Izquierda sin norte

Un cura amigo mío, que hizo toda la clandestinidad, sin perjuicio de su ministerio, en la única Izquierda capaz que entonces había, me dice, con desolado enojo, que hoy no nos queda otra ideología que la de la social-democracia. Han fracasado los dos bandos, enterrado el colectivista bajo los escombros del Muro berlinés, malparado el liberal por una crisis provocada desde su entraña, se ha sustituido la economía productiva por la economía financiera y el empresario por el especulador, de manera que parece no quedar otra salida que la resignación o la anomia. No sé, no sé, pero me planteo si acaso llevarían razón Daniel Bell o Fernández de la Mora cuando anunciaron, mucho antes que Fukuyama el “fin de la Historia”, que todo este camelamen que ha sostenido durante siglos la sociedad desigual se ha agotado y que la política será pura tecnocracia en un futuro –¡que en Italia ya es presente!—o bien no será. Ya no sirve, al parecer, el mito mercadista de un Hayek o un Friedman ni tampoco quedan energías al impulso keynesiano, es decir, que estamos instalados en un centro inestable sin nadie a la derecha ni a la izquierda. No hay Obama que valga para salir de este hondo pozo ideológico, Solbes no tiene soluciones diferentes a las de Rato y hasta la Merkel se ve amenazada en su relativa opulencia y debe sostenerse en las mayorías búlgaras de su partido. Hace unos días dijo el presidente Griñán que él ya no era social-demócrata, no sé si insinuando que era priscosocialista o, simplemente, asumiendo la derrota definitiva de su borroso ideario. Le he dicho a mi amigo que es verdad que no hay izquierda pero que, para más confusión, tampoco hay derecha, en el sentido de que ni una ni otra ofrece ya una concepción del mundo y del hombre capaz de identificarlas. Mi amigo, hombre prudente, no sabe/no contesta.

Hobbes escribió casi al comienzo del “Leviatán” un axioma demoledor: “No dudo que, de ser contraria al interés del Poder la tesis de que los tres ángulos de un triángulo sean iguales a dos rectos, serían destruidos sin excepción los libros de geometría”, toda una declaración de impotencia, rotunda como una profecía del pasado. Navegamos a la deriva proa a la galerna financiera y sin faro alguno a la vista, confirmando la hipótesis de Schaff de que acaso ya no sea posible la reflexión científica sobre la sociedad. La política es hoy una profesión pragmática girando, como en una yincana, en torno a un vacío común.

Calidad pagada

El Tribunal Supremo, confirmando al TSJA, no ha tragado con el similiquitruqui inventado por la Junta para reducir el fracaso escolar a base de pagarle más a los profesores que aprobaran a más alumnos, y en consecuencia ha anulado la orden de la consejería que implantaba ese “programa de calidad”. Y hay que decir que, más allá de la parsimoniosa decisión de la Justicia, a quien hay que alabar es a esa mayoría de profesores dignos que se negaron reiteradamente a aceptar el que algún sindicato calificó de “soborno”, renunciando a cobrar más por enmascarar los resultados reales. El fracaso escolar, como el absentismo, apuntan a una gobernanza inepta que ahora debería avergonzarse de su rechazado proyecto.

Tradición y verdad

Que el cristianismo histórico arrastra una fuerte carga mítica es algo que nadie entre los estudiosos pone en duda. Esa carga mítica discurre como ganga de la mena dogmática y es entendida, en general, como perteneciente a una Tradición piadosa en ocasiones deducida de los textos sagrados, en otras, de la mera e ingenua piedad. Poco sabemos de Jesús de Nazaret a pesar de los llamados “evangelios de la infancia”, casi siempre apócrifos, y su profusa bibliografía, que han de interpretarse sin remedio en clave legendaria para adaptar ese poco que se sabe a las circunstancias que requiere la teología subyacente. No entiendo bien, por eso mismo, las cuchufletas que se están haciendo del libro sobre esa infancia que ha publicado el papa Ratzinger, cuyas reflexiones, sin duda “modernas” (esto es, menos “tradicionales”) han saltado a la actualidad por sus interpretaciones del mito navideño: lo del pesebre, el buey y la mula, la estrella famosa, la huída a Egipto, los pañales o los Magos y sus ofrendas. ¿O es que hubiera sido más ortodoxo mantener la ganga mítica que conjeturar sobre su condición secundaria? Una vez que le pregunté al maestro Juan Mateos por uno de esos motivos, me contestó, con cierto enojo contenido, que eso “pertenecía al mito” y, por cierto, ninguno de esos motivos incluyeron él mismo y Fernando Camacho en su precioso libro “Evangelio, figuras y símbolos”. Por algo sería, pero hay que admitir, si se lee el libro del papa, que su reflexión sobre textos y exégesis tiene poco de declaración contra las tradiciones. No suele ser bueno hablar de oídas.

