Las dos rosas

En el complicado ajedrez británico la Guerra de las Dos Rosas nunca acabó. Tal vez ni siquiera haya acabado con el referéndum del jueves, pues de antiguo viene la discordia entre pictos y anglos, entre escotos y británicos, católicos y presbiterianos, Láncaster y York, fundada en algo más que en motivos territoriales. El problema de hoy –el planteado el jueves, quiero decir—no consiste sólo, sin embargo, en el choque de razas o dinastías, ni siquiera del conflicto entre dos concepciones diferentes del poder político, sino en un designio anacrónico frente al que se han levantado como un único tigre todas las fuerzas políticas apoyadas con firmeza por el dinero: la Bolsa bajó ante la mera sospecha de que triunfara el “sí” y creció como una ola al conocerse el “no”. Casi ha coincidido el seísmo escocés con el hallazgo de los restos de Ricardo III, el malformado de Shakespeare, cuya autopsia ha revelado el ensañamiento de sus verdugos, y tras cuya muerte, de hecho, se suspende la tensión bélica nunca del todo extinguida. Cuenta la leyenda que cuando el verdugo levantó la cabeza de María Estuardo se quedó con la peluca en la mano pero ni ese extremado episodio liquidó la tensión permanente entre el reino del Norte y el del Sur, como no lo liquidaría el Acta de Unión de comienzos del XVIII tras el que ambos desaparecen para dejar paso, al menos en teoría, al Reino Unido de la Gran Bretaña. Escocia nunca dejó de ser Escocia pero hay irlandeses que dicen que, aislada en su bóreas, vendría a ser una España sin sol.
En fin, buena suerte por una vez. No olvidemos que ese fantasma divisor acecha lo mismo en Bélgica que en Cataluña, igual en Yugoeslavia que en Canadá, rara disfunción mental teniendo en cuenta los tiempos globales que vivimos. ¿No se habrán dado cuenta de que el jueves, al tiempo que los escoceses votaban, los chinos abrían en Nueva York el mayor gigante conocido de la distribución, el llamado “Alí Babá”, del que se dice que encarna la mayor operación bursátil del año? El caso es que Europa ha ganado este asalto, aunque nadie esté en condiciones de garantizar el final del combate porque el localismo psíquico es una enfermedad crónica y, al mismo tiempo, un negocio fenomenal. Siempre habrá una rosa blanca que oponer a una roja, y un jardinero con su librillo de mitología en el zurrón. Tengo la impresión de que ni en Gran Bretaña ni en toda Europa se ha valorado en su inmensa gravedad la consulta escocesa del jueves.

Mare nostrum

Hemos vivido este verano un episodio berlanguesco con el abordaje por parte de la Guardia Civil del yate del rey de Marruecos, incidente insignificante, por supuesto, pero que ha dado ocasión a la susceptibilidad alauita para exigir excusas oficiales que han llegado a nivel de ministro de ramo. Se comprende la perplejidad de un sargento al que el abordado pregunta con jactancia si no sabe con quién se está jugando los cuartos y, por descontado, la disposición del Gobierno español a quitarle hierro a tan leve suceso que todavía, sin embargo, anda rodando por la prensa europea. Pero el hecho no tendría mayor importancia si no fuera porque este verano hemos asistido a una pavorosa invasión de pateras y balsas de todo tipo que huyen de la pobreza africana, de sus guerras y dictaduras, en busca del paraíso europeo, invasión que ha dejado un trágico balance en el que los inmigrantes ahogados han dejado prácticamente de tener interés informativo. Nos hemos hecho el cuerpo, en cambio a esa suerte de “performance” que suponen los cuerpos de los ahogados expuestos sobre la playa y, lo que es peor, a la infamia que supone –ojos que no ven…– la certeza de que cientos de ellos se han quedado para siempre en el mar. ¿Por qué tanto soponcio porque una patrullera, cumpliendo con su deber, trate de inspeccionar por error un yate real mientras asumimos sin mayor penitencia la catástrofe de Lampedusa (366 muertos) o la que la semana pasada costó la vida a quinientos desdichados que huían del caos egipcio en busca de la costa italiana?
Poca gente conoce a ciencia cierta ese balance atroz, que Human Rigth Watch cifra en no menos de tres mil ahogados en lo que va de año y en veinte o veinticinco mil las pérdidas registradas en los últimos veinte años, pero menos todavía es consciente de que esa invasión sólo es posible con la complicidad de las policías respectivas, íntimamente confundidas con las mafias. Según los intereses políticos de Marruecos, la tragedia de la inmigración clandestina se reduce o aumenta sin que tengamos memoria de que en alguna ocasión siquiera España haya exigido excusas a aquella satrapía. Un grupo de cadáveres expuestos en una playa es, eso, una “performance” que mañana olvidaremos. La legítima inspección del yate real, en cambio, un suceso de lesa patria que nos fuerza a arrodillarnos. Nuestras relaciones con el reino vecino son, como saben, eso sí, inmejorables. ¡Faltaría más!

Bla, bla, bla

Ni el repaso mayúsculo que le propinó Loles López, la secretaria general del PP, a la presidenta Díaz, logró que ésta se saliera de la chuleta: aquí todo va divinamente y lo que va de perros es culpa de Rajoy, ya saben. Y encima los comunistas proclamando muy serios que desde que IU tiene despachos y coche oficial, la corrupción que diariamente nos avergüenza e irrita ¡ha desaparecido! Otro año perdido, pues, entre inercias y complicidades, con el que también, como siempre, podrá la retórica, mientras la corrupción suspira aliviada a la sombra del “régimen”. El Parlamento se ha vuelto definitivamente un teatro de reestreno rehén del Gobierno y su mayoría.

