Todos de acuerdo

Diez minutos apenas duró el debate sobre las suculentas remuneraciones en el Parlamento y el texto se aprobó por unanimidad. Sus Señorías continuarán cobrando, pues, sus dietas de transporte y alojamiento incluso en los dos periodos anuales –veraneo y Navidades—en que la Cámara permanece de hecho cerrada a cal y canto. En eso están todas de acuerdo y no ha lugar a la discrepancia aunque luego la institución se convierta en palenque y patio corralero. Creo que fue Chaves quien dijo que “con las cosas de comer no se juega”. Se ve que los representantes de los andaluces se lo tomaron al pie de la letra.

La hora bruja

Para una antología del disparate político no encontraríamos quizá mejores ejemplos que el mensajito de Rajoy a Bárcenas –“Aguanta, Luis, sé fuerte. España no es Uganda”—y la ufana pero no inverosímil declaración que acaba de hacer el cabecilla de Podemos: “El PSOE tendrá que elegir entre hacer Presidente a Rajoy o hacerme a mí”. La democracia española, pensada desde el bipartidismo y sostenida por el rodrigón desde el ventajismo nacionalista parece cuartearse, al fin, bajo el fardo insostenible de la inmoralidad generalizada para dar bazas a los aventureros que, como rezaba la vieja pintada porteña, decía: “Puto o ladrón, queremos a Perón”. Los dos grandes partidos no han sido capaces de lograr en más de tres décadas ni un autocontrol efectivo de su delincuencia interna, ni un acercamiento a la población pasiva que hiciera posible –salvo en Andalucía, donde la “clientela” del “régimen” tiene raíces profundas —una hegemonía firmemente asentada, ya hubiera sido por el calor de la cercanía, ya por efecto de un liderato narcótico. De ahí el éxito, iniciado ya en el periodo zapaterista, de esos populismos que parecen estar barriendo el país sobre los escombros de una legitimidad destrozada. Mucha gente sabe que el primer éxito –la “prueba”, dijéramos—de los bolivarianos de Podemos fue su implantación en la Facultad de Políticas de la Complutense, pero mucha menos sabrá, a buen seguro, que la piedra miliar de su aventura fue un acto de adhesión incondicional al asesino en serie De Juana Chaos. Miren de qué delirios extremados es responsable el recurso populista auspiciado por obras como las de Ernesto Laclau y otros revisionistas del marxismo.

La explotación de la podre de la “casta” –ese término tan regeneracionista y unamuniano—no puede resultar más fácil para los aventureros en esta hora bruja en la que ni el anuncio de su ruina basta a los dos grandes partidos para reaccionar frente a su histórico desplome. ¿Sabrán los seducidos que en Venezuela –espejo y pródiga caja de ahorros de Podemos—acaban de implantar la “cartilla de racionamiento” como Franco en la postguerra del piojo verde y Auxilio Social? Seguramente no, porque estas alarmas no suelen llegarnos hasta que nos sorprenden ya aguardando turno en la cola de la sopa boba. No sólo el territorio español está en almoneda sino todo el ajuar acumulado durante las mejores décadas vividas desde la catástrofe moral de finales del XIX.

El celo automático

Hay que ver el rifirrafe tan infantil que ha montado la Junta de Andalucía por el simple hecho de que los Estados Unidos hayan querido hacer una visita a una clínica privada de Jerez. Ni las “explicaciones”, de suyo elementales, que el mismísimo Embajador ha dado a la Presidenta han evitado que entre ésta, su consejera y su portavoz hayan insistido en un tema que lo más que puede dar de sí es cierta alarma social que hoy por hoy, afortunada y lógicamente, no existe entre los ciudadanos andaluces. A lo peor se trata de velar las tensiones entre Díaz y Sánchez pero, sea lo que fuere, parece que lo propio de un gobierno discreto no es crear alarma sino evitarla.

