El negocio sanitario

Es vieja la acusación de rapacidad contra médicos y farmacéuticos. En algún Evangelio aparece una mujer arruinada por su enfermedad y en el refranero abundan los reproches a unas profesiones que han solido considerarse abusivas. No hay crítico que no haya arremetido una o cien veces contra la farmaindustria, esa pieza clave del progreso médico reconvertida en negocio –no siempre limpio—por los mercaderes de turno. Lo que está ocurriendo con la vacuna de la hepatitis C, disponible hoy a un precio prohibitivo, mantiene en pie de guerra no sólo a los enfermos de ese mal –unos 150 millones en el mundo, 900.000 en España, que saben que morirán si no tienen acceso a la vacuna recientemente descubierta y hoy por hoy inaccesible a la inmensa mayoría por su elevado precio– sino por colectivos de médicos sensibles que no ven razón posible para mantenerlo. Recuerden cómo se desplomó el precio del Omeprazol, ese protector de estómago hoy generalizado, que empezó costando una fortuna, y tengan en cuenta que la vacunación infantil que se considera indispensable ha pasado en catorce años, según avisa Médicos Sin Fronteras, a multiplicar su precio por catorce. Suele alegarse que la investigación es cara y sus resultados irregulares, lo que justificaría el resarcimiento de los productores de fármacos en un mercado prácticamente libre. Ya, ¿y entonces qué hacer, aguardar a que se forren un puñado de magnates –mientras mueren miles de enfermos—o intervenir en ese sector rompiendo el escrupuloso dogma liberal y haciéndose cargo el Estado, parcialmente, de esos riesgos pero también de sus eventuales beneficios? Pregúntenle a un afectado, incluso si se trata de un liberal cerrado, y verán lo que les contesta.

No es fácil resolver el problema del coste final del fármaco investigado, pero lo que resulta obvio es que los 150 millones de infectados que hay en el mundo o los 900.000 que malviven en España, no pueden pagar lo que en USA se conoce como “el fármaco de los mil euros” porque esa cantidad aproximada cuesta la dosis (en España sólo 735 euros) que habrá de administrarse entre doce y veinticuatro días. Los Estados deben exigir una solución a ese laboratorio habida cuenta del carácter mortal de la enfermedad en cuestión y de la eficacia probada del medicamento. Negociando o interviniendo si llega el caso. No puede haber una sola razón para mantener el beneficio industrial, por justificado que pueda estar, por encima de la vida.

Locos o tontos

Ya hay pintadas yihadistas (¿?) en Andalucía. En Jerez, por ejemplo, o en Lepe, donde el propio lenguaje alerta sobre la posibilidad de la broma oportunista y pesada. Andalucía no corre más riesgo que el resto de Europa y será preciso dilucidar estas gamberradas, vengan de donde vengan, para evitar la posible alarma social. A las propias comunidades islámicas conviene aclarar el disparate, denunciando, por la cuenta que les tiene, a cualquier radical sospechoso o a quien quiera que aproveche la ocasión para inquietar la paz. Me consta que la Delegación del Gobierno sabe lo que hace. Que lo sepan los agitadores, reales o imaginarios, lo dudo.

Leer en corro

Parece que vuelve a la actualidad la idea decimonónica –principalmente obrera y religiosa—de fomentar la lectura por medio de los llamados “clubs”. La mismísima RAE inauguró el año recién pasado uno de ellos en el que pretende ofrecer al público de lengua española un escogido programa literario y, desde luego, es cada día más frecuente toparse con uno de esos centros abiertos al público, sobre todo en capitales de provincia. En mi misma casa estamos cumpliendo rigurosamente con la liturgia de releer el Quijote –edición de Rodríguez Marín, háganme caso—a razón de uno o dos capítulos al día con motivo de celebrarse este año el cuarto centenario de la aparición de la Segunda Parte de libro inmortal y tengo noticias, más de una, que me permiten albergar cierto optimismo sobre la atención al tema en las escuelas e institutos. En el XIX funcionaron con gran diligencia los círculos de lectura que, como digo, unas veces servían a la propaganda del movimiento obrero en marcha y otras a la causa católica, pero esa tradición acabó con los años como acabó el folletín por entregas cuando la radio y luego la tele impusieron la novela retransmitida. Y ahora ha sido un joven lince, el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, el que en tres días ha demostrado el “sorpasso” cultural radicalísimo que supone para la vida cultural la experiencia cibernética. ¿Cómo? Pues sólo proponiendo la lectura de un libro compartida en una página de su invento y citar, para empezar el cuento, la obra de Moisés Naim “El fin del poder”, una novedad que ha sido barrida hasta agotarse en todas las distribuidoras del planeta. No hay como la novedad para enganchar a la gente en un proyecto nunca cumplido.
Es como pasar de aquellos polvorientos clubs del bisabuelo a la dimensión impoluta de la lectura informática en la que nuestros nietos tal vez descubran, como nosotros un día ya lejano, las aventuras de Conrad o Melville, siempre mucho más sugestivas que sus videojuegos. Pero eso no lo va a lograr la diligencia de los poderes públicos sino la iniciativa de un aventurero exitoso que quién sabe si busca acrecentar su negocio o expiar cierta mala conciencia de milloneti ignaro. Veremos lo que da de sí la oferta del joven magnate y cuál es el efecto cultural que produce en la legión de lectores invisibles que, miren por dónde, hasta puede que acaben prestando a sus “tabletas” la atención que le fue negada durante siglos al libro de Gutenberg.

