La mentira política

Los políticos mienten, por lo general, cada vez que lo precisan. Ahí tienen a Chaves, quien ahora sabemos que mintió doblemente al Congreso de los Diputados con tal de salvar su responsabilidad en el mangazo milmillonario de la multinacional Matsa. González diría –como ya ha dicho refiriéndose a Pujol—que el “bueno de Manolo” no ha hecho otra cosa que proteger a sus hijos (y de paso a sus hermanos), pero cualquiera percibe que en ese engaño tan cualificado sobran razones para excluirlo de la política. A Nixon lo echaron por una única trola. Los nuestros sobreviven a las que hagan falta porque la corrupción, a pesar de la fiebre protestona, es una enfermedad colectiva.

La tercera edad

Pocas cosas tan fariseas como el prurito respetuoso con la vejez que muestra la opinión correcta. No creo para nada en la profecía de Rostand de que mientras más envejezca la Humanidad más necesidad tendrá de sus viejos. Cuentos. Un viejo es un estorbo incluso si es heredable, no se hagan ilusiones, y en las condiciones materiales de la actual sociedad urbana parece evidente que su único refugio –la familia extensa—no tiene ya cabida. Los viejos son una carga, auténticas víctimas de la soledad en infinidad de casos, seres cuyas vida se da por amortizada y quedan como condenados a vivir (¿) y, a veces, a morir solos. Fíjense en el dato que encuentro en un periódico argelino, Le Quotidien de Orán: sólo en los dos últimos meses han sido descubiertos en esa capital diez cadáveres olvidados en sus respectivos cubículos y, por cierto, de personas relativamente jóvenes dada la actual esperanza de vida. Curiosamente en Argelia existe desde hace unos años una ley que establece duras sanciones para los familiares abandonistas y también para los descendientes que trataren von violencia a sus mayores, pero eso es algo que poco o nada nos dice a los españoles que estamos viendo morir a muchos viejos antes de conseguir que se les arrime la cicatera pero imprescindible muleta impuesta por la ley de Dependencia, uno de los pocos preceptos aprobados por unanimidad en esta democracia. Hay sociedades –recuerden el Dersú Uzalá de Arseniev que inmortalizó en su espléndida película, hace ya lo menos cuarenta años, el maestro Kurosawa: hay tribus en la taiga siberiana en las que el anciano se retira voluntariamente dispuesto a esperar la muerte con paciencia bajo un abedul. Nosotros los civilizados o los a medio civilizar disponemos de métodos más sencillos y expeditivos.

La vejez, privilegio en las sociedades primordiales, se ha convertido en un fardo en el ámbito urbano que, justo es reconocerlo, da pocas facilidades para otra cosa. En EEUU fracasó el proyecto postkennediano de “salvar” a los ancianos construyéndoles fastuosas ciudades residenciales mucho antes de que se disparara el envejecimiento de la población hoy generalizado, aunque no más que entre nosotros está fracasando algo tan elemental como subvencionar siquiera al mínimo el cuidado de los mayores. Terencio decía que la vejez es una enfermedad. Ante este espectáculo de impiedad no seré yo quien se lo discuta.

Donde caerse muerto

Nadie se pone de acuerdo sobre el número de ciudadanos del mundo que andan por ahí a la deriva, una mano detrás y otra delante, con la prole siguiéndolos para recoger las eventuales migajas. Nos piden ayuda desde muchas instituciones –¡desde la propia ONU!—como si ese problema, consecuencia directa de las estrategias seguidas por nuestras potencias, lo fuéramos a revolver nosotros, pobres diablos, echando en la hucha nuestro óbolo. Las cifras son, en todo caso, mareantes. Sólo del infierno sirio han huido con lo puesto se supone que unos tres millones de criaturas, y unos cientos de miles de iraquíes se amontonan sin orden ni concierto en los –145.000 sólo en las últimas semanas—en la frontera turca. Los escapados de Gaza se apiñan a su vez en los nueve campos de refugiados (llámenles como quieran) que soportan los países colindantes y ya me dirán para qué volver a sus casas destruidas por las bombas. Menos se habla de Sudán, ese infierno crónico, en el que se han visto desplazados de acá para allá, según las operaciones bélico-terroristas, no menos de un millón trescientas mil personas. Los organismos internacionales, como ACNUR, prevén que la demanda de asilo en los países desarrollados alcanzará pronto la cifra de setecientos mil. Y en Uganda o en Afganistán…, pero mejor dejamos la estadística invocando sólo la imagen: esa turba desdichada que se arrastra por los caminos rechazada por doquier. Para varias generaciones, la historia de esta Humanidad queda abolida, sin contar con la posibilidad (o probabilidad, mejor) de que el asunto vaya a peor.

