El milagro federal

Reflexiones de Antonio Garrigues en el programa de Herrera. Habla del federalismo de marras que reclaman quienes no entienden que ya lo tenemos instaurado y reconociendo que ciertas singularidades podrían aconsejar un cierto gradualismo a la hora –“dies certus an incertus quandum”– de pactar la Federación. Dice Garrigues sin ambages que los partidos políticos consideran tonto al ciudadano (sic) y censura extrañado que, a estas alturas –no vamos a estar toda la vida hablando de la “joven” democracia española–, no hayamos llegado aún –ni por la derecha ni por la izquierda– a un acuerdo de base sobre nuestras prioridades políticas; entender, por ejemplo, que el yihadismo es hoy nuestro principal problema; que el sistema de libre mercado, que como liberal defiende, ha de tender para sobrevivirse hacia un “capitalismo corporativo”; que vivimos sin percatarnos en un mundo al que han vuelto problemas que creíamos históricamente superados; que hay que confiar, en fin, en la comunidad ciudadana, más prestigiosa hoy, en cualquier caso, que el estamento político. ¿Ven cómo hablando se entiende la gente? Incluso mediado por el “tertulianés”, como le llama mi querido Antonio Burgos, los males y fortunas de la patria se despejan entre la niebla pseudodialéctica en que yacen aherrojados.

No entiendo el tópico insistente que opone al desafió oportunista de Mas una presunta pasividad de Rajoy que, estableciendo un falso paralelismo, sostiene que éste último debería “hacer política” y buscar “soluciones”. Pero ¿qué política y qué soluciones caben ante un plante inconstitucional que reclama lo que es jurídica y políticamente imposible, qué puede hacer el Gobierno legítimo de la nación (también de Cataluña, claro) si lo que se le propone parte por el eje la Carta Magna? Una cosa es reconocer que si hemos llegado aquí ha sido por culpa del oportunismo los dos grandes partidos y otra exigirle ahora a uno de ellos que retrotraiga las cosas como si dispusiera de una moviola. Decía Garrigues también que el nacionalismo –uno de esos zombies que han vuelto del pasado—no se acaba nunca y es verdad. La única ventaja reservada a la Razón es la propia irrealidad de su distopía, la imposibilidad práctica de realizar el fantasioso proyecto, como lo prueba que vivimos de hecho en una “federación” y ni nos hemos enterado. Si Pi y Margall anduviera por esta feria, aviado iban los Mas y los Junqueras.

IU, del bracete

IU se pasó la vida denunciando la venalidad de sus rivales del PSOE, su enemigo histórico. Pero en cuanto tuvo posibilidad se subió al carro denunciado para convertirse en “jarrillo lata” del partido del “régimen” al que ahora sirve de adarga para frenar el choque de la crítica. No le basta a IU con la vergüenza diaria de los casos de podredumbre que van siendo descubiertos: lo que a ella le basta es su parcela de poder. Lo cual la convierte en un cómplice declarado de la corrupción que ella misma denunciaba. Todas las propuestas de abrir en el Parlamento comisiones han sido impedidas hasta ahora por el socio comunista con el mísero argumento de que hay que cerrar el camino a la Derecha. Los críticos feroces han acabado de palanganeros, total, por unas propinas.

Una vida, una historia

Hace años que vengo siguiendo de cerca la obra ímproba a la que el historiador Antonio Herrera ha consagrado los ocios de su vida. No es frecuente entre nosotros, salvo excepciones, toparnos con historias locales concebidas desde el alto ángulo de la Historia general y menos aún, por supuesto, capaces de compaginar una investigación archivística profunda con la imprescindible capacidad de síntesis sin la cual –solía decirme don Julio Caro Baroja, entusiasta máximo del género—su valor no suele sobrepasar el nivel de la leyenda. Herrera, un aljarafeño de cuerpo entero, ha elegido la historia de su comarca, el Aljarafe sevillano, como una unidad por encima de sus variantes lugareñas, hasta cerrar de hecho el tema no sólo con sus estudios sobre el Aljarafe mismo o sobre el condado de Olivares –del que sir John Elliot me hizo alguna vez un elogio rotundo—sino con la paciente colecta documental realizada a lo largo de los años y que desde ahora queda a disposición de los investigadores en un impresionante centón (unas 550 páginas) que presumo que agota el tema. La historiografía de Herrera es sencillamente positivista, quiero decir que prescinde de todo elemento cuya documentación no conste, lo que no supone que no disponga su trabajo de manera que facilite la labor lo mismo al especialista de historia política que al que busque en los hechos una historia social de las mentalidades, pues en su catálogo exhaustivo se codean los papeles cortesanos con los eclesiásticos y los que tratan de trajines privados con los que apuntan a graves cambios colectivos. No creo que sobre el Aljarafe quede mucho por decir fuera de este libro hercúleo en cuya minúscula caligrafía el lector avezado descubrirá el cálido y espléndido espectáculo que constituye, en definitiva, esa aventura que es la sucesión de las generaciones.
¿Microhistoria acaso? No lo podrá aceptar el lector de este tomo tras pasar sobre herencias y pleitos, señoríos y mandas, exacciones y donadíos, capitulares de alto copete y letra chica de la vida cotidiana, esto es, la vida misma en su radical espontaneidad. Antonio Herrera ha trabajado en silencio, minucioso y estricto, hasta dejarnos –el breve prólogo bastaría ya para ello—la crónica completa de todos esos pueblos a través de la corriente ininterrumpida del tiempo. Una vida, casi una pasión, y la voluntad de sentar las bases de una historia comarcal sin la que nunca entenderíamos nuestra aventura conjunta.