Dicho en Andalucia

“Para suprimir la Semana Santa tendrían que decidir los ciudadanos y ciudadanas”, Begoña Gutiérrez, secretaria provincial de Podemos. “Tranquilos, Podemos no va a quitar la Semana Santa”, ídem. “Yo fui costalero”, Sergio Pascual, secretario de Organización del mismo partido. “La presidenta Díaz hace fontanería sin llave ni soplete desde que era una chavala”; “Ustedes no son socialistas, ustedes son sociolistos”; “El vicepresidente Valderas es un pelele”; “Ella es presidenta porque Griñán tuvo que esconder sus vergüenzas en un escaño del Senado”, “Andalucía no es una tierra pobre, sino una tierra empobrecida”, Teresa Rodríguez, probable jefa de la cosa en Andalucía.

Mundo de hombres

La prensa israelí más seria anda incómoda con la maniobra del periódico ultraortodoxo “HaMavaser” que ha borrado de la histórica foto de 11 de enero en París a todas las mujeres que figuraban en la cabecera de la demostración, comenzando por la canciller Ángela Merkel y siguiendo por la representante de la Unión Europea, Federica Mogherini o la propia alcaldesa de la ciudad, nuestra Anne Hidalgo. Desde el “Haaretz” descalifican sin ambages esta burda burla del photoshop, subrayando que, desde luego, no se trata de ninguna novedad en el mundo judío en el que es una constante el designio de mantener a las mujeres fuera del alcance de la mirada pública, algo que tiene poco de raro en un país donde las mujeres tienen vetado el acceso al Parlamento –la Knesset—porque la actividad política solo se concibe en un mundo de hombres. Claro que de paso lamentan –me temo que inútilmente—que semejante gesto se haya producido justo cuando medio mundo y parte del otro medio se manifestaba de manera abierta y solidaria contra toda clase de extremismos religiosos y no en exclusiva contra el que nos ha conmovido días atrás. Y siguiendo la traza de la noticia, leo en “The Independent” que ya en una ocasión –justo en la foto de Obama y los suyos atentos a la liquidación de Ben Laden por el comando especial—otro medio israelí tirado en Brooklyn, “Der Tzitung”, igualmente de propiedad ortodoxa, tuvo la osadía de eliminar la figura de Hillary Clinton de la foto oficial facilitada por la Casa Blanca. La política es cosa de hombres para los ultras de todos los dogmas.

No nos escandalicemos, en todo caso, antes de decidir quién puede en este corro tirar la primera piedra, porque yo mismo publiqué alguna vez una antología de frases conservatas que non tenía desperdicio: “Nunca jamás miro la cara de mujer alguna”, dijo el padre Claret; “La mujer puede y debe ser culta en muchos casos”, opinaba Herrera Oria; “La mujer, si es algo, es atractiva, esencialmente atractiva”, aseguró Ortega. No son los machistas hodiernos los inventores del sarcasmo “de género”. El refranero –el pueblo, pues—dictamina que “La mujer, la pata quebrada y en casa” y, ya en clave, psicologista y sádica, que “A la mujer y a la gallina, tuércele el cuello y darte ha la vida”. Tiene honda solera la heterofobia, la muestra y la ajena. Otra cosa es que los perseguidos por excelencia, las víctimas de la discriminación, sean, a su vez, sayones en su mundillo.

Jeromín

¿Quién en mi generación de derramó en su día una lagrimilla adolescente viendo en el cine la leyenda de Jeromín? Me hago le pregunta al enterarme de que una ciudadana belga ha demandado al rey emérito don Juan Carlos cuya paternidad reclama en la vía civil, como se la demandaron en su día a El Cordobés o como se la exigió don Leandro de Borbón, primer contemporáneo que acepta sin complejos el título de “infante bastardo”. ¿Qué por qué digo esto? Pues porque díganme qué sería de la Corona de España sin bastardos, habida cuenta de que, no sólo nuestro don Juan de Austria –que a ése lo amarró bien el Emperador—sino tantos otros monarcas alcanzaron a serlo a través de la bastardía. Consideren el caso de don Enrique II, verbi gratia, que no fue hijo de la reina doña María de Portugal, como hubiera sido menester, sino de la amante de su padre, doña Leonor de Guzmán, en cuya descendencia –de diez hijos nada menos—él no era sino el cuarto. ¡Qué sería de la Corona de España sin hijos bastardos, teniendo en cuenta que esos Trastámara crean y conservan una legitimidad propia que, de hecho, llegará hasta los Reyes Católicos! Nuestro concepto contemporáneo de “legitimidad” poco tiene que ver con el medieval o incluso con el moderno, pues vendría a ser, ya en el XIX, un producto genuino de la “ñoñería burguesa”. A Luis Felipe de Francia le llamaron el “rey burgués” porque, entre otras cosas, paseaba en coche acompañado de su santa y no de su amante como habían venido haciendo sus predecesores. Ya ven, don Juan Carlos necesitaría mucho “fotoshop” para hacer un tarjetón navideño en el que cupieran todos sus herederos civiles.
O séase, que nadie se raje las vestiduras ya que lo que a ese hombre se le imputa –sin perjuicio del legítimo disgusto de su augusta consorte—no es sino lo que, durante todos muchos siglos, fue normal en todas las dinastías y aristocracias y, supone, después de todo, un signo de “modernidad” si se le compara con el milhojas de “Jeromín” con que nos hizo lagrimear el mismo padre Coloma que inventó el “Ratoncito Pérez” para entretener a Alfonso XII cuando aún era Alfonsito. Hombre, lo que si sería lo suyo es que a esa belga –como al español al que le han denegado su derecho—le den lo que le corresponda de la fortuna sobrevenida que dijo la revista Forbes que poseía don Juan Carlos. Rey ha habido aquí entregaba a sus amantes un anillo para el futuro bastardo. ¡Para que digan que la modernidad de la monarquía es cosa de antesdeayer!