Otro infierno

Me reprocha una lectora el silencio de esta columnilla sobre lo que está ocurriendo en Siria. Le contesto que no se trata de indiferencia ni desinterés, sino de una suerte de escrúpulo no exento de terror ante las confusas noticias que desde aquel infierno nos llegan. Sesenta mil muertos, más de dos millones y medio de eso que eufemísticamente se llama en estos casos “desplazados”, campamentos de hambre en Líbano, en Irak, en Turquía y en Jordania, noticias (gráficas incluidas) que dan cuenta de una ferocidad implacable por ambos bandos de ésa que, en definitiva, hace meses que no es un conflicto sino una guerra civil con todas las de la ley. He visto fotografías de cadáveres profanados, de mujeres violadas, de niños mutilados, de ciudades destruidas, y nos confirman cada día que el apoyo ruso, chino e iraní sostiene al tirano, pero también que los rebeldes gastan modos aterradores e incluyen a una creciente sección de islamistas radicales, yihadistas para entendernos, a la que socorre a manos llenas el dinero de los magnates salafistas del Golfo. Una maliciosa teoría que circula por medio mundo sostiene que tanta atrocidad es provocada por los intereses occidentales que buscan la ocasión de una nueva guerra eventualmente neutralizadora de la crisis económica, hipótesis absurda pero que se explica por la alambicada inhibición que subyace bajo las protestas “aliadas”. No han bastado la guerra Irán-Irak, ni las dos invasiones de Irak,ni la de Líbano, ni la batalla libia, ni los avatares por los que pasa ese área desde el conflicto palestino-israelí a la peligrosa crisis egipcia, para escarmentar a unos y otros. Tanto Rusia como Occidente parecen haber decidido que la nueva Guerra Fría se juegue en campo ajeno, y en ese ajedrez las jugadas fatales no suelen descubrirse hasta que es demasiado tarde.

Aparte de todo, es probable que ninguno de esos choques brutales haya resultado tan feroz como el episodio sirio, el más enigmático, en todo caso, dado el alto valor geoestratégico de Siria en toda esa delicada región en la que dejar caer una ficha puede suponer despedirse del dominó completo. Claro que las víctimas ajenas cuentan poco y que en este encontronazo, además, los árbitros saben que ninguno de los dos contendientes respeta el reglamento. Le he confesado a mi corresponsal que no hay peor conflicto que aquel en el que no hay buenos ni malos. En este caso, Occidente lo sabe tan bien como Rusia.

El trabajo sucio

A IU, a Valderas y los suyos, les ha tocado en suerte hacer el trabajo sucio al PSOE, a Griñán: trampear la comisión de los ERE, encubrir el mangazo de Invercaria o defender en público el absurdo de que no cumplir el déficit comprometido carece de importancia, dado que hay otros caminos para poner las cuentas en orden. No dice Valderas, claro está, cuáles son esas otras formas, sino que se limita a repetir los tópicos de la bondad de la Izquierda frente a la intrínseca perversidad de la Derecha, aparte de repetir hasta
el hartazgo el solecismo ése de “poner en valor” esto y lo otro. Al PSOE le viene de perlas ese muecín ignaro que dice en voz alta lo que sus dirigentes no quieren decir por no quedar fuera de juego. El trabajo sucio: qué menos que recompensar al empleador que los ha montado en burra.

Almas enfermas

Leí antes de que se tradujera a nuestra lengua la detestable novela de Erika L. James titulada “Las cincuenta sombras de Grey”, arrasador best-seller que lleva distribuidos 15 millones de ejemplares, a razón de 300.000 por día. Se trata de una ingenua aunque pérfida defensa de la libertad sexual muy en línea con la actual corriente en la opinión universitaria yanqui que entiende que el Mal en sí mismo puede ser objeto de deseo lo mismo que el Bien, de tal manera que en los campos universitarios de las mejores universidades del país se está registrando la creciente implantación de clubs sado-maso a los que acuden como moscas los estudiantes deseosos de descubrir nuevas sensaciones. Frente a la dura réplica del feminismo, James y sus víctimas responden que no debe de haber ningún impedimento a la libertad a la hora de dejar suelta la fantasía, en este caso sexual, considerando que las críticas a estas deformaciones se equivocan al considerarlas patológicas pues, según ellos, no serían tales más que aquellas prácticas ejercidas sin el consentimiento de la “víctima”. ¿Ven como no hay nada nuevo bajo el sol? Desde luego, se ve a primera vista, a poco experimentado que sea el lector, la diferencia entre este tósigo masivo y degenerado y las propuestas fundantes que hicieran hace mucho el controvertido Sade o Sacher- Masoch y, más recientemente, un loco alumbrado como Bataille, aunque sólo sea porque estos últimos sólo trataron de “épater” presentando casos extremos del ejercicio de la sexualidad, desde una incuestionable adhesión a ese acechante Mal que es la violencia, pero sin ocuparse ni poco ni mucho en “moralizar” sus demencias invocando otra cosa que no fueran las inescrutables razones del capricho.

El gran argumento de los nuevos bárbaros consiste en decir que las prácticas dolorosas incluidas en la relación sexual no constituyen en ningún caso deformación o enfermedad, sino una simple manifestación de la libertad de elegir la forma del placer, razón que ha calado lo suficiente para que, según ciertos sondeos, el éxito de la novela y la boga de su doctrina haya arraigado especialmente, no sólo entre la juventud desnortada sino entre una legión de mujeres, en especial, en las clases medias, que exploran, al parecer, posibilidades eróticas más allá de los límites de la convención. Cerré el libro de la James lamentando el tiempo perdido y convencido de que más de uno y más de tres no tienen más que lo que se merecen.

