La realidad virtual

Un día, no hace tantos años, circuló una película que recogía la aventura de un chaval que, desde su leonera y ante la inopia de sus padres, había logrado entrar en los sistemas informáticos militares de los Estados Unidos y a punto estuvo de organizar la de Dios una vez que los soviéticos se percataron, a ciegas, de algunos extraños movimientos estratégicos. Nos enteramos entonces de que eso, ese tipo de furtivos que acechan en la Red, se llamaba “hacker” y también supimos enseguida de que aquellos de entre estos temerarios que resultaban más audaces eran con tratados inmediatamente por las grandes compañías por la misma razón que Fernando VII convirtió al Tempranillo en jefe de la pasma. Después todo ha evolucionado considerablemente al punto de que el ejército chino dispone de un fabuloso departamento cibernético desde el que le es posible, además de blindarse a sí mismo, entrar a saco en los sistemas ajenos, un fenómeno que me da el pálpito que no es exclusivo de los chinos. La última de estas aventuras ha sido la penetración del autollamado “Cibercalifato” en el Twitter del mismísimo Pentágono, peligrosa burla que sugiera la urgencia de arbitrar medidas de control del tráfico en Internet digan lo que quieran los ultraliberalistas, por más que le quede a uno la pregunta de para qué coños quiere el Pentágono jugar al Twitter con página propia. No hay dudas ya: vivimos hoy en el pliegue que conforman la realidad natural y la informática, un territorio casi invisible en el que los caminos se bifurcan y vuelven a agruparse (también) casi sin control posible.

¿Han echado una ojeada a la marcha que lleva el comercio en esa Red universal, se han parado a considerar que lo virtual ha dejado de ser una metáfora asequible a unos pocos para convertirse en un sólido laberinto en el que lo mismo compra Viagra el abuelo que se captan terroristas junto a la página donde el nene perpetra su trabajo escolar saqueando virtualmente a una suerte de memoria universal y gratuita? Habrá que entender, al fin, esa “cuarta dimensión”, primera en posibilitar la convivencia global, junto a las que nuestros sentidos nos descubren, y habrá que ponerle coto, qué duda cabe, como a casi todo en la vida, si pretendemos tener la fiesta en paz, y sin que ello suponga en absoluto lastimar nuestro sistema de libertades. Internet no puede mantenerse ni como el campo de Agramante ni como el enroque de Carlomagno, una vez probado el absoluto realismo de la virtualidad.

La Junta autárquica

La Junta echa poca cuenta a las sentencias de los jueces que rara vez ejecuta con diligencia. Frente a ello, su portavoz explica que el Gobierno regional no tiene más referente que los abogados de su propio Gabinete Jurídico y que si es verdad que hay 21 sentencias por cumplir, pidánsele responsabilidades al maestro armero. ¿Dar a la oposición los listados de los enchufados y sus retribuciones? “¡Pa chasco”, como se decía en el Foro antes de que la nación española fuera un mosaico de taifas y la Justicia una tortuga desganada cuando no una tómbola. ¡21 sentencias sin cumplir! En tantos años de Facultad, a doña Susana no debieron explicarle nunca la cosa de Mostesquieu.

Puertas al campo

Tras la ejemplar demostración parisina han llegado los acuerdos y medidas. También el clamor de los islamitas pacíficos que protestan por la crecida de islamofobia. Se comprometen los amenazados a reforzar la vigilancia sobre colectivos inmigrantes, a controlar (¿?) el tráfico en los aeropuertos y a ensayar no sé bien qué medidas en Internet. Alegan los otros que el Islam es pacífico –que no lo es, como no lo mes el Antiguo Testamento—y que, al fin y al cabo, a ver qué puede suponer una minoría fanática calculada audazmente (¿?) en un 0’0000001 por ciento del total de la población musulmana mundial. Cualquiera sabe. Pero lo que sí sabemos es que esa presunta hiperminoría fue siempre financiada por países islámicos, que las mezquitas han funcionado como banderines de enganche y que, en cualquier caso, no sería prudente desatender a una amenaza que ha demostrado ya su enorme capacidad letal porque se basa su estrategia en estructuras secretas y autónomas. Son por completo respetables las protestas bienintencionadas pero ya me dirán cómo responder a cuanto ellas demandan si al día siguiente de la matanza parisina nos sorprenden con la decapitación de otros dos periodistas tunecinos en Libia. El mundo islámico tiene sus propios problemas, determinados, en buena medida, por su arcaica e injusta organización político-religiosa, pero el que ha sido declarado Enemigo satánico no es él sino el Occidente que alberga a millones de sus hijos y hasta les concede sin condiciones el derecho de ciudanía. Quién sabe si llegará el día en que vuelva a cobra sentido aquel lema suicida y numantino que rezaba “El enemigo está dentro; tirad sobre nosotros”.

