Varas de medir

El nuevo gerifalte del PSOE, el compañero Sánchez, se ha comprometido, al parecer, a expulsar del partido, en caso de probarse su culpa, a los acusados en el mangazo de Caja Madrid. No ha hecho nada parecido, por el momento, la presidenta Díaz, aunque preciso es reconocer que la papeleta que a ésta se le presenta en Andalucía es incomparablemente mayor y más espinosa que la que a Sánchez le ha caído en la capital del reino. Y no se espera que lo haga, al menos mientras no estén a buen recaudo los dos Presidentes imputados en el “caso ERE”. Hay que comprender que hay casos y casos, aparte de no olvidar lo cerca que ella viajó largamente con aquellos dos, como contramaestre, en el puente de mando.

La bilis negra

Que el otoño es estación jodida para el personal sensible no necesita demostración. Personalmente nunca he creído mucho en las teorías que achacan la melancolía o la depresión de este tiempo mudadizo a determinados efectos materialistas, y muy en particular a la merma en la producción de ciertos neurotransmisores que afectarían el psiquismo determinando la actitud del sujeto. Ya se saben muchas cosas sobre el tema –por ejemplo que la adaptación de la visión a la luz tras un periodo de oscuridad se debe a la regeneración de la rodopsina—pero mi sabio amigo el doctor Francisco Yanes me confirma en la sospecha de que la que nos cae encima en primavera o en otoño tiene más que ver con “la novela de la vida” que protagoniza cada cual, que con factores externos. Hipócrates esbozaba ya la cuestión con su teoría de los cuatro humores, la tétrada según la cual a cada estación correspondería uno de ellos –al otoño, en concreto, la bilis negra–, una contribución primitiva que viene de los pitagóricos y que fue ajustada por Empédocles antes de arrojarse al volcán, una teoría tosca donde las haya cuyo crédito fue aniquilado por el psicoanálisis. Ninguna imagen de esa melancolía como el grabado de Durero que Manolo Turner eligió como portada para el ya clásico tratado de Stanley W. Jackson, si no pudiéramos imaginar la de Juan Ramón –“Estaba echado yo en la tierra…”—que se deduce de aquel célebre “soneto espiritual” suyo, el “Otoño”, que él tanto detestó.

No debe de haber receta fácil para este fenómeno aflictivo pero creo que lo que habría que decir de los psiquiatras es que hacen su otoño, no su agosto, cuando los días menguan y muchos empezamos a interpretar a fondo la pacífica pero desequilibrante sinfonía cromática del cuadro de Sempere, el ocre eriazo, los verdes intensos del chubasco, azules huidizos entre el gris que prospera, la luz agonizante palpitando en el aire. Mis buganvillas –rojas, pálidas, amarillas—estallan por última vez junto a los últimos jazmines, mientras madura el azofaifo y asoman los primeros pacíficos, pero el reloj interno nos tiende su añagaza y el humor se oscurece como un ámbito trémulo. Mi amigo experto cree, como Ortega, que el hombre es historia, “novela” dice él, que tanto monta, en la que hay que ajustar humores o secreciones porque este otoño lánguido es el ensueño químico de nuestra propia vida. Las hojas muertas son no más que un espejismo y brotarán de nuevo tras la esquina del tiempo.

El año que viene

El año 2015 va a ser el año total. En él se anuncia ya que se controlará el déficit, que aumentará la inversión y, por fin, se recuperará a paso rápido el empleo, que es posible que se reforme la pobre Constitución o que, en Andalucía, la Junta ponga en marcha un plan del “Niño sano” que incluirá la información sobre sexualidad a los menores mientras se vigila atentamente su “desarrollo puberal”. ¡Qué año, el 2015! En lo que no parecen pensar los comprometidos es en que el 2015 lo tenemos ya encima, a un tiro de piedra, a tres o cuatro borrascas y anticiclones más procedentes de las Azores. Parece el mito del “reino feliz de los tiempos finales”. Nos vemos dentro de un año y ya hablaremos.

La mejor defensa

La mejor defensa –se ha dicho siempre—es un buen ataque. Nada de trincheras ni barricadas: una embestida recia es lo que se merece y precisa el atacante. Ahí tienen a Pujol en su Parlament, con los índices levantados al cielo de Jehová en el que se apiñan cúmulos y cirros, menuda bronca lanzada desde el fangal sobre sus apuradas señorías: no se trata de defenderse de las acusaciones sino de leerles la cartilla a los pringaos que osaron denunciar su patente rapiña. O ahí tiene a Chaves. Cuando este periódico denuncio el “pelotazo” otorgado bajo su firma y tras cambiar la Ley a toda prisa para permitirlo, Chaves no se amilanó sino que le puso una querella a los responsables del medio que, como era natural, perdió con todos los honores, de paso que desenmascaraba su “vera efigie”, ese rostro ceñudo en la adversidad tan propio de los próceres sobrevenidos. Cada vez que se les ocurra a ustedes comentar alguna novedad sobre los ERE, sobre Invercaria o sobre el saqueo de los Fondos de Formación, le saldrán con la consigna antípoda –¡la Gürtel, la Gürtel!—pronunciado como un mantra. Ladrones, los de la Derecha, los otros, en general, todos menos nosotros: “¡En el Cuerpo de Carabineros no hay cabrones!”, hacía gritar Valle al mamarracho de don Friolera, arquetipo sin saberlo de mucho prócer actual. Todo menos aceptar una crítica y menos, claro está, asumir sus consecuencias. Ahora la Junta pide a la multinacional de la hija de Chaves que devuelva su pasta aunque no sepamos aún en qué quedará la farsa catalana. Pero, de momento, ¡bronca que te crió! González, sin ir más lejos, pone la mano en el fuego por los dos, pero cada vez hay menos gente que la ponga por él. Ayer por mí hoy por ti…

