Gaudeamus Igitur

Comprendo que, comparado con los grandes saqueos a que estamos asistiendo, el caso de las tarjetas visa repartidas por la universidad de Cádiz entre sus altos responsables, resulta poca cosa. Pero no lo es si consideramos el estado ruinoso de nuestra finanzas universitarias, ahora sabemos que no sólo por el hecho de que la Junta sea el mayor moroso de Andalucía. Es risible que ésta, la Junta, exija una explicación rauda del caso, en lugar de enviar a ese Rectorado los inspectores y, paralelamente, enviar el asunto al fiscal que para decida si gastarse una fortunita en comilonas, sastrería o agencias de viajes –como parece acreditado que ha ocurrido en Cádiz—constituye o no figura de delito. ¿Dónde no se roba ya en Andalucía, Dios mío de mi alma? Lanzo mi clamor y me responde el eco.

¿El Quijote en papilla?

La RAE acaba de anunciar una edición del Quijote –de 30.000 ejemplares, creo recordar—“arreglada” para el lector adolescente. Hay diversas ediciones del Quijote para jóvenes y aún para niños, pero a nuestros “Inmortales” se les ha ocurrido encargarle a Pérez Reverte que establezca un texto depurado de escollos a ver si es posible que la peña le dedique un tiempecito, entre birrita y birrita, a las hazañas del Caballero de la Triste Figura, entre otras cosas porque según el propio Reverte, “ningún chaval de 15 años debería leer el Quijote a palo seco”. Bueno, hombre, tampoco es para ponerse así, pues algunos lo hemos leído en su día a esas peligrosas edades y aquí estamos, tan panchos. Vamos al toro: la verdad es que muy pocos españoles han leído el Quijote como, no les quepa duda, debe de haber mucho inglés que nunca se asomó a la tragedia de Hamlet y mucho francés que no ha visto ni por el forro la obra de Rabelais. ¿Por qué extrañarnos entonces de que niños y adolescentes no lean lo que sus mayores no leen tampoco? Yo tuve la ingrata oportunidad de comprobar que ni uno solo de mis estudiantes de quinto curso de una Facultad muy intelectual, en principio, había culminado esa ascensión mayúscula que, por lo visto, se antoja nuestra joya histórica en un país que, sin embargo, devora por miles el vasto “best seller” que le echen. ¿Y qué vamos a hacer, darles literatura en papilla, una especie de “potito” de Quijote a los de la birra? Por cierto: “birra” es una las voces que –junto a “gorrilla”, “tunear”, “wifi” o “mileurista”– autorizará la RAE en la edición en marcha. Ya ven qué cosas.

¿O es que alguien cree que en los propios claustros universitario actuales –¡carajo, en las propias Academias, si me apuran!– abundan los lectores del “Quijote”? Pues entonces ya me explicarán a qué viene esta edición pasteurizada de una obra que, en su más excelsa serenidad, no deja de ser desmesurada. Además, ya alguna vez hubo Gobierno o autoridad que propuso al Quijote como lectura obligatoria en esas escuelas nuestras que, por tradición, regentaban maestros hambreados en unas aulas con cristales rotos. Claro que el año que viene, con la cosa del cuarto centenario de la Segunda Parte, cualquiera sabe si masas sedientas de aventuras se enfrascarán en sus páginas, y en especial en esta edición “ligth” y supongo que “modernizada”. Ojalá, por más que uno fíe poco de los zagales criados con papilla.

¿Qué ha ocurrido aquí?

No es por seguir dando la barrila, créanme, sino por el hecho mismo de que los escándalos económicos de la autonomía no se den tregua entre ellos, mientras la Presidenta se entretiene dándole pares y nones al candidato Sánchez, esa lumbrera que propone cosas como eliminar el Ejército. Primero fueron los ERE (de los que apenas se ha recuperado 2 millones de los 850 desaparecidos), luego el mangazo en el fondo para la Formación y ahora el del capitalito presupuestado para estimular a los autónomos, igualmente fundido, según la propia Cámara de Cuentas, tan poco sospechosa. ¿Qué ha ocurrido aquí? He ahí una pregunta demasiado vasta para contestarla con palabras discretas.