Fronda en la Junta

Un colectivo de funcionarios, la Asociación Defiendo mi Derecho y la Función Pública, que ya había recurrido la chapuza juntera de transferir a la Agencia Andaluza de la Energía, mediante un cambio estatutario, competencias claves, y que prepara otro recurso, por el mismo motivo, frente a la Agencia IDEA, está recurriendo incluso a la colecta entre los compañeros para poder pleitear ante el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA). Dicen que, como “servidores públicos” no están dispuestos a asistir impávidos a estos traspasos de competencias con los que la Junta busca dotar a la “Administración paralela” de una pértiga legal para saltarse los controles legales. Un caso raro, no hay duda, que da una idea de por dónde va ya la vera.

El músculo mental

Hace años escuché a Vicente Verdú en una de nuestra Charlas una denodada defensa del manejo precoz de los juegos. Verdú veía en esa pasión de nuestras cohortes más jóvenes la garantía de una destreza futura que tendría sobre la inteligencia colectiva y, en consecuencia, sobre la Cultura, un fuerte y positivo impacto, y confieso que anoté su sugerencia no sin desconfianza al suponer que ese ejercicio lúdico tendría que reducir, sin remedio, el tiempo útil para el aprendizaje convencional. Desde entonces acá, las cosas han variado mucho, en especial tras la generalización del uso de los smartphones y las llamadas tabletas, convertidos hoy ya en auténticas prótesis en manos de jóvenes y adultos. Por dar un dato confirmado que me parece elocuente, consideren lo que supone que un país civilizado y culto como la Gran Bretaña cuente con más de treinta millones de “gamers” (jugadores), cifra que representa casi un setenta por ciento de su población. Los expertos no dudan en señalar que esa realidad entrañe cierto riesgo de banalización, pero tampoco niegan que semejante ejercicio contribuya y mucho a la agilización del entendimiento, robusteciendo, para empezar, la capacidad de reflejos, pero a su vez desarrollando lo que alguno de ellos ha llamado el “músculo mental”: el cerebro —valga la metáfora—se desarrollaría de la misma manera que cualquier otro órgano al verse tan tenazmente activado.

Hoy, ya digo, el debate no está por completo cerrado, pero al menos tenemos ya conciencia de que, en efecto, el ejercicio mental aumenta objetivamente las capacidades del aprendiz. Rellenar asiduamente “sodokus” resulta, según parece, altamente benéfico para la conservación y aumento de la memoria y no son pocos los pedagogos que –como en Israel, por ejemplo—aconsejan cultivar la memoria “creativa” frente a la tradicional memoria “mecánica”: aprender la lista de los reyes godos fortalece ese “músculo” bastante menos que los ejercicios en los que, por fuerza, ha de intervenir la imaginación. Verdú adivinaba con no poca antelación el cuadro que en la actualidad está ya casi rematado, aunque me temo que la apuesta por el juego educador conlleve también sus pérdidas. Es tan peligroso dejar el aula en manos de “homo ludens” como dar la espalda a las divertidas nuevas tecnologías. El juego puede ser un aliado de la docencia tanto como un serio obstáculo para la formación si no controlamos ese “músculo” imaginario que prospera a medida que jugamos.

Cifras inimaginables

Las investigaciones que continúa llevando a cabo la instructora de los ERE, la juez Mercedes Alaya, sugieren que, en el mejor de los casos (para los implicados en el fraude), las sanciones habrán de ser graves. Convenir una ley del silencio para no declarar, como están haciendo no pocos altos cargos de la Junta, serán pan de hoy y hambre para mañana, y si no consideren el enorme volumen de las fianzas exigidas por la magistrada a los presuntos. Aquí se habla ya de miles de millones de euros como si se hablara de calderilla. En su día veremos que hemos padecido el mayor fraude de la Administración española de todos los tiempos.