Fe y fetiche

Al menos si tomamos como referencia sus frecuentes y explosivas beligerancias no puede decirse que el Israel actual sea una nación especialmente religiosa. El “pueblo elegido” es en la actualidad –como, por otra parte, lo fue tantas veces en su historia—una comunidad fuertemente militarizada que lucha por mantenerse, rodeada de un inmenso y pugnaz enemigo, en el conflictivo territorio que se le asignó internacionalmente en los años 40. Altos representantes de esa admirable y tremenda nación, que yo he podido conocer, se me han declarado abiertamente agnósticos cuando no ateos hechos y derechos, e idéntica es mi experiencia personal en el trato con los israelitas de a pie que ido conociendo. Un reciente embajador suyo en España me mostraba su extrañeza ante el hecho de que su país fuera uno de los menos aferrados a la Biblia y su estupor ante la excelencia de alguna versión española (la de Alonso Schökel y Juan Mateos), culminación por el momento del biblismo hispano al que se deben algunas versiones memorables del libro sagrado, entre ellas la de Reina, tan bárbaramente perseguida en tiempos. Y sin embargo, mi experiencia me confirma también que el judío medio valora como es debido ese monumento capital que es la Biblia, al margen de las diferencias entre la hebrea (de la que tenemos un estudio definitivo de Julio Trebolle) y la protestante, cada cual marcada por su circunstancia.

Me llama la atención, por eso mismo, la noticia, que me traducen del periódico Ha’Artz, de que una empresa judía acaba de lograr la Biblia más diminuta de la historia, imprimiéndola en un marco de tres milímetros, lo que requiere para su lectura, como es natural, ni más ni menos que la ayuda del microscopio electrónico. Se trata de conseguir que la Revelación quepa en una sortija o en un pendiente y a ser posible que en cada bolsillo hebreo viaje un nanoejemplar convertido en ese fetiche que con tanta determinación repudiaron lo mismo el Deuteronomio (30,1-15) que el profeta Ezequiel (4,4-6). Uno francamente, no se imagina al sanguinario Ariel Sharon o al propio Netanyahu como piadosos biblistas y menos aún al israelita medio manoseando en la fraltriquera ese libro sagrado –del que conocemos más de dos mil manuscritos y, sólo en castellano, cincuenta versiones—con la equívoca noción de utilizar quizá como instrumento apotropaico lo que Freud consideraba sencillamente como una parafilia.

El lío sanitario

Resulta incomprensible por qué ha tardado tanto el Gobierno para prometer, por boca de su Presidente, que toda medicamento, cualquiera que sea su precio, y recetado por un médico, le será administrado al paciente, pero también parece desmesurada esa querella que dicen que se va a interponer acusando a la ex-ministra de Sanidad de cuatro mil muertes por desatención. La sanidad está trasferida a las autonomías –miren como de un plumazo ha resuelto la Junta andaluza atender a todos los enfermos de hepatitis C—y ese privilegio conlleva un valor y una carga, pero no olviden que antier mismo moría en Jerez un andaluz en la sala de espera porque la de tratamientos, abarrotada, no estaba operativa. Con la salud debería estar prohibido por ley hacer política.

¿Qué hago yo on esto?

Ninguna época de año tan propicia para el fariseísmo cortés como el tiempo navideño. ¿Qué hacer con los millones de regalos recibidos en unos pocos días y tantas veces inútiles, qué ilusión real puede hacerle a un padre la enésima corbata o a la parienta el frasquito de esencia de esos que anuncian en la tele unas pavas poderosas que pronuncian adrede un francés ininteligible? Uno no es quien para pontificar sobre el final de la crisis en plan Rajoy, pero la verdad es que la bulla en los grandes almacenes, el “overbooking” en los aeropuertos o el desbordamiento de los bares, incitan a hacerlo a pesar de los escépticos. Lo sabemos todo sobre el “don” desde que Marcel Mauss nos convenció de que junto a la “obligación de regalar” funcionaba –al menos al alba de la civilización—una “obligación de recibir” que redondeaba el círculo funcional del regalo, eximia garantía de paz interna –en principio— y de solidaridad social entre nuestras simiescas comunidades que erigieron el principio de que todo don forzaba un contra-don por parte del agasajado. ¡Cuánta sangre no se habrá ahorrado la especie con esta sutil estrategia! El problema es el cambio de función del regalo en la sociedad secularizada y consumista, dentro de la cual ofrecerlo dentro y fuera de la familia en fechas señaladas se ha vuelto una simple obligación ultraestética que incluso puede no tener más fundamento que la convocatoria por parte de unos grandes almacenes y no me propongo hablar del “día de la madre” o del san Valentín porque su inventor descansa ya en paz.

El problema del regalo masivo y sistemático es que agota el repertorio de posibilidades multiplicando esa frase, rigurosamente preservada en el subconsciente, que presta título a esta columna. Ésa es la explicación de un nuevo negocio, el organizado por los “marketplace” –no daré nombres—ofreciendo la posibilidad al regalado de revender el don recibido asomándolo a una red que promete funcionar como un escaparate al alcance, cuando menos, de doscientos sesenta millones de compradores, en todo el planeta, eventualmente interesados en la dichosa corbata o en el socorrido perfume. Pronto podremos regalar sin problemas, seguros de que el destinatario del regalo lo apreciará siempre, por activa o por pasiva, exponiéndolo en una de las catorce millones de subastas que dice organizar una de esas revendedoras universalizadas por Internet. Es quizá el fin del desencanto pero también el ocaso de la ilusión que antaño nos alegraba la vida.

