El dinero del paro

De resultar ajustadas las cifras que el PP denuncia que no se gastó la Junta de Andalucía en fomentar el empleo a través de sus “políticas activas”, estaríamos ante el caso más inexplicable de cuantos llevamos vistos. Dice el PP, en efecto, que esas inversiones creadoras de empleo –en teoría, hasta 35 nuevos puestos de trabajo por millón invertido—duermen en un cajón y calcula en más de un 40 por ciento lo dejado de invertir durante estos duros últimos seis años. ¿Para eso aquellas porfías en demanda de la transferencia de estas políticas? Está visto: nada tan demoledor de este crítico modelo autonómico como la gestión de las propias autonomías.

Palabras mayores

He discrepado fraternalmente con Arcadi Espada en la radio de Carlos Herrera. A Arcadi le profeso la cariñosa admiración que él sabe, no sólo por lo que coincido con sus criterios sino por las enriquecedoras discrepancias que me ofrece. Cuando llama “peronista” al papa Francisco, mismamente, así, sin anestesia, a pelo como dirían en su pueblo y el mío, un epíteto grave, sin duda, viniendo de él que conoce de sobra lo peyorativo que hay en todo populismo, pero sobre todo, sorprendente a no ser que confundamos el estilo directo del pontífice con lo que han sido siempre los populismos o lo que ahora pretenden que es ciertos autores postmarxistas: movimientos capaces de “la construcción imaginaria de un nosotros”, de un sujeto colectivo y liberador, de un ente político global que reúne una pluralidad de demandas sociales “contra un enemigo común” al que denigrar conceptualmente como “aristocracia” o como “casta”, lo mismo da, aunque sin llegar a romper del todo –como hacía el clásico—con el montaje democrático. Sería muy largo el tema, querido Arcadi, pero ¿puedes decirme por qué degradas a este papa singular tildándolo de “peronista”, esa palabra mayor que conviene a los Le Pen o a Beppe Grillo, a Iglesias o a Tsipras, pero no a al hombre que se está enfrentando a cuerpo limpio con los temibles riesgos que implica el entorno vaticano? Reducir el potencial de un pontificado como el actual –que cuenta sus enemigos propios y ajenos por centenares– a una caricatura política no me parece justo. Perón era un aventurero necrófilo que logró fascinar incluso a sus víctimas. Francisco, de momento, no ha hecho más que apagar los fuegos que más quemaban.

Yo sé que Arcadi debe de tener algún motivo de disgusto porque él no descalifica así como así, y presumo también que su visión externa y lejana de la auténtica reforma que se vislumbra ya en el gesto del papa, no tiene por qué ser benévola como lo es la de los observadores interesados en esto del “cambio” eclesial. Pero enfrentarse en tan poco tiempo con las oscuras finanzas vaticanas, el pleito indecente de los abusos sexuales de cierto clero, la dictadura burocrática de la Curia romana o la oposición frontal a todo fanatismo religioso, bien merece un respeto que excluye el dictado de “montonero”. ¿Dónde está en Francisco el veto a la democracia y la demagógica propuesta del “guía”? Hay una cierta “hybris” en la expresión de Arcadi. Me extrañaría que alguien tan ático como él no lo admitiera.

Extraño socio

El nuevo lucero refulgente de IU, Alberto Garzón, ha asegurado que la presidenta Díaz está inquieta gobernando apoyada en una coalición de izquierda y que por eso mismo podría, llegado el caso, pactar con el PP. Y ya de paso ha subrayado que el PSOE andaluz navega con el lastre “de todos los casos de corrupción que están por determinar”, mientras que justifica la colaboración de IU con ese estado de cosas con el argumento de que, si apoya a Díaz, es “para cumplir un programa (¿) y hacer cosas que no se harían si no estuviéramos en el gobierno”. Como Churchill, el neocomunismo “se aliaría con el diablo” con tal de alcanzar el poder. Esperen y verán.

