Cántico de Débora

Por lo visto a la juez Mercedes Alaya le envían de continuo cartas afables, críticas e incluso poemas de amor. Unos, agradecidos a sus esfuerzo por moralizar esta sentina, otros, enemigos feroces por la cuenta que les trae, y los últimos, seguramente, almas sensibles abducidas por esa imagen hierática del telediario que cada mañana nos la muestra arrastrando su carrito con un gesto que traduce en rasgos laicos los andares solemnes de la Macarena. No es una novedad, como creen nuestros contemporáneos, eso de las juezes mitificadas, como aquella Débora que dictaba sentencias bajo una palmera que crecía lustrosa entre Ramá y Betel, además de vencer a los cananeos cuando llegó el momento. No se atribuye, de momento, a Alaya un cántico comparable al que dicen que, a dos voces, entonó Débora junto con Barac, pero sí un inaudito macrosumario de más de trescientas mil páginas en uno sólo de los cuatro casos que lleva por delante, a pesar de las trampas de la Junta y de la neurosis del trigémino, centón que llega ya al Tribunal Supremo y en el que viajan junto a otros aforados dos presidentes de esta sufrida autonomía. Ríanse ustedes de Garzón, tocante a odios y entusiasmos populares, a pesar de que a ella el estrellato le haya llegado gratis y hasta acompañado de endechas enamoradas. El personal necesita imperiosamente de esos prestigios que usa como sinapismos para cubrir la llaga abierta de su desmoralización.

Poco o nada han podido hasta ahora los malévolos que pretenden degradar su imagen deshilvanando su prestigio, incluido ese fiscal-consejero que ha dispuesto el susanismo como una barbacana frente a la amenaza de la juez impasible y laboriosa –Débora significa abeja, ya ven—que no desvía la mirada al andar ni ceja en su empeño, desde el sobreentendido de que, tal como su colega bíblica, no será ella quien remache el clavo (Jueces, 4-21) en la sien del cananeo. No hay en España mejor canon para medir el éxito moral que la triaca en que se mezclan el odio implacable y el amor platónico que, como en el caso de Alaya, subliman al protagonista hasta casi divinizarlo. Lo que no sé es qué hacen los mandamases de las televisiones que no amenizan el paseíllo diario de nuestra juez con la marcha alegre de “Pasa la Macarena”. Alaya bajo la palmera de Efraín, entre Ramá y Betel, imperturbable entre el acoso y la fama, tejiendo sin descanso esa tela de araña que tal vez no se rompa.

El pacto de progreso

Ni los reiterados tropezones de sus propios imputados han impedido al nuevo gerifalte de IU, Alberto Garzón, lanzar contra la Junta de la presidenta Díaz duras acusaciones, entre ellas que en la lucha contra la corrupción falta “contundencia” a pesar de que es su partido, IU-CA, el responsable último de los paños calientes que aquí andan evitando comisiones de investigación y prestando su apoyo a la estrategia del PSOE. Es la cara “Podemos” de la coalición, la mano tendida hacia la ultraizquierda populista que, por cierto, no se ha demorado a la hora de ofrecer sus propios líos o mangazos. Pero no hagan caso que eso son sólo morisquetas para entretener: IU es ahora mismo plenamente corresponsable de la corrupción andaluza.

El impostor y el espejo

Lo nunca visto: seis altas instituciones –la Casa Real, la Vicepresidencia del Gobierno, la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid, los ministerios de Economía Defensa, además de nuestros espías del CNI — lanzando desmentidos a los cuatro vientos por causa de las “revelaciones” de un pseudólogo fantástico, como decían los viejos frenólogos, que une a su precocidad un incomparable desparpajo. Yo creo que la aventura del “pequeño Nicolás” es mucho más reveladora para la sociología que para cualquier otra perspectiva y lo prueba el hecho de que ese mozo avispado haya conseguido pulverizar el “share” y sustituir con ventaja al pontífice de Podemos –que, desconcertado por el vapuleo propinado por Ana Pastor, decidió declinar la invitación televisiva–, a la prisión de Pantoja, al folletín catalán y al folletón granadino. Vamos a ver, quiero decir que un personaje como ése no es sólo una creación propia, sino el producto sinérgico de la imaginación de un individuo con una realidad social desquiciada y en la que de poco valen ya las precauciones lógicas. Por eso entiendo que lo realmente notable de esta comedia bufa no es ya el aluvión de desmentidos sino la audacia de un sujeto que ha calado, seguro que instintivamente, lo propicio que puede resultar para la pseudología una sociedad tan poco creíble como la nuestra. Ese arrapiezo ha deducido sus potencialidades observando con atención su propia imagen reflejada en el espejo social.
A la escasa credibilidad de esta España que vivimos se une su condición espectacular, el hecho –mediático, por supuesto, pero también individual—de concebir o transformar la vida en espectáculo, esa adicción al telediario concebido bajo las especies del drama o la comedia. Algún día repararemos en el significado de que la crónica de estos decenios esté copada por sujetos que, por su medianía, resultan inconcebibles como protagonistas, en el significado profundo de la mediocridad dominante en un país desmoralizado capaz incluso de ponerse en manos del primer buhonero que desde el fielato vocea las virtudes de sus pócimas. ¿No dicen que uno de cada tres españoles votaría hoy a esos pícaros que a punto están de echar abajo el templo sin disponer siquiera de un programa que ni falta que les hace? El “pequeño Nicolás” no se ha inventado a sí mismo, sino que se ha visto triunfando en el espejo colectivo. Sólo una sociedad ruinosa reaccionaría histérica ante un impostor hecho a su medida.

