Sobre dos ruedas

No es ningún secreto que el culto a la bicicleta se ha convertido en un tópico del imaginario comunista. Ayuntamientos como el de Sevilla dedican grandes sumas a la construcción del carril-bici y la Junta, desde la consejería del ramo, unos dos millones de euros para “estudios” sobre tan compleja materia. Puede que esta sea la aportación-estrella de la coalición aliada del PSOE para salir de la crisis que nos ahoga, lo que resulta elocuente a la hora de explicar por dónde va la vera de la Izquierda. La investigación sobre I+D+I puede esperar, lo que urge es la bicicleta. Las rejillas de aparcamiento de las mismas se hacen llamar “infraestructura para la sostenibilidad”, ¿qué les parece?

Justicia blanca

La rebelión provocada en EEUU y Canadá por la absolución del policía blanco que mató el joven negro Michael Brown parece que no va a ser una más sino que podría marcar un punto de inflexión en el pulso racista. La minoría negra es mayoría en las cárceles y, por descontado, en el “corredor de la muerte”, pero también aporta como ninguna otra en el pleito recurrente de las muertes callejeras de personas a manos de la policía. Cientos de manifestaciones se han producido en el mundo al calor de esos incendios que iluminan la temerosa escena de ciudadanos airados enfrentándose a unas expeditivas policías armadas como un ejército, una escena desmoralizadora que ha dado ocasión no sólo a que la ONU considere “desproporcionado” el número de víctimas de la policía americana sino que nada menos que Rusia, un país donde los derechos humanos cuentan poco a la hora de reprimir, se permita denunciar que los Estados Unidos “tienen problemas con los derechos humanos”, es decir, más o menos, lo mismo que Obama recitaba hace poco en Pekín ante la indiferencia de los líderes chinos. En todo caso, lo que está fuera de dudas es que el sistema de jurado en ese país racista de toda la vida garantiza la desigualdad jurídica entre sus poblaciones: ya me dirán qué puede esperarse de un jurado –como el que ha absuelto al policía de Ferguson—compuesto por nueve blancos y sólo tres negros. El Presidente negro, en esto como en tantos otros órdenes, ha resultado no ser más que la guinda del pastel.
La psicología del racismo ha dado de sí perlas incontables. Ernest Renan sostenía que si la muerte de un francés suponía un acontecimiento moral, la un cosaco –ponía él por caso—no pasaba de constituir un simple “hecho fisiológico”: había una máquina que funcionaba y ya no funciona, eso era todo. Y ése es todavía el núcleo de la conciencia blanca, hay que reconocer que no sólo en aquel gran país sino un poco por todas partes. Por políticamente incorrecta hubo de ser suprimida en alguna encuesta oficial –me consta—el enorme porcentaje de ciudadanos que, proclamándose no racistas, excluía sin dudarlo a los gitanos de su ámbito vital. De manera que imaginen cómo funcionará ese mecanismo ideológico en un país inspirado desde siempre en la ilusión de la superioridad “caucasiana”. El pleito de Ferguson, por ejemplo, no pretendía siquiera exculpar al policía homicida sino, simplemente, juzgarlo. Al hombre blanco le ha parecido más seguro declararlo impune.

El pacto de progreso

Ni los reiterados tropezones de sus propios imputados han impedido al nuevo gerifalte de IU, Alberto Garzón, lanzar contra la Junta de la presidenta Díaz duras acusaciones, entre ellas que en la lucha contra la corrupción falta “contundencia” a pesar de que es su partido, IU-CA, el responsable último de los paños calientes que aquí andan evitando comisiones de investigación y prestando su apoyo a la estrategia del PSOE. Es la cara “Podemos” de la coalición, la mano tendida hacia la ultraizquierda populista que, por cierto, no se ha demorado a la hora de ofrecer sus propios líos o mangazos. Pero no hagan caso que eso son sólo morisquetas para entretener: IU es ahora mismo plenamente corresponsable de la corrupción andaluza.

Cántico de Débora

Por lo visto a la juez Mercedes Alaya le envían de continuo cartas afables, críticas e incluso poemas de amor. Unos, agradecidos a sus esfuerzo por moralizar esta sentina, otros, enemigos feroces por la cuenta que les trae, y los últimos, seguramente, almas sensibles abducidas por esa imagen hierática del telediario que cada mañana nos la muestra arrastrando su carrito con un gesto que traduce en rasgos laicos los andares solemnes de la Macarena. No es una novedad, como creen nuestros contemporáneos, eso de las juezes mitificadas, como aquella Débora que dictaba sentencias bajo una palmera que crecía lustrosa entre Ramá y Betel, además de vencer a los cananeos cuando llegó el momento. No se atribuye, de momento, a Alaya un cántico comparable al que dicen que, a dos voces, entonó Débora junto con Barac, pero sí un inaudito macrosumario de más de trescientas mil páginas en uno sólo de los cuatro casos que lleva por delante, a pesar de las trampas de la Junta y de la neurosis del trigémino, centón que llega ya al Tribunal Supremo y en el que viajan junto a otros aforados dos presidentes de esta sufrida autonomía. Ríanse ustedes de Garzón, tocante a odios y entusiasmos populares, a pesar de que a ella el estrellato le haya llegado gratis y hasta acompañado de endechas enamoradas. El personal necesita imperiosamente de esos prestigios que usa como sinapismos para cubrir la llaga abierta de su desmoralización.