Casi ninguno de los argumentos de Ratzinger es liquidatorio de la Tradición ni había dejado de ser expuesto muchas veces con anterioridad por otros autores. Hasta yo mismo publiqué en 1977 un ensayito sobre ese repertorio mítico navideño que ocupó, entre otros, a Agustín, Ambrosio, el apócrifo Pseudo-Mateos, Orígenes o Gregorio Nacianceno, y que constituía un relato que, sin cuestionar su condición teológica, consideraba yo que era, en realidad, un mito integrador adoptado por las sociedades occidentales. El papa hace ahora lo propio, a mi juicio, sin descubrir la pólvora pero tampoco mojándola. Lean el libro, si quieren, y sigan poniendo el “nacimiento” con todos sus avíos, sin hacer casos de críticos malévolos. Los misterios se asumen, no se explican, aunque nunca esté de más despojarlos de su excesiva mitomanía.

Vacío institucional

Día de la Constitución en la Delegación del Gobierno en Andalucía. Nutrida presidencia de primer nivel, como es natural, con dos huecos notables: el del presidente de la Junta y el del presidente del Parlamento. Si yo hubiera sido la señora Delegada hubiera dejado en esa presidencia dos sillones vacíos porque en esa efemérides no caben excusas ni delegaciones. Y es que, acaso, al presidente Griñán y los suyos ya no le gusta esta Constitución que establece una nación unitaria y aguarda para apoyarla a que se reforme y convierta en otra “federal”, es decir, en un mapa distinto en el que cada región española será un “estado soberano”, y que hasta podría ser compatible, según él, con una España “asimétrica”. El himno de Andalucía resonó en la ocasión como pollo sin gallina. El nacional como gallo apedreado.

Lingotes de oro

La policía ha encontrado en casa de quien fuera presidente de todos los empresarios españoles un lingote de oro de un kilo de peso. También logró descubrir y requisar otros muchos bienes ocultos de ese truhán que ha dejado en la calle y a dos velas a miles de empleados suyos, escamoteando como un prestidigitador millones de euros, un yate de aquí te espero y una flota de coches de lujo, pero lo del lingote no admite comparación por el simbolismo mercantilista que encierra y porque nos trae a la memoria el mangazo de Craxi, el jefe del socialismo italiano, que guardaba los suyos en Suiza. Es probable que éste haya sido el golpe más duro encajado por los llamados “agentes sociales” en lo que va de democracia, aunque ciertamente no sea Díaz Ferrán el único dirigente empresarial indigno y tramposo entre los que pululan, poniéndole una vela a Dios y otra al diablo, a socaire de esas privilegiadas instituciones. Eso sí, el caso de este mandamás demuestra que la corrupción está batiendo todos los récords en este castigado país en el que la vida pública sirve de trampolín a tanto incapaz, desde el avispado concejal del último pueblo hasta algún miembro trincón de la Casa Real pasando por los privilegiados sindicatos. España se ha vuelto un país corrupto y eso significa dos cosas a cual más grave: que la dirigencia política y económica son, en grave medida, conniventes; y que el pueblo soberano –como demuestran cada dos por tres las elecciones—se ha hecho el cuerpo al agio de manera que ve ese mal como algo inevitable. Que los empresarios elijan con cierta frecuencia como sus máximos representantes a personajes detestables denuncia, además, que la sociedad civil acompaña a la política en esta crisis moral profunda en la que no valen los rescates. Díaz Ferrán no es, seguramente, el único que custodia su lingote de oro en este país desmoralizado.

No resultaría nada fácil hoy ni al antólogo más capaz hacer un compendio de los casos de corrupción, presunta o probada, en los propios partidos políticos, en el ámbito de las finanzas, en los agentes sociales, en el urbanismo en todos sus niveles y en el tráfico universal de influencias, un mosaico delincuente en el que, por grande que sea la tesela de Ferrán, no deja de ser una más. Hay más de un Ferrán por ahí, por estrepitosa que sea su mangancia. La crisis que atravesamos no es siquiera política ni económica, sino una crisis moral.

Negocios míticos

Me van a perdonar, pero a mí esto de agarrase a los momentos o personajes mitificados por la opinión (es decir, por la propaganda) me parece que implica una grave falta de respeto a los mitificados. No tienen más que ver el jaleo en torno al 4-D, el día de la famosa manifestación autonomista, de la que ahora todos quieren apoderarse como cosa propia. Y ello en una autonomía que no ha servido a Andalucía ni para progresar un solo peldaño en la escalera de las comunidades españolas, es decir, que sigue, 35 años después, donde inició su periplo, aunque muchos, más de la cuenta, se hayan forrado con ella. Aquí, el día antes de ese 4-D no había más andalucista que los andalucistas de partido. De sobra saben Griñán y Valderas que lo demás son cuentos y apropiaciones indebidas.