¿Hijos zánganos?

Se reproducen las opiniones en favor de que la familia ha resultado ser la célula más efectiva para vadear la crisis. Algo que no hay que confundir con el problema social agudo que supone la eternización de la dependencia económica de los hijos que no tengan probada su diligencia. Quédese el hijo y coma y duerma en casa si no encuentra encaje en esta sociedad medio quebrada, pero ¿qué ocurre con los “hijos zánganos” (así los han llamado en un reciente proceso) que detestan el estudio y carecen de trabajo? ¿Hasta cuándo deberá el padre sostener al hijo que no trabaja ni estudia, hasta los 31 años como acaba de decidir un juez? ¿Y por qué no hasta los 64? Urge resolver esta cuestión que, en demasiados casos, no es sino el reflejo de las pendencias conyugales.

La patria digital

Cada día es más frecuente oír a alguien expresar el deseo de exilarse, de cambiar de país. Suele producirse el caso, muy especialmente, bajo los efectos del telediario, ese imprescindible instrumento para masocas que diariamente nos informa de los últimos delitos perpetrados por nuestros próceres. “Si yo fuera más joven me iba de este país”, dice y repite avergonzado el español atraillado en esta democracia no participativa, más como un desahogo que como un deseo real, porque alguna espita ha de tener esta olla exprés en que andamos “repicando en la buhardilla”, como decía la letra castiza de “Cocidito madrileño”. Pero pocos se van, de momento, porque el tirón de la tierra acaba entrillándonos con más vigor que las sugestiones, quién sabe si imaginarias, que nos llegan de fuera. En Grecia o en Roma, ser ciudadano era una cosa muy seria, aunque tampoco, por supuesto, tan idílica como la pintan sus nostálgicos, pero en España ha cundido siempre cierto pesimismo no poco cándido oscilando entre la afirmación de Cánovas de que “es español aquel que no tiene otra cosa mejor que ser” y aquello otro de que “ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo” que dijo quien lo dijo. Franco concedió de un plumazo, en plan Caracalla, la doble nacionalidad a los hispanoamericanos, lo que favoreció los exilios forzados por las dictaduras, pero ahora parece que se perfila un nuevo concepto de identidad nacional a partir de esas residencias virtuales –las llamadas “e-residencias”—que países como Estonia o Malta conceden ya a cualquiera que lo solicite, y que supondrá para el extranjero que la consiga los mismos derechos que sus nacionales, incluida la asistencia sanitaria o la educación. La “sociedad-red” de Manuel Castell ha resultado ser algo más que una teoría.

Algo debe tener ese proyecto cuando en un solo día se han registrado en el primero de los países citados casi seis mil pre-inscripciones procedentes en su mayoría de los propios Estados Unidos, pero sobre todo algo está ocurriendo en la convivencia global, a la que parece que se le ha quedado estrecha la noción clásica de identidad patricia en que hemos venido reconociéndonos desde que el mundo es mundo. Un electrodoméstico como el ordenata va a acabar haciendo realidad el ideal cosmopolita de los estoicos, aquel que sólo respetaba de verdad al individuo dueño de sí mismo que renunciaba previamente a su adscripción ciudadana.

No escarmiento

Por si lo que ha ocurrido con el sistema de Cajas de Ahorro no bastara y sobrara, IU se empeña ahora en forzar a su socio de gobierno, el PSOE, para la creación de un nuevo “banco público” que haga las veces de un ICO regional como si no existiera un ICO nacional. No creo que llegue muy lejos el proyecto, pero si sus promotores lo logran, no duden de que, antes o después, los veremos mangoneando en sus despachos, ni que decir tiene que bien recompensados. L malo es que tratar de hacerle la competencia a la banca privada en el ámbito europeo, no se le ocurre ni al que asó la manteca.

La vida clasista

Hay una tendencia científica creciente empeñada en ésa que llaman “ciencia de la longevidad”. Parte de la hipótesis de que la vida humana tiende a alargarse casi indefinidamente, pero de modo y manera que las personas ricas vivan más que las pobres hasta el punto de que un profesor de Maryland ha llegado a decir que “la pobreza es una ladrona” porque no solamente disminuye las oportunidades de vida sino que “roba vida”, años de vida, en esa brecha de la esperanza que permite constatar la ventaja vital de las clases acomodadas respecto a las que no lo están. Me limito a reproducir el dato: un hombre blanco con nivel universitario (en EEUU) tiene una esperanza media de vida de 80 años mientras que los no diplomados no pasan de los 67, un hecho que los gerontólogos atribuyen al beneficio que suponen los hábitos de vida más sanos que practica la gente con formación superior. Hay que tener en cuenta que en esa nueva Babilonia se estima que el diez por ciento de los ciudadanos posee, desde hace casi medio siglo, el ochenta por ciento de la renta nacional, una desigualdad tan extremada que ha hecho predecir a algún sociólogo que podría ser la causa de una futura guerra de clases, en especial cuando el vertiginoso progreso científico que estamos viviendo acabe por abrir el abanico de esa esperanza de vida entre los 60 y los 120 años, dado que una nueva y prohibitiva medicina implica muchas probabilidades de ampliar más todavía la “brecha de la longevidad”. El milenio mal contado que los masoretas atribuyeron a Matusalem pudiera saltar en esos laboratorios del mito a la realidad.

