga a devorar los miles de folios acumulados en los Juzgados. En Rumanía, los medios reclaman –como en la Italia de los años 90—“mani belite”, esto es, manos limpias. ¿No les dije que tal cual?