El buen salvaje

Un misionero amigo que trabaja cerca de los núcleos indígenas en Perú me muestra su inquietud ante la práctica creciente de lo que las propias agencias de viajes ofrecen al turista como “safaris humanos”. Se trata de viajes programados en la zona amazónica en la que, a los fascinantes atractivos naturales del paisaje, se trata de añadir la curiosidad del hombre blanco por esos “hermanos olvidados” que quedan por ahí en pleno “estado de Naturaleza”, es decir, aislados de toda civilización, unas minorías gravemente agredidas en los últimos tiempos por un neocolonialismo feroz que no ha dudado siquiera –según repetidas protestas que alcanzaron en su día incluso el ámbito de la ONU– en diezmar las poblaciones indígenas infectándolas con enfermedades propagadas por ropa abandonada con ese propósito. Ahora no se trataría, al parecer, de un designio tan canalla sino de satisfacer esa curiosidad de los civilizados por el espectáculo de la realidad rousseauniana, curiosidad que el propio Colón inauguró llevando a la Corte española varios individuos “salvajes” junto con las pepitas de oro y los pájaros decorativos descubiertos en el curso de sus viajes. Por su parte, el primer ministro australiano, Tony Abbot, ha decidido instalarse una semana al año en algún poblado indígena para observar sin intermediarios una realidad que, quién sabe, si la mejor protección que merece y que tal vez desea es que la dejen tranquila en su aislamiento. Pocos espacios tan complejos a la hora de buscarles un término medio como el del indigenismo.
Un viejo problema, éste de decidir si a las poblaciones aisladas conviene (a ellas, no a nosotros) su incorporación al menos relativa a nuestra civilización o si sería mejor respetar la soledad sonora de ese neolítico conservado como un fósil. Mi amigo misionero confiesa que tampoco él lo tiene claro en vista de las experiencias que llevamos vistas y uno, para qué decirles otra cosa, se siente atrapado entre la tentación civilizatoria –ese prejuicio típicamente blanco—y la utopía en carne viva que encarnan esas tribus marginadas en la periferia del progreso humano. Nuestro tópico de superioridad es tan tenaz, en todo caso, como nuestra curiosidad por lo exótico, y la industria del turismo no iba a desaprovechar esa probada circunstancia que constituye una amenaza cierta para las comunidades adanistas. Ahí está la oferta de “safaris humanos”, hiriente desde su misma formulación.

Bajar impuestos

A la presidenta Díaz no le gusta bajar impuestos, víctima quizá de ese ideologismo que asegura que lo propio de la izquierda –ella es “roja”, ya saben– es subirlos. En Extremadura, sin embargo, “populares” y “comunistas” juntos los bajan ahora por segunda vez en beneficio de una población que ya no tiene que cotizar por herencias o donaciones y que verá reducido su IRPF en beneficio de todos. Claro que la Junta Andaluza, por descontado, no iba a hacer lo mismo que la vecina encabezada por el PP y menos si la propuesta parte de la Oposición. En la autonomía más corrupta de España toda la rigidez se reserva para el honrado contribuyente.

El terror filmado

No se ponen de acuerdo los medios en torno a los terribles documentos gráficos que el terrorismo islámico está difundiendo. ¿Conviene mostrar esas monstruosidades al mundo u ocultarlas para evitar sus efectos propagandísticos? La escena de la degollación es, sin duda posible, un escándalo intolerable, pero parece que sólo tan tremendo impacto ha conseguido movilizar a los poderes civilizados y a una opinión que empieza a coincidir en la necesidad urgente de intervenir militarmente hasta aniquilar esa amenaza mundial. El Islam no es una religión pacífica como no lo es la contenida en el Antiguo Testamento, tributarias ambas de una mentalidad primitiva que hoy resulta inconcebible, tal como puso de relieve alguien tan poco sospechoso como Roger Garaudy para quien el islamismo era una enfermedad del Islam, consistente en la absurda pretensión de aplicar en la actualidad una norma penal del siglo VII. Cortar la mano al ladrón o lapidar a la adúltera son prácticas bárbaras que no solamente dividen y proporcionan un perfil impropio de la charia divina –una sola vez mencionada en el Corán (45,18), por cierto—sino que constituye un auténtico “crimen contra el propio Islam”. Vale, muy bien, pero ante esos sobrecogedores videos, la civilización en su conjunto debe reaccionar hasta eliminar por completo la amenaza.

No tiene sentido interpretar estas tensiones como consecuencias de una nueva guerra de religión que, como todas las de la Historia, no sería sino guerras políticas amparadas en la metáfora religiosa y en las que lo que se jugaba no era ninguna apuesta divina sino pulsos humanos. Aun admitiendo que anteriores intervenciones militares han desacreditado sin remedio la idea de “cruzada” e incluso el concepto de guerra justa, las escenas atroces divulgadas por el EI exigen una respuesta que no admite esperas ni condiciones. Nunca habíamos presenciado exhibiciones de salvajismo comparables a las actuales ni habíamos tenido conciencia tan clara de tener al enemigo dentro, agazapado y a la espera de su momento. En eso consiste la diferencia esencial entre las pasadas guerras de invasión y ésta que sería una guerra en defensa propia. Y la noción de Dios debe quedar fuera de esta iniciativa sobradamente legitimada por el sentido de la civilización que tan triste como conmovedoramente representan esas víctimas humilladas ante el imperturbable verdugo. Occidente se juega en este envite nada menos que el retorno de todos a la Edad Media.