Venía de lejos

Una sentencia de la Audiencia de Sevilla da por probado que el festín de las subvenciones de la Junta viene de lejos, por lo menos desde 1990. Es probable, sin embargo, que entre esa protohistoria del mangazo y los ERE y prejubilaciones falsas que hoy se juzgan medien ajustes de procedimiento que lograran “perfeccionar” los métodos. Según la Audiencia, tres aguilillas –un ejecutivo y dos sindicalistas—se llevaron entonces casi un millón de euros, agujero que la Junta taparía volviendo a subvencionar y santas pascuas. Hemos vivido en el limbo, no un decenio, sino un cuarto de siglo. Digo yo que alguna responsabilidad nos toca también a los electores.

Barbas vecinas

Hablamos poco de Portugal, nuestro hermoso vecino, ese país de gentes educadas, buenos caldos y músicas melancólicas que tanto se parece al nuestro, como es natural, en lo bueno y en lo regular. El gran José Saramago reconocía en su delicioso “Viajem” al país hermano las más o menos imaginarias cuentas pendientes que explican que, bajo los aleros de las casas fronterizas, los canecillos dirijan hacia nuestro país esas curiosas manos haciendo la higa que parecen confirmar en su gesto la metáfora de “La balsa de piedra”, a pesar de que, en la actualidad, tengo entendido que hay una mayoría de portugueses que verían con buenos ojos la unión peninsular, el viejo sueño del iberismo. Hasta en lo malo, como digo, se nos parecen los vecinos, a juzgar por la noticia de que este mismo noviembre una ambiciosa operación policial –tal vez resultado del encontronazo entre la policía y los servicios secretos—se ha saldado con la detención de un número importante de personalidades, incluido el ministro del Interior, acusados de lo de siempre, es decir, de blanqueo de dinero, tráfico de influencias y malversación de fondos públicos, en una oscura trama de “visas” doradas introducidas en circulación con la excusa de facilitar la inversión extrajera, pero que, en realidad, no beneficiaba más que a una elite trincona abriendo la puerta a la especulación inmobiliaria. Sólo faltaba añadir a esa lista un ex-Presidente socialista, y ya ha caído también: José Sócrates.

Menos ruido ha provocado la minicrisis ética provocada en nuestras Cortes por el “affaire Monago”, resuelta aquí por las bravas estableciendo un procedimiento reglamentario que permitirá conocer al contribuyente curioso la suma total del gasto viajero de nuestros representantes pero sin detalles, o séase, sin permitirle comprobar el destino ni el motivo que aquellos tuvieran para viajar. Conoceremos el gasto trimestral en ese capítulo, pero ni mijita el detalle político por político, qué va, que eso seguirá siendo secreto del sumario porque, como ha explicado aquí Vicente Lozano, una cosa es ser “transparentes” y otra muy distinta ser “traslúcidos”, faltaría más. Los portugueses han titulado su gestión higiénica como “Operación Laberinto”; nosotros, o sea el Gobierno se ha limitado a crear un “portal de transparencia”. No sé ustedes pero a la vista de ambos casos, uno se plantearía, de repetirse ahora el lío de Aljubarrota, que bando tomar.

El flautista y las ratas

Bien sabemos desde el clásico que las tres formas posibles de leal gobernanza tienen sus correspondientes modelos degenerados. El de la democracia es la demagogia, en la práctica no demasiado distinta de su matriz originaria, dada la debilidad humana y sus consecuencias. Famosa es la leyenda del siglo XIII sobre el flautista que, en una ciudad alemana, logró arrastrar tras de sí a las ratas que la infectaban hasta conseguir ahogarlas en el río, y elocuente la contraleyenda que relata cómo, al no ser retribuido por los ciudadanos en los términos pactados, el flautista volvió un domingo al pueblo y, mientras la parroquia adulta escuchaba al pastor, volvió a soplar en su caramillo hasta conseguir que los niños del pueblo lo siguieran a la perdición, salvo tres de ellos –un cojo, un sordo y un ciego—que, por razones obvias no pudieron seguirlo. Y tal que la fábula, la política. Casi no hay pueblo que no haya celebrado alguna vez ese cortejo de ratas, ni lo hay que desconozca la dramática perdición de su prole provocada por el flautista seductor al que, en diferentes escalas, hemos visto históricamente actuar en Rusia, en Alemania, en Italia, por no hablar de Argentina, Venezuela o la propia España donde, una vez más, se deja oír esa flauta cuya melodía potencia, en esta ocasión, el altavoz de la crisis.

La sociología política no ha sido capaz hasta ahora de dar razón de por qué las masas –de ratas o de niños—son tan proclives a seguir con la lengua fuera al flautista que camina a grandes zancadas hacia el abismo. Cualquiera en su sano juicio que se detenga hoy ante un fotograma de Mussolini o de Hitler, no verá más que un payaso ridículamente gesticulante donde sus seducidos contemporáneos vieron al gran. Mao debutó como paladín de una causa más que justa y acabó enviando a campos de “reeducación” a cualquiera que llevara gafas o guardara en su casa un alijo de libros, y lo mismo hizo el “socialista” Mussolini que, al pie de la farola milanesa en que lo colgaron junto con la Petacci, seguro que podría haber reconocido a más de una rata de otros tiempos. El alma de la democracia es la Razón; la de la demagogia, la promesa. La flauta resulta irresistible, sobre todo si es domingo, y la parroquia adulta se halla entretenida en sus ausencias. ¡La flauta, ese instrumento órfico! Dicen las encuestas que hoy está haciendo estremecer a esta España incapaz de escarmentar en cabeza ajena.