El tonel de Amando

Me entero de que Amando de Miguel se ha arruinado o, como él precisa, de que está en la pura indigencia, a causa de la deuda descomunal contraída al comprar su casa en el Guadarrama. Dice que no le llega la pensión –una vez satisfechos sus compromisos familiares–, que no puede pagarse la calefacción, que debe escatimar la luz eléctrica y que, en definitiva, de su pensión de catedrático le queda apenas un euro diario para alimentarse, cosa que no lo desespera desde esa perspectiva suya, un poco “cínica” que, sin embargo, para nada permite equipararlo a Diógenes. Su último recurso es poner su valiosa biblioteca en venta para saldar su deuda financiera –operación que recelo improbable en este país de cabreros—pero en la que él confía para salvar su tonel, desde el que, a diferencia de Diógenes, no “reclama” dinero a sus amigos sino que proyecta vivir –sobrevivir sería más propio– instalado en la austeridad. El más incisivo y laborioso protosociólogo del país en la miseria mientras los pipiolos de Podemos se inflan agasajando a los bolivarianos. Deberían hacer un sello con el tonel de Amando. Como un aviso a los navegantes.
¿Cómo explicar que un observador tan fino de la realidad cayera en su día en el trampantojo de la burbuja inmobiliaria? Huy, esa pregunta no nos lleva a ninguna parte, además de que, en cierto modo, se responde sola en el alambique de nuestra experiencia. La sociología se dedica a demostrar empíricamente obviedades –según decía uno de sus patriarcas—pero, a diferencia del pragmatismo liberal, se revela como una ciencia inútil mientras no funcione uncida al carro del Poder. Lo cuenta Laercio, creo recordar: le dijo uno “Si hubieras aprendido a agradar al Poder no te verías en estas miserias”; y él contestó “Y si tu hubieras aprendido a ser libre no tendrías que depender del Poder”. A Amando lo buscó el Poder –me consta—y él, aparte de rechazarlo, le respondió captando la primera instantánea verídica de nuestras penurias nacionales: el Informe FOESSA. No hay más sociología rentable que la inscrita en la servidumbre de partido. Por eso Amando ha de elegir hoy entre su tonel y sus libros, víctima de ese mercado trilero que él destripó aquí antes que nadie, como un emblema de la inutilidad de la imaginación sociológica en el país de los impostores, los monipodios y las “tarjetas negras”. Diógenes no era una ocurrencia del anecdotario sino un símbolo permanente del precio de la libertad.

Un juez habla alto

Alto y claro ha hablado el juez Del Arco, titular del Juzgado de Instrucción número 2 de los de Granada, sobre el abuso político que hacen las Administraciones de los PLD, es decir, de los puestos de libre disposición. El juez habla de “funcionarios afines”, califica de “sistema diabólico” al empleado para proveer los puestos del servicio público, denuncia la arbitrariedad sistemática del Poder político y pide nuevas normas capaces de “impedir estos abusos” acordes con la exigencia constitucional de igualdad, mérito y capacidad de los candidatos. Es como oír el eco de nuestros teóricos del XIX en pleno siglo XXI.

¡Estos liberales!

El eminente jurista Antonio Garrigues –dos mil “pasantes” en su nómina—ha explicado a este diario que su ideología no depende de su estatus sino de su convicción de que, tal como sostuvieron sus predecesores decimonónicos, ser liberal no es más que defender al individuo aplastado por el Sistema. Es más –dice Garrigues—“La ideología liberal ha triunfado. Los que hemos fracasado hemos sido los políticos liberales”. ¡Hombre, así cualquiera! Nadie discute que el credo liberal goza indudablemente de un esqueleto flexible, tanto que lo mismo admite la intervención económica del Poder que su inhibición en favor de la “Mano Invisible”, o sea, más o menos lo que hacen tanto el FMI como el Banco Mundial. Es verdad que los liberales nunca distinguieron bien entre la carne y el pescado y, por eso quizá, mientras Pío Nono lo descomulgaba y Sardá Salvany sostenía que “El liberalismo es pecado”, don Juan Valera podía decir aquello de “Yo no tengo nada de demócrata, al contrario… pero soy eminentemente liberal, no lo puedo remediar”. Le han preguntado a Garrigues cómo defendería las “tarjetas negras” de su correligionario Rato y Garrigues ha respondido que “diría que es una forma de salario, uno forma indirecta de pagar” pero que “protestaría por el desnudamiento infinito de la intimidad”. Ahí queda eso. El gremialismo es eso que dice el adagio: “Reunión de pastores, oveja muerta”.

¿En manos de quién estamos? Fíjense en que tres de los cuatro últimos presidentes del FMI –categoría de jefes de Estado, ojo–, tres han trastabillado: Strauss-Kahn –¡que iba embalado a la Presidencia de Francia!– forzando a una camarera negra de su exclusivo hotel, Christine Lagarde acusada del mangazo de Tapié en el lío del Crédit Lyonnais, y Rodrigo Rato –¡quién pudo haber sido el sucesor de Aznar, recuerden!—metido hasta las trancas en el mamoneo de las tarjetas incontroladas de Caja Madrid. ¡Como para comprarles un coche usado! Por lo demás, en la jugosa interviú a nuestro prócer hay verdades como puños –“Podemos es el castigo correcto a la falta de credibilidad de los partidos”, por ejemplo—y apotegmas tan deliciosos y cínicos como el que asegura que “Hay situaciones en las que la mentira es lo correcto”. Hay cosas que sólo se puede decir detrás de dos mil abogados. Que en un mundo como éste “la justicia universal ilimitada llevaría al desorden” es una de ellas. Garrigues, por ejemplo, puede decirlo sin despeinarse siquiera.