Marcha anacrónica

Cuentan los corresponsales que las marchas de protesta a las bases norteamericanas de Rota y Morón están de capa caída, y es natural. Las reivindicaciones históricas tienen sentido sólo cuando se las propone en tiempo y forma, no cuando se fosilizan en el símbolo. Resulta raro que custe entender hoy que esas bases no significan ya que lo que significaron en otros tiempos, sobre todo en un momento en que la “amenaza” real resulta común para todo Occidente. Por eso languidece la protesta y mengua cada año más la asistencia de manifestantes, reducidos ya exclusivamente a los empecinados y a los profesionales.

Culpas y perdones

Está de moda la petición de perdón por quien se cree obligado a ello para resarcir a la comunidad del daño causado. Del papado vino la primera oleada de perdones solicitados, alguno a propósito de la condena de Galileo –¡tantos siglos después!–, otro a causa de la ambigüedad vaticana frente al Holocausto. Hemos visto a nuestros pontífices arrodillarse humildemente y besar el suelo de Auwschwitz en señal de penitencia, como hemos visto a altos dignatarios de la política –empezando por el rey Juan Carlos– escenificar en público sus peticiones de perdón en algunos casos imperdonables. Y esa ola ahora, en un plano menos trágico pero no menos grave, llega ahora a España donde, en unos pocos días y sin salir de Madrid, han entonado su palinodia –como ya hiciera Pujol– desde Rajoy a Sánchez y desde Esperanza Aguirre a Tomás Gómez, en un intento de enfriar el enorme cabreo popular provocado por la corrupción rampante. El problema es que ese requisito no basta para obtener la absolución, ni según el canon católico ni según el que comporta el propio sentido común, puesto que el mal hecho sólo se conjura una vez cumplimentado el propósito de enmienda que, en este ámbito político, no quiere decir otra cosa que la toma de medidas radicales capaces de castigar a los corruptos y recuperar lo afanado, que son dos requisitos difíciles de afrontar en esta coyuntura tanto por el PP como por el PSOE. Si esas dos fuerzas aún tan potentes no sean capaces de reconocer su culpa, no hay nada que hacer. ¿A que no han visto ustedes jamás ni al uno ni al otro denunciar a un chorizo propio antes de que desde fuera se le pusiera en evidencia? No basta con expulsar del partido al denunciado tras el escándalo –eso no es más que una higiene imprescindible–, sino que sería preciso hacerlo antes de que otros hagan estallar el caso.

El único movimiento practicable en este ajedrez podrido sería una catársis que, para qué vamos a engañarnos, no están en condiciones de hacer hoy día ninguno de nuestros dos grandes referentes, porque eso sería como pedirles que se arrojen a la pira la mayoría de los altos dirigentes, conocedores todos, no lo duden, hasta de la letra chica deletreada por esta garduña. ¡No pidan perdón, tomen decisiones! ¡Tiren de la manta en lugar de andar sollozando por los rincones! ¡Hagan posible una Justicia rápida, expeditiva, que solvente los mangazos en tiempo y forma! Lo demás son cuentos y ceremonias de la complicidad.

Catorce cifras

Un tanto que, con toda seguridad, no olvidará el lector habitual de este periódico ha de ser la publicación en nuestra primera página del número exacto de la cuenta secreta que el alcalde de Barcelona, Xavier Trias, mantuvo en Suiza, más concretamente, en la Union de Banques Suisses (UBS). Si no lo hubiera publicado hubieran quedado posibles dudas en los televidentes que lo vieron y escucharon negar por activa y por pasiva la noticia anticipada aquí. Pero era cierta, no falsa; el falso es él. Ya de paso, en la misma edición, se revelaba aquí que quien lo fue casi todo en la comunidad de Madrid, Francisco Granados, tuvo y sigue teniendo dos cuentas en aquel civilizado paraíso que, al paso que va la burra, pinta tiene ya de acabar reconvertido en una de aquellas islas perdidas en el océano bajo cuyos cocoteros ocultaban sus codiciados cofres los piratas de la otra edad de oro del corso o el filibusterismo. ¿Tanta gente tiene cuentas secretas en el extranjero en este país atrapado por la crisis y saqueado por sus propios dirigentes? Da la impresión de que sí, en vista de que a cada patada que da la Guardia Civil –“¿Y qué coño es la UDEF!”, tuvo el cuajo de retrucar Jordi Pujol cuando aún se hacía llamar “molt honorable”—quedan al descubierto una pila de ellas. Hasta hay quien dice ya que si no tienes una cuenta secreta, lo que ocurre, sencillamente, es que no eres nadie.

