La vida clasista

Hay una tendencia científica creciente empeñada en ésa que llaman “ciencia de la longevidad”. Parte de la hipótesis de que la vida humana tiende a alargarse casi indefinidamente, pero de modo y manera que las personas ricas vivan más que las pobres hasta el punto de que un profesor de Maryland ha llegado a decir que “la pobreza es una ladrona” porque no solamente disminuye las oportunidades de vida sino que “roba vida”, años de vida, en esa brecha de la esperanza que permite constatar la ventaja vital de las clases acomodadas respecto a las que no lo están. Me limito a reproducir el dato: un hombre blanco con nivel universitario (en EEUU) tiene una esperanza media de vida de 80 años mientras que los no diplomados no pasan de los 67, un hecho que los gerontólogos atribuyen al beneficio que suponen los hábitos de vida más sanos que practica la gente con formación superior. Hay que tener en cuenta que en esa nueva Babilonia se estima que el diez por ciento de los ciudadanos posee, desde hace casi medio siglo, el ochenta por ciento de la renta nacional, una desigualdad tan extremada que ha hecho predecir a algún sociólogo que podría ser la causa de una futura guerra de clases, en especial cuando el vertiginoso progreso científico que estamos viviendo acabe por abrir el abanico de esa esperanza de vida entre los 60 y los 120 años, dado que una nueva y prohibitiva medicina implica muchas probabilidades de ampliar más todavía la “brecha de la longevidad”. El milenio mal contado que los masoretas atribuyeron a Matusalem pudiera saltar en esos laboratorios del mito a la realidad.

Cuentan desde Harvard que otro científico, David Sinclair, habría hallado una sustancia química que, al menos en los ratones y cobayas, logra invertir el proceso de envejecimiento celular en términos sobrecogedores, aparte de haber encontrado cierta proteína que augura una próxima y nueva droga capaz de alargar la vida. Y desde California habla Caleb Finch con entusiasmo de las que él llama las “élites saludables” que, debidamente educadas y dotadas, saben bien qué es lo que conviene a la vida y la prolonga. La vida ha resultado clasista –lo fue siempre—pero hasta ahora no hemos sabido que la causa estaba en unas hormonas que, regidas adecuadamente por los nuevos fármacos, quién sabe si llegarán a devolver a los ricos al mundo de los patriarcas. Pocas dudas caben de que la revolución estaría entonces servida.

La función pública

La ocasión de construir una nueva Administración, libre ya de los clásicos vicios decimonónicos, nunca estuvo en la intención de la Autonomía. El proyecto de ley de la Función Pública encargado a un eminente administrativista fue amañado luego en la mesa-camilla de manera que el funcionario quedara reducido a simple pieza de la voluntad política. Por eso el caso de ese funcionario díscolo al que la Fiscalía cree necesario ahora incluso “proteger” como testigo, puede que sea llamativo pero no es en absoluto nuevo. En la Junta sólo han prosperado quienes han aceptado el ukase político siendo enviados los discrepantes al ostracismo absoluto. Si persiguen ahora que existe el delito de “mobbing”, imaginen lo que habrán hecho mientras no existió.

La memoria viva

Hay una antropología espontánea, yo diría que genuina, practicada con entusiasmo por paisanos observadores sin más recurso que su memoria viva, y a la que don Julio Caro Baroja aconsejaba no desdeñar desde ningún prurito. La hace gente como mi amigo Marcelino, Marcelino Lozano el de Castaedo, en el concejo de Allande, el mismo que casó en Monón –otro nido humano a cosa de tres leguas–, aprendió a deletrear en una escuela maltrecha, hizo la mili en El Ferrol y trabajó en Avilés como contramaestre, un memorión atento toda su vida a las palabras –de las que en su libro ofrece un estupendo glosario–, al entorno, a los oficios e instrumentos, a todo eso, en fin que los sabios llaman “cultura material” aunque la mayoría de las veces no se molesten en recogerla siquiera. En una, en un par de generaciones, todo ese acervo cultural, todo ese rastro inmemorial de vida, se habrá perdido sin remedio, disuelta en este océano de postmodernidad en el que los niños ignoran el origen de la leche, no vieron nunca hornearse una hogaza de pan ni asistieron, entre conmovidos y deleitados, al sacrificio de un cerdo, como no sospechan que hubo un tiempo de estrecheces y penurias en el que se paría en las casa, se comía parvamente y había que convivir, mal alumbrados por una llama, en el ámbito homérico que venía a ser el entorno del llar. Qué hacía aquella gente, con qué dieta se nutría, cuáles eran sus juegos y cómo llenaban sus ocios, de qué manera marcaba los castaños una humanidad “aislada del mundo y muy ligada al entorno” que no sospechaba siquiera que, con sus alegrías y sus penas, andaba poniéndole colofón al viejo Neolítico.

En el presente, y más aún en el futuro que viene, no hay lugar para esa memoria viva de lo que siempre fue la vida de la especie, metidos como andamos en un presente tenso comprimido en ese adanismo amnésico que fija en trasantier la noche de los tiempos. Marcelino nos devuelve una realidad olvidada, transida de plegarias y cuentos alrededor de la lumbre, en la que la lucha por la vida se libraba a ras de tierra y aún era posible aquella vida aislada de las aldeas, con sus fiestas y sus lutos, sus paces y sus pendencias, sus vendedores ambulantes, sus coros festivos y sus comparsas de aguilanderos. Por ella nos pasea Marcelino, como un aedo antiguo, objetivo pero apasionado, que sabe que tras su endecha sólo vendrá un olvido del que, sin duda, ha de salvarnos la letra fidedigna de su endecha.