Poco o nada han podido hasta ahora los malévolos que pretenden degradar su imagen deshilvanando su prestigio, incluido ese fiscal-consejero que ha dispuesto el susanismo como una barbacana frente a la amenaza de la juez impasible y laboriosa –Débora significa abeja, ya ven—que no desvía la mirada al andar ni ceja en su empeño, desde el sobreentendido de que, tal como su colega bíblica, no será ella quien remache el clavo (Jueces, 4-21) en la sien del cananeo. No hay en España mejor canon para medir el éxito moral que la triaca en que se mezclan el odio implacable y el amor platónico que, como en el caso de Alaya, subliman al protagonista hasta casi divinizarlo. Lo que no sé es qué hacen los mandamases de las televisiones que no amenizan el paseíllo diario de nuestra juez con la marcha alegre de “Pasa la Macarena”. Alaya bajo la palmera de Efraín, entre Ramá y Betel, imperturbable entre el acoso y la fama, tejiendo sin descanso esa tela de araña que tal vez no se rompa.

El pacto de progreso

Ni los reiterados tropezones de sus propios imputados han impedido al nuevo gerifalte de IU, Alberto Garzón, lanzar contra la Junta de la presidenta Díaz duras acusaciones, entre ellas que en la lucha contra la corrupción falta “contundencia” a pesar de que es su partido, IU-CA, el responsable último de los paños calientes que aquí andan evitando comisiones de investigación y prestando su apoyo a la estrategia del PSOE. Es la cara “Podemos” de la coalición, la mano tendida hacia la ultraizquierda populista que, por cierto, no se ha demorado a la hora de ofrecer sus propios líos o mangazos. Pero no hagan caso que eso son sólo morisquetas para entretener: IU es ahora mismo plenamente corresponsable de la corrupción andaluza.

El impostor y el espejo

Lo nunca visto: seis altas instituciones –la Casa Real, la Vicepresidencia del Gobierno, la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid, los ministerios de Economía Defensa, además de nuestros espías del CNI — lanzando desmentidos a los cuatro vientos por causa de las “revelaciones” de un pseudólogo fantástico, como decían los viejos frenólogos, que une a su precocidad un incomparable desparpajo. Yo creo que la aventura del “pequeño Nicolás” es mucho más reveladora para la sociología que para cualquier otra perspectiva y lo prueba el hecho de que ese mozo avispado haya conseguido pulverizar el “share” y sustituir con ventaja al pontífice de Podemos –que, desconcertado por el vapuleo propinado por Ana Pastor, decidió declinar la invitación televisiva–, a la prisión de Pantoja, al folletín catalán y al folletón granadino. Vamos a ver, quiero decir que un personaje como ése no es sólo una creación propia, sino el producto sinérgico de la imaginación de un individuo con una realidad social desquiciada y en la que de poco valen ya las precauciones lógicas. Por eso entiendo que lo realmente notable de esta comedia bufa no es ya el aluvión de desmentidos sino la audacia de un sujeto que ha calado, seguro que instintivamente, lo propicio que puede resultar para la pseudología una sociedad tan poco creíble como la nuestra. Ese arrapiezo ha deducido sus potencialidades observando con atención su propia imagen reflejada en el espejo social.
A la escasa credibilidad de esta España que vivimos se une su condición espectacular, el hecho –mediático, por supuesto, pero también individual—de concebir o transformar la vida en espectáculo, esa adicción al telediario concebido bajo las especies del drama o la comedia. Algún día repararemos en el significado de que la crónica de estos decenios esté copada por sujetos que, por su medianía, resultan inconcebibles como protagonistas, en el significado profundo de la mediocridad dominante en un país desmoralizado capaz incluso de ponerse en manos del primer buhonero que desde el fielato vocea las virtudes de sus pócimas. ¿No dicen que uno de cada tres españoles votaría hoy a esos pícaros que a punto están de echar abajo el templo sin disponer siquiera de un programa que ni falta que les hace? El “pequeño Nicolás” no se ha inventado a sí mismo, sino que se ha visto triunfando en el espejo colectivo. Sólo una sociedad ruinosa reaccionaría histérica ante un impostor hecho a su medida.