La ruptura formal de la negociación entre PP y PSOE para buscarle un remedio a la corrupción no tiene, por eso mismo, nada de extraño: ni uno ni otro, desgraciadamente, a pesar de sus protestas de regeneración y de sus recientes estrategias de expulsiones selectivas a bote pronto, ignora que tiene el armario atestado de mangantes. ¿O es que es posible pactar la honradez entre dos bucaneros que, encima, andan empeñados en degradarse entre sí por todos los medios? Ni uno sólo de los afanadores descubiertos hasta ahora ha reconocido de entrada su pecado, lo que me preocupa más que nada como ciudadano expoliado que ve en esa negativa contumaz una consecuencia fatal: que no se recuperarán las fortunas robadas y ocultas bajo esas catorce cifras. Un ejército de parados en un país atónito contempla este asalto masivo al erario común, mientras sus líderes se enredan en juegos bizantinos, que si tú que si yo, y crece bajo sus pies la amenaza populista de ese bibianismo ilustrado que era el invitado que faltaba en el patio de Monipodio.

Diálogo, pero menos

La presidenta Díaz mantiene su cruzada madrileña, sin perder ocasión de enseñar por debajo de la puerta la patita de su hegemonía frente al improvisado Sánchez. Antier mismo se lució en aquella plaza, aunque protegida por un moderador que impidió celosamente que en el coloquio le llegara alguna pregunta sobre los ERE, las prejubilaciones falsas y todo lo demás. No era cosa de que le pidieran en público explicaciones sobre su mutismo frente a la comprometida situación de Chaves y Griñán pero dijo, por enésima vez, eso sí, que actuaría “con contundencia” contra la corrupción. Bueno, según y cómo, ya nos entendemos. El diálogo, como la guerra italiana, “è bello ma troppo incómodo”.

La difícil piedad

El marido de la enfermera contagiada de ébola en el hospital Carlos III ha sido dado de alta y ha irrumpido en la actualidad blandiendo su amenaza justiciera. Primero, querellarse o así con el consejero de Salud de la Comunidad de Madrid, en verdad un hombre imprudente y poco reflexivo que bien merece una sanción. Luego, seguir la ola mediática, ahora que su mujer, la admirable Teresa Romero, ya está curada y a la espera sólo de eliminar de su cuerpo por completo los rastros del mal. Teresa lloró, según se nos dice, al enterarse del sacrificio de su perro ordenado por la autoridad autonómica, explicablemente desconcertada ésta, a mi juicio, por el ritmo que llevaba la epidemia, y que veía que, mientras media España quedaba pendiente de la contagiada en una demostración estupenda de solidaridad, otro país nuestro, el de los extremosos, se levantaba en armas contra aquella medida sanitaria llegando a recoger 300.000 firmas en un solo día apoyando el indulto. Como ya recogí aquí, un académico de la Real Española llegó a decir que lo suyo hubiera sido salvar al perro y sacrificar a la ministra, y el marido de Teresa resumió a su vez la tragedia acusando a las autoridades en estos términos: “Mataron a mi perro primero y a mi mujer casi la matan”. En fin, qué decir, sino que aun sintiendo a fondo esa piedad perruna, a desahogos semejantes les sobra trilita y les falta razón.
En la tele he visto a un misionero de la zona afectada con un niño demacrado en brazos diciendo –¿ironizando amargamente?– que ojalá la suerte de uno de esos niños levantara los corazones en nuestros países desarrollados como los que ha levantado el sacrificio del perro Excálibur. Al verlo he recordado un aviso de Miguel Delibes, espíritu tan delicado, que venía a prevenirnos de los usos impropios de la piedad, recordando la inhumana paradoja de una eficaz encargada de los crematorios de Awschwitz que lloró sin consuelo la muerte de su canario, pero también un oscuro mensaje que leí de adolescente en Herman Melville en el que se preguntaba si la civilización era distinta de la barbarie o sólo constituía un estadio avanzado de ella. A mí, qué quieren que les diga, me sigue pareciendo un dislate esta explicable defensa del perro en plena tragedia humana. Reservo mi fervor para Teresa, para la víctima que la contagió y para los millares de desgraciados que ya quisieran para sí eso que se llama una vida de perros.

¿Hijos zánganos?

Se reproducen las opiniones en favor de que la familia ha resultado ser la célula más efectiva para vadear la crisis. Algo que no hay que confundir con el problema social agudo que supone la eternización de la dependencia económica de los hijos que no tengan probada su diligencia. Quédese el hijo y coma y duerma en casa si no encuentra encaje en esta sociedad medio quebrada, pero ¿qué ocurre con los “hijos zánganos” (así los han llamado en un reciente proceso) que detestan el estudio y carecen de trabajo? ¿Hasta cuándo deberá el padre sostener al hijo que no trabaja ni estudia, hasta los 31 años como acaba de decidir un juez? ¿Y por qué no hasta los 64? Urge resolver esta cuestión que, en demasiados casos, no es sino el reflejo de las pendencias conyugales.