Homo eloquens

He escuchado con estupor en la tele la angelical confesión de una adolescente asegurando que habría enviado 20.000 mensajes en un mes. Las cifras globales impresionan pero no permiten ver de cerca la realidad que ocultan, y que en este caso supondría que la joven hembra tuvo que enviar 666 mensajes diarios (contemplo la jornada de 18 horas), es decir, 37 cada hora del día. Ya metido en harinas me he puesto a averiguar los datos facilitados por las operadoras y compruebo que, en un cálculo provisional, se supone que este fin de año la Humanidad ha cruzado entre sus miembros nada menos que 50.000 millones de “sms”, más de mil millones en algún país europeo algo más poblado que España. No se cuentan, naturalmente, los “mms” (envíos de material gráfico) ni la incesante actividad de las llamadas “redes sociales” (Twitter, Facebook o WhatsApp), un cálculo que sugiere la vieja imagen del termitero o la colmena ensordecedores aunque silenciosos que imaginó el conde Maeterlink, una especie de incesante e inaudible “concerto grosso” tejido por las señales emitidas en todas direcciones. La realidad actual de la comunicación no era ni imaginable cuando los padres del funcionalismo lanzaron su teoría de la interacción, como no creo que ninguna pupila antropológica haya sido capaz de entrever este mundo ancho y ajeno pero atado por infinitos lazos hertzianos que nos ha tocado en suerte. ¿Qué será del silencio en este escenario estridente del que, sin embargo, no trasciende al patio de butacas ni el más leve rumor, qué de este “homo eloquens” que pronto destinará más tiempo a hablar que a pensar lo que dice, y cómo acomodarnos en esta sociedad continua y ubicuamente comunicada, que ha sido capaz de abolir los tiempos y las distancias para instalarse, en un rumor de enjambre, sobre el desgalgadero de la intimidad suprimida?

No las tengo todas conmigo sobre que esa Red con mayúscula acabe ofreciendo a la especie un espacio sentimental en el que reforzar lazos o si, por el contrario, la haga implosionar el día menos pensado, gravada por la inmensa densidad de esta insólita elocuencia con la que posiblemente no contaba el género humano. El frenesí comunicador ha abolido el espacio y transformado el tiempo de manera que será la propia imagen del mundo la que deberá olvidar el silencio reparador para adaptarse a la incesante barahúnda que invade el orbe en todas direcciones. Puede que a “Homo eloquens” le esté reservada la última palabra de esta rara aventura.

Nuestros bonzos

Como aquellos monjes del misticismo oriental que, en los años 60, se quemaban en público, ahí están ya también nuestros primeros bonzos inmolándose desesperados por la crisis. Ante esa imagen escandaliza la porfía sobre el significado de la caída del paro en diciembre, ese rifirrafe político que utiliza la desgracia del desempleo como ariete contra el rival de turno. Una bajada como ésta no garantiza una inversión de la curva de la caída del empleo pero no cabe duda de que supone un alivio y un indicio nada despreciables. ¿O hubiera sido igual menos 60.000 que más 60.000? El interés político suele ser ciego pero la doliente realidad le exige en estos momentos aparcar los intereses espurios. Lo que ha ocurrido en diciembre ha sido bueno y significativo por muchas revueltas que aún nos aguarden en el camino.

Desnudos benéficos

No hay quien pare ya la boga del desnudo colectivo como reclamo benéfico o reivindicativo. Amas de casa, bomberos, policías locales, ferroviarios o feministas han decidido que la exhibición insólita del cuerpo desnudo (de la sólita no hay ni que hablar) puede conseguir, bien la atención sobre algún problema grave, bien la simple colecta para sufragar los gastos del grupo exhibicionista. Al contrario del mundo clásico, en el que los desnudos eran tan naturales como los vestidos, nuestra civilización ha desarrollado el tabú del cuerpo hasta tal extremo que exhibirlo se ha convertido en un instrumento dialéctico o en un buen recurso recaudador. ¿Por qué cree una dotación de bomberos que mostrar sus traseros a la autoridad constituye un instrumento rentable para sus reivindicaciones; por qué la severa ama de casa está convencida de que la exhibición de sus interioridades, no necesariamente admirables, ha de convencer al prójimo para comprar su imagen en un calendario; es que acaso prejuzgan “voyeurs” o sátiros secretos a sus convecinos? Yo no lo entiendo, sobre todo desde que he tenido la experiencia de que entre nudistas, toda rijosidad declina, lo que tal vez sugiera que son la reserva o el secreto lo que dispara la concupiscencia del prójimo. Un ama de casa inadvertida se convierte en oscuro objeto del deseo retratada semidesnuda en un calendario, con expresa autorización del cónyuge que, en otras circunstancias, hubiera desenterrado el hacha de guerra. Hemos hecho del desnudo un “activo” y en ese ejercicio de destape general hemos dilapidado, sin percatarnos siquiera, el capital oculto bajo nuestras ropas.

No es fácil decidir si este procedimiento –pienso sobre todo en colectivos habitualmente más conservadores—implicará una decidida desalienación o una doble moral, pero la recuperación misma del desnudo plantea la cuestión de si la pudicia habitual no será más que una máscara añeja bajo la que late vehemente una cierta pulsión exhibicionista. Sólo el pecado –en nuestra tradición occidental—cuetionó en términos morales la exhibición del cuerpo que los paganos, en cambio, aceptaban con toda normalidad. Los atletas olímpicos competían desnudos, las modelos posaban en cueros vivos, hasta que una estrecha conjetura moral, procedente del cristianismo, nubló el panorama. Hoy el cuerpo se ha convertido en un inexplicable reclamo de un derecho que no poseíamos desde los tiempos idílicos del edén terrenal.