Bendito ébola

Me llama un viejo embajador de España que ha tenido ocasión de vivir en primer plano algunos de los acontecimientos claves del siglo pasado. Está muy preocupado por cuanto ocurre en nuestro entorno, se escandaliza por el triunfo de la inmoralidad, por el hundimiento de todo sentimiento de nobleza, por el espectáculo del latrocinio generalizado y, en especial, por el muy cualificado que andan perpetrando algunos personajes hasta ahora ilustres. Nunca en España hubo necesidad de retirarle a un prócer su tratamiento de honorable, nunca vivimos saqueos como los hodiernos ni, en consecuencia, impunidades semejantes. Tampoco se recuerda un estado moral tan deplorable –me dice—antes de añadir que no sólo es falsa la leyenda de que este es un país rebelde, sino que, en realidad, lo es de cobardes, de gente amilanada dispuesta a tragarse todo con la única condición de que se le permita protestar “de levi”, despotricar un poco o un mucho de quienes nos gobiernan y, a ser posible, que le coloquen al sobrino. Y no parece que haya remedio, dado que la Opinión se nutre de la noticia y la noticia es un palimpsesto que se borra a sí mismo para reescribirse sin el menor escrúpulo. ¡Cuánto tienen que agradecerle al Ébola los Pujol, los de los ERE y otros manguis andaluces, los camicaces catalanes y los temerosos de Podemos en general! Y encima susurra la canalla anónima de las redes sociales: “El día en que Teresa salga del Carlos III, todos a Génova!”. Gente miserable, patulea sin rostro, trileros para incautos. ¿Será verdad que el país se nos va por el sumidero, “dwon the rain”, como dicen los británicos? El embajador está inconsolable y desconcertado. No es para menos.

Los hombres que hicieron la Transición –como éste, que fue muñidor destacado en aquellos años—no consiguen entender lo que está ocurriendo, no porque ellos se hayan quedado atrás sino porque los siguientes han triturado la conciencia, contagiando a la muchedumbre la peste de la inmoralidad. Nuestra vida pública es un albañal, para qué engañarnos. Pero el embajador no se resigna y sigue reinando con lo que pudo haber sido y no fue, preso en esta crónica sentimental de España que nos enseñó a tararear Manolo Vázquez, aquel sabio que –lo que son las cosas– ponía por Pujol la mano en el fuego. ¿No tendrá arreglo este desastre? Cuando paremos al Ébola y vuelvan las malas noticias hablaremos. De momento, para la canalla vale aquello de que no hay mal que por bien no venga.

Todos de acuerdo

Diez minutos apenas duró el debate sobre las suculentas remuneraciones en el Parlamento y el texto se aprobó por unanimidad. Sus Señorías continuarán cobrando, pues, sus dietas de transporte y alojamiento incluso en los dos periodos anuales –veraneo y Navidades—en que la Cámara permanece de hecho cerrada a cal y canto. En eso están todas de acuerdo y no ha lugar a la discrepancia aunque luego la institución se convierta en palenque y patio corralero. Creo que fue Chaves quien dijo que “con las cosas de comer no se juega”. Se ve que los representantes de los andaluces se lo tomaron al pie de la letra.

La hora bruja

Para una antología del disparate político no encontraríamos quizá mejores ejemplos que el mensajito de Rajoy a Bárcenas –“Aguanta, Luis, sé fuerte. España no es Uganda”—y la ufana pero no inverosímil declaración que acaba de hacer el cabecilla de Podemos: “El PSOE tendrá que elegir entre hacer Presidente a Rajoy o hacerme a mí”. La democracia española, pensada desde el bipartidismo y sostenida por el rodrigón desde el ventajismo nacionalista parece cuartearse, al fin, bajo el fardo insostenible de la inmoralidad generalizada para dar bazas a los aventureros que, como rezaba la vieja pintada porteña, decía: “Puto o ladrón, queremos a Perón”. Los dos grandes partidos no han sido capaces de lograr en más de tres décadas ni un autocontrol efectivo de su delincuencia interna, ni un acercamiento a la población pasiva que hiciera posible –salvo en Andalucía, donde la “clientela” del “régimen” tiene raíces profundas —una hegemonía firmemente asentada, ya hubiera sido por el calor de la cercanía, ya por efecto de un liderato narcótico. De ahí el éxito, iniciado ya en el periodo zapaterista, de esos populismos que parecen estar barriendo el país sobre los escombros de una legitimidad destrozada. Mucha gente sabe que el primer éxito –la “prueba”, dijéramos—de los bolivarianos de Podemos fue su implantación en la Facultad de Políticas de la Complutense, pero mucha menos sabrá, a buen seguro, que la piedra miliar de su aventura fue un acto de adhesión incondicional al asesino en serie De Juana Chaos. Miren de qué delirios extremados es responsable el recurso populista auspiciado por obras como las de Ernesto Laclau y otros revisionistas del marxismo.

La explotación de la podre de la “casta” –ese término tan regeneracionista y unamuniano—no puede resultar más fácil para los aventureros en esta hora bruja en la que ni el anuncio de su ruina basta a los dos grandes partidos para reaccionar frente a su histórico desplome. ¿Sabrán los seducidos que en Venezuela –espejo y pródiga caja de ahorros de Podemos—acaban de implantar la “cartilla de racionamiento” como Franco en la postguerra del piojo verde y Auxilio Social? Seguramente no, porque estas alarmas no suelen llegarnos hasta que nos sorprenden ya aguardando turno en la cola de la sopa boba. No sólo el territorio español está en almoneda sino todo el ajuar acumulado durante las mejores décadas vividas desde la catástrofe moral de finales del XIX.