En torno al pesebre

La mera sugerencia de suprimir las costosas mancomunidades –auténticos refugios para la clientela política de cada partido—ha merecido que el PSOE califique que el proyecto de “expropiación de la democracia”. Se comprende, sobre todo en Andalucía, comunidad en la que, si no existieran esos pesebres, el “régimen” se sentiría mucho menos seguro, sin contar con que el PP tendría mayoría en la codiciada Federación Andaluza de Municipios y Provincias (FAMP). Ni esos refugios ni las Diputaciones tienen sentido en un Estado de las Autonomías y menos en un momento (lo de “momento” es un decir) tan crítico como el presente. La política se ha convertido en un inmenso pesebre y nadie entre los convertidores parece dispuesto a darle a la moviola.

De puntillas

Le recordaba el otro día en la radio la vieja idea de Ernst Mandel de que ni los grupos sociales ni los individuos suelen percibir con claridad ni las razones ni los efectos de las calamidades que traen las crisis. Y a ese propósito, un lector me recuerda que el mismo fenómeno podría aplicársele al hecho trascendental –no del todo ajeno a la crisis misma—de que los actuales avances tecnológicos no sean advertidos en todo su alcance por un personal que va por la vida como deslumbrado por saturación, ya que la velocidad de esas novedades dificultan el reconocimiento de sus efectos. Acabo de leer, por ejemplo, que Steve Jobs, ese magnate visionario, traía entre manos el proyecto de crear el reloj-teléfono, un invento que de haberse logrado no cabe duda de que habría provocado un nuevo tornado no sólo en el mercado sino en la propia mentalidad de esta multitud abismada ya en ese limbo expansivo de la tecnología. No se es consciente, en efecto, de esta revolución vertiginosa que nos ha llevado, en tan poco tiempo, desde el embrión informático o el pesado teléfono “celular” a una situación en la que esos ingenios han evolucionado exponencialmente hasta convertirse en auténticas prótesis del usuario, agravando en enorme medida la inconsciente dependencia del individuo respecto de los continuos logros técnicos. Incluso comienza a funcionar por ahí una rama de la psicología médica dedicada a velar por la recuperación de las adicciones tecnológicas que conducen sin remedio a la paradoja del aislamiento de la persona precisamente a causa de su excesiva conexión externa. Las grandes revoluciones técnicas, al contrario de las políticas, se apoderan inadvertidamente del ciudadano.

Los amenes del siglo XX y este inicio del XIX serán vistos cuando lo permita la perspectiva como la etapa fundante de otra modernidad, tal vez de alcance hoy imprevisible, sin que el sujeto social se dé cuenta cabal de ello. La globalización real, por ejemplo, será vista en su día como una suerte de nuevo Neolítico, como un hecho complejo pero singular que sirve de marca entre dos eras sustancialmente distintas, idea que sugiera que también que la propia especie, el hombre mismo, exigirá una nueva antropología. Y todo sin ruido, de puntillas, como el bíblico ladrón que se acerca en la noche. Los cambios de era fueron siempre una sorpresa, pero quizá ninguna más cautelosa que ésta que nos está cambiando la vida sin dejarse ver.

Demasiado fácil

Con el robo perpetrado en la Aduana onubense la noche de fin de año –mil kilos de hachis decomisado, una fortuna—se colma el vaso de paciencia. Tres robos gravísimos de droga en dependencias oficiales o, en todo caso, en depósitos institucionales que se suponen vigilados, son demasiados robos como para que no prospere la hipótesis de que semejante desafío criminal no sería posible sin alguna connivencia interna costeada por el enorme beneficio que produce. Es imprescindible una investigación a fondo que despeje las dudas sobre las propias policías y nadie más interesado que ellas mismas en llevar a cabo esa pesquisa para que no acaben pagando justos por pecadores. Si la Delegación del Gobierno no lo hace la sospecha fraguará en evidencia y todos saldremos perdiendo menos los narcos.