Lo que no sé es qué será lo que resulte ahora que circula el dato de que Mas anduvo siempre al lado de Pujol en sus mangancias, pegado a la jareta desde un principio. Ni sé, como es lógico, lo que se habrán reído los de Matsa al recibir esa petición de reintegro, porque doy por descontado que se han tronchado de risa. Pero usted, por si acaso, ya sabe de qué va la vaina: en el supuesto de que lo acusen de algo, contraataque, y que le echen un galgo. Sigamos con Valle: “La España de cabo a rabo hemos de verla como está Barcelona”. La corrupción es un espejismo que sólo ven los ojos entrecerrados por el rencor. ¡Los dedos de Pujol, el ceño de Chaves! Comparado con ellos, Moisés sería un membrillo en el día de la ira.

Corruptos, ustedes

El presidente del Parlamento, Manuel Gracia, toda una vida en la política, sostiene la teoría de que la corrupción tiene su origen, no en el crimen de los gestores públicos, sino en la actitud inmoral de una ciudadanía que ha hecho de la permisividad “una corruptela diaria”. No se trata, pues, según Gracia, de que la Junta haya dilapidado miles de millones entre parientes y afectos sino de que usted y aquel otro señor hayan evadido el IVA en la factura del lampistero. No es sólo que no quieran ver –como ustedes pueden comprobar—sino que no ven de hecho lo que tienen ante los ojos. Pero este inmenso latrocinio público sería, en todo caso, causa y no efecto, de la trampa minúscula. No se le puede exigir la misma responsabilidad a Agamenón que a su porquero.

Rito y contagio

Hay iglesias en el África del ébola en las que, por justificado temor al contagio, se ha suprimido el saludo de la paz y en las que la comunión se administra siempre en la mano. En Benin, en Sierra Leona o en Senegal han enmudecido los hechiceros mientras la gente de la misión trabaja de sol a sol cuando no se contagia e incluso muere de pie entre los suyos. Como en Liberia o Guinea Conakry, como en el Congo, donde una cepa mutante se ha llevado por delante, visto y no visto, a cientos de enfermos. No puedo imaginar la movida mediática si una de esas víctimas, en lugar de un héroe o un santo anónimo fuera alguien habitual del papel cuché o acaso un político relevante contagiado por azar en el transcurso de una visita, pero ya ven lo sencilla que resulta la muerte de un misionero, de uno cualquiera de los mil seiscientos misioneros españoles que exponen sus vidas en África. La última, la del médico García Viejo, Hermano de san Juan de Dios, un veterano de quien consta –como parece que también constaba en el padre Pajares, el primer caído– que reducía su apostolado a su propio ejemplo, es decir, que jamás trató de convertir a nadie con palabras o presiones. Insisto, ¿imaginan la que se organizaría si se contagiara –¡nada digo de si llegara a morir!– alguna de las estrellas millonarias que de vez en cuando hacen bolos por tierras de misión?

Unos amigos de Justicia y Paz que acuden periódicamente a uno de los países mencionados me contaron cómo era preciso vigilar en las maternidades hospitalarias pare evitar que los nativos estrellaran contra un árbol al recién nacido que mostrara alguna deformidad. Y los familiares de García Viejo atestiguan que, en sus visitas veraniegas, renunciaba a incluir en su equipaje de vuelta cualquier cosa que no fueran los medicamentos, a veces elementales, que no llegan a aquellos infiernos. ¿Le dirá algo esta heroica renuncia a la Congregación para la Causa de los Santos, veremos alguna vez a estos mártires voluntarios encaramados en la peana de la memoria eclesiástica? Ni lo sé ni es eso –seguro—lo que hubiera aceptado la inmensa mayoría de ellos, gente entregada sin condiciones al prójimo en un compromiso que incluye su propia muerte, lo mismo que la legión de laicos que han encontrado en el concepto de “solidaridad” una suerte de “caridad” reciclada. No todo hombre es un lobo para el hombre, como quería Plauto, pero hay algunos que, como dijera Séneca, lo consideran sagrado.