Cuentan desde Harvard que otro científico, David Sinclair, habría hallado una sustancia química que, al menos en los ratones y cobayas, logra invertir el proceso de envejecimiento celular en términos sobrecogedores, aparte de haber encontrado cierta proteína que augura una próxima y nueva droga capaz de alargar la vida. Y desde California habla Caleb Finch con entusiasmo de las que él llama las “élites saludables” que, debidamente educadas y dotadas, saben bien qué es lo que conviene a la vida y la prolonga. La vida ha resultado clasista –lo fue siempre—pero hasta ahora no hemos sabido que la causa estaba en unas hormonas que, regidas adecuadamente por los nuevos fármacos, quién sabe si llegarán a devolver a los ricos al mundo de los patriarcas. Pocas dudas caben de que la revolución estaría entonces servida.

La función pública

La ocasión de construir una nueva Administración, libre ya de los clásicos vicios decimonónicos, nunca estuvo en la intención de la Autonomía. El proyecto de ley de la Función Pública encargado a un eminente administrativista fue amañado luego en la mesa-camilla de manera que el funcionario quedara reducido a simple pieza de la voluntad política. Por eso el caso de ese funcionario díscolo al que la Fiscalía cree necesario ahora incluso “proteger” como testigo, puede que sea llamativo pero no es en absoluto nuevo. En la Junta sólo han prosperado quienes han aceptado el ukase político siendo enviados los discrepantes al ostracismo absoluto. Si persiguen ahora que existe el delito de “mobbing”, imaginen lo que habrán hecho mientras no existió.

La memoria viva

Hay una antropología espontánea, yo diría que genuina, practicada con entusiasmo por paisanos observadores sin más recurso que su memoria viva, y a la que don Julio Caro Baroja aconsejaba no desdeñar desde ningún prurito. La hace gente como mi amigo Marcelino, Marcelino Lozano el de Castaedo, en el concejo de Allande, el mismo que casó en Monón –otro nido humano a cosa de tres leguas–, aprendió a deletrear en una escuela maltrecha, hizo la mili en El Ferrol y trabajó en Avilés como contramaestre, un memorión atento toda su vida a las palabras –de las que en su libro ofrece un estupendo glosario–, al entorno, a los oficios e instrumentos, a todo eso, en fin que los sabios llaman “cultura material” aunque la mayoría de las veces no se molesten en recogerla siquiera. En una, en un par de generaciones, todo ese acervo cultural, todo ese rastro inmemorial de vida, se habrá perdido sin remedio, disuelta en este océano de postmodernidad en el que los niños ignoran el origen de la leche, no vieron nunca hornearse una hogaza de pan ni asistieron, entre conmovidos y deleitados, al sacrificio de un cerdo, como no sospechan que hubo un tiempo de estrecheces y penurias en el que se paría en las casa, se comía parvamente y había que convivir, mal alumbrados por una llama, en el ámbito homérico que venía a ser el entorno del llar. Qué hacía aquella gente, con qué dieta se nutría, cuáles eran sus juegos y cómo llenaban sus ocios, de qué manera marcaba los castaños una humanidad “aislada del mundo y muy ligada al entorno” que no sospechaba siquiera que, con sus alegrías y sus penas, andaba poniéndole colofón al viejo Neolítico.

En el presente, y más aún en el futuro que viene, no hay lugar para esa memoria viva de lo que siempre fue la vida de la especie, metidos como andamos en un presente tenso comprimido en ese adanismo amnésico que fija en trasantier la noche de los tiempos. Marcelino nos devuelve una realidad olvidada, transida de plegarias y cuentos alrededor de la lumbre, en la que la lucha por la vida se libraba a ras de tierra y aún era posible aquella vida aislada de las aldeas, con sus fiestas y sus lutos, sus paces y sus pendencias, sus vendedores ambulantes, sus coros festivos y sus comparsas de aguilanderos. Por ella nos pasea Marcelino, como un aedo antiguo, objetivo pero apasionado, que sabe que tras su endecha sólo vendrá un olvido del que, sin duda, ha de salvarnos la letra fidedigna de su endecha.