Todos a una

Los empresarios españoles han pedido públicamente a las dos grandes fuerzas políticas, los democristianos del PP y los socialdemócratas del PSOE, que aparquen sus diferencias y traten de encontrar una fórmula unitaria que les permita intentar juntos la salvación de esta nave a la deriva. Es obvio que el dinero ha detectado el riesgo de la crecida antisistema y no ha tenido mejor ocurrencia que acordarse de Alemania, por ejemplo, donde al menos en tres ocasiones ha gobernado ya una “Grosse Koalition” en un plazo que no llega a los cuarenta años, o quizá de la propia Francia inventora de la “cohabitation” entre una cabeza roja de la República y un gestor del Gobierno de signo contrario. ¡Sería estupendo, por supuesto, siquiera como un gesto de flexibilidad racional, un pacto de ese tipo, hoy por hoy –me pare e a mí—poco probable entre nosotros! ¿Por qué? Pues porque, por una parte, nuestros partidos no han superado la enemistad guerracivilista sino que siguen anclados en el binomio maniqueo que alcanzó el paroxismo en el llamado “pacto del Tinell”, aquel cuyo discurso se agotaba en el “todos contra el PP” y caiga el que caiga. Ah, pero de otro lado –hay que decirlo todo—nuestras fuerzas económicas no están hoy por encima de nuestros partidos sino que comparten con ellos y con los sindicatos una y la misma situación ética precaria: hay en este momento un presidente de la patronal en la cárcel, otro con un pie dentro y otro fuera de ella y un tercero imputado, un balance pésimo a la hora de exigir o siquiera de sugerir a los políticos el camino a seguir.
La catarsis que necesita España no puede reducirse a un cambalache de gobierno, exige más bien un hondo ejercicio de depuración para el que, desde luego, no son los partidos, pero tampoco las organizaciones patronales o los sindicatos, los llamados a tirar la primera piedra, como no puede serlo una banca que anda sumida en el peor desprestigio imaginable incluso después de haber sido la causante, en buena medida, de la crisis que vivimos y rescatada con el dinero de todos los ciudadanos. España no es Alemania, ni siquiera es la Portugal donde alguna vez se intentó el cambalache de marras, sino un país empeñado en derrotarse a sí mismo por mano de sus dirigentes. Quedan lejos los momentos de la Transición pero no se olvide que tampoco en ellos se logró evitar la división a ultranza. Nuestro dinero bastante tiene con limpiarse a sí mismo antes de meterse a consejero de príncipes.

Más que un ridículo

Lo del empeño de los fosores en hallar la sepultura de Federico García Lorca –que ni siquiera interesa ya a la familia del poeta asesinado– supera ya el ridículo para convertirse en un auténtico disparate. El otro día se trataba, por lo visto, de ampliar la zona excavada, ya que, como en la ocasión anterior, los buscadores no daban con el pozo buscado, pero ahora se trata de plantear dos nuevos estudios, uno de georradar y otro de fotografía, a partir de los cuales empezar a plantear nuevos microsondeos geológicos. Y dale que te pego, mientras pagamos entre todos el emperre de esos memoriosos –o más bien de esos obsesos—que se entretienen a costa del contribuyente. Gibson no sabía la que estaba organizando cuando, hace demasiado tiempo ya, empezó a remover la memoria.

El votante de izquierda

Uno escribió un libro sobre la polaridad derecha-izquierda hace ya unas décadas, cuando aún se cría que era posible distinguir entre el pensamiento de izquierdas y la actitud de la derechas guiándose por la polar que siempre fue el concepto de utopía. Hoy está de moda, ya lo sé, negar esa polaridad clásica, y aunque algunos nos resistamos a aceptar tamaña anulación de sentido, preciso es reconocer los perfiles casi indiscernibles de los conservadores frente a los llamados “revolucionarios” desde que el Sistema liberal-capitalista ganó la batalla a lomos de la crisis y trazó sobre unos y otros un rasero común: adiós a Marx y bienvenido Smith, vaya con Dios incluso Popper y alfombra roja para el manchesteriano. ¿A quién votar desde la izquierda si la izquierda no se diferencia ya apenas de la derecha, es más, cuando está probado que, llegado el caso, izquierda y derecha, con no poco buen criterio, están conformes en ceder ambas en el marco de una “Grosse Koalition” y una vez asumido que ni una ni otra han sido capaces de controlar sus propias corrupciones? ¿Cómo extrañarse de que Podemos haya desinflado, visto y no visto, el globo de IU y, de paso, haya recogido su cosecha en el alfoz social-demócrata? Pues porque la Izquierda se ha desvanecido como el fantasma paterno de Hamlet dejando a merced de esos “nuevos bárbaros” (salida de la OTAN, impago de la deuda, salario máximo y demás) siquiera la sugestiva tentación de la utopía perdida. Estamos hechos de la materia de los sueños, ya saben.

Hoy sabemos ya que izquierda y derecha juntas pueden gobernar como lo está haciendo en Alemania o Extremadura, y sabemos también que, juntas, pueden taparse mutuamente las vergüenzas como lo está haciendo en Andalucía. ¿Qué hacer entonces?”, preguntaría Lenin. No es fácil responder (tampoco lo era en su tiempo), aunque, en el fondo de su alma, la mayoría sabe que cuanto acabo de escribir es el evangelio puro. En Italia, como en Grecia, el socialismo de partido (incluido el gran PCI) anda hace años en almoneda mientras en Francia andan en ello y a punto de conseguirlo, desaparecidos unos en combate, todos los otros en su forcejeo cainita. Bueno, pues cada día temo más que a esta lista pueda añadirse España, con o sin Podemos, corroídos los cimientos conservadores y sus rivales por el ébola sin vacuna de la corrupción. Votar a Podemos puede ser un remedio indigesto, pero quien no puede quejarse de ello es la llamada izquierda de toda la vida.