Mayor o menor, la amenaza del islamismo radical está ahí y me parece ingenuo no esperar que esa guerra imprevisible se reproduzca en nuevos atentados. Los acuerdos de París serán papel mojado, seguramente, aunque sólo sea porque nunca fue posible ponerle puertas al campo. Y el clamor del islamismo pacifista no dejará de ser una quimera en tanto no se desarbole el actual entramado de ayudas y no se halle una respuesta preventiva realmente adecuada. Ese “Estado Islámico” es un intolerable desafío que, a diferencia de Al Qaeda, tiene hasta sus pretensiones institucionales y no oculta su proyecto expansionista. ¡El 0’0000001 por ciento!, dicen algunos, como si el fanatismo no elevara exponencialmente el peligro. La verdad es que hemos vuelto al siglo VIII sólo que con telediario.

Poder o no poder

Parece poco verosímil que, a pesar de ciertas predicciones, el movimiento asambleario Podemos llegue a gobernar o siquiera a influir gravemente en un país que parece desconocer hasta en sus rasgos más elementales. Escuchen a su gerifalta proclamar en Sevilla que, en caso de decidirse ¡la eliminación de la Semana Santa!, sería el pueblo soberano el que decidiera en plan referéndum. Y rásguense las vestiduras porque si arramblar con la Semana Santa no les parece inverosímil a esos sobrevenidos, pueden ustedes imaginar lo que estarán dispuestos a hacer en materia de impuestos e incluso de libertades. Pronto dejan ver la patita por debajo de la puerta. O acaso demasiado tarde.

Fe y fetiche

Al menos si tomamos como referencia sus frecuentes y explosivas beligerancias no puede decirse que el Israel actual sea una nación especialmente religiosa. El “pueblo elegido” es en la actualidad –como, por otra parte, lo fue tantas veces en su historia—una comunidad fuertemente militarizada que lucha por mantenerse, rodeada de un inmenso y pugnaz enemigo, en el conflictivo territorio que se le asignó internacionalmente en los años 40. Altos representantes de esa admirable y tremenda nación, que yo he podido conocer, se me han declarado abiertamente agnósticos cuando no ateos hechos y derechos, e idéntica es mi experiencia personal en el trato con los israelitas de a pie que ido conociendo. Un reciente embajador suyo en España me mostraba su extrañeza ante el hecho de que su país fuera uno de los menos aferrados a la Biblia y su estupor ante la excelencia de alguna versión española (la de Alonso Schökel y Juan Mateos), culminación por el momento del biblismo hispano al que se deben algunas versiones memorables del libro sagrado, entre ellas la de Reina, tan bárbaramente perseguida en tiempos. Y sin embargo, mi experiencia me confirma también que el judío medio valora como es debido ese monumento capital que es la Biblia, al margen de las diferencias entre la hebrea (de la que tenemos un estudio definitivo de Julio Trebolle) y la protestante, cada cual marcada por su circunstancia.

Me llama la atención, por eso mismo, la noticia, que me traducen del periódico Ha’Artz, de que una empresa judía acaba de lograr la Biblia más diminuta de la historia, imprimiéndola en un marco de tres milímetros, lo que requiere para su lectura, como es natural, ni más ni menos que la ayuda del microscopio electrónico. Se trata de conseguir que la Revelación quepa en una sortija o en un pendiente y a ser posible que en cada bolsillo hebreo viaje un nanoejemplar convertido en ese fetiche que con tanta determinación repudiaron lo mismo el Deuteronomio (30,1-15) que el profeta Ezequiel (4,4-6). Uno francamente, no se imagina al sanguinario Ariel Sharon o al propio Netanyahu como piadosos biblistas y menos aún al israelita medio manoseando en la fraltriquera ese libro sagrado –del que conocemos más de dos mil manuscritos y, sólo en castellano, cincuenta versiones—con la equívoca noción de utilizar quizá como instrumento apotropaico lo que Freud consideraba sencillamente como una parafilia.

El lío sanitario

Resulta incomprensible por qué ha tardado tanto el Gobierno para prometer, por boca de su Presidente, que toda medicamento, cualquiera que sea su precio, y recetado por un médico, le será administrado al paciente, pero también parece desmesurada esa querella que dicen que se va a interponer acusando a la ex-ministra de Sanidad de cuatro mil muertes por desatención. La sanidad está trasferida a las autonomías –miren como de un plumazo ha resuelto la Junta andaluza atender a todos los enfermos de hepatitis C—y ese privilegio conlleva un valor y una carga, pero no olviden que antier mismo moría en Jerez un andaluz en la sala de espera porque la de tratamientos, abarrotada, no estaba operativa. Con la salud debería estar prohibido por ley hacer política.