Conocemos esas miserias desde el “Éxodo”, el vagar a ciegas –cuarenta años, el número sagrado, para llegar de Egipto a Israel–, el hambre canina entretenida con el maná, la travesía milagrosa del mar, el milagro contra las serpientes, la explicable rebelión contra Jahvé que impediría a toda una generación entrar en la Tierra Prometida. Sólo que hoy no la leemos en el mito sino que la contemplamos en el telediario mientras devoramos el solomillo. Entre las imágenes terribles del nuevo Milenio está ésta, heredada del anterior, de las muchedumbres errantes, de las mujeres mártires y de la infancia hambrienta coronada de moscas, o bien de las acampadas en las afueras de la ciudad murada acechando el descuido del centinela. “…Y al pobre se le quitará hasta lo que tiene”: han tomado a Mateo (13,12) al pie de la letra y no queda imagen más devastadora de la conciencia.

Varas de medir

El nuevo gerifalte del PSOE, el compañero Sánchez, se ha comprometido, al parecer, a expulsar del partido, en caso de probarse su culpa, a los acusados en el mangazo de Caja Madrid. No ha hecho nada parecido, por el momento, la presidenta Díaz, aunque preciso es reconocer que la papeleta que a ésta se le presenta en Andalucía es incomparablemente mayor y más espinosa que la que a Sánchez le ha caído en la capital del reino. Y no se espera que lo haga, al menos mientras no estén a buen recaudo los dos Presidentes imputados en el “caso ERE”. Hay que comprender que hay casos y casos, aparte de no olvidar lo cerca que ella viajó largamente con aquellos dos, como contramaestre, en el puente de mando.

La bilis negra

Que el otoño es estación jodida para el personal sensible no necesita demostración. Personalmente nunca he creído mucho en las teorías que achacan la melancolía o la depresión de este tiempo mudadizo a determinados efectos materialistas, y muy en particular a la merma en la producción de ciertos neurotransmisores que afectarían el psiquismo determinando la actitud del sujeto. Ya se saben muchas cosas sobre el tema –por ejemplo que la adaptación de la visión a la luz tras un periodo de oscuridad se debe a la regeneración de la rodopsina—pero mi sabio amigo el doctor Francisco Yanes me confirma en la sospecha de que la que nos cae encima en primavera o en otoño tiene más que ver con “la novela de la vida” que protagoniza cada cual, que con factores externos. Hipócrates esbozaba ya la cuestión con su teoría de los cuatro humores, la tétrada según la cual a cada estación correspondería uno de ellos –al otoño, en concreto, la bilis negra–, una contribución primitiva que viene de los pitagóricos y que fue ajustada por Empédocles antes de arrojarse al volcán, una teoría tosca donde las haya cuyo crédito fue aniquilado por el psicoanálisis. Ninguna imagen de esa melancolía como el grabado de Durero que Manolo Turner eligió como portada para el ya clásico tratado de Stanley W. Jackson, si no pudiéramos imaginar la de Juan Ramón –“Estaba echado yo en la tierra…”—que se deduce de aquel célebre “soneto espiritual” suyo, el “Otoño”, que él tanto detestó.

No debe de haber receta fácil para este fenómeno aflictivo pero creo que lo que habría que decir de los psiquiatras es que hacen su otoño, no su agosto, cuando los días menguan y muchos empezamos a interpretar a fondo la pacífica pero desequilibrante sinfonía cromática del cuadro de Sempere, el ocre eriazo, los verdes intensos del chubasco, azules huidizos entre el gris que prospera, la luz agonizante palpitando en el aire. Mis buganvillas –rojas, pálidas, amarillas—estallan por última vez junto a los últimos jazmines, mientras madura el azofaifo y asoman los primeros pacíficos, pero el reloj interno nos tiende su añagaza y el humor se oscurece como un ámbito trémulo. Mi amigo experto cree, como Ortega, que el hombre es historia, “novela” dice él, que tanto monta, en la que hay que ajustar humores o secreciones porque este otoño lánguido es el ensueño químico de nuestra propia vida. Las hojas muertas son no más que un espejismo y brotarán de nuevo tras la esquina del tiempo.

El año que viene

El año 2015 va a ser el año total. En él se anuncia ya que se controlará el déficit, que aumentará la inversión y, por fin, se recuperará a paso rápido el empleo, que es posible que se reforme la pobre Constitución o que, en Andalucía, la Junta ponga en marcha un plan del “Niño sano” que incluirá la información sobre sexualidad a los menores mientras se vigila atentamente su “desarrollo puberal”. ¡Qué año, el 2015! En lo que no parecen pensar los comprometidos es en que el 2015 lo tenemos ya encima, a un tiro de piedra, a tres o cuatro borrascas y anticiclones más procedentes de las Azores. Parece el mito del “reino feliz de los tiempos finales”. Nos vemos dentro de un año y ya hablaremos.