Pulso al rico

Tan democrático es defender que la carga fiscal debe repartirse progresivamente de manera que quien más gana (y tiene) pague más que los que perciben menos, como demagógica y, lo que es peor, ingenua, es la fórmula que forzar la carga contributiva sobre el rico por el hecho de serlo. Lo acaba de comprobar Hollade al ver rechazado su pulso a los grandes capitales por el propio Tribunal Constitucional y cómo, en los pocos días transcurridos desde que se anunció la medida, más de cuarenta mil millones de euros se han fugado a Suiza y a Bélgica, valga el dato como muestra de lo que podría haber ocurrido en el país vecino si ese impuestazo sigue adelante. Hace años que Ingmar Bergman se exiló de su país, Suecia, rebelde contra una fiscalidad que consideraba desmesurada, y la vicepresidenta económica de ZP, Elena Salgado, ya explicó su reticencia a la hora de vérselas con el gran dinero con el argumento de que una medida semejante provocaría una desbandada financiera. Eso de querer dar fuste a un sistema neoliberal a base de adornarlo con un desafío a los ricos, constituye un error aparte de un recurso demagógico, al menos mientras no se tenga en mente subvertir el Sistema en su totalidad. Hollande o Rubalcaba saben de sobra que esa amenaza al rico es un brindis al sol y poco más, entre otras razones porque la racionalidad de ese Sistema exige el mantenimiento de una sociedad desigual que, en su nivel superior, suele tener tanto o más poder que el Gobierno. Los republicanos yanquis han puesto en el alero a aquel gran país –y con él a medio mundo—exigiendo elevar el listón de los impuestos graves hasta los 400.000 dólares anuales. Aquí, en “provincias”, la cosa es incluso más elemental porque el rico es un elemento básico del modelo social.

En la lógica de un mundo que ha apostado con rotundidad por la economía libre de mercado no cabe mantener el tópico revolucionario heredado del siglo XIX. Los ricos, “the big money”, son quienes hacen funcionar esta pesada máquina que engendra a un tiempo bienestar y desigualdad a base de percibir, como explicaron irrebatiblemente los marxianos, las “plusvalías” que el trabajo genera. Otra cosa es proponer sustituir esa maquinaria por una más equitativa, pero ese concepto sería ya revolucionario, y la revolución ni está ni se la espera. Si alguna vez cambian las tornas, hablaremos. Mientras se mantenga lo que hay, cuestionar la estratificación social no tiene pies ni cabeza.

Año incierto

Acaso sea voluntarismo, pero uno tiene esperanzas de que el año entrante, con su equívoca carga numerológica, marque el fin del principio y abra el principio del final, con permiso de los republicanos yanquis y de los burócratas de Bruselas. En cuanto a Andalucía, poco cabe esperar: Griñán, sostenido en vilo por IU, mantendrá su política de acoso al Gobierno de la nación, entretenido mientras tanto con sus planes vacíos pero rellenos de tópicos tales como la apuesta por el empleo y el empeño en mantener el bienestar perdido. Y eso nos puede perjudicar más que otra cosa, porque la crisis nos afecta a todos, por encimas de las taifas y los partidismos, y de ella salimos todos o no sale nadie. Un año incierto sucede a otro de obligado suplicio.

¡Todos a la cárcel!

Suelo decir que menos mal que el gentío soberano no se entera más que a medias o a tercias de lo que, realmente, ocurre en la vida pública. Sabe la gente que hay corrupción, que esto no hay quien lo pare, que los pactos municipales se hacen siempre a base de dejarle la gestión del urbanismo al que los posibilita, que cada día hay más nuevos ricos en su entorno a los que no se le conoce otro currículo que el color de su carné partidista. Pero su información no suele llegar más allá de la mera noticia sin que, salvo en raras excepciones, llegue a enterarse del detalle de las mangancias perpetradas por los dirigentes. Lo que está ocurriendo en Cataluña –por no remontarnos ahora hacia atrás—es de traca, como sabe cualquier lector medio de este periódico y de algún otro, lo mismo que lo que ha sucedido en Bankia, y sin embargo, a lo más que llega la opinión pública es a expresar con cierta vaguedad su conclusión de que aquí va a la cárcel muy poco delincuente distinguido. Y eso es así, acaso, porque la corrupción va elevando su dintel a medida que se suceden los casos, de tal modo que, visto en perspectiva, el caso Filesa o el de Juan Guerra resultan un juego de niños comparado con los saqueos posteriores, como el andaluz de los ERE y las prejubilaciones falsas, o el de las familias dirigentes del secesionismo catalán, especialmente la del patriarca Pujol, alguno de cuyos miembros ha llegado a emular a Julián Muñoz, el famoso “Cachuli” marbellí, en el uso financiero de las bolsas de basura.

Temo que, por desgracia, la idea de que la corrupción es efecto indeseable pero también inevitable de la política es algo que ha echado hondas raíces en el magín popular y ello es lo que propicia la rara conformidad de los ciudadanos con el deplorable espectáculo del agio. Y sin embargo, cada día crece el eco de la protesta que demanda un castigo ejemplar para los ladrones de guante blanco. ¿Cómo explicar lo que vamos sabiendo de los gerifaltes catalanes o andaluces (y por supuesto, de los valencianos, gallegos o castellano-manchegos) dando lo mangado por perdido y desde la convicción de que ninguno de ellos dará con sus huesos en la trena? Es posible que esta democracia no resista más la tensión provocada por su fracaso ético y moral si el pueblo no ve algún ejemplar que concierna a los altos (y presuntos) mangantes. La Fiscalía general se juega el resto en este envite que incluye nada menos que nuestro sistema de libertades.