El hilo de Alaya

Halando halando del hilo de la “Operación Madeja”, la juez Alaya ha desembarcado esta vez en la Diputación de Sevilla, gesto que seguro que ha puesto de los nervios a sus congéneres ya que esas instituciones costosas y expletivas se convirtieron hace tiempo en refugio de “arrecogíos/as” y sabe Dios de qué más. De momento, lo que la jueza indaga es un asunto relacionado con “mordidas” trincadas a cambio de favores administrativos, pero como le dé por meterse en honduras y reclame la nómina completa de beneficiarios políticos, ya veremos en qué acaba la fiesta. ¡Para que el presidente del TSJA le tire pullas! Ni se han enterado de que hace mucho que en ese Juzgado se cambió el tercio de varas.

La víspera y la fiesta

Vamos a leer el manifiesto de “Libres e iguales” ante el Ayuntamiento de Sevilla. Una mañana benigna de otoño, de un sol discreto, para un centenar de ciudadanos que aguardan revueltos con los invitados de alguna boda civil, y algunas banderas españolas tremolando voluntaristas. No creo que se escuchen bien mis razones pero el final –lo que es la emoción—rompe en un aplauso cerrado y hasta se escucha vibrante un ¡Viva España! que incluso a mí me coge desprevenido, hasta ese punto nos han robado nuestros símbolos. Luego más vítores, incluido un ¡Viva la Constitución! que disipa hasta la última duda. Corrillos. “Pero ¿cómo lo consienten, es que no hay Gobierno en España?”. No sé ni lo que contesto inmerso en la perplejidad contagiosa de esos españoles a pique del desconcierto completo, pero al día siguiente se acumulan las noticias que llegan desde Cataluña dando cuenta de los cientos de miles de votantes que han acudido a la cita ilegal. Dicen que hay colas en algunos pueblos de mayoría inmigrante (¿“charnega?”), como el Hospitalet de Llobregat o Cornellá, y que varios jueces se han negado a retirar las urnas considerando “desproporcionada” la medida. Y dos fotos: una de Mas y otra de Pujol, los dos votando fuera de la Ley que por lo visto no rige en aquel feudo. Ni una, ni grande ni del todo libre, porque allí donde no hay autoridad tampoco hay garantías de libertad.

¿Y qué creen que ha dicho Rajoy en este brete? Pues ha dicho que eso no es bueno para nuestras relaciones futuras, un regate casi tan inane como la apelación de Sánchez al federalismo y su nueva aportación al tontiloquio nacional: “Quiero a Cataluña en la vanguardia del cambio”. Así vamos. A la deriva, sin “auctoritas” ni “potestas”, el Gobierno viéndolas venir, la Fiscalía jugando a las cuatro esquinas y el régimen de las autonomías quebrando en silencio –porque esta quiebra no es sólo catalana—y sin saber qué será lo que viene ahora que es posible que veamos en el banquillo a una infanta, dos presidentes, un puñado de consejeros y otro de alcaldes. El Estado se ha disuelto como un témpano en esta tregua que nos ha dado el otoño y ni siquiera sabríamos decir quién ha ganado este pulso que, en cualquier caso, abre una era de incertidumbre. Ya digo, yo mismo me sobresalté el sábado cuando oí a un español que enarbolaba una bandera española gritar ¡Viva España! Ah, y dice Pujol que él “está contento”. Y no es para menos, ¿no les parece?

Justicia limitada

Lo ha dicho el presidente de la Audiencia Provincial de Málaga, Antonio Alcalá: “Si se ejecutaran todas las sentencias penales pendientes tendríamos un serio problema”. ¿Y eso qué quiere decir, que no se ejecutan todas sino sólo algunas, que hay condenados que se van de rositas mientras otros van al trullo? Hombre, mirando para Cataluña tampoco es cosa de extrañarse, pero en esa frase hay un busilis que, en nombre de la igualdad ante la Ley que consagra la Constitución, convendría despejar por la vía rápida. ¡Un serio problema! Su Señoría, o tiene un raro sentido del humor, o está avisándonos de un problema mayúsculo.

La breva madura

Cuando el barómetro del CIS ha estallado con la mala nueva de que si la Derecha se hunde lo hará uncida a la Izquierda clásica, y cuando nadie en su sano juicio duda que la causa primera de esta debacle no es otra que la corrupción endémica y generalizada, sale un arúspice del PP –el mismo que ya dijo que Podemos no era más que un episodio friqui— negando que ésa sea la causa de su previsto hundimiento. Por su parte, desde Izquierda Unida, un carota sin parangón posible se desmontera en el tercio para brindar al respetable la singular teoría de que de sobra sabe la coalición fundada por Anguita que el PSOE es un partido corrupto, pero que “no le quedó otro remedio” que formar gobierno con él en Andalucía y que, además, “están satisfechos” de haber perpetrado semejante trapacería. ¿Ven como la crisis del Sistema no tiene otra causa que la indigencia moral y política de sus trujimanes? Tan difícil es imaginar hoy, a pesar de todo, el desplome del templo, como fácil aceptar que nunca los aventureros tuvieron ocasión tan clara de quedarse en exclusiva con esta cooperativa logrera en que se ha convertido la vida pública española: no es que Podemos pudiera ganar unas elecciones sino que los partidos de horma tradicional van a perderlas muy probablemente. Lo mismo le ocurrió a Gil en Marbella o a Carlos Andrés Pérez en Venezuela que es donde esta nueva guardia roja sacó consecuencias y aprendió la lección.
¿Qué se puede esperar de unos partidos que reconocen su alianza con los corruptos o que mantienen esa alianza con quienes los agravian de tal modo? Creo que más bien poco, entre otras cosas porque estamos en pleno relevo de una generación que ha conseguido el fracaso de un éxito histórico como el que ella obtuvo, hasta instilar en la estimativa pública el convencimiento de que la política es una actividad irremediablemente inmoral, gran sofisma que, sin embargo, argumentan, como se ve, sus mismos protagonistas. O puede que de lo que se trate sea de la inadecuación del diseño democrático liberal a unas circunstancias por completo diferentes a las tradicionales, como viene señalando la sociología política desde los años 60. Quizá por eso ha conseguido un movimiento arcaizante como Podemos presentarse como una novedad en un país abrumado por rapiña al que ha convencido de que Venezuela o Cuba son nuestros únicos modelos de salvación. No falla: siempre hay un peronismo acechando bajo la higuera a que caiga la breva madura.

Ocaso negro

El presidente Obama, “la esperanza negra” según los ironistas yanquis, ha quebrado con todo su equipo en la madrugada del miércoles. Los republicanos, más divididos que nunca pero decididos a liquidar el mito rival, se han hecho con el Senado reforzando de paso su mayoría en el Congreso, recogiendo la cosecha del desencanto generalizado que vive la opinión tras las crisis internacionales recientes (el ébola y el disparate islamista), y a pesar, como se ha señalado de la mejoría registrada en la situación financiera, de la caída del paro hasta alcanzar la tasa más baja del último quinquenio y de los millones de americanos que ahora se benefician de la asistencia sanitaria pública. Todo eso no ha bastado para disipar el descontento de una mayoría más o menos silenciosa que finalmente ha reaccionado frente a la incapacidad resolutiva de los dos grandes partidos del sistema, el demócrata y el republicano, incumplidor el primero de sus muchas promesas electorales, obstruccionista el segundo a lo largo de toda la legislatura. No ha perdido sólo Obama, ha perdido el tinglado de esa antigua farsa, descubierta en Estados Unidos como en otros países casi al mismo tiempo que en nuestro propio país: nadie sabe qué será lo que viene pero la mayoría no quiere que siga lo que hay. Como aquí, como en Italia, como en Grecia. La crisis de la democracia liberal, anunciada por Bourdieu hace décadas, se abate definitivamente sobre Occidente atraída con fuerza por el pararrayos del fracaso demoliberal y socialdemócrata. Lo que no saben ni siquiera sus protagonistas es qué ídolos se levantarán ahora sobre la peana vacante.

Pocas dudas caben sobre el resquebrajamiento del mito de Obama, aquel negro que tenía el alma tan blanca que mereció el Nobel de la Paz con un pie aún en el estribo. Pero su crisis no es personal, como decimos, sino, más allá y por encima de la carcundia republicana, probablemente sistémica. Se multiplican los ejemplos de países amenazados por movimientos sentimentales más que ideológicos, por “reacciones”, en efecto, cualquiera que sea el color con que lleguen teñidas, por deslizamientos imparables de la estimativa ética sobre el plano lubricado por el desencanto. El cambio por el cambio, en pocas palabras: lo decisivo es reventar el Sistema tradicional al que la última crisis socioeconómica ha segado la yerba bajo los pies. Ni se han enterado de que lo que nos jugamos es la libertad.

Dura como el cemento

Hay que tener la cara dura como el cemento para decir, como ha dicho el portavoz de IU, camarada Castro, que sí, que el PSOE es un partido corrupto (igual que el PP, según él), que no es “ni hermano ni primo, sino el PSOE de toda la vida”, y que si ellos, tan honrados y rojos, han pactado con él es “porque no nos quedó otro remedio y estamos satisfecho”. Si en el PSOE quedara dignidad suficiente harían trizas ese pacto “dictado por los andaluces”. IU se declara, al fin, cómplice consciente de la corrupción, ahora que parece que tiene ya un pie en la UVI electoral. Luego no quieren que el ciudadano medio los ponga a parir y ensaye fórmulas tan extravagantes como peligrosas.