Techos de cristal

Es posible que algún día lleguemos a teorizar sobre la ofensiva contra el hogar que hemos vivido desde el último siglo hasta el día de hoy. Se está perdiendo a chorros la inviolabilidad de ese territorio propio que es el último refugio de la libertad que nos hace hombres porque es en él donde, instalada entre la seguridad y el albedrío, la persona se despoja de los últimos disfraces, el verdadero escenario de esa tragicomedia a puerta cerrada que es la vida. En Alemania acaba de producirse un incidente fugaz pero no por eso menos significativo al intentar la Unión Cristiano-Social (CSU), socia de la CDU en el poder merkeliano, imponer a los inmigrantes la obligación legal de hablar en alemán incluso dentro de la casa propia –un poco como Aznar dijo alguna vez que hacía él con su familia en la suya–, ocurrencia que ha debido dar marcha atrás en vista del zafarrancho provocado. ¿Y cómo se controlaría el habla, llegado el caso, dentro del hogar? Bueno, eso es algo que no se me alcanza pero recuerden que hay aún Estados en USA que penalizan ciertas sexualidades –la “felatio”, por ejemplo—incluso dentro del matrimonio y con la tranca (de la puerta, se entiende) echada. No ha faltado siquiera el intento de prohibir el fumeque doméstico por parte de esos cuáqueros extremosos que combaten el tabaco con mayor furia que la corrupción y, desde luego, la generalización de los controles policiales (o privados) de las comunicaciones a punto están de dar al traste con esa intimidad que desde la caverna viene disfrutando y defendiendo el ser humano. Sin duda, el “Diablo Cojuelo” se quedó corto.

Una vez advirtió Rubalcaba en el Congreso, siendo ministro de Interior, que él “lo sabía todo de todos” y por más que esa frase supusiera más una proyección de deseo que una realidad, lo cierto es que la legítima reserva de la privacidad está sufriendo un acoso –quién sabe si definitivo—que convierte la vida tradicional en una existencia a la intemperie. El Poder, que lo quiere todo, ha intentado ya vigilar nuestro tálamo o proteger a la fuerza nuestros pulmones pero no había intentado hasta ahora forzarnos a poner subtítulos a la conversa durante la cena. No es del todo cierto que el hombre goce hoy de una libertad mayor que la de sus padres y trasabuelos hasta el punto de que hace poco se reclamaba en España la legalidad del espionaje telefónico sin necesidad del permiso judicial. No sabía Vélez de Guevara la que habría de progresar su diablo.

Eficiencia del sayón

El informe del Senado yanqui sobre las torturas perpetradas por la CIA tras el 11-S nos ha forzado a ver con los ojos cerrados imágenes ominosas. Un hombre desnudo y en cuclillas aterrado ante las fauces del perro feroz con que le acosa un sádico cobarde. Otro forzado a andar a gatas por una soldado impía como si se tratara de jugar con un perro. Muchos asfixiados a medias en la “bañera” o bajo la toalla empapada. La legión de hombres sin derechos –terroristas, es cierto pero hombres– encadenados en Guantánamo, la feria de la picana. El informe del Senado ha servido para demostrar que la excusa del torturador es, además de alevosa, inútil, hasta el punto de que una infinidad de “medios” –incluido el mío—se vale para recalcar la gravedad del crimen al hecho de que las sevicias “no sirvieron para nada”. Ah, me pregunto, ¿es que si hubieran “servido”, es decir, si el hombre deshecho por el dolor y la indefensión hubiera terminado por “cantar” sus secretos terroristas al verdugo, estaría justificada la tortura? Yo sé que no es eso lo que se quiere decir, al menos aquí, pero no me digan que no lo parece y las apariencias, en este negocio de la información, cuentan casi tanto como la realidad. El gran Artur London nos decía, todavía con un cierto fulgor vencido en los ojos amables, que cuando terminaron sus torturas tardó una temporada en reconocer su propia libertad: bajo el suplicio se había averiado seriamente su conciencia de persona.

¿Qué quiere decirse con la expresión “tortura ineficaz”? ¿Es que existe alguna eficaz que puede ser reconocida o justificada por el hombre? No olvidemos que, aparte de Guantánamo, la democracia americana ha torturado en cárceles secretas de sus aliados más terribles, y aún a bordo de aviones sin destino fijo en aeropuertos amigos, por ejemplo españoles, con conocimiento de sus Gobiernos, de la ONU y del “sursum corda”. En cierta medida, tras el 11-S, la inmensa mayoría occidental ha cerrado los ojos para no ver en las ergástulas la sangre derramada ni oír desde fuera el quejido estremecedor de las víctimas. Sí, claro, ya sé que un terrorista es un perro sin derechos, una piltrafa al menos desde el momento en que resulta encadenado y que sus secretos pueden ser de extrema utilidad para todos. El problema es que si enhebro en esta lógica el hilo sádico, ya no hay diferencia moral entre él y yo. No hay sitio para el sayón en la democracia. Ni en USA ni en España, por supuesto.

Anguita tira al monte

El político más valioso de la izquierda radical, Julio Anguita, anda encabezando en Internet una llamada a la propia IU para que rompa el pacto con el PSOE en Andalucía y se aproxime a otras formaciones políticas partidarias de llevar a cabo un cambio profundo en España entera que, entre otras cosas, entierre al bipartidismo, si posible fuera, bocaabajo. Eso es hoy, en la práctica, sobre todo lo segundo, echarse a un monte proceloso y desconocido, lo que pone de relieve la hondura del desconcierto de una IU que apenas se parece ya a la que él inventó. Si Anguita no ve ya más salida para la izquierda que saltar por la ventana es que, definitivamente, esta causa no tiene hoy por hoy remedio alguno.