La guerra secreta

Me cuesta compartir la interpretación de la matanza de París como un simple ataque a la libertad de expresión. Mientras más lo pienso más lo lamento –incluso por la cuenta que me tiene—pero confieso que igualmente me herviría la sangre si, en lugar de esos compañeros periodistas, la víctima hubiera sido un charcutero por vender carne de cerdo, porque lo que en última instancia está ocurriendo hace ya años es que desde el fanatismo islamista se lucha a muerte contra la civilización occidental, que es, claro está, la única que existe entre tantas culturas. Nunca como antier comprendí la profecía de Samuel Huntington que vaticinó que en el siglo XXI la hegeliana tensión de la Historia no se traduciría ya en conflictos entre naciones rivales sino en choques de civilizaciones incompatibles. Por supuesto que ese fanatismo dispara a la cabeza de quienes exhiben esa libertad pero, mucho más allá de eso, lo que niega es un sistema de valores que viene a ser como el reverso del anacronismo medieval, y para combatir el cual se cree legitimado por el propio Dios. ¿Qué haría ZP en la cabezada de pésame ante la embajada francesa cuando él y Erdogán –ya ven qué compañía—apostaron justamente por lo contrario, a saber, por una política que favoreciera una inimaginable “alianza de civilizaciones”? Verán el crédito que le sacan al atentado los lepenistas franceses y sus versiones inglesa o alemana. Seguir con la cantinela de multiculturalismo resulta sencillamente suicida para unas cándidas sociedades que incluso le han concedido a los fanáticos el derecho de ciudadanía.

Después de las barbaries de Nueva York, Madrid, Londres, Amsterdam o París, entre otras, lo único claro es que estamos viviendo una guerra no convencional pero real como la vida misma, en la que lo que se juega es seguir el curso natural hacia futuro o regresar de manera abrupta a la Edad Media. Pero Occidente, el llamado “mundo libre” para entendernos, que ha hecho ya dos guerras por el petróleo, parece petrificado ante esta canalla explosiva para la que supone una ventaja inigualable nuestro garantismo hiperdemocrático. Roma no se desplomó de un solo golpe sino que se fue desmoronando durante siglos a medida que el enemigo se instalaba en su seno hasta reventarlo. Houellebecq, que no es Toynbee ni Le Pen, acaba de exponer su mito apocalíptico de la islamización de Francia sin salirse de la demografía. Y francamente resulta difícil desde antier tacharlo por eso de islamófobo.

La foto de siempre

¿No se había quedado en que la política de “concertación” con la que se blinda la Junta frente a sindicatos y patronal a cambio darles una fortuna y mirar para otro lado? Es más, ¿no andan esos dirigentes siendo investigados por la Justicia y es de dominio público el modo indecoroso con que han manejado el dinero destinado a los parados? Pues nada, la foto para el año nuevo es la misma de siempre lo que prueba que la presidenta Díaz no tiene banquillo ni para una simulación. Aquí no va a cambiar nada mientras no cambie el “régimen”. La perpetuación de los mismos agentes lo demuestra de sobra.

Corazón de la tiniebla

Recibo mensajes que informan sobre los sucesos de Irak y piden oraciones por las víctimas cristianas y chiíes, en especial tras la caída de Quaraqosh, la mayor ciudad cristiana del país. Denuncia el desastre el Gran Imán de Al-Azhara, calcula en cien mil los huidos el patriarca caldeo Luis Sako y pide el papa Francisco –que sigue de cerca y personalmente el conflicto—“una postura clara y valiente” no sólo a los religiosos afectados sino a los líderes políticos. Informan la CNN y otros medios de las atrocidades que se están cometiendo por parte de los salvajes de ese llamado “Estado Islámico”, incomprensiblemente posibilitado por la inhibición del mundo civilizado, cuyos militantes fusilan o ahorcan a sus víctimas en público y llegan al extremo de decapitar a los niños en la plaza pública mostrando luego sus cabezas como trofeos hincadas en un palo. Casi toda la provincia de Nínive está ya en poder de los bárbaros –entre los que figuran, como es sabido, numerosos voluntarios europeos– que han arrancado las cruces de las iglesias cristianas y se calcula que han quemado, también en público, al menos mil quinientos manuscritos de incalculable valor. Veo en un video espeluznante cómo esa canalla obliga a arrodillarse a un cristiano y lo decapitan luego. ¿Un “desastre humanitario”, como dicen desde la propia ONU, un genocidio como sugieren desde el Observatorio de Derechos Humanos? Personalmente entiendo que vale más hablar de la defección absoluta de los países de Occidente, en especial de los que, con antelación, no se tentaron la ropa para invadir militarmente la zona o para bombardearla.

Esas cabezas cercenadas imputan, más que a un nuevo Herodes, a una dirigencia internacional demostradamente incapaz de defender los indeclinables principios de un mundo civilizado que, eso sí, se ha movilizado como un solo hombre cuando se ha tratado de salvar su petróleo o cuando lo han aconsejado sus estrategias particulares. Y mientras, como en el relato evangélico o en la páginas infernales de “El corazón de la tiniebla”, ahí quedan esas escenas que la mediatización generalizada convierte en pavoroso espectáculo, niños decapitados, hombres colgados de una soga, iglesias incendiadas, multitudes fugitivas perseguidas a uña de caballo por este agresor consentido. Nos piden oraciones, sin perjuicio de las cuales, quizá lo demandable en esta circunstancia sea una acción contundente y